Capítulo 1
—E-Esto es para ti… —dijo, extendiéndome una pequeña caja envuelta con un lazo.
—¿Para… mí? —fruncí el ceño con desconfianza—. Ok… es muy lindo de tu parte.
Extendí la mano con cautela, casi con recelo. Nunca antes alguien se había acercado a darme chocolates en San Valentín.
Y tenía que ser una chica.
—Te vi sentado aquí y noté que nadie se te acercaba… ¿Estás esperando a alguien?
—No. Más bien, esperaba que me dejaran en paz.
—¿Disfrutas estar solo?
No respondí. No valía la pena. La respuesta era demasiado obvia. Solo la miré, esperando que entendiera el mensaje y se marchara. Pero eso solo pareció empeorar las cosas.
Tenía la caja en mis manos, no me aguante las ganas así que rompí la envoltura y empecé a comerme los chocolates en pequeños mordiscos. No dije nada. Me gustaba que me hubiera regalado algo, pero eso no significaba que confiara en sus intenciones.
—¿Me puedo sentar contigo? Si no te molesta… —Su voz temblaba, pero era clara.
No te alteres, Modes, no te alteres.
En cuanto preguntó eso, un dolor punzante, como un clavo martillándome la cabeza, me atravesó el cráneo. Mi primer instinto fue negarme, decirle que estaba bien solo, pero supe que insistiría. Además, ella era de esas personas a las que no les puedes decir “no”. La conocía lo suficiente como para saber cómo tratarla, aunque en ese momento no estuviera de humor para aprovechar ese conocimiento.
Solté un suspiro ronco.
—Haz lo que quieras.
Se sentó a mi lado con movimientos suaves, sin invadir mi espacio. No dijo nada.
El silencio compartido duró apenas unos segundos antes de que empezara a tararear.
¿En serio?
No es que fuera amargado o quisquilloso, pero su melódico tarareo me resultaba irritante. Una presión incómoda se instaló en mi cabeza, haciendo que los chocolates me supieran un poco menos dulces.
Lo está haciendo a propósito.
Abrí la boca, listo para decirle que se callara de una vez. Su tonito alegre me molestaba más de lo que debía. Pero, justo antes de hablar, algo me hizo detenerme.
Reconocí la melodía.
—¿Te gusta “Sweet” de CAS? —pregunté, casi sin pensar.
Ella giró el rostro hacia mí y sonrió.
—Sí. Es mi banda favorita, los escucho siempre. –
Mi molestia se apaciguó al escuchar eso, pues, coincidentemente, yo también los escuchaba. Su tono melancólico y pasivo era lo más dulce que había oído en mi vida.
—¿En serio? —me asombré, aunque intenté mantener mi tono de voz normal.
—¿Y a ti te gustan? —dirigió su mirada hacia mí con curiosidad.
—Sí… los escucho de vez en cuando —respondí con una verdad a medias, lo suficiente para que no sospechara.
Mentiroso.
—Está bien. Soy muy fan de ellos, sus canciones son hermosas. No puedo parar de escucharlas.
Esbozó una sonrisa antes de girar la cabeza hacia abajo. Hice lo mismo. Haberme dirigido a ella de esa forma no fue precisamente cómodo.
Seguí comiendo los chocolates, aunque aún sentía esa inquietud de querer decir algo. Entonces, sin previo aviso, extendió la mano abiertamente y me miró fijamente.
—¿Qué quieres? —Desconozco si mi tono sonó demasiado seco, pero su expresión cambió de golpe a una de molestia.
—Solo quería que me des uno, no era para que te enojes —respondió con un deje de fastidio.
Agarre el ultimo y se lo di, ella se lo comió sin siquiera saborearlo.
¡Qué pecado!
Me quedé mirándola mientras masticaba, sin saber bien qué decir.
—De nada —esta vez sí lo dije en tono seco.
—¿Gracias? Fuiste tú quien se comió casi todos.
—Pues no sabía que ibas a querer uno. Es más, tú eres la que me dio la caja. —Mi tono se elevó más de lo necesario.
Ella entrecerró los ojos y cruzó los brazos.
—Además de amargado, eres un tonto egoísta.
Abrí la boca para responder, pero la cerré de inmediato. No tenía caso discutir. No me gustaba que me dieran regalos, pero tampoco que me los pidieran de vuelta. Suspiré y aparté la mirada, sintiendo que, de alguna forma, había perdido.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no era incómodo.
Unos segundos después, su voz bajó de tono.
—Gracias… —murmuró, casi como si le costara decirlo.
No respondí. Solo jugué con la caja vacía entre mis manos mientras ella volvía a tararear.
Y, por alguna razón, esta vez no me molestó tanto.
Sonó el timbre, marcando el final del receso.
Me levanté, listo para irme, cuando su voz me detuvo.
—Fue un gusto conocerte... —hizo una pausa, como si dudara de sus propias palabras—. Ay, perdón, ni siquiera sé tu nombre —agregó con un tono delicado, casi divertido—. Bueno, no hay problema. Hasta pronto.
Se puso de pie con rapidez, tomó su lonchera y se giró hacia la entrada. La vi alejarse, y por alguna razón, sentí que, si la dejaba ir sin decir nada, me arrepentiría.
Háblale, es tu oportunidad
—Modestian —solté, con la certeza de que debía escucharme—. Mi nombre es Modestian Kingston.
Ella se detuvo en seco. Me miró por encima del hombro, con una expresión que no supe interpretar del todo: sorpresa, curiosidad... algo más.
Entonces, sonrió.
—Yo soy Ángela. Ángela Hawkins.
Y en ese instante, sin saber por qué, supe que aquel no sería nuestro último encuentro.