Promesa

All Rights Reserved ©

Summary

Mi hermana se casa en un año y ha venido a casa a presentarnos a su prometido. Me he enamorado del él al instante. Él también se ha fijado en mi... Esto no puede estar pasando. Estamos hablando, en mi cuarto... a solas. Me prometí a mi misma que el amor no me iba a doler nunca pero... ¿Y si me enamoró de quien no debo?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Me había puesto un vestido horrible elegido por mi madre.

La visita nos pilló a todos por sorpresa y por eso no pude ir a ninguna tienda a buscar algo “adecuado para la ocasión”, tal y como expresó mi progenitora en cuanto se enteró de que Selena iba a visitarnos con su prometido.

Si, a mi hermana mayor Selena le habían pedido matrimonio delante de un imponente castillo. Sonaba increíble y típico a la vez, si me preguntan. Llevaba con su pareja cuatro años y “ya tocaba” que se casaran. Mi hermana estaba apunto de cumplir los treinta años y su objetivo en la vida era justo ese, casarse antes de cumplir esa “mayoría” de edad donde ya la gente te empieza a preguntar que vas a hacer con tu vida. Por suerte, a mi me preocupaba más bien poco lo que opinara la gente sobre mi. Si me preguntaban mis planes de futuro les brindaba una excelente silencio o les cambiaba de tema. Pero Selena no era como yo, daba explicaciones de más y se pavoneaba con sus sueños y aspiraciones.

Asier era ahora su premio y quería lucirlo orgullosa y por eso la comida en casa con nuestra familia para presentarle en sociedad.

Mi padre estaba en el salón sentado viendo la tele y comiendo cacahuetes. Ese día se había engominado el pelo canoso y parecía un chiste andante. Mi tía había venido del pueblo, pero miraba preocupada el reloj porque su autobús salía en ocho horas y no podía perderlo. Mi abuela, que vivía justo abajo, trataba de tranquilizar a su hija, a la cual se le habían pasado ya dos bizcochos. Cuando entre en la cocina, el humo me hizo toser y me madre me sacó de allí arrastras.

—¿Y como es el muchacho que ha conquistado a nuestra querida Selena? —preguntó mi tía con la voz en pito poniendo la mesa con mi padre. Tenía carmín en los dientes pero prefería no decirla nada y así me vengaba del interrogatorio que me hizo las pasadas navidades.

—Formal —sentenció mi madre.

La miré y aguanté la respiración. Lo había dicho sentando cátedra, dando a entender a todos los presentes que teníamos que comportarnos como si él fuera de la realeza. No podíamos perder la oportunidad de casar a Selena con alguien “formal”. Se fijó especialmente en mi cuando esas palabras retumbaron en el salón. Agaché la cabeza y me sentí por un momento muy pequeña. Solo mi madre era capaz de coger toda mi fuerte personalidad y hacerla añicos.


El timbre sonó.

—¡Ay! Ya están aquí —dijo mi madre dando una palmada. Corrió hacía la puerta con cero desesperación (nótese la ironía).

La tarde anterior se la pasó moviendo muebles con mi padre porque la casa debía estar perfecta. Se alegraba de vivir en una casa baja y no en un piso como el resto de sus amigas, así que estuvo toda la tarde repitiendo lo mucho que a Asier le gustaría eso. Nadie preguntó a mi padre si estaba satisfecho con el cambio de mobiliario, yo diría que no, pero básicamente porque aquella mañana le oí rumiar porque no encontraba un cuchillo para la mantequilla.

Toda la familia al completo estábamos en el recibidor. Cogimos aire y mi madre abrió poniendo su columna vertebral en ángulo recto.

—Hola —saludó mi hermana primero con una enorme sonrisa.

Entró y besó a nuestro padre con enorme emoción mientras no soltaba la mano de un invitado al que solo le veíamos hasta el codo. Mi tía se asomó con nula discreción y comentó a mi abuela que era “muy guapo”. Torcí la boca y puse los ojos en blanco mientras mi hermana abrazaba a nuestra familia, incluida a mi. No recordaba la última vez que me dio un beso en la mejilla, así que aquel momento iba a atesorarlo.

Por fin, Asier dio un paso más y se mostró ante nosotros. Era alto, delgado y llevaba un traje muy superior a su talla, aunque le quedaba muy bien. Tenía el pelo rizado y negro y se lo había engominado un poco haciendo que brillara con el sol que tenía justo detrás de él. Cuando mi madre cerró la puerta, pude apreciar mejor el propio brillo que él desprendía. Sus ojos azules claros nos miraban a todos algo nerviosos y su sonrisa era amable y discreta. Dio la mano a mi padre, abrazó a mi madre y dedicó bonitas palabras a mi abuela. La siguiente fue mi tía, la cual le dio dos sonoros besos en las mejillas que le dejó debajo del ojo la marca de su pintalabios. Por último, Asier se dirigió a mi. Colocó su mano sobre mi cintura, acercó sus labios a mi y me dio dos cálidos besos mientras yo me ponía algo de puntillas y me agarraba a su antebrazo. Olí su perfume, atrayente, intenso… el cual se impregnó por todo mi ser. Me pareció el intercambio de besos más largo del mundo. Primero el lado derecho, un cruce de labios y poso su mejilla sobre la mía por última vez para luego separarse y sonreírme sin soltarme del todo. Nos miramos, un segundo. Nos miramos las bocas, los ojos… Nos miramos y nos vimos. El no vio a mi madre, ni a mi padre ni a mi tía ni a mi abuela, pero a mi… si me vio.


Fuimos al salón donde ya estaba la mesa preparada. Asier se abrochó mejor el botón central de su traje y se pasó una mano por el pelo. Selena le colmó en atenciones indicándole donde se podía sentar y preguntándole si estaba cómodo. Asier asintió y sonrió a mi padre el cual se colocó a su lado. Mi madre empezó a servir la sopa con una de esas fuentes que parecía sacada del mismísimo Versalles. No sabía ni que tuviéramos en nuestra vajilla algo tan pomposo. Gruñí cuando derramó un poco de la sopa sobre mi servilleta por culpa de un comentario de mi tía que la hizo reír como una señorona. Me acomodé mejor en la silla y bebí un poco de agua mientras observaba a nuestro incómodo invitado. Asier no sabía dónde colocar las manos, las subía a la mesa, luego las bajaba mientras se carcajeaba de lo que iba diciendo mi tía que ayudaba a mi madre con la enorme fuente. Buscaba la mirada de mi hermana, la cual tenía toda su atención en la labor de las dos mujeres.

Me fijé en que no había ningún tipo de contacto físico entre ellos y solo tuvieron un gesto de complicidad: el darse la mano antes de entrar a nuestra casa. Asier parecía estar quemándose dentro de la fuente de sopa. Apretó la boca y soltó un suspiro de alivio cuando empezamos a comer en silencio. Me miró justo cuando todos prestaban atención a la exquisita sopa. Fue medio segundo, pero pude ver en aquellos ojos la desesperación de que aquello terminase cuanto antes.

—He preparado tu cuarto Selena.

—¿Para qué?

Mi hermana miró a mi madre la cual tenía sobre los labios una sonrisa rarísima.

—Asier querido, tenemos una casa modesta pero gozamos de muchas habitaciones.

—Mamá solo tenemos cuatro habitaciones —Selena frunció el ceño.

—A eso me refiero, que Asier tendrá su propio cuarto.

—¿Cómo? —dijo soltando la cuchara. —No estoy entendiendo…

—Os quedáis a dormir ¿No?

—¿Y nos vas a hacer dormir en cuartos separados?

—Bueno hija, tú cama solo es de una persona y como tenemos un cuarto de invitados…

Apreté los labios para no sonreír. Lo que no le contaba mi madre a Selena es que era la primera vez que iba a usar ese cuarto de invitados para que durmiera de verdad un invitado. Desde que compró esa casa, aquella habitación solo había albergado ropa de la plancha y trastos que no sabíamos dónde poner. Estaba feliz por poder darle por fin a esa habitación el uso que siempre soñó. Selena no parecía ver la alegría de nuestra madre en toda esa historia y por eso hizo un verdadero esfuerzo para ocultar su rabia. Ella, al igual que Asier, también tenía que fingir un poco su forma de ser. ¿Qué iba a pensar su prometido si se comportaba como una niña tonta y caprichosa? Ver a mi hermana desesperada por fingir me hizo más gracia que ver a mi padre deseoso de poner la televisión para que no tuviéramos que hablar de chorradas insustanciales cargadas de falsedad y buenos modos. Yo desde luego estaba en el equipo de mi progenitor y por eso nos sonreímos mutuamente, como si nos contáramos un chiste privado.

—Bueno Asier… —mi tía dio una palmada. —¿Cómo os conocisteis?

—Es una App…

—Es una apartada playa de un apartamento de unos amigos —interrumpió Selena a toda velocidad. Esperaba que nadie hubiera escuchado a su pareja pero yo si entendí a lo que se refería Asier. Mis padres no sabían nada de esas aplicaciones y ni tenían watssap, cosa que había salvado la versión de mi hermana que seguro se estaba inventando en ese momento.

Asier era sincero y estaba segura de que mi hermana le había preparado una historia ficticia de como se conocieron. Sin embargo, podía imaginarme a Asier negándose en rotundo a decir una mentira. No había nada de malo en hacer mach por las redes y por eso no entendía las dudas de mi hermana. A lo hecho pecho y punto. ¿Lo había conocido en una app de citas? Bravo por ella que había tenido esa suerte de encontrar a alguien con el que llevaba cuatro años. Lo que importaba era lo que habían pasado juntos, no como llegaran el uno hasta el otro.

—¿Apartada playa? —a mi tía le sonó raruno, tal y como mostraba su cara arrugada de extrañeza.

—¿Por qué apartada? ¿Que estabais haciendo allí? —mi abuela se llevó una mano a la boca.

—La única playa apartada que conozco es la de nudistas que hay cerca del pueblo de la Raimunda —criticó mi tía con su madre.

—No era allí, tía.

—Cariño, no te digo que fuera allí, si no que las playas apartadas son de ir… ya sabes… como Dios nos trajo al mundo.

Asier soltó una risotada al ver que la versión de su pareja era más tórrida que la suya.

—No, no, no, no era nudista… ¿Por qué pensáis eso?

—A lo mejor por lo de “playa apartada” —dijo mi padre haciendo las comillas con los dedos.

—Era una playa apartada del apartamento —se defendió Selena.

—Bueno cariño, es que no has dicho eso —murmuró mi madre.

—Dejaos de tonterías, os hablo en serio —dijo ruborizándose. Su prometido le tocó la espalda para tranquilizarla.

—Lo importante es que estamos aquí, dispuestos a casarnos el uno con el otro —dijo Asier provocando que las mujeres de la casa dieran un largo suspiro muy teatrero.

—¿Y a que te dedicas? —preguntó mi padre dando a entender que el interrogatorio acababa de empezar.

Esta vez fue Selena la que tomó la palabra para evitar más malentendidos.

—Asier trabaja en un periódico —sentenció, orgullosa. Asier, sin embargo, no parecía muy satisfecho con la respuesta de su pareja,

—¡Oh! Que interesante, periodista de investigación. —mi madre me miró—. ¿Qué te parece?

—Mejor para él —dije tajante.

—Nuestra Sigrid está algo indecisa con su futuro —explicó mi madre.

—No está indecisa, no tiene ni puta idea, Marisa —mi padre habló en el idioma de la verdad.

—Bueno… está sopesando varias opciones…

—Entre ellas esta la de vivir de sus padres hasta que pueda vivir de sus hijos.

—Vicente por favor —le regañó mi madre y después sonrió a Asier—. Sería tan bonito que la ayudaras a tomar una decisión… como eres periodista pues… sabrás más que nosotros…

—Yo no he dicho que sea periodista… —dio un pequeño brinco y mi hermana le apretó sutilmente la mano mientras le miraba con cierta agresividad—. Periodista… de investigación… quería decir.

—Ya eres algo más que mi hija —dijo Vicente concentrado en su sopa.

—Ayudaré en lo que pueda —dijo y se fijó en mi—. ¿Que… te gusta?

Juraría que le oí saborear las palabras… ¡Oh Dios mío! No podía contestarle lo que ahora mismo me estaba pasando por la cabeza. ¡Me gustaba él! Me gustó ya desde el momento que entró en casa y nos saludó. Me gustó cuando mi hermana nos hablaba de él. Me gustó cuando vi una foto de Selena con él y me gustaba en ese momento que me miraba solo a mi. Era nuestro primer contacto real y en mi imaginario aquello era demasiado intenso. Algo dentro de mi (supongo que una ilusión desmedida) podía asegurar que Asier se sentía también algo inquieto y confuso con mi presencia. ¿Él también había visto fotos mías? ¿El me conocía? ¿Mi hermana le había hablado de mi? Desde luego mi familia no me estaba dejando en buen lugar.

Si, vale, era cierto que andaba un pelín perdida con mi futuro, y eso que tenía veinticuatro años. Había acabado el instituto y empecé una carrera de derecho que no me interesó mucho. Hacía una semana confesé a mis padres que quería abandonarla y por eso supongo que estaban “calentitos” con el tema. Selena era enfermera, así que lo mínimo que se esperaba de mi es que fuera… como ella o parecido. Por eso escogí derecho, porque mi madre me insinuó que era lo que debía de hacer y punto. Pero… estaba claro que la hice caso porque estaba tan perdida como ahora con respecto a mi vida.

—No creo que se trate de lo que te gusta, si no de lo que se te puede dar bien. ¿Tú trabajas de lo que te gusta, Asier?

Una pausa. Puso los codos sobre la mesa y junto las manos. Me di cuenta de que le encantaba juguetear con sus manos y sus dedos. Daba énfasis a sus palabras gesticulando todo lo que podía. En este caso, no fue distinto y giró su muñeca para enseñar la palma de su mano.

—Me gusta mi trabajo. Lo disfruto… para lo simple que es. Siento que… de una manera muy discreta, ayudo a los demás.

—Asier es ambicioso —dijo Selena dando por terminada su sopa. Soltó la cuchara haciendo ruido y se limpió la boca con poca delicadeza.

—Eh….

—Basta de hablar de trabajo —sentenció mi hermana—. ¿Cuándo me vais a preguntar por la boda? Que a eso hemos venido, hombre. Apenas puedo creerme que me vaya a casar así que… ¿Brindamos?

A pesar de sólo haber servido el primer plato, mi tía abrió una botella de sidra y a los dos minutos estábamos dando golpes con nuestras copas deseando a la feliz pareja un feliz enlace.


La sobremesa no se alargó mucho para desgracia de Asier, que tras recoger el mantel de la mesa no sabía muy bien donde meterse. Es más, le vi dar un par de pasos en el mismo sitio para luego volver a la misma posición. Se movía para no volverse loco, pues en ese instante debía sentirse como en una cárcel. Seguro que estaba añorando su hogar y preguntándose qué demonios hacía allí. Quise ir a salvarle, pero mi padre de nuevo volvió a ponerse de mi parte y me comentó algo de la televisión. Eso me mantuvo entretenida un rato y a Asier le sirvió como excusa para sentarse en el sofá con nosotros. No aportó nada a la conversación pero parecía sentirse más tranquilo. Selena por su parte, estaba con las otras mujeres en la cocina, fumando y charlando sobre cosas de energías del espacio (literal que hablaban de eso). Supuse que a Asier todas esas cosas de oráculos, piedras mágicas y curas milagrosas del alma juntado con un poco de conspiración le importaba lo mismo que el dilema de mi padre con la tele: una mier…

—Es que yo no pague esta película… —dijo mi padre.

—Es un canal aparte y como…

Asier se quedó con nosotros y juraría que hasta le vi sonreír con dulzura.


A media tarde me marche a mi habitación a leer un rato. Yo no tenía nada que hacer en el salón con mi hermana y con Asier. Yo ya había cumplido, así que hasta la cena no tenía porque aparecer por las zonas comunes. Además, necesitaba distraer un poco la mente y estar conmigo misma. Me fascinaba esa parte de mi vida en la que era capaz de pasar los mejores momentos en soledad. No me asustaba ir a conciertos sola, ni a museos, ni a cualquier parte… estaba feliz con mis propios pensamientos, como en ese momento, que estaba intrigadisima por la historia que tenía entre manos.

—Tu hermana no me ha hablado mucho de ti —dijo la voz de Asier, asustándome.

Di un brinco en la cama donde estaba sentada. Descrucé las piernas y me levanté para verle un poco mejor. Estaba apoyado en la puerta, con las manos en los bolsillos y su camisa blanca ya con un botón desabrochado. Mi madre se pasaba un poco con la calefacción, así que el pobre ya no había aguantado más su disfraz.

—¿Qué te ha contado?

—No me has escuchado… —se adentró un poco más en mi cuarto aunque no le di permiso para entrar.

—La verdad es que no.

—Solo me ha dicho que tenía una hermana que se llamaba Sigrid. No sé si os lleváis bien… mal…

—¿Importa?

Dudó la respuesta y finalmente no contestó a mi pregunta.

—¿No te parece raro?

—Me es un poco indiferente lo que haga Selena con su vida.

—Va a casarse, algo te importará…

—Queda mucho para eso.

—¿A qué te refieres?

—No me refiero a que no vaya a casarse, si no a que aún no me hago a la idea, y además te acabo de conocer. Me pareces una novedad, sin más. Cuando se acerque el día del enlace quizás asuma de otra manera que vamos a ser…

No pude pronunciar las palabras.

—Familia —contestó él por mi.

—Es raro, Asier —fruncí el ceño—. Hasta hace unas horas ni sabía de ti.

—Podemos solucionarlo.

—¿El que?

—Por eso he venido a tu cuarto, para que charlemos y nos conozcamos.

Solté una risotada y me crucé de brazos para que viera que estaba cerrada en banda a su proposición.

—No hace falta.

—¿Por qué?

—Asier… lo que tenga que surgir entre nosotros, surgira sin forzarlo ¿Me entiendes? No tenemos que fingir, ni siquiera ser simpáticos en exceso porque… bueno porque… vamos a ser familia y por consiguiente tendremos que querernos, cuidarnos e interesarnos por la vida del otro.

—¿Crees que estoy fingiendo interés por ti?

Me mordió el labio inferior y descrucé mis brazos. Miré hacia abajo, ahora era yo la que dudaba si era correcto responderle.

—Yo no soy así, Sigrid.

—Pero eso yo no lo sé.

Entró un poco más en mi cuarto y se acercó a mi.

—¿Eres desconfiada?

—Soy cómoda. No me gusta ser una hipócrita y ser una hipócrita conlleva a hacer unos esfuerzos mentales que no me apetecen… Por eso, conozco a las personas de una manera más visceral y propia. Suelo asustar un poco porque la gente cree que soy borde.

—A mi no me asustas.

¿Por que me miraba los labios? ¿Por que estaba allí? Podía preguntárselo perfectamente porque no tenía nada que perder, pero preferí no romper aquel instante.

—No pretendo asustar, si no ponérselo fácil a la gente que me rodea. En realidad, soy alguien mucho más generoso que mi madre o mi tía. Ellas parecen tener la obligación que les gustes. Aunque les caigas mal, necesitan ser agradables contigo. Es impensable que este fin de semana salga mal.

Asier torció la boca y levantó los hombros.

—Está siendo aburrido.

—Pero es aburrido porque ni tu estas haciendo lo que quieres, ni los demás tampoco.

—Bueno, a ti se te veía muy entretenida con tu lectura.

—Si, la verdad es que si —acaricié el lomo de la novela.

Tal y como esperaba, no nos pusimos a hablar de libros. Se silenció y tras un rato que me pareció eterno dijo lo mismo que yo pensaba.

—Quiero conocerte.