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PROLOGO
Nunca pensé que llegaría a este punto en mi vida, donde un recuerdo podría ser tan doloroso. El solo hecho de pensar me tortura, y aún más imaginar qué hubiera sido de mi vida si tan solo todo hubiera sido diferente. Mirarlo a los ojos me atormenta.
Mientras camino hacia el altar, donde me espera mi futuro marido, nunca imaginé que el día de mi boda sería un acontecimiento de tanta tristeza para mi alma. La persona que alguna vez amé está sentada en las primeras filas, y mientras lo observo atentamente, la iglesia se sumerge en la melodía del piano que acompaña mis pasos.
Al final del camino, ahí está él, parado con un traje completamente negro, incluso la rosa de su saco es negra. Pero, en vez de mirarme a mí, tiene toda su atención puesta en la mujer de vestido floral que acompaña al hombre con el que alguna vez imaginé casarme. Este matrimonio está condenado incluso antes de empezar, y eso me parte el alma.
¿Por qué me estoy casando con un hombre que sé que no me ama, y peor aún, ni siquiera me tolera? Ni siquiera se molesta en fingir lo contrario. Por lo menos me habría alegrado saber que mi futuro marido no tiene a alguien más en su corazón; habría sido más fácil para los dos. Pero, lamentablemente, no será así. Aunque yo soy la que lleva el vestido blanco, él no me presta atención.
Veo a mi padre en la primera fila lanzándome una mirada tensa, mientras mi madre llora. No sé si lo hace por tristeza o por la alegría de que, este escapando de las garras de mi padre o porque estoy sellando mi destino casandome con un hombre peor a mi padre que es el futuro capo , asi que dudo que sea por alegria.
El camino es tormentoso y, cuando llego al final del recorrido, el hombre de traje negro me sostiene. No sé en qué momento el padre deja de hablar, pero veo cómo le pregunta al hombre a mi lado si acepta tomarme como esposa. Observo cómo sus facciones se endurecen y cómo aprieta el puño con tanta fuerza que sus nudillos se tornan blancos antes de responder con un mísero: “Sí, acepto”. Luego es mi turno, y el mundo entero parece sumergirse en un completo silencio.
No sabía que mi pecado hubiera sido un simple “Sí, acepto”. Como si solo esas palabras hubieran bastado para poner mi vida patas arriba. Pero, pensándolo bien, las cosas comenzaron a torcerse desde mucho antes.








