Bajo la luz del Mar

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Summary

En la Base Naval de San Diego, Anaís ha dedicado su vida al diseño de buques de guerra, ganándose un lugar en un mundo dominado por hombres. Su mayor logro, el USS Vulcan, está listo para zarpar, pero con él llega también el hombre que pondrá a prueba mucho más que su talento: el capitán Elías Montenegro. Él ha vivido el tiempo suficiente para saber que el amor y el deber no siempre pueden coexistir. Con una vida entregada al mar, siempre ha mantenido las emociones a raya... hasta que Anaís irrumpe en su mundo. Ella no es solo la mente brillante detrás de su nave, sino la única capaz de desafiarlo, desconcertarlo y tentarlo de formas que nunca imaginó. Ambos saben que ceder a la atracción sería un error, pero resistirse es una batalla perdida. Sus miradas son promesas silenciosas, cada roce es un desafío y la tensión entre ellos crece con cada encuentro. Pero el mar es impredecible y, cuando el peligro se interponga en su camino, Elías deberá enfrentar lo que más teme: perder a la única mujer que ha logrado atravesar sus defensas. Un romance apasionado entre el deber y el deseo, donde las aguas profundas no solo esconden secretos, sino también las emociones más intensas.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

El nacimiento del USS Vulcan

El aire de la madrugada aún conservaba la frescura salina del océano cuando Anaís despertó. No por el sonido del despertador, sino por esa extraña sensación que a veces la acechaba en los días importantes. Una inquietud muda, un presentimiento cosquilleando en su estómago.


Parpadeó, aclimatando su vista a la penumbra de su habitación. Hugo, su perro salchicha, respiraba rítmicamente junto a ella, enrollado en una curva perfecta, como un pequeño guardián dormido.

El solo verlo le arrancó una sonrisa.


Con movimientos lentos, le acarició la cabeza y él respondió con un gruñidito somnoliento antes de estirarse perezoso, emitiendo un bostezo adorable.


—Buenos días, dormilón —murmuró ella, dejando un beso sobre su peluda frente.

El animal sacudió las orejas y bajó de la cama usando su rampa, meneando la cola como un metrónomo frenético.

Anaís inhaló hondo.

Hoy era el día.

El día en que finalmente mostraría su creación al mundo.


Se dirigió a la cocina y, con la rutina metida en los huesos, sirvió las croquetas de Hugo antes de prepararse un café negro y un omelette. Mientras cocinaba, tarareaba en voz baja, una melodía suave que flotaba en el aire de la misma forma en que lo hacía cuando se encontraba perdida en su trabajo.


Pocos sabían que tenía un don para el canto. Pocos sabían muchas cosas sobre ella.

Su teléfono vibró sobre la encimera y su mirada cayó sobre las notificaciones.


📱 Papá (05:40)

"Ve y humilla a esos directivos, hija."

📱 Mamá (05:56)

"Estoy muy orgullosa de ti. Mucha suerte en tu día."



La mandíbula de Anaís se tensó.


La confianza de su madre era un bálsamo. La de su padre, un recordatorio de lo que siempre esperaba de ella: que lo demostrara. Que aplastara cualquier duda, que no diera espacio a los errores.

Apretó los labios y revisó la hora en su reloj inteligente. 06:00 AM.

Respiró hondo y dejó el teléfono sobre la mesa. No podía permitirse desviar su atención.

Hoy, finalmente, presentaría su creación: el buque de guerra en el que había invertido su mente, su energía y, sobre todo, su pasión.

Pero, aunque su mente estaba enfocada en su meta, su corazón aún guardaba cicatrices. Su ex prometido no solo la había traicionado, sino que la había hecho dudar de su propia valía y belleza. Por lo que, desde entonces, su mundo giraba en torno al trabajo y su único compañero constante era Hugo, quien siempre parecía entenderla mejor que nadie.

Respiró hondo, cerrando los ojos por un momento antes de dirigirse a su habitación. Mildred, su mejor amiga y mano derecha en el proyecto, había insistido en elegirle la ropa. No podía discutir con su lógica: Si vas a enfrentarte a los altos mandos de la marina, al menos hazlo luciendo impecable.


La falda midi ceñía sus curvas con elegancia. La blusa de seda marfil era suave sobre su piel, con un lazo en el cuello que le daba un aire sofisticado. Las medias negras delineaban sus piernas y los tacones, aunque una tortura segura para más tarde, le daban la estatura y la presencia necesarias.



Se miró al espejo.


El reflejo que la devolvía la observación no era el de una mujer insegura.

Hoy con suerte, nadie la haría sentir pequeña.





📍 Base Naval de San Diego - 07:45hrs


La brisa marina golpeó su rostro en cuanto bajó del auto. El salitre se coló en su cabello, en su ropa, en sus pulmones. Había pasado tanto tiempo diseñando naves para la marina, y aún así, el océano seguía dejándola sin aliento.


Anaís aparcó el auto y salió con la cabeza en alto. Aunque su postura era firme, no podía negar la sensación de cosquilleo en su estómago. Hoy no era solo un día más en su carrera. Hoy marcaba el momento en que dejaría su huella en la historia naval.


A medida que avanzaba por la base, los oficiales la observaban con interés. Algunos la reconocían, otros solo veían a una mujer en un mundo dominado por hombres. Había aprendido a identificar esas miradas.


Miradas que dudaban.


Miradas que la subestimaban.


Pero hoy, no podían ignorarla.

Y pronto la ceremonia había comenzado.

El Almirante Carlos Rivera tomó la palabra primero, su voz resonando en el aire a través del alto parlante, las cañas tiñendo su cabeza demostraban el valioso servicio que había prestado a lo largo de los años a la Marina.


— "Hoy estamos aquí para celebrar no solo un avance tecnológico, sino un paso hacia el futuro de la Marina. Y este paso ha sido posible gracias a la increíble visión y dedicación de la ingeniera Anaís González."


Un murmullo recorrió la sala.


El mundo militar y naval no estaba acostumbrado a aplaudir a una mujer.

Una mujer había diseñado la nave que pronto zarparía.


Anaís se levantó y caminó hacia el podio. Su espalda recta, sus tacones resonando con un ritmo calculado.


—"Buenos días, señores."

Su voz no tembló.


— "Es un honor estar aquí hoy, frente a todos ustedes, para presentarles un proyecto que no solo representa años de trabajo, sino también el compromiso y la dedicación de un equipo excepcional de ingenieros, diseñadores y técnicos. Así como un futuro revolucionario en la Marina."


— "Hoy, tengo el privilegio de mostrarles al USS Vulcan, un buque de guerra de última generación, que ha sido concebido y diseñado para enfrentar los desafíos del futuro."


Mientras hablaba, el murmullo de la sala se disipó. Sus palabras eran firmes, su confianza palpable. Explicó con precisión los detalles técnicos del USS Vulcan, pero lo hizo con tal pasión que incluso aquellos que habían llegado con escepticismo comenzaron a escuchar con interés genuino.


Pero hubo una mirada que se sintió diferente.

Firme.


Penetrante.


Inevitable.



Un hombre alto, de uniforme impecable, la observaba desde un rincón. Su presencia no solo imponía, sino que exigía atención. Cada línea de su rostro contaba una historia escrita por el mar, por noches de vigilancia en cubierta y decisiones tomadas con la firmeza de quien ha visto y vivido demasiado.


Su cabello, ondulado y rebelde, caía con naturalidad sobre su frente, un contraste tentador con la rigurosa disciplina que exudaba su porte. De alguien que dominaba su mundo con confianza.


Pero fueron sus ojos los que la detuvieron.


Azules como el océano en plena tormenta.


Una chispa recorrió su espalda, erizándole la piel.


¿Quién demonios era ese hombre?


Intentó ignorarlo, pero su respiración ya había cambiado. Su corazón tamborileaba en su pecho.


Siguió su presentación con precisión, concentrándose en los diagramas que aparecían en la pantalla. Explicó cada detalle con la seguridad de quien conoce cada tornillo, cada cable, cada pulgada de su creación.

Pero la mirada de aquel hombre la seguía, midiendo cada palabra, cada gesto.


Cuando terminó su discurso, el Almirante Rivera tomó la palabra.


—"Ahora, para continuar, me complace presentarles al Capitán Elías Montenegro, quien comandará el USS Vulcan."


Anaís sintió un latigazo de adrenalina cuando lo vio levantarse.


Él.

Él era el capitán.


Y el aire en la sala se volvió más pesado.

¿El Capitán del Vulcan? ¿El hombre que había estado observándola todo este tiempo?


Caminó con pasos firmes, controlados. Cada músculo de su cuerpo parecía moverse con precisión medida.

Pero antes de tomar el micrófono, sus ojos volvieron a encontrarse.


Y esta vez, ella no pudo evitar sostenerle la mirada.


Su voz grave resonó en la sala.


—"Es un honor estar aquí, y más aún, conocer a la mente maestra detrás de este increíble proyecto."


El estómago de Anaís se contrajo.

No por nerviosismo.

Por otra cosa.


Sus palabras eran una simple cortesía. Un elogio profesional. Pero el tono de su voz... la forma en que la miraba mientras lo decía...



No tenían nada de simple.


Como su capitán, mi responsabilidad es guiar a esta tripulación con la misma precisión y dedicación con la que se ha construido este buque. Cada componente del USS Vulcan, desde su estructura hasta sus sistemas avanzados, refleja el arduo trabajo de ingenieros, técnicos y marinos. Con mi tripulación estoy seguro que podemos enfrentar cualquier misión que se nos asigne.



Esto es el comienzo de una nueva era en la que el USS Vulcan jugará un papel crucial en la defensa de nuestros intereses. Con el apoyo y la confianza de todos ustedes, estoy seguro de que cumpliremos con las expectativas más altas, y más allá.


Cuando la ceremonia terminó y las cámaras dejaron de destellar para capturar aquel importante evento. Por fin había recibido elogios de algunos caballeros del lugar e incluso pudo escuchar como uno juzgaba su obra de arte, Anaís se escabulló al baño enojada.


Se mojó las mejillas, sintiendo el agua fría contra su piel.


Vamos, Anaís, no te escondas aquí toda la noche. —La voz de Mildred resonó en el baño con la familiaridad de quien ha repetido la misma frase demasiadas veces.


Salió de uno de los cubículos, acomodándose el traje con movimientos expertos antes de sacar un pequeño espejo de su bolso y retocar su labial con precisión milimétrica. Su mirada se deslizó hacia Anaís, quien tenía el rostro empapado de agua, y soltó un suspiro dramático.


Deja de arruinarte el maquillaje, por Dios. —Sin esperar respuesta, tomó un puñado de servilletas y comenzó a secarle el rostro con la delicadeza de quien sabe que la otra no se resistirá.


Anaís puso los ojos en blanco.


Estoy agotada —bufó, dejando caer la cabeza hacia atrás. Los tacones le estaban matando los pies, la presión de la presentación aún pesaba sobre sus hombros, y encima... —¿Sabes qué es peor? Un imbécil criticando a mi bebé.


Mildred arqueó una ceja, cruzando los brazos.


¿Tu bebé?



El Vulcan —espetó Anaís, apretando los dientes al recordar cómo un ingeniero había soltado con toda la suficiencia del mundo que él habría hecho mejoras en su diseño.



Ah, claro. Tu hijo primogénito. —Mildred sonrió con sorna antes de apoyarse en el lavabo y mirarla con intensidad. Luego, sin previo aviso, la sujetó por los hombros con firmeza, como si fuera una boxeadora a punto de entrar al ring.


Escucha, genio de los barcos, no dejaste que una junta llena de almirantes te hiciera temblar. No vas a dejar que un imbécil con complejo de superioridad te arruine la noche.



Anaís no pudo evitar soltar una carcajada.


La tensión que había anidado en su pecho comenzó a disiparse.


Esa era Mildred. Su mejor amiga desde la universidad. La única persona con la que podía ser completamente ella misma. No como en el trabajo, donde su voz debía ser más firme, su postura más rígida, donde cada gesto y palabra tenían que construirse con precisión quirúrgica para no dar espacio a las dudas.


Aquí, con Mildred, podía respirar.


Cuando salió del tocador, la algarabía de la recepción incremento, en conjunto con el eco de sus tacones contra el mármol del pasillo.

Una voz grave y familiar la hizo detenerse.


Ingeniera González.


Anaís se giró, pero su cuerpo no se tensó. No era una orden ni un llamado frío.


Era el Almirante Carlos Rivera.

Su mentor. Su protector en aquel mundo de tiburones.


El hombre que, en más de una ocasión, había intercedido por ella cuando otros intentaban desacreditar su talento.


Su expresión severa contrastaba con el ligero destello de aprobación en sus ojos, como si de una figura paternal se tratara.



Buen trabajo hoy. Sabía que no decepcionarías.


Anaís sonrió con sinceridad, inclinando levemente la cabeza.


Gracias, Almirante.


Quería que tú y el Capitan se conocieran finalmente. —Su tono era un poco más relajado, pero su postura seguía siendo la de un líder. Un hombre que nunca bajaba la guardia.


Anaís asintió con discreción, sintiendo la presencia del otro hombre.


Elías Montenegro.

El capitán que comandaría su creación.


Él no solo imponía, sino que desafía con su sola existencia.


Era más alto que el Almirante, un par de centímetros rozando el 1.90, con una complexión sólida de músculos bien entrenados, forjados por años de disciplina. Su cabello ondulado tenía el aire rebelde de quien no teme enfrentarse a una tormenta, y sus ojos...


Malditos ojos.


Con un brillo contenido, como el filo de un cuchillo antes de hundirse en la carne.


Anaís tragó saliva.


La presencia del Almirante imponía respeto.

La de Elías imponía otra cosa.


Una amenaza.


Una invitación.

Una advertencia silenciosa de que, si se acercaba demasiado, podría quemarse.


Respiró hondo y levantó la barbilla con sutileza, sin apartar la mirada. Sabía cómo sostener un duelo visual sin pestañear. Había enfrentado juntas directivas, comandantes y académicos que intentaron desacreditarla.


Pero esta vez...


Esta vez era diferente.


Capitán Montenegro. —Su voz salió perfectamente calculada, modulada con la firmeza necesaria para no mostrar flaqueza.


Elías extendió la mano.


Anaís dudó solo un segundo ante de estrechársela.

La calidez de su piel contrastaba con la firmeza de su agarre.


No era un simple apretón de manos.

Era una declaración silenciosa.


Es un honor conocer a la persona que logró revolucionar el diseño naval de esta manera. —La voz de Elías fue profunda, modulada, sin titubeos. Su tono rozaba la admiración... aunque su mirada decía algo más.


Anaís alzó una ceja, permitiéndose una sonrisa controlada.


Y es un honor ver que alguien con su experiencia tomará el mando. Espero que esté listo para manejarlo correctamente.


Los labios de Elías se curvaron apenas.


No era una sonrisa.

Era el reconocimiento de un reto.



Hago mi mejor esfuerzo. Aunque me temo que aún hay detalles que solo la mente maestra detrás del proyecto podría explicarme mejor.


Anaís inclinó la cabeza.

Un desafío envuelto en cortesía.


Cuando quiera, Capitán. De cualquier forma, mañana tengo que regresar a la base para entregar los últimos detalles. Supongo que habrá que darle una visita guiada. ¿No lo cree, Almirante?


Rivera asintió con calma.


Mañana conocerás tu nuevo juguete, muchacho. Además, hay que presentar a la tripulación y revisar el equipo. Tenemos solo tres meses antes de zarpar. — Le palmeó el hombro con un gesto de confianza y se alejó, dejándolos solos.



Silencio.


Elías no apartó la mirada.


Anaís sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No de miedo.

De anticipación.



Tres meses, ¿eh? —murmuró Montenegro con una media sonrisa—. Supongo que eso significa que tenemos poco tiempo para conocernos mejor.



Anaís arqueó una ceja, cruzándose de brazos.



Si lo dice por el Vulcan, Capitán, no creo que tres meses sean suficientes para entenderlo por completo.


Elías inclinó un poco la cabeza, observándola como si ya supiera algo que ella aún no comprendía.


No hablaba solo del Vulcan, Ingeniera.



El aire entre ellos se volvió pesado, cargado de algo más que mera cortesía profesional.

Anaís sintió su respiración atraparse por un segundo.


¿Aquello había sido una insinuación?


¿O simplemente estaba jugando con ella como todos los demás hombres en ese lugar?


Elías dio un paso atrás, sin apartar la mirada, como si hubiera dejado la frase flotando entre ambos a propósito, como si quisiera que ella fuera quien le diera un significado.


Y maldita sea, lo estaba haciendo.



Nos vemos mañana —dijo con una última mirada, antes de girarse y alejarse con la misma confianza peligrosa con la que había llegado.



Anaís exhaló lentamente, parpadeando para recuperar el aire.

Definitivamente, esto era un juego.



Y ella acababa de aceptar entrar en él.