Capítulo 1:
Capítulo 1:
Una semana antes de que Ronnie Anne se fuera de Royal Woods, Lincoln ya lo sabía, aunque no quería aceptarlo. Sabía que ella se iría para siempre, y con ello, la posibilidad de que sus caminos se cruzaran nuevamente se desvanecía. Quizás nunca la volvería a ver. Pensaba en todo lo que había significado para él, todo lo que había quedado sin decir. Aquella era la despedida más dolorosa, aún antes de que se llevara a cabo.
Esa tarde, después de comprar unos batidos en la tienda de Flip, ambos caminaban hacia el parque, el aire fresco y el sonido de sus pasos resonando en el pavimento. Lincoln quería hablar, pero las palabras se le atragantaban en la garganta. No quería que ese momento fuera igual al de la vez anterior. Quería ser sincero, pero al mismo tiempo, el miedo a la respuesta lo paralizaba.
—Ronnie Anne... quiero decirte algo —dijo finalmente, con una voz que apenas sonaba como la suya—. ¿Podríamos ir a otro lugar? Necesito hablar contigo en serio.
Ronnie Anne lo miró, su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y duda, como si no hubiera esperado que él fuera a decir algo tan serio. Lincoln vio cómo sus ojos se alejaban un poco, como si quisiera encontrar la forma correcta de responder, o quizás evitar decir lo que temía. El nudo en su estómago se apretó aún más. Sabía lo que venía, pero aun así, escucharla era como un golpe en el pecho.
—Lincoln... —comenzó, su tono suave pero firme—. Yo... no quiero que te hagas ilusiones. Eres un buen amigo, y me importa mucho, pero... no creo que esto funcione. No quiero que las cosas entre nosotros cambien, y sé que tal vez sea difícil, pero te prometo que todo va a estar bien.
El rostro de Lincoln palideció. No le gustaba cómo sonaba eso, cómo sus palabras no lo incluían en la vida que él soñaba compartir con ella. Pero tenía que escucharla, aunque eso significara tragarse todo el dolor que ya empezaba a sentirse como un peso en el pecho.
Ronnie Anne suspiró, casi como si lo estuviera preparando para lo que venía.
—Lo que quiero decir es que... aunque me vaya, quiero que sigamos siendo amigos. Podremos seguir hablando, enviarnos mensajes, llamarnos de vez en cuando... y, hey, siempre puedes venir a visitarme. Y sé que Lori va a ir a ver a Bobby, así que tal vez podrías venir también. A Great Lakes City no está tan lejos, y... las cosas no tienen por qué cambiar entre nosotros, ¿vale?
Lincoln la miró, y aunque intentaba sonreír, las palabras de Ronnie Anne le dolían más de lo que había anticipado. Ella había sido clara, directa. No había espacio para más, no había posibilidad de que las cosas fueran diferentes. Todo seguiría igual... solo que con una distancia insalvable entre ellos, una distancia que no podía ignorar.
—Lo entiendo... —dijo Lincoln, casi sin fuerzas, y se forzó a mantener la mirada de Ronnie Anne, como si no quisiera mostrar lo mucho que le dolía.
Aunque ella estaba sonriendo, como si hubiera resuelto todo con una simple promesa, Lincoln sentía que algo se rompía dentro de él. No podía ser tan fácil. Para él, no lo sería.
Lincoln había estado devastado. No porque su relación con ella hubiera sido oficial, pero en el fondo, siempre había pensado que tenían algo especial. Cuando ella se marchó, con ese simple "sigamos siendo amigos", su mundo se vino abajo. Y lo peor era que no sabía con quién hablar.
Trató de acercarse a sus hermanas, pero todas tenían una opinión o un comentario que no ayudaba. Luan hacía bromas, Lynn le decía que superara eso con ejercicio, Lola insistía en que "seguro Ronnie Anne encontró a alguien mejor" y Lisa hablaba de los procesos químicos del desamor. Lucy entendía su tristeza, pero Lincoln no estaba de humor para metáforas sombrías. Ni siquiera Leni, con su dulzura, podía consolarlo sin hacerlo sentir más miserable. Sus padres… bueno, hablar de chicas con ellos le resultaba demasiado incómodo. Y sus amigos, aunque eran geniales, no parecían el tipo de personas con las que pudiera sincerarse sin sentirse juzgado.
Entonces un día llegó Stella.
Una mañana, cuando subió al autobús escolar, vio a una nueva compañera sentada cerca de la ventana. No era raro ver caras nuevas de vez en cuando, pero algo en ella le llamó la atención. Quizás era la manera en que observaba el paisaje como si tratara de memorizarlo, o la forma en que sujetaba su mochila con firmeza, como si fuera un ancla en medio de lo desconocido.
Lincoln no solía hablar con desconocidos de inmediato, pero en ese momento, tal vez porque necesitaba algo en qué distraerse, decidió hacerlo.
—Hey, eres nueva, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa amigable mientras se sentaba cerca.
La chica giró la cabeza hacia él, un poco sorprendida de que alguien le hablara tan rápido.
—Sí —respondió con una leve sonrisa—. Me llamo Stella.
—Yo soy Lincoln. Bienvenida a Royal Woods.
—Gracias.
—¿De dónde vienes?
—Vivía en otra ciudad, pero mi papá consiguió un nuevo trabajo aquí, así que... aquí estoy.
Lincoln asintió. —Mudarse debe ser difícil.
—Un poco —admitió ella—. Pero me gusta la idea de conocer gente nueva.
Eso le dio a Lincoln la oportunidad perfecta para presentarle a sus amigos.
—Si necesitas conocer a más personas, puedo presentarte a mi grupo —dijo con entusiasmo—. Son un poco raros, pero son buena onda.
Stella sonrió con curiosidad. —Eso suena bien.
Y así, con una simple conversación en el autobús, comenzó su amistad.
Con el tiempo, Stella se fue acercando poco a poco al grupo de Lincoln. Pero en lugar de integrarse de inmediato, hizo algo inesperado: pasó tiempo a solas con cada uno de ellos. Primero con Clyde, luego con Rusty, después con Liam y finalmente con Zach.
Eso, por supuesto, generó confusión entre los chicos.
—¡Nos está dividiendo! —dijo Rusty en un momento de paranoia—. ¡Nos quiere separar para siempre!
Pero cuando Lincoln habló con ella, Stella simplemente se rió.
—No es nada de eso —explicó—. Solo quería conocerlos bien. Es difícil hacer amigos cuando llegas de nuevo a un lugar y todo el mundo ya tiene su grupo.
Y tenía razón.
Cuando ella se unió al grupo, Lincoln no esperaba que su presencia hiciera una diferencia en su vida. Pero desde el primer momento, Stella irradiaba calidez. No se burlaba de él, no hacía preguntas incómodas. Simplemente estaba ahí.
Con el tiempo, Stella se convirtió en una parte esencial de su grupo. Siempre tenía una actitud amigable, le gustaba ayudar a los demás y sabía cómo hacer que cualquier conversación fuera divertida. Con ella, Lincoln no sentía la presión de fingir que todo estaba bien.
Tal vez por eso, cuando llegó aquel día en que se quedó solo en los columpios de la escuela, ella fue la única que se acercó a él sin necesidad de preguntarle qué le pasaba.
Y ese fue el momento en que todo comenzó a cambiar.
Era un viernes después de clases, y él se había quedado en los columpios de la escuela, solo. Pensando. Sentía que nunca iba a dejar de doler, que nunca iba a superar a Ronnie Anne. Entonces, de repente, Stella se sentó a su lado.
—Hey, Lincoln. —Su voz fue suave, como si supiera exactamente lo que él estaba sintiendo.
Él se forzó a sonreír. —Hey, Stella. ¿No te ibas con los chicos al arcade?
—Sí, pero te vi aquí y... no sé, me pareció que no querías estar solo, pero tampoco con mucha gente. Así que pensé que tal vez querías estar con alguien que no hablara mucho. —Stella sonrió y empezó a mecerse levemente en el columpio.
Lincoln se quedó en silencio. Y por primera vez en días, no sintió que tenía que fingir que todo estaba bien.
—Gracias —dijo al final, con voz baja.
Stella se encogió de hombros. —Para eso están los amigos, ¿no? A veces, lo mejor que puedes hacer por alguien es simplemente estar ahí.
Lincoln la miró y, sin pensarlo demasiado, se inclinó levemente hacia ella. Stella, sin decir nada, rodeó sus brazos alrededor de él y lo abrazó. No fue un abrazo largo ni exagerado, pero fue justo lo que Lincoln necesitaba. Algo dentro de él se rompió en ese momento. No era solo tristeza lo que sentía. Era alivio.
Desde ese día, algo cambió. Lincoln seguía sintiéndose mal, pero no estaba solo. Stella siempre encontraba una manera de sacarle una sonrisa, de hacerlo sentir mejor sin forzarlo. Y con el tiempo, sin darse cuenta, dejó de pensar en Ronnie Anne. En su lugar, cada vez que se sentía triste o inseguro, el rostro de Stella era el primero que aparecía en su mente. Fue entonces cuando empezó a verla de una manera diferente.
El tiempo pasó, y sin que Lincoln lo notara al principio, Stella se convirtió en una constante en su vida. Lo que comenzó como una amistad casual dentro del grupo, poco a poco se transformó en algo más cercano. No era que los demás dejaran de importarle, pero cuando Stella estaba cerca, las cosas simplemente parecían más fáciles.
Todo empezó con pequeños momentos. Como el día en que se encontraron en el parque sin haberlo planeado.
—¿Tú también vienes aquí cuando no sabes qué hacer? —bromeó Stella, pateando una piedra mientras caminaban por el césped.
—Más bien cuando quiero despejar la mente —respondió Lincoln. Miró a su alrededor, viendo a niños jugar, familias caminando y el sonido lejano de una fuente de agua. El ambiente era tranquilo, y por alguna razón, la presencia de Stella lo hacía sentir aún mejor.
—¿Entonces hoy no tenías planes? —preguntó ella, alzando una ceja con una sonrisa divertida.
Lincoln se encogió de hombros. —No, pero supongo que ya tengo uno.
—Oh, entonces ¿vas a invitarme a hacer algo divertido o solo vamos a caminar como ancianos en su paseo matutino? —bromeó.
Se rieron, y sin pensarlo mucho, terminaron desafiándose a una carrera hasta los columpios. Fue ahí, entre risas y respiraciones agitadas, que Lincoln se dio cuenta de algo: se sentía completamente libre con ella. No había presiones, ni expectativas, solo diversión genuina.
Otro día, cuando su grupo de amigos no pudo reunirse, Stella le propuso ir al arcade ellos dos solos.
—¿Tú y yo? —preguntó Lincoln, algo sorprendido.
—¿Por qué no? ¿O acaso tienes miedo de que te gane en todos los juegos? —dijo Stella con una sonrisa desafiante.
Lincoln rió. —¡Eso suena a un reto! Está bien, vamos.
Lo que comenzó como una tarde de juegos se convirtió en una tradición. Se retaban en cada máquina, se reían cuando uno de los dos fallaba estrepitosamente y, cuando Stella ganó en un juego de carreras por una mínima diferencia, Lincoln protestó en broma.
—¡Fue pura suerte! —dijo, cruzado de brazos.
—No, Lincoln, fue habilidad —respondió ella con una sonrisa orgullosa—. Pero si quieres una revancha, ya sabes dónde encontrarme.
Lincoln sonrió y, por un momento, se quedó viéndola. Se dio cuenta de que cada vez que estaba con Stella, su mal humor desaparecía, las preocupaciones se volvían más ligeras, y de alguna manera, todo parecía más brillante.
Otro día, mientras caminaban de regreso de la escuela, Stella le contó algo que lo hizo verla de una forma diferente.
—¿Sabes? Cuando era más pequeña, solía preocuparme demasiado por encajar —confesó—. Me daba miedo que la gente pensara que era rara o que no les agradara. Pero con el tiempo entendí que no puedes hacer que todo el mundo te quiera... así que simplemente dejé de intentarlo.
Lincoln la miró con curiosidad. —Eso es muy maduro de tu parte.
—Bueno, aprendí que lo más importante es encontrar a las personas que te aceptan por quien eres, en lugar de intentar cambiar para encajar con todos —dijo ella, mirándolo con una sonrisa suave.
Lincoln sintió una extraña calidez en su pecho. A veces se sentía inseguro, dudaba de sí mismo, pero con Stella nunca se sentía juzgado. Ella lo aceptaba tal como era. Y en ese momento, sin darse cuenta, comenzó a verla de una manera diferente.
A partir de entonces, cada vez que ella sonreía, Lincoln sentía un pequeño cosquilleo en el pecho. Cada vez que se reían juntos, él deseaba que el momento durara un poco más. Cada vez que ella le hablaba, quería prestarle más atención.
Y cuando se dio cuenta de todo eso, supo que algo dentro de él había cambiado.
Las semanas transcurrieron y Lincoln no podía dejar de pensar en Stella. A cada momento, la veía en su mente, esa sonrisa suya que tanto le alegraba, cómo se preocupaba por él sin esperar nada a cambio. Pero, a medida que pasaban los días, también sentía una creciente incertidumbre. ¿Y si estaba interpretando todo mal? ¿Y si Stella solo lo veía como un amigo más, sin ningún tipo de interés romántico? No quería arriesgarse a perder su amistad, pero también sabía que sus sentimientos por ella ya no podían ignorarse.
En los pasillos de la escuela, se encontró con Clyde en su taquilla. Su amigo lo miró, como si pudiera ver la tormenta interna que Lincoln trataba de esconder.
—Oye, ¿qué pasa? Estás muy callado —comentó Clyde, con una sonrisa traviesa—. ¿Todo bien?
Lincoln parpadeó y suspiró, rascándose la cabeza. —Sí, solo... estoy pensando en algo.
Clyde levantó una ceja, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. —¿Algo relacionado con Stella?
Lincoln lo miró, sorprendido de que su amigo lo hubiera adivinado. —¿Cómo lo sabes?
—Te has estado comportando raro últimamente —dijo Clyde con una ligera sonrisa, alzando las manos como si no quisiera meterse en algo que no le concerniera. —Ya sabes, en el parque, en el arcade... no puedes ocultarlo mucho.
Lincoln se quedó en silencio. Claro, Clyde había notado cómo él y Stella pasaban más tiempo juntos, pero la verdad era que no quería hablar sobre eso. Aun así, no podía dejar de preguntarse si él mismo estaba haciendo un gran lío de algo que simplemente debía dejar ser.
Esa tarde, durante el almuerzo, Lincoln caminó por el pasillo con el corazón acelerado. Tenía que hacerlo. No podía seguir fingiendo que no había nada entre él y Stella. Necesitaba ser honesto, al menos consigo mismo.
Cuando finalmente vio a Stella, allí sentada con sus amigos en una mesa, sintió el nudo en su estómago. Se acercó a ella, respiró hondo, y sus palabras salieron casi sin pensarlo.
—Stella... ¿puedo hablar contigo después de clases? Hay algo que quiero decirte.
Ella lo miró con curiosidad, sorprendida, pero asintió. —Claro, ¿qué pasa?
—Es algo importante. —Lincoln no pudo evitar morderse el labio, sintiendo la presión en el pecho. —Nos vemos en el parque.
Stella sonrió suavemente, sin saber exactamente a qué se refería, pero aún así aceptó. —Está bien, Lincoln. Nos vemos allí.
Lincoln salió del comedor con el corazón latiendo en sus oídos. En ese momento, todo parecía más grande que él. Lo que había guardado en su interior, lo que había estado evitando durante tanto tiempo, finalmente iba a salir.
Cuando el timbre sonó y las clases terminaron, Lincoln caminó hacia el parque, tratando de calmar su mente. Sabía que lo que estaba por hacer podría cambiarlo todo. Pero también sabía que no podía seguir viviendo con esta duda. Necesitaba saber si Stella sentía lo mismo.









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