𝐂𝐋𝐎𝐒𝐄 | 𝗝𝗝𝗞

Summary

𝗝𝘂𝗷𝘂𝘁𝘀𝘂 𝗞𝗮𝗶𝘀𝗲𝗻 ᴏɴᴇꜱʜᴏᴛꜱ Contenido explícito. +18 Soft ¿Podemos acercarnos aún más, cariño?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝐒𝐀𝐓𝐎𝐑𝐔 𝐆𝐎𝐉𝐎

La música dentro de la discoteca era ensordecedora, un latido mecánico que resonaba en las paredes y en el pecho de todos los que se mecían al ritmo de la canción de moda.

Hari no era fanática de esos lugares, pero Maki, Mai y Nobara habían insistido en salir esa noche, y después de varios días de agotamiento en la universidad, le pareció una buena idea despejarse un poco.

Ahora, con una ligera sensación de mareo por el calor del lugar y el efecto del alcohol en su cuerpo, decidió salir a tomar aire.

Apenas cruzó la puerta de emergencia que daba al callejón, el frío de la madrugada le acarició la piel, erizándole los brazos descubiertos. Apoyó la espalda contra la pared de ladrillos, sacó un cigarro de la cajetilla y lo encendió con un mechero gastado.

Inhaló el humo y suspiró, sintiendo cómo la tensión en sus hombros se disipaba poco a poco. Desbloqueó su celular y revisó las notificaciones.

Mensajes sin leer en los chats grupales, una que otra historia en Instagram de sus amigas dentro del bar y un mensaje de su madre preguntando si volvería a casa esa noche o si se quedaría en el departamento. Hari estaba respondiendo cuando un sonido rompió la quietud del callejón: un grito ahogado, lleno de desesperación.

Levantó la vista con un escalofrío recorriéndole la espalda.

A unos metros, entre la penumbra, vio dos siluetas forcejeando.

La escena era borrosa, pero el sonido de un cuerpo cayendo al suelo la hizo contener el aliento. No podía ver qué ocurría con claridad, pero algo en su instinto le dijo que tenía que irse.

Dio un paso atrás, intentando alejarse sin hacer ruido.

Otro paso. Otro más.

Entonces, su pie tropezó con una botella de vidrio tirada en el suelo. El ruido fue como un disparo en medio del silencio.

Las sombras se detuvieron. Hari sintió el aire volverse pesado cuando una de las figuras giró la cabeza hacia ella. No necesitó ver su rostro para saber que la había visto.

El terror le cerró la garganta.

Sin pensarlo dos veces, se giró y corrió de regreso al bar.

Empujó la puerta con fuerza y la música volvió a envolverla, golpeando sus sentidos con luces de colores y voces entremezcladas. Se forzó a respirar, a calmarse. No podía actuar nerviosa. No podía decir nada.

—Hari, ¿Dónde estabas? —preguntó Mai, acercándose con un vaso en la mano—. Pensé que te habías ido.

—Sólo salí un momento —respondió Hari con una sonrisa fingida, tratando de que su voz sonara despreocupada.

Se sentó con sus amigas, tomó un sorbo de su bebida y fingió que todo estaba bien. Pero su corazón seguía latiendo desbocado.

Esa noche, cuando llegó a su departamento, se dejó caer en la cama sin siquiera cambiarse de ropa. No podía quitarse de la cabeza lo que había visto, aunque parte de ella quería convencerse de que era mejor no pensar en ello.

El sonido de una notificación la sacó de sus pensamientos.

Tomó el celular con dedos temblorosos. Un mensaje.

“Eres una chica buena por mantenerte callada.”

Hari sintió cómo la sangre se le helaba, deslizó la pantalla y su estómago se encogió. Había una foto adjunta.

Una foto de ella dentro del bar, riendo con sus amigas.

Dejó caer el celular en la cama, alejándolo como si quemara.

No. No podía ser. ¿Cómo la habían tomado? ¿Desde dónde? ¿Cuánto tiempo la habían estado observando?

La angustia se enredó en su pecho, pero se obligó a ignorarlo. No contestaría. No haría nada. Tal vez, si no respondía, todo se detendría.

Pero no, no se detuvo.

Los mensajes siguieron llegando.

Día tras día.

Al principio, sólo eran frases cortas:

“Me gusta lo buena que eres.”

“Sabes guardar secretos.”

Luego, empezaron a llegar más fotos. Imágenes de ella en la universidad, en el supermercado, en su departamento. Siempre tomadas desde lejos, como si alguien la estuviera siguiendo.

La paranoia la consumía.

Cada vez que alguien caminaba detrás de ella en la calle, sentía el pánico arañándole la garganta. Apenas lograba dormir, y cuando lo hacía, despertaba con la sensación de que alguien la observaba.

Pero nunca respondía.

Nunca decía nada.

Hasta que un día, en la universidad, chocó contra alguien en un pasillo.

—Oh, lo siento —murmuró Hari, frotándose el brazo tras el impacto.

—No hay problema —respondió el chico con una sonrisa.

Era alto, de cabello blanco y ojos cubiertos por unas gafas de sol.

—Estaba buscando el salón de música —dijo él—. ¿Sabes dónde está?

Hari dudó por un momento, pero al ver que realmente parecía perdido, asintió.

—Sí. Ven, te llevo.

Mientras caminaban, él se presentó como Satoru. Su voz tenía un tono relajado, pero había algo en su sonrisa que no terminaba de convencerla. Sin embargo, no podía señalar exactamente qué.

Cuando llegaron al aula, Hari notó que estaba vacía.

—Aquí es —dijo ella, haciendo un ademán con la mano—. No sé si haya alguien adentro, pero...

No terminó la frase.

Satoru la tomó del brazo y la jaló al interior.

Hari sintió su estómago caer.

Él cerró la puerta detrás de ellos, y cuando ella intentó alejarse, la arrinconó contra la pared.

Entonces, con una sonrisa divertida, sacó una navaja y la hizo girar entre sus dedos.

—Sabes, normalmente no cometo errores —murmuró—. Pero esa noche… sí que la cagué al dejar un testigo vivo.

Hari sintió el aire atraparse en sus pulmones.

Gojo paso el filo se la navaja por la mejilla de Hari, sin herirla

—No... no he dicho nada —susurró

Satoru inclinó la cabeza, divertido.

—Lo sé —dijo, alzando una mano para acariciar su mejilla con el dorso de los dedos—. Me encanta lo bien que te has portado.

Hari se tensó ante el contacto.

—Entonces… ¿por qué me amenazas?

Él sonrió.

—Porque quiero divertirme un poco.

Deslizó la navaja en su bolsillo y se inclinó más hacia ella, hasta que sus labios rozaron su oído.

—Convénceme de no acabar contigo, suplícamelo.

Hari sintió que sus piernas temblaban. Su mente buscaba una salida, una respuesta.

Y, en su desesperación, hizo lo primero que se le ocurrió.

Tomó su rostro entre las manos y lo besó.

El beso fue torpe, inseguro, desesperado.

Satoru se quedó quieto por un segundo.

Luego, sonrió.

—Vaya, vaya… qué sorpresivo.

Tomó el control del beso con facilidad, volviéndolo brusco, intenso, reclamador. Su lengua se abrió paso en su boca sin darle oportunidad de resistirse. Hari se aferró a él, no por deseo, sino por pánico.

Sus manos se deslizaron por su espalda, pero Satoru no se conformó con eso. Bajó una mano a su trasero, apretándole con posesión.

Satoru presionó un beso contra sus labios antes de apartarse apenas unos centímetros, con una sonrisa dibujada en su rostro. Sus ojos, ocultos tras las gafas, parecían atravesarla con facilidad.

—Eres una niña buena —susurró, rozando su nariz con la de ella de manera casi cariñosa —Vamos, abre las piernas.

Hari bajó la mirada, sintiendo su rostro arder. Ella le hizo caso.

Satoru llevo su mano por debajo de la falda de Hari, ella jadeo al sentir como la mano de aquel hombre toca esa zona tan intima.

—Espera…

Hari intento detenerlo pero Satoru presiona más si dedo en el clítoris de la chica. Hari se arquea gimiendo.

—Estas mojada putita — sonríe con malicia

Hari cubrió su boca para silenciar su grito.

El peliblanco había introducido un dedo en su interior. Satoru comenzo a masturbarla mientras que la pobre Hari silencia sus gemidos.

—Mierda— murmuró Satoru en su oido — Estas muy mojada ¿Te pone caliente esto?

Hari asintió con pena.

Satoru rio. El comenzo a mover sus dedos en el interior de Hari con facilidad. Hari jadeo, sintió como sus músculos comenzaron a contraerse, sus piernas tiemblan con mas fuerza.

Un gemido es reprimido por sus manos.

Satoru sonrió al ver como Hari tuvo un orgasmo.

—Que niña tan buena, te corriste en silencio — lame sus dedos

Buena.

Ella no era buena.

Si lo fuera, no habría permitido esto.

No se habría quedado de pie, temblando, en vez de salir corriendo.

Satoru chasqueó la lengua con diversión y se apartó un poco más, aunque su presencia seguía sintiéndose sofocante.

—Voy a regresar —dijo, inclinándose lo suficiente como para que su aliento chocara contra su oído—. Para entonces, espero que sepas cómo entretenerme.

Sus manos apretaron con fuerza su trasero.

Hari tragó en seco.

Sin decir más, él se giró y salió del aula de música, dejándola paralizada en el sitio, con el corazón latiendo con fuerza descontrolada en su pecho.