SECRETOS ENTRE LAS GOTAS DE LLUVIA
(TERROR PSICOLÓGICO )
Con pasos lentos y una coreografía delicada, una joven con un vestido azul (que, curiosamente, no se empapa con la lluvia que cae feroz sobre la ciudad) se mueve en mi patio mientras entona una melodía hermosa, familiar y lejana, como si ya la hubiera escuchado antes. Su sinfonía acaricia mis oídos, que ahora anhelan volver a oírla, y lloran su partida cuando se va.
Desde hace una semana la veo cada noche, mientras contemplo por la ventana de mi cuarto y me invaden pensamientos extraños, como si no fueran míos. Esa primera noche apareció envuelta en una luz blanca, con su vestido azul ondeando, y comenzó a bailar. Desde entonces me hipnotiza. Podría haber llamado a mis padres, para que también la vieran... pero seguramente me habrían gritado, como aquella vez en que vi una sombra encorvada en el patio y me castigaron sin cenar, enviándome a mi cuarto. O peor aún: me ignorarían, como suelen hacer.
Cada uno vive en su mundo. Mamá, con su cigarrillo perpetuo, solo me dirige la palabra para darme órdenes o recordarme que ya voy tarde al colegio. Papá apenas aparece. Llega por las noches, exhausto, y se duerme. Las pocas veces que hablamos son los domingos durante el desayuno, me pregunta cómo va la escuela, luego se sienta en el sofá a ver televisión con su botella de whisky.
Aun así, siempre me compran regalos. Cuando cumplí diez años, me dieron una bicicleta. No me golpean. Eso debería bastarme… supongo.
Pero me desvié del tema. La joven bailarina. Después de aquella noche en que apareció por primera vez, no pude dejar de mirarla. Siempre se va antes de que salga el sol. Desde entonces, me paso horas asomado a la ventana, lo malo es que las ojeras han conquistado mis ojos. Cada mañana, el profesor me pregunta por ellas, pero no le puedo contar lo que veo: pensaría que estoy loco. Aunque, si soy honesto, en el salón ya todos me consideran raro.
Nadie quiere juntarse conmigo. Me molestan, me arrebatan mis cosas, me gritan “raro”. Pero no me importa. Tengo un mejor amigo llamado Bob, es del otro salón. Un día, mientras comía solo en el patio trasero, apareció y me habló como si nos conociéramos de toda la vida. Nos llevamos bien de inmediato.
Hay algo particular en Bob: se parece mucho a mí. Solo que no usa lentes y lleva un peinado extravagante. Su voz siempre suena nostálgica, como si recordara algo muy triste, pero también puede ser cruel. Un día encontramos una paloma herida. Yo quería ayudarla, pero él le rompió el cuello, diciendo que así le quitaba el sufrimiento. Tal vez tiene problemas en casa, como yo. Por eso lo invité a manejar mi bicicleta. Aceptó, pero cuando quise presentárselo a mi papá, desapareció. A veces aparece y desaparece sin razón.
Perdón... otra vez me desvié del tema. Me pasa seguido, me cuesta prestar atención. Mi mente se llena de pensamientos que se superponen, que no parecen míos. Una vez le pregunté a mamá por qué era así, y con fastidio me dijo que, cuando tenía siete años, me caí de un columpio tras volar por los aires. Pero no lo recuerdo. En realidad, casi no tengo recuerdos de mi infancia. Apenas fragmentos: una vez en el verano, en mi cumpleaños ocho, mientras me cantaban mi cumpleaños, sentí un dolor de cabeza que me mando a otro lado, y luego, de pronto, estoy sentado en clase. Me pasaba mucho antes. Estaba en un lugar y, sin saber cómo, aparecía en otro. El tiempo se me escapaba. Desde que cumplí diez, eso ya no me sucede, pero sí me llegan imágenes y pensamientos ajenos. Veo una fiesta. Mis padres. Una figura borrosa. Luego... sangre.
No quiero pensar en eso. Prefiero volver a la joven, que sigue danzando bajo la lluvia, entonando su melodía. Pero algo cambia: se detiene. Me mira. Un sonido extraño inunda mi habitación. Me doy vuelta y, en la puerta, está parado Bob.
-¿Qué haces acá? - pregunto, con un escalofrío recorriéndome el cuerpo. Bob no responde - No sé cómo entraste, pero a mis padres no les gustará. Vete, por favor.
Vuelvo la vista a la ventana. La mujer aún me observa.
- Al menos sabes quién es esa mujer - susurra Bob con un tono sombrío - ¿Por qué no le preguntas sobre tu pasado?
- ¿Por qué debería hacerte caso? A veces me das miedo, Bob.
- No temas por mí. A quienes deberías temer es, a esos que llamas padres. Aquellos que te hicieron daño.
- ¿De qué hablas? Ellos jamás me lastimaron. Son estrictos, sí, pero también tienen su lado bueno.
- Ve y pregúntale. ¿No quieres saber la verdad?
Eso es lo último que dice antes de desvanecerse. Intento no tomarle importancia, pero algo en mí se sacude. La joven sigue ahí, mirándome fijamente. ¿Quién era ella? ¿Y si de verdad sabe algo sobre mi pasado?
Los pensamientos que no me pertenecen regresan. ¡Silencio! Pero no se callan. Imágenes ajenas se apoderan de mi mente. Un dolor agudo me atraviesa la cabeza...
Y de pronto, despierto.
Estoy en el patio, empapado por la lluvia. Frente a mí, la joven. ¿Cómo llegué hasta aquí? Ella se acerca, toma mi mano, y me invita a bailar. Por fin veo su rostro de cerca. Piel blanca, labios rosados y una mirada angelical. La conozco. Estoy seguro.
—Claro... es mi hermana —susurro.
¿Cómo pude olvidar que tenía una hermana? Ella murió cuando tenía quince años. Todos lloramos su pérdida... pero no recuerdo cómo fue que murió. Solo sé que, cuando tenía seis, me cantaba esta melodía por las noches, para ayudarme a dormir.
Las imágenes se agolpan en mi mente.
¡Estos recuerdos no son míos!
—Deja que fluya —me susurra con dulzura.
Respiro hondo y cierro los ojos.
Mis padres nos castigaban sin piedad. Se iban de fiesta y, al volver, descargaban su furia. Mi hermana cantaba para calmarme, para que no mojara la cama por el miedo.
Hace cuatro años celebramos su cumpleaños número quince. Hicieron una fiesta que duro hasta la madrugada, toda iba bien... hasta que... Mis padres, ebrios, comenzaron a discutir en su habitación. MI hermana me abrazaba cuando escuchamos un grito de mi madre. Fue al cuarto de ellos. Yo me quedé paralizado. Más gritos. Un vidrio roto. Luego, mi hermana bajó las escaleras, sangrando del pecho. Cayó a mis pies, con un cristal incrustado. No pude moverme.
No... eso no fue así. Mis padres nos llevaban al parque... ¿verdad? Recuerdo estar en un columpio. Mamá me empujaba, pero yo tenía miedo. Le pedí que parara, pero siguió, más fuerte. Grité, lloré, me solté, volé por el aire y caí de cabeza. No me hice nada. Lloré. Muchos se acercaron. Mi madre dijo que fue un accidente. Pero al llegar a casa me golpeó por hacerle pasar vergüenza. Me quemó con un cigarrillo. Un día papá me echó agua caliente.
¿Cómo pude olvidar todo eso?
Eran una escoria. No merecían vivir, pero mi mente los maquilló, me protegió... y olvidé. Mi hermana deja de bailar y me mira con ternura. Luego señala hacia la entrada de mi casa. Allí está Bob. Pero esta vez no tiene su peinado extraño, lleva lentes, como yo. Un relámpago ilumina su rostro.
Él era yo.
Él guardó todos los recuerdos dolorosos.
Mi hermana me empuja suavemente hacia él. Avanzo. Bob sostiene un cuchillo. Me mira. Asiente.
Y entonces... el dolor vuelve. Me arrastra lejos del mundo por un instante. Al regresar, Bob ya no está.
Pero en mi mano... está el cuchillo.
Levanto la mirada. Mi hermana aún me observa. Sonríe. Y susurra:
-Hazlo…