Entre Cafés y Casualidades

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Summary

Olivia acepta un proyecto temporal de rediseñar un café de autor en una ciudad pequeña donde se crió. El café pertenece a Leo, quien no quiere hacer cambios... hasta que la conoce a ella. Entre tazas de café, bromas, diferencias de opiniones y muchas miradas robadas, ambos descubren que tal vez rediseñar un espacio también puede abrirles paso a rediseñar su idea del amor.

Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
16+
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Capítulo 1: El regreso no tan glorioso

Volver a tu ciudad natal debería sentirse como un reencuentro mágico con tus raíces. De esos que te hacen suspirar mientras ves por la ventana del coche, con una canción melancólica sonando de fondo y las hojas cayendo en cámara lenta.

Spoiler: no fue así.

En lugar de una cálida bienvenida, lo primero que obtuve al cruzar la entrada al pueblo fue un bache del tamaño de mi paciencia. El coche dio un brinco y el café de mi termo —ese elixir que había planeado saborear con calma— terminó volcándose sobre mi blusa blanca, ahora manchada como si América del Sur hubiera decidido mudarse a mi pecho.

—Perfecto —bufé, sacando una servilleta del bolso con la esperanza de salvar mi dignidad. Spoiler número dos: no lo logré.

Respiré hondo y traté de convencerme de queestoera una gran oportunidad. Después de todo, no todos los días te piden que rediseñes un café en el que, irónicamente, pasaste gran parte de tu adolescencia fingiendo que no te interesaban las matemáticas mientras hacías tareas de cálculo con una torta de jamón a un lado.

Y ahora, más de ocho años después, aquí estaba: Olivia Torres, diseñadora de interiores, arquitecta y oficialmente la mujer con la peor suerte en cuanto a derrames de café.

Estacioné frente al local. “Café Lúmina” decía el letrero. Tenía ese aire pretencioso de un intento de elegancia, pero con un toque de “lo hicimos a mano para que se vea acogedor”. Si lo mirabas mucho tiempo, podías notar que la “u” estaba un poco chueca.

Apagué el motor, tomé mi carpeta de trabajo y salí del auto. El clima estaba húmedo. Ese tipo de calor que te hace reconsiderar tu relación con la ropa y desear que el desodorante se pueda beber.

—Vamos, Olivia. Es solo un café. Una reforma. Dos meses. Respira —me dije a mí misma, justo antes de empujar la puerta de entrada.

El sonido de unas campanitas colgadas en el marco anunció mi llegada.

Lo primero que noté fue el olor. Café recién molido, vainilla, pan recién horneado… y canela. Si la felicidad tuviera un aroma, sería ese.

Lo segundo que noté fue él.

De pie detrás de la barra, con una camiseta negra arremangada y una taza humeante en la mano, estaba un hombre. No, un chico. No. Unhombre, con mayúscula, de esos que uno no espera encontrar al volver a casa. Alto, cabello negro algo desordenado, sonrisa fácil, ojos oscuros con un brillo que decía “sé exactamente lo que estoy haciendo” y una actitud que mezclaba seguridad con calidez.

Estaba riendo por algo que decía una clienta mayor. Tenía una risa ligera, como si le brotara del pecho sin esfuerzo. Ya sabes, de esas risas que te hacen pensar que esa persona probablemente fue amada desde bebé.

Yo odiaba a la gente con risa encantadora. Era injusto. Nadie tenía derecho a tener una risa encantadoraybrazos marcados por cargar costales de café. Decídete, por favor.

—¿Olivia Torres? —preguntó él, cruzando la barra y acercándose con una sonrisa que me hizo olvidar, por un momento, que traía una mancha del tamaño del Amazonas en la blusa.

—Depende. ¿Me vas a echar la culpa de todo lo que no te guste del rediseño?

Él arqueó una ceja, divertido.

—Eso suena como una confesión anticipada.

—Eso suena como un barista que ya está a la defensiva —le devolví el comentario, sin poder evitar que se me curve ligeramente la boca.

—Leo Ramírez —dijo extendiendo la mano—. Dueño del lugar. Amante del café, de las películas malas de los 90 y de los cambios que no destruyen mi identidad.

Le estreché la mano. Firme, cálida. Un poco más de lo que esperaba.

—Olivia Torres. Arquitecta, diseñadora, amante del orden, del sarcasmo y de no justificarme ante hombres con sonrisa fácil.

—Esto va a ser divertido —murmuró, y por alguna razón, sentí que tenía razón.

Me llevó a una mesa cerca de la ventana. El lugar no estaba mal. Acogedor, con muchas plantas (que, honestamente, parecían estar rogando agua), lámparas colgantes y una mezcla ecléctica de sillas. Había un cuadro abstracto que parecía una pizza explotando. Quise preguntar si era una broma, pero decidí esperar.

—Te digo algo desde ya —dijo Leo, sirviendo dos cafés sin siquiera preguntarme cómo lo quería—. Me gusta este lugar tal como está. Tiene alma. Historia. Carácter.

—También tiene un rincón con humedad, tres sillas cojas y un cartel que parece hecho con crayolas —respondí, oliendo el café sin tomarlo—. Alma no es sinónimo de descuido.

Él se rió. Otra vez esa risa. Maldita sea.

—Entonces veniste a destruir mi pequeño paraíso.

—No a destruirlo. A mejorarlo. Y si lo haces con una mente abierta, hasta puedes terminar agradeciéndome.

Nos miramos en silencio por un momento. Un duelo de miradas en plena luz del día.

Luego él alzó su taza, como brindando.

—A tu mente brillante y mi resistencia al cambio.

Hice lo mismo.

—A tu terquedad y mi paciencia infinita.

Y así empezó todo.

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