Prologo:
Antes de Auraxis, había caos. Al menos, eso es lo que nos enseñaron. Nos hablaron de un mundo que se desmoronaba bajo el peso de la guerra, el hambre y la desesperación. Nos mostraron imágenes de ciudades ardiendo, de personas luchando entre sí por lo poco que quedaba. Y entonces, llegaron ellos. Prometieron orden. Prometieron seguridad. Prometieron un futuro.
El primer decreto de Auraxis fue simple: la paz solo puede ser alcanzada bajo un gobierno único, una fuerza central capaz de controlar lo incontrolable. Nos dijeron que era por nuestro bien, que se necesitaba un sacrificio para restaurar el mundo que habíamos perdido. Y, durante un tiempo, les creímos.
Los líderes de Auraxis no eran soldados ni políticos. Eran tecnócratas, expertos en manipular sistemas y mentes. Convirtieron nuestras vidas en datos, números en un sistema diseñado para optimizar cada aspecto de la existencia humana. Controlaron el suministro de alimentos, el acceso a la información, incluso los pensamientos que podíamos compartir en voz alta. Construyeron un orden, sí, pero uno que no dejaba espacio para nada más.
Aquellos que se opusieron desaparecieron. Las familias fueron separadas, los rebeldes castigados públicamente para recordarnos lo que pasaba cuando desafiábamos la voluntad de Auraxis. Nos dijeron que era por nuestra protección, que aquellos que se resistían eran un peligro para el resto de nosotros. Pero con cada día que pasaba, se hacía más evidente que no buscaban protegernos. Solo querían controlarnos.
El mundo cambió bajo su régimen. Las ciudades se convirtieron en fortalezas, rodeadas por muros que nos aislaban tanto del exterior como de nosotros mismos. Las calles estaban llenas de vigilancia, los cielos eran patrullados por máquinas que nunca descansaban. Y, sin embargo, más allá de esos muros, más allá de los límites de su dominio, había quienes aún recordaban. Recordaban un tiempo antes de Auraxis. Y soñaban con un tiempo después.
Porque en el fondo de cada persona, incluso en las más sometidas, existía una pequeña chispa. Una chispa que no podían apagar, no importaba cuánto intentaran sofocarla. Esa chispa era lo que mantenía viva la rebelión. Y aunque Auraxis nos había prometido un nuevo comienzo, nos habíamos dado cuenta de que ese "comienzo" no era para nosotros.
Era para ellos.