Kira Johnson
3... 2... 1...
Miré el suelo desde la ventana de mi habitación, mis intenciones de saltar se desvanecian poco a poco, pero mis ganas de seguir aquí también. Vivía en un primer piso, pero en este momento se sentía como si estuviera en la cima de la Torre Eiffel. En este momento mi mente cambiaba la palabra suelo por vacío cada vez que miraba abajo.
Para explicar un poco mi situación y que no la malinterpreteis, no me voy a suicidar, si fuera así estaría en la Torre Eiffel de verdad. Estoy escapandome de casa, quiero empezar mi vida sin que nadie me de órdenes. Mis padres vivían separados, pero en lo de dar órdenes eran iguales.
Volví a mirar hacia abajo y suspiré, sintiendo cómo el miedo se apretaba en mi pecho, la adrenalina cada vez se hacía más grande y mis ganas de saltar... Suspiré y bajé de la ventana a mi habitación, tirándome en la cama y sintiéndo cómo la sábana se humedece debajo de mi cara. Las lágrimas mezcladas con rimel manchando todo lo que tocaban. Me senté mientras mi cuerpo temblaba con cada sollozo que soltaba y suspiré para calmarme, intentando echar todo lo malo fuera de mí. A lo mejor debería qued-
—Kira, puedes ir a ayudar a tu he...—escuché la voz de mi madre al otro lado de la puerta, acompañada de unos toques
Como siempre, me venía a pedir algo. Parecía que solo me quería en esta casa para hacer cosas sin parar.
Me levanté y me dirigí a la puerta, alcé mi mano y la coloqué en la manilla. Suspiré y la bajé, pero mi cabeza se giró a mirar l ventana abierta, cómo si mi cuerpo me insistiera en irme, pero mi mente quedarme. Solté la puerta y corrí hacía la ventana y salté. La caída se sentía eterna, como si fuera una señal de que va a pasar algo malo al llegar al final. Y sin duda, algo malo pasó.
1... 2... 3...
CRACK
El dolor explotó en mi cuerpo, un dolor que nunca había sentido antes. Me rompí los dos brazos de pequeña, pero no era lo mismo. Este dolor era cómo un castigo por intentar escaparme de casa, cómo si me castigaran por irme sin ninguna razón. Pero yo.. tengo razones.
Un grito escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo. Intenté bajar el volumen, pero las lágrimas ya nublaban mi vista. A lo lejos, distinguí una figura borrosa acercándose, no podía ser mi madre, no creo que bajara tan rápido. A lo mejor algún vecino. Y si era mi madre? Mi padre? Mi hermano?
Los pensamientos hicieron levantarme y la adrenalina consiguió que caminara unos metros antes de caerme al suelo y la opción de arrastrarme acabó siendo la única que me quedaba. El dolor se convirtió en un pulso insoportable, y de repente todo a mi alrededor se volvió cada vez más confuso. Mis quejas se apagaron sin que pudiera evitarlo, y las sombras en mi visión comenzaron a oscurecerse. Mi cuerpo paraba de moverse, y me di cuenta de algo.
Me estaba desmayando.
Me giré sobre mi espalda, sin esfuerzo ninguno. Ni siquiera sentí dolor. No sentía nada.
Aún consciente, giré la cabeza y vi una silueta a mi lado. No podía distinguir sus rasgos, solo que era oscura. A su lado, otra figura más. Se estaban acercando... acercando... y-
Desperté de golpe.
Lo primero que noté fue la luz blanca del techo, demasiado brillante para ser de mi casa. Parpadeé varias veces, sintiendo un zumbido sordo en los oídos. Intenté moverme, pero un dolor punzante en la cabeza y el pie me dejó sin aliento.
Alcé la mano con esfuerzo y toqué mi frente. Noté un vendaje.
Sin pensarlo, presioné. Un error.
Chasqueé la lengua y aparté la mano al instante, sintiendo el ardor extenderse por mi cráneo. Ni siquiera me había dado cuenta de que me había golpeado la cabeza al caer. Miré hacia delante y noté mi pie escayolado. Pensé que nunca más me rompería un hueso, pero aquí estamos.
—¿Kira? ¿Qué tal te encuentras, querida?
Levanté la cabeza al escuchar una voz femenina. En la puerta, una enfermera me miraba con amabilidad.
Asentí, sin decir nada, y miré detrás de ella. Buscando a mis padres.
—Están en la sala de espera—explicó ella, como si hubiera leído mi mente—. Estuvieron aquí antes, pero seguías dormida. Tienen que esperar a que-
—¿Cuándo los dejarán entrar? —pregunté con esperanza.
—Dentro de media hora o una.
Le sonreí de manera automática y desvié la mirada, fingiendo que quería estar sola.
Cuando la puerta se cerró, suspiré.
Intenté mover mi pie, pero solo conseguí más dolor. Finalmente, logré sentarme en la cama y busqué con la mirada mis muletas. Estaban junto a la puerta.
Tomé aire y me incorporé con cuidado. En cuanto intenté apoyar la pierna buena, mi cuerpo se inclinó y volví a caer sobre la cama.
Chasqueé la lengua, frustrada.
Volví a intentarlo, esta vez usando solo mi pierna izquierda para impulsarme. Salté hasta la puerta, cada movimiento enviando una vibración de dolor a mi cuerpo. Un dolor que nunca había querido ni querría volver a experimentar, pero esta sería ya mi tercera vez.
Me apoyé en la pared y suspiré aliviada, tomé las muletas y abrí la puerta
Pero entonces, antes de salir, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Esa mala vibra que tanto conocía.
Levanté la cabeza y lo vi.
Unos ojos desconocidos, del color de la noche, me miraban con intensidad. Eran los de un chico que me observaba con pena… y algo más. Algo que se sentía extrañamente familiar pero irreconocible.
Una mano descansaba sobre su hombro, y con la mirada seguí el brazo hasta encontrarme con el rostro de una mujer joven, probablemente de unos treinta y pico años. No tardé en notar el parecido: los mismos ojos azules y el mismo cabello castaño, solo que ella tenía rasgos asiáticos.
Volví a fijarme en el chico. Seguía mirándome, pero ahora su mirada descendía lentamente por mi cuerpo hasta detenerse en mi pierna inmovilizada.
Inconscientemente, le imité y bajé la vista hacia mi escayola. Quizás no debería habe-
—¡Ey! ¿¡A dónde vas!?
Un grito ajeno me sacó de mis pensamientos, haciendo que mi mirada se desviara del chaval y acabara en una enfermera gritándole a un señor. Este entró en una habitación de algún paciente, despistando a las enfermeras.
Lo tomé como una oportunidad.
Sin volver a mirar al chico, simplemente me fui.
Miré a mi alrededor en busca de alguna señal de Exit.
Los nervios hicieron que todo a mi alrededor se sintiera como un laberinto sin salida, como si el hospital estuviera diseñado para evitar que me escapara otra vez.
Y para mi suerte, la misma amable enfermera que me atendió antes apareció delante mía.
—¿Kira? ¿Qué haces aquí? ¿Necesitas al-
—¡Solo tomar aire! Nada más, claro—su expresión cambio rápidamente de confusa a una calmante, mandando vibras relajantes por todo mi cuerpo—¿Sabes dónde está la salida?
La enfermera me miró confusa pero luego con la cabeza me señaló el pasillo a su derecha. Sin pensarlo dos veces fui lo mas rápido que pude, gritándole un simple gracias que ni las voces en mi mente escucharon.
A lo lejos se encontraba la puerta, para los demás una simple salida, pero para mí era una luz que brillaba más que el sol. Como si se tratara de la entrada al cielo. Como si al pasar de esa puerta todos mis problemas fueran a desaparecer.
Cada vez más cerca, me puse rápidamente la capucha de mi sudadera, intentando tapar mi cara para que nadie me reconociera, cómo si fuera famosa.
Más rápido. ¡Más rápido! !Más-
Lo he logrado. Estoy fuera. Miré a mi alrededor mientras respiraba aire fresco y luego mi expresión de felicidad pasó a confusión y miedo.
Y ahora.. a dónde voy?