La pena de la joven recién casada
La casona, construida con piedra gris y techos altos, se encontraba en completo silencio. Apenas unos cuantos sirvientes se movían en las sombras, cumpliendo las órdenes con eficacia, casi como sombras fantasmales que se trasladaban silenciosos por los largos pasillos. Sentada con los dedos entrelazados sobre sus muslos, Emilia miraba las manos inertes. Sus largas y finas manos, tan acostumbradas al arte y la literatura, ahora se sentían fuera de lugar en un mundo gobernado por los intereses y deberes.
A sus diecisiete años, sus días estaban trazados por las estrictas expectativas sociales. Casarse con un hombre que bien podría ser su padre era un destino que ella no había elegido pero debía asumir. Su madre le había dicho que era una oportunidad, un ascenso a una vida más segura, con riquezas y poder. Pero Emilia no deseaba riquezas si venían acompañadas de su silencio y su sumisión, no deseaba un título si significaba perder su libertad.
-Eres hermosa, Emilia-dijo, sin siquiera verla a los ojos-,pero terca como potrillo salvaje. La obediencia es lo que necesitas aprender.
En la habitación matrimonial, las luces tenues apenas iluminaban el espacio. La gran cama de lujo, ahora un símbolo de su encierro, parecía demasiado grande y fría. Emilia, acostada en un rincón, susurraba sus penas en silencio mientras las lágrimas surcaban su rostro. Giuseppe la observaba con calma, su expresión mezcla de indiferencia y autoridad.
Aunque sus gestos podían parecer cariñosos, había algo más profundo en sus oscuras intenciones lascivas. Ella lo miró con ojos húmedos, incapaz de contestar. Sus palabras eran como dagas, y cada uno de sus gestos, aunque cálidos en apariencia, la herían en lo más profundo de su ser. La presión para dar un hijo pronto se convertiría en una carga insoportable a sus jóvenes 17 primaveras.
-Es solo cuestión de tiempo-prosiguió Giuseppe mientras acercaba su gran pesada mano y de tacto cálida a la mejilla de la joven para acariciarla como si intentase consolarla, ella cerró los ojos con fuerza, intentando evitar con rabia y una sensación amarga las lágrimas que amenazaban con desbordarse nuevamente. Sabía que sus palabras y forcejeos ya eran inútiles.
En la sociedad en la que vivían, su papel ya estaba hace meses definido, incluso desde que la partera dijo que era una niña: ser dedicada esposa y buena madre. El silencio se instaló nuevamente, interrumpido solo por el nivel de sonido de sus respiraciones entrecortadas. Completamente sumida en su desesperación silenciosa, pensaba en cómo escapar, cómo liberarse de aquella jaula, aunque no tenía la fuerza suficiente para hacerlo. Su mente acababa llevándola a cualquier otro lugar más allá de esas frías paredes a las que ahora conocía como hogar, aunque su hogar estaba demasiado lejos.
Giuseppe, completamente ajeno al tormento interno de Emilia, no sentía ni la más mínima pena por ella que parecía invisible a los ojos del mundo. No tenía plumas ni alas, pero temblaba del mismo modo que lo haría un ave asustada. Porque como el chercán era pequeña, liviana, tan fácil de encerrar entre paredes frías y muebles lujosos. Sus manos, antes vivas de tinta y bordado, ahora reposaban mudas sobre sus muslos, como alas recogidas. Cada palabra que callaba era un canto ahogado, cada lágrima una señal de que, aunque nadie lo notara, aún seguía viva.
El chercán solía moverse entre ramas, entre hojas, entre luz. Emilia ahora habitaba la sombra de una cama demasiado grande, donde el silencio pesaba más que el aire. Y sin embargo, incluso ahí, su espíritu no dejaba de moverse. Inquieta por dentro, como el ave que no deja de buscar la salida aunque todas las ventanas estén cerradas.
Era bulliciosa en su alma, aunque sus labios callaran. Era libre en su mente, aunque su cuerpo obedeciera. Y sabía, aunque no supiera cómo ni cuándo, que un día alzaría el vuelo.
-Dame una sonrisa, Emilia-ordenó con suavidad, casi como si estuviera pidiéndole algo trivial. Su voz, aunque suave, era como una cadena que tiraba de ella hacia abajo, una y otra vez.
Pero no hubo respuesta, ni siquiera quiso alzar la mirada; con los ojos todavía nublados por las lágrimas perdidos en una esquina cualquiera de la habitación. No pudo contener la tristeza que aún se reflejaba en su rostro que cada vez se volvia mas inexpresivo. La sonrisa que él esperaba nunca llegó, su muñeca de fina loza estaba con su alma en otro lugar.
Giuseppe frunció el ceño, por un breve momento mostrando una emoción que Emilia nunca había visto en él antes: frustración. Sin embargo, pronto la borró, reemplazando su reacción por una de más calma y frialdad ensordecedora, casi siniestra. Inmediatamente tomó con una mano el mentón de su esposa y lo jalo con brusquedad con la esperanza de tenerla de frente; se encontró con una mirada muerta que parecía querer desbordar emociones y a la vez nada.
La joven ya asqueada con su tacto y simple presencia trato de alejarse, comenzó a gritar desconsoladamente entre lágrimas, forcejeando con su furioso esposo quien tratando de hacerla volver a la cama la arrastró de sus cabellos y desató toda su ira contenida contra ella. Los ecos de los gritos y golpes resonaban por los pasillos del segundo piso de la casona mientras la poca servidumbre despierta guardaba silencio con resignación.
Avanzada la noche, el peso de sus pensamientos la aplastaba cada vez más. A su lado su esposo dormía profundamente como si nada pudiese perturbarlo, ella entre sollozos se puso con cuidado y lentitud de pie sin intenciones claras de despertarlo. Ya fuera de la cama caminó rápidamente en puntitas por el frío piso de la habitación hasta una de las esquinas donde estaba ubicado un closet de madera grande de puertas que por suerte no rechinaban.
La joven adolorida y temerosa no estaba dispuesta a pasar la noche junto a ese gran monstruo que la despertaría igual que otras veces con repulsivas caricias no deseadas. Con cuidado se adentro en el closet y se quedó allí hasta la mañana siguiente.
En sus sueños se iba lejos de la casona, lejos de todo lo que la atormentaba y hacía sentir miserablemente insegura. Emilia deseaba algo más, algo real, algo que no estuviera trazado por los caprichos de un hombre que no la veía, que no la conocía. Deseaba un escape, un destino donde pudiera ser ella misma, sin cadenas ni contratos. Porque en ese momento, la prisión de su alma se sentía más inmensa que las paredes que la encerraban.
A la mañana siguiente la joven salió del closet cubierta por un gran abrigo de piel que cayó sobre ella sin que la despertase, la cama vacía indicaba que su esposo había salido ya o bien la estaba buscando furioso por la casona. Bajo las escaleras lentamente observando todo a su alrededor con la esperanza de no toparse con Giuseppe, con tal concentración que no pudo evitar asustarse cuando se topó de frente a una de las criadas quien preocupada por su estado la tomó del brazo y la llevó hasta la cocina para revisarle.
En sus brazos y espalda quedaron tersas las marcas de la brusquedad de su esposo,en su rostro las mejillas enrojecidas y los ojos hinchados. La mujer la miró con profunda pena y una ternura que Emilia no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Su rostro envejecido, surcado por arrugas de años de trabajo y sacrificios, irradiaba un calor que contrastaba con el frío de la casona.
Sus manos, ásperas y marcadas por la labor, se movieron con delicadeza mientras apartaba un mechón de cabello del rostro de Emilia, revelando las marcas que no necesitaban palabras para contar su historia. En esos ojos cansados y oscuros había un amor silencioso, una comprensión que solo alguien que había visto demasiado podía ofrecer. Sin decir nada, la anciana tomó un paño limpio, lo humedeció con agua fresca y comenzó a limpiar las heridas de Emilia con movimientos lentos y cuidadosos. Cada roce parecía una caricia, como si quisiera borrar el dolor incrustado en su piel. Su mirada, cargada de compasión, hablaba de un dolor propio, de una historia no tan distinta a la que ahora sufría la joven niña frente a ella.
Aunque tenía pocos años en esta tierra, ya era una mujer con la esperanza de tener pronto una vida en sus entrañas, cuerpo de mujer a solo cinco años del primer período. Era apenas una niña cuando los susurros de la sociedad empezaron a dictar su destino, moldeándola para un rol que aún no comprendía por completo. Cinco años no eran suficientes para entender el peso de ser esposa, madre, y menos para enfrentar los sacrificios que aquello implicaba. Su cuerpo, para la sociedad, maduró antes que su espíritu, y mientras su vientre ya era considerado capaz de albergar una nueva vida, su corazón seguía siendo el de una joven que anhelaba libertad, amor y un propósito más. Su juventud, aún fresca como el rocío en la hierba, se desdibujaba bajo las sombras de un deber que no había elegido, pero al que debía entregarse.
Todavía desconocía los misterios del mundo, los recovecos de su propia alma, y sin embargo, ya cargaba con el peso de las expectativas ajenas, de un esposo que no veía en ella más que un instrumento de linaje, una extensión dócil de su poder. A sus diecisiete años, sus días apenas deshojados ya parecían destinados a marchitarse, sepultados bajo las piedras de un destino impuesto, donde las cadenas de las tradiciones eran más fuertes que cualquier anhelo.
En su pecho latía el deseo silencioso de rebelarse, de vivir algo que fuese realmente suyo, aunque el eco de ese sueño se desvaneciera entre los muros fríos. Cada paso resonaba como un eco sordo en los pasillos interminables de la casona, un recordatorio constante de que aquella no era su casa, sino su prisión. Las paredes, imponentes y calladas, parecían guardar secretos que no le pertenecían, mientras las ventanas altas dejaban pasar la luz justa para iluminar su resignación, pero no lo suficiente para calentar sus esperanzas.
Emilia sentía que hasta el mármol bajo sus pies era un testigo mudo de su desdicha, frío e imperturbable, incapaz de ofrecerle consuelo. El eco de sus pisadas en la casona fue interrumpido con el sonido de la puerta principal al abrirse, la joven asustada con ojos de cordero trago saliva y corrió angustiada nuevamente a la habitación para esconderse en el closet antiguo. Se había dado cuenta meses atrás que el hombre poco y nada lo revisaba pues siempre arrojaba todo al piso de la habitación para que la servidumbre lo recogiese. Ese se había vuelto su lugar secreto para estar segura lejos de él, no podía salir de la casona ni siquiera al jardín por mandato del señor, a menos que fuera supervisada por el mismo.
El hombre de figura imponente y elegante se sentó en una de las sillas del comedor principal, alzó su mirada a dos mujeres que acababan de limpiar allí recientemente y preguntó dónde estaba la mocosa de manera despectiva. La mayor de las mujeres con el debido respeto le indico que no tenían conocimiento de donde se había metido la niña, subió las escaleras rápidamente y le perdieron el rastro. El hombre suspiró y con tono burlesco exclamó que seguramente ahi tenia su escondite para no ver a tan feas indias, seguido de eso y con un tono más brusco les pregunto como aún no sabían dónde se escondía su esposa cada que se asustaba o que no estaba con el.
Inmediatamente hizo una pausa mientras observaba a una de las criadas mestizas que pasaba cargada con dos escobas rumbo a la cocina, en ella resplandecían dos pendientes caros de perla y oro blanco. Era apenas un año mayor que su esposa pero como guacha había vivido más de lo que su joven rostro aparentaba. Había llegado a la casona pidiendo trabajo y protección después de haber huido de quien se podría decir que era su esposo por haber tomado su virtud, hace unos tres años.
La mestiza lo miró con cierta candidez y coquetería, luego se retiro dejando una sonrisa clavada en la mente del hombre, quien se puso de pie dando unas cuantas instrucciones a las criadas ahí presentes para luego avisar que volvería a salir. Las horas del dia pasaban y la joven Emilia volvía a salir de su escondite para bajar a la cocina y comer algo, no toda la servidumbre era agradable pero si la trataban con el debido respeto como señora del hogar.
La vieja que la había atendido esa mañana le mencionó que el señor volvería en unas varias horas, por lo que podrían salir al jardín de la casona sin que él se enterase. Los ojos tristes de emilia se llenaron de una dulce ilusión cual niña en su interior. Con una sonrisa tímida dejó que la vieja criada la guiara hasta la puerta trasera que daba al jardín.
El sol de la tarde acariciaba suavemente su piel, y Emilia sintió por un momento una extraña libertad que hacía mucho no experimentaba. Caminó despacio, dejando que sus pies descalzos tocaran la hierba húmeda, algo que había añorado desde el día en que su vida se había convertido en una prisión dorada. Las flores estaban en plena floración, y el aroma a jazmín llenaba el aire.
Emilia se detuvo frente a un pequeño rosal, uno que le recordaba a los que tenían con su madre y hermanas en su antigua casa. Paso unas cuantas horas en el jardín junto al rosal y las flores viendo a las aves pasar sobre su cabeza y sintiendo la tierra bajo sus dedos. Mientras Emilia recorría el jardín de la casona de Giuseppe, cada paso sobre la hierba húmeda parecía desenterrar un recuerdo que había intentado enterrar. La suave brisa que agitaba las hojas de los árboles era la misma que, meses atrás, había acariciado su rostro en el jardín de su hogar. Cerró los ojos y dejó que los aromas del jazmín y las rosas le regresaran a aquel día, cuando su mundo había cambiado para siempre.
Recordaba cómo el sol de la tarde se filtraba entre las ramas del ciruelo que su madre había plantado años atrás. Estaba sentada en el banco de piedra, con un libro entre las manos, cuando su madre apareció con un sobre lacrado, y Emilia sintió casi de inmediato que no traía buenas noticias. Con manos temblorosas, tomó la carta y comenzó a leerla.
Cada palabra era un golpe: su futuro había sido decidido sin su consentimiento.
Un hombre que apenas conoció por su reputación, sería su esposo. Lo describía su madre como un caballero distinguido, de cabello rubio oscuro y ojos claros, de porte altivo y maneras impecables. Pero para Emilia, no era más que un extraño. La indignación y el miedo que había sentido entonces regresaron con fuerza, envolviéndose como un manto invisible.
De vuelta al presente, en el jardín que ahora llamaba suyo, sus dedos acariciaron distraídamente los pétalos de una de las rosas. Aquel lugar era más grande, más lujoso, pero no tenía el calor del jardín que había dejado atrás. Allí, entre sus flores y árboles, había perdido la libertad y el control sobre su destino a cambio de una dote. Y ahora, aunque el sol aún brillaba y las aves cantaban, se sentía atrapada en un paisaje que nunca podría llamar hogar.
La boda, en su esplendor y opulencia, había sido un evento digno de las crónicas sociales de la época. La Catedral Santiaguina, con sus imponentes columnas y su cielo pintado, se llenó aquel día de murmullos y miradas expectantes. La luz del mediodía se filtraba a través de los vitrales, proyectando colores vivos sobre las bancas de madera y el suelo de mármol pulido. Cada rincón estaba adornado con lirios y rosas blancas, un despliegue que parecía más un tributo a la riqueza de Giuseppe que a la unión de dos almas.
Emilia recordaba cómo su vestido, confeccionado con encajes finos y perlas bordadas, la había hecho sentir como una muñeca más que como una novia. La tela pesada y el corsé apretado parecían simbolizar las cadenas invisibles que ese matrimonio le imponía. Caminó por el pasillo central con la mirada fija en el altar, incapaz de enfrentar las miradas de los invitados, entre las cuales reconocía algunas de desprecio y otras de lástima. Giuseppe estaba allí, esperándola con una sonrisa expectante.
Su desplante era impecable, un traje oscuro de cortes precisos, su cabello rubio oscuro peinado hacia atrás y sus ojos claros brillando con una mezcla de orgullo y propiedad. Parecía más interesado en el espectáculo que en la mujer que estaba a punto de tomar por esposa.
Cuando tomó su mano, su toque fue firme pero frío, como si fuera un gesto de protocolo más que de afecto.
El sacerdote entonó las palabras sagradas, y Emilia apenas escuchó los votos que se le exigían repetir. Su voz tembló al pronunciar el “sí, acepto”, mientras sentía que entregaba algo más profundo que su libertad: una parte de sí misma que nunca podría volver a recuperar. Cuando finalmente terminó la ceremonia y las campanas de la catedral resonaron en celebración, los aplausos de los asistentes le sonaron vacíos, como ecos de una realidad ajena.
La recepción, celebrada en una de las casas más lujosas de la ciudad, fue un despliegue de extravagancia: mesas repletas de manjares, músicos tocando piezas barrocas, y un sinfín de brindis que glorificaban la unión de dos familias poderosas. Pero para Emilia, todo aquello no era más que una fachada brillante que ocultaba el vacío que sentía por dentro. La sonrisa que permaneció durante toda la velada fue una máscara perfecta, pero en su interior, solo había silencio.
Trataba de pensar en lo bueno que podía venir de la mano de este hombre, de encontrar al menos un atisbo de esperanza en medio del mar de incertidumbre. Mientras la música y las risas llenaban la recepción, Emilia intentaba convencerse de que quizás Giuseppe podría ser algo más que un extraño. Era un hombre educado, de maneras refinadas y buen nombre, un pilar de la sociedad que podría garantizar una vida cómoda y respetable.
Quizás, con el tiempo, aprendería a conocerle y a comprender los misterios que sus ojos claros parecían esconder. Sin embargo, no tenía ningún recuerdo de él antes de la boda ya que nunca se habían visto por lo que solo podía esperar lo mejor basándose en lo que sucediera con el pasar de los años. Giuseppe había sido Cortés durante toda la ceremonia, pero distante, como si sus interacciones fueran parte de una negociación más que de una relación. En la iglesia, cuando sus ojos se cruzaron, no vio ni amor ni afecto, sino la satisfacción calculada de un hombre que había obtenido lo que deseaba.
A pesar de todo, no podía ignorar la forma en que él hablaba con seguridad sobre su futuro juntos, como si el camino ya estuviera trazado. En el fondo, se preguntaba si realmente había algo bueno que pudiera nacer de un matrimonio que para ella solo significaba sacrificio. Pero, por ahora, decidió aferrarse a la posibilidad, por remota que fuera, de que un día esa unión pudiera transformarse en algo más humano.
No fue así, en su lugar se sentía hastiada de esa persona que parecía más su dueño y la trataba como perro. Estaba cansada de sentirse así de miserable y controlada por él, como si fuera una extensión de su voluntad. Las enormes puertas de la propiedad, siempre cerradas, parecían marcar los límites de su mundo. Giuseppe había comenzado a alzar la voz con el paso de los días y a recurrir a la violencia directa, su autoridad estaba presente en cada palabra, en cada mirada que le dirigía cargada de expectativas y amenazas implícitas.
Emilia vivía con miedo, un temor constante que se manifestaba en los detalles más pequeños: el temblor de sus manos al servirle el té, el cuidado con el que escogía cada palabra en las escasas conversaciones que sostenían. Sabía que cualquier desacierto, por mínimo que fuera, traería consecuencias. Se sentía como una prisionera en su propia casa, sometida a un hombre que la veía como un objeto que debía obedecer y complacer, y no como una persona con deseos o pensamientos propios.
El tiempo pasaba lentamente entre las paredes de la casona. Contaba los días mirando el sol filtrándose por las ventanas, imaginando cómo sería el mundo más allá de los altos muros. Sin embargo, el miedo la tenía paralizada. No podía rebelarse, no podía escapar. Giuseppe había tejido a su alrededor una jaula invisible pero impenetrable de control, asegurándose de que su voluntad fuese la única ley en esa casa.
La paz para la joven en el jardín se vio interrumpida por un sonido que heló la sangre de la vieja Eumelia, la criada: el chirrido de la puerta principal al abrirse. Su corazón latió desbocado al reconocer las pisadas firmes y rápidas que cruzaban el pasillo. El señor había vuelto antes de lo previsto. Corrió al jardín y tomó del brazo a la joven Emilia conduciéndola rápidamente hacia una de las entradas laterales de la casona. Allí, entre las sombras y el polvo, con el corazón en la mano, se separó de la anciana y subió las escaleras.
Desde arriba alcanzó a cruzar miradas con su esposo antes de seguir su camino a la habitación matrimonial. El hombre la miró como a un potrillo salvaje, con una mezcla de control y desafío. Los ojos de Giuseppe parecían atravesarle, cargados de esa autoridad que tanto la intimidaba y que, al mismo tiempo, despertaba en ella una ira silenciosa. Emilia sintió un nudo en el estómago mientras apresuraba el paso hacia la habitación, evitando que su mirada quedase atrapada en la de él por más tiempo del necesario.
Al cerrar la puerta tras de sí, apoyó la frente contra la madera, tratando de recuperar el aliento. Su corazón seguía latiendo con fuerza, y en sus oídos resonaban las pisadas de Giuseppe, cada vez más cercanas. En su interior, el eco de su mirada persistía como una advertencia, como un recordatorio de quién tenía el control en aquella casa. Por un momento, se permitió odiar todo: las paredes que la rodeaban, el vestido que llevaba puesto, la vida que se le había impuesto.
De repente el sonido del picaporte la hizo retroceder, era aquel hombre de ojos azules que no parecía tener alma que avanzaba hacia ella cerrando la puerta tras de sí. Con una cierta suavidad y casi cariño pregunto donde se había metido en la mañana antes de que él se despertase. Ella ni siquiera podía mirarlo al hablar, trató de crear una mentira siendo inmediatamente asustada por el inesperado aumento en el tono de voz de su marido exigiendo una verdad. A la mitad de la noche despertó y allí no estaba su esposa, por lo que sabía que no pasó la noche con él.
La joven inmediatamente comenzó un balbuceo sin saber que decir ya que ni sus pensamientos estaban claros, ante ella había un peligro inminente de ser nuevamente arrastrada por la habitación con rabia y brusquedad. El hombre se acercó con delicadeza a la joven trémula ante el y beso su frente de manera suave mientras la veía con lástima.
Emilia se distanció de él tratando de mantener una distancia constante, como siempre, su solo tacto le asqueaba y la hacía sentir atemorizada. Giuseppe, sin embargo, no tenía interés en prolongar la interacción. Sus hombros estaban tensos, y su rostro mostraba señales de agotamiento. Había sido un día largo, lleno de compromisos que lo habían desgastado, y no tenía paciencia para lidiar con la actitud distante de Emilia.
Lanzándole una última mirada cargada de indiferencia, giró sobre sus talones y salió de la habitación. Al salir mandó a llamar a una de las criadas mestizas para arreglar unos asuntos en una de las salas de la casona. Su nombre era Vicenta, a la que llamaban guacha por no tener padres.
Había pasado por muchos problemas en el campo antes de llegar a la capital a trabajar para el señor Giuseppe, de quien se enamoró profundamente. A falta de quien la protegiera, el trato preferencial por parte de su patrón por sobre las otras criadas la hizo sentir que era especial para él, al punto de que incluso fantaseaba con ser su esposa más allá de lo que pudieran decir los demás miembros de la sociedad. Sus ilusiones crecieron cuando, semanas después de que llegase Emilia, su amor no correspondido decidió regalarle unos pendientes de perla diciéndole que eso era ella; una joya delicada y única, solo para el.
Su corazón pertenencia al señor y nadie más, había perdido su virtud hace años y a causa de eso perdió la capacidad de casarse con solo 14 años de edad. Cuando pudo escapar y llegar a la capital vago por las calles pidiendo agua con pan hasta que llegó a la casona del arquitecto Giuseppe. Sus formas de trato y su bondad por recibirla entre la servidumbre la hizo sentir el amor que nunca había tenido. sus ilusiones crecieron con un trato preferencial y más cuidadoso que con el resto de la servidumbre, más cuando su amor no correspondido la citaba a altas horas de la noche y en algunos momentos del día para sentir su tacto.
Cada encuentro con Giuseppe, por breve o distante que fuera, encendía una chispa de esperanza en Vicenta. A pesar de la cruel realidad que la rodeaba, su amor por él persistía como una llama latente, consumiendo cualquier atisbo de lógica o sensatez. A veces, mientras se encontraba en su presencia, sentía que podía vislumbrar un destello de humanidad en sus ojos, como si por un instante él también compartiera algo de esa conexión que ella anhelaba. Sin embargo, esos momentos eran efímeros, eclipsados por la distancia que siempre regresaba con fuerza.
Vicenta vivía en la dulce ilusión de ser la única mujer que llenaba los anhelos de Giuseppe, de hacerlo más feliz de lo que lo hacía su esposa. Cada mañana, observaba a la joven esposa del Señor, mientras la servidumbre la peinaba con esmero y la vestía con hermosos atuendos que disimulaban las huellas de los golpes de la noche anterior. La miraba con una mezcla de envidia y pena, sabiendo que, aunque esa vida de opulencia estaba lejos de su alcance, ella estaría dispuesta a soportar cualquier sufrimiento con tal de vivirla. Pensaba en la protección que da el matrimonio y un hombre como Giuseppe. Haría lo que fuera con tal de ser parte de la vida de un hombre como el, asi que soportaba y callaba.
Sabía perfectamente que sus encuentros no eran exclusivos, pero su amor no correspondido era lo único que ocupaba su mente en esos momentos solitarios. Vicenta agradecía tener el privilegio de que un hombre como él se fijase en ella, el era completamente distinto a todos los campesinos borrachos que la habían tomado antes. Desconocia que para el, las mujeres eran simples piezas en un juego de poder y control, moldeadas por sus actitudes y comportamientos. No se preocupaba por el amor genuino o la conexión emocional; más bien, evaluaba a cada una según su disposición a satisfacer sus deseos momentáneos y sus expectativas de sumisión. Vicenta, como muchas otras, encajaba en este molde, atrapada en una ilusión de importancia y relevancia en su vida, mientras que, para él, solo era una opción más en su abanico de posibilidades. Aquella belleza exterior de porte, piel blanca y cabello rubio difícil de ver en el campo fuera de la ciudad era piel de cordero que cubría a un lobo de oscuras pretensiones,
Al cabo de unas horas y ya consumado el encuentro amoroso, Vicenta comenzó a acomodarse su ropa mientras Giuseppe se alejaba con una expresión de satisfacción fugaz. Con voz temblorosa, casi inaudible, ella se atrevió a pedirle más, más amor, más atención, algo que la haría sentir especial, algo que la separase del resto de las mujeres en su vida. Sin siquiera mirarla, él soltó unas pocas palabras frías y desinteresadas que le atravesaron el corazón como cuchillas:
-No soy quien para dar amor, menos a alguien como tú. -Su tono seco y distante la dejó helada.
Vicenta tragó su orgullo y contuvo las lágrimas que amenazaban con desbordarse, mientras el peso de sus ilusiones destrozadas la inundaba en silencio. Sin más, se retiró lentamente de la sala, sintiendo cada paso como una despedida definitiva, dejando atrás el último vestigio de su esperanza. A medida que Vicenta cerraba la puerta detrás de sí, una oleada de odio y rabia comenzó a crecer en su pecho.
Sentía que cada palabra fría y cada indiferencia de Giuseppe eran puñaladas que desgarraban su corazón. La ternura y la ilusión que había alimentado durante tanto tiempo se habían convertido en un veneno corrosivo que consumía todo a su paso. Sus manos temblaban de furia contenida mientras caminaba por los pasillos oscuros de la casona, deseando poder deshacer el tiempo, borrar su ingenio y encontrar una manera de liberarse de aquella prisión emocional.
La rabia era un fuego ardiente que la impulsaba a seguir adelante, a no rendirse ante la traición y el desprecio, aunque su cuerpo y su alma se sintieran desgastados.
Mientras tanto en la habitación matrimonial, Emilia era totalmente ajena a lo que pasaba en el piso de abajo. Sin embargo el tiempo en soledad fue clave para que tomase la decisión de no dejarse atormentar más por las indiferencias y los desprecios de su esposo. La mirada fría y ausente de Giuseppe, sus gestos distantes y sus palabras hirientes, ya no la seguirían devastando como antes.
En su interior, sintió un fuego creciente, un deseo de liberarse de las cadenas que la sujetaban a un matrimonio vacío. Quería ser ese potro salvaje, incontrolable, capaz de desbaratar su mundo con cada paso que diera. Si él la había hecho sufrir, si la había despojado de su voz y su valor, ella le devolvería el tormento.
Haría que sus días fueran tan difíciles como los suyos, desgastandose con su indiferencia y fuerza. No se dejaría desvanecer por culpa de un monstruo que creía tener poder sobre ella solo por haber pagado una despreciable dote.








