Capítulo \1: Evy
Hoy no es un buen día para morir.
Esta es la frase que escucho al despertar en la mañana. Durante la tercera hora de la terapia, la señora Poeve continúa esforzándose por persuadirme de que es prudente evitar decisiones impulsivas. Al momento de la cena, mientras observo mi plato desprovista de apetito, contemplo la comida que en tiempos pasados solía disfrutar. Algunas veces en mi habitación, me encuentro acurrucada en el suelo, víctima de un cerebro que no deja de sobrepensar.
"¿Cuándo pasará esta experiencia emocional?" Es la pregunta que me hago mientras me encuentro en el entorno no tan sereno de Central Park. Estoy tan cerca a la autopista que los conductores podrían arrollarme con facilidad si así lo decidieran. Observé la acera y posteriormente dirigí mi mirada hacia el semáforo que se encontraba en verde. Cierro los ojos y me deleito con la sinfonía de sonidos que emana la ciudad de Manhattan. Tal vez, si simulo un tropiezo, nadie se dará cuenta. Sería comparable a reprochar a una adolescente por su inhabilidad o su torpeza.
No tengo claridad sobre el camino que me ha conducido hasta este punto. Sin embargo, es verdad que apenas logro recordar algo que sucediera antes de hace unos meses, y menos aún antes de diciembre. A menudo me ocurre que mi mente se queda en blanco, ofuscando mi capacidad de conocimientos.
Anteriormente, consideraba que era comparable a aquellas personas que padecen de sonambulismo. En un instante estoy alerta, y al siguiente, en blanco. Podrías suponer que estoy habituada a esta situación, sin embargo, en esta ocasión he trascendido mis propios límites, ya que no he permanecido en un letargo de apenas unos minutos, horas o segundos, sino que he estado en un sueño profundo durante varios días; en términos más precisos, meses, es decir, prácticamente la mitad del año. Te engañaría si afirmara saber qué ha cambiado esta vez; simplemente puedo expresar que sentí que ya no permanecía siendo yo misma. Es mi cuerpo, indudablemente, pero carezco de pleno dominio sobre él, como si una fuerza externa estuviera ejerciendo control sobre mí. En este momento, me encuentro en el segundo día desde que recobré la conciencia y en mi primera semana de clases desde mi traslado a la ciudad.
Abro los ojos y los vehículos continúan su tránsito, veloz y ágilmente. Me encuentro a dos manzanas del instituto, en una acera inundada de estudiantes bulliciosos. La acera alberga dos modestos bancos, donde se encuentran algunos viejos de avanzada edad, custodiados por un semáforo repleto de chicles de diversas tonalidades y grafitis, mientras que el grupo de estudiantes, al cual pertenezco, aguarda el autobús. Ocasionalmente, algunas jóvenes me empujan entre risas, recordándome lo desafortunada que fue la decisión de comenzar de nuevo. Mis brazos están cruzados bajo mi pecho, evocando la imagen de un descontento, ya sea hacia alguien en particular o, más probablemente, hacia la bulliciosa y desmesurada ciudad que me rodea, la cual, a decir verdad, supera mis preferencias.
—Si tan solo tuviera el valor para hacerlo —exclamé en un susurro—. Este estúpido uniforme sería de un vibrante rojo en lugar de azul.
Es fundamental destacar que mi intención era referirme al término "carmesí", dado que recientemente me he incorporado a una institución privada; sin embargo, considerando mis actuales reflexiones sobre la moralidad (que poco me importa), preferí no decir nada.
Reunindo mi cabello en un moño mal hecho, sacudo la cabeza de manera involuntaria mientras una delicada voz en mi oído susurra de forma persuasiva que actúe sin reflexionar. Avanzo con nerviosismo, aguardando que la fortuna me sonría, pues, seamos realistas, disimular la falta de temor en el instante previo a arrojarse hacia un vehículo en movimiento, igual a un insecto que impacta en un parabrisas, se representa como una tarea compleja.
—Soy Evy Claris Walker, nací y crecí en Dallas, Texas, junto a mi maldi...
Durante mi tiempo en un orfanato, que transcurrió entre diciembre y mi posterior acogida por nuevos tutores, adquirí la habilidad de evitar decir maldiciones (no porque no sepa de algunas, si no porque es una costumbre con la que no estoy familiarizada).
A pesar de que la campana probablemente ya ha resonado, algunos estudiantes continuamos aguardando el transporte que nos conducirá directamente a la entrada del instituto. Es mi primera semana como nuevo ingreso y, lamentablemente, ya he incurrido en una sanción por tardanza. Coloco el otro pie en la calle mientras lanzo una rápida ojeada a las personas que me rodean, percibiendo por primera vez una mirada maliciosa fija en mi dirección, como si hubiese estado atenta a mis pensamientos todo este tiempo. Los demás parecen ajenos, ya sea porque esta persona intuye mis intenciones o porque podría detenerme en este instante sin causar un alboroto, sin que se me considere una adolescente traumatizada y suicida.
De súbito, gira la cabeza y indica hacia mi lado izquierdo. Al principio creí que la atención recaía sobre mí, pero luego lo percibo: es un chico. Se encuentra a dos pulgares de distancia, en el área donde las palomas depositan sus excrementos, además, sus pies reposan sobre la calzada, como si estuviera a punto de replicar mi acción. Su cabello, de un profundo tono negro, se agita con la brisa, mientras que la chaqueta holgada confiere un aire enigmático a su presencia. A pesar de encontrarnos en Nueva York en pleno mes de junio, él porta botas de camionero, sostiene en la mano una chaqueta de un tono distinto y fija su mirada en la calle, lo que dificulta la tarea de descifrar sus pensamientos. Está completamente absorto.
Con un tono sereno y libre de pesimismo, pronuncié mis palabras, intentando mantener la compostura a pesar del tumulto mental que me invade:
—Si cierras los ojos, experimentarás menos dolor.
Con una lentitud deliberada, dirige su mirada hacia mí. Nunca lo había visto, lo cual resulta comprensible, ya que desde mi llegada me he dedicado exclusivamente a ver la televisión. El chico abre los ojos exageradamente, contemplando el entorno en el que ambos nos encontramos y, a pesar de que me dan un poco de miedo, no hago el más mínimo movimiento. No pude contenerme:
—¿Eres local? ¿Es habitual que el autobús tarde tanto en llegar?
No muestra ninguna mueca, ni siquiera parpadea; simplemente se limita a observarme tras ese flequillo desprolijo que cae sobre su frente. Intenta retroceder, pero su pie choca con el pavimento asfáltico. Perdió el equilibrio por un instante, y antes de que pudiera caer, lo sujeté por la corbata que sobresalía de su camisa. Sin embargo, tras recuperar su estabilidad, sacudió la zona donde lo toqué y me lanzó una mirada amenazante. En cuanto el autobús llegó, pasó por mi lado chocando mi nombro, casi dislocandome el brazo.