El príncipe
En todas las historias de Amor, siempre son princesas esperando que llegue un encantador príncipe al rescate, salvándolas de madrastras malvadas, un hechizo o un temible dragón...
¿Pero todas las historias son siempre así?
Bueno, esta historia es distinta, no existe una princesa que salvar, no hay un hechizo que romper, solo un príncipe que se enamora a primera vista de alguien muy inesperado.
Como toda historia comienza con:
Érase una vez, en época de otoño donde las hojas pierden su color verde, secan y caen al suelo, debajo de un Arce estaba un príncipe de cabello rizado y dorado como el sol, hermosos ojos color marrón como el delicioso tono de la miel, suave, pero intenso, su piel tan blanca y delicada como las perlas, labios rojos como fresas maduras en verano, dulce y tentadores. Llamado Harry, estaba postrado sobre la tumba de su amado padre, el Rey David, quien había fallecido a causa de un paro cardíaco.
El príncipe Harry estaba devastado, ahora con el peso del luto en su corazón, tendría que cuidar de su madre, la Reina Victoria, y el reino de su padre, el majestuoso, Sariá.
Sin embargo, el príncipe, para poder portar la corona, tendría que contraer matrimonio, y ser bendecido por su madre. No importaba que fuera admirado, que su belleza hiciera suspirar a cortesanas y princesas, no importaba que su intelecto fuera afilado como una espada o su liderazgo fuera firme como la raíz de un roble.
Si no tomaba una esposa, nunca sería rey.
Pero el amor no era para él, nunca lo había sido. Desde pequeño su madre le contaba historias sobre destinos entrelazados, princesas enamoradas, y el beso del verdadero amor.
Sin embargo, Harry pensaba que el amor era inútil, una distracción y pérdida de tiempo.
Después de un largo momento, suspiro y se puso de pie. Sin mirar atrás, emprendió el camino de regreso al castillo, al llegar sus pasos resonaron en aquel silencio de los pasillos.
Al llegar al salón de tronos, su mirada se encuentra con su madre, sentada en el trono de su padre.
La Reina Victoria, con una expresión firme y llena de tristeza, alzó la mirada hacia su amado hijo.
-Ahora que tu padre ya no está con nosotros -comenzó, con una voz que, a pesar de su firmeza, mostró una leve quiebra-, debes proteger este reino, Harry, como él lo hizo.
Harry, que había permanecido en silencio hasta ese momento, dio un paso adelante, sus ojos fijos en ella, pero una pregunta le quemaba la garganta.
-Lo sé, madre... -respondió, su tono bajo pero lleno de incertidumbre-. Pero, ¿por qué debo casarme? Nunca he creído en el amor.
La Reina Victoria lo miró con ternura y tristeza, como si su corazón luchara por encontrar las palabras adecuadas.
-No es solo una tradición, hijo mío -dijo finalmente, con una voz más suave pero cargada de un profundo significado-. Es parte del protocolo del reino. Un rey no puede gobernar en solitario... debe encontrar su verdadero amor, como lo hicimos tu padre y yo.
-Está bien, lo intentaré... pero, ¿y si no logro encontrar el amor? -Dijo el príncipe.
Una pausa cargada de tensión antes de que la respuesta de la reina saliera, firme y decidida.
-Si no lo encuentras, perderás el derecho a gobernar Sariá, y nunca serás rey, sin mi bendición.
Harry, con el corazón apesadumbrado, apretó los puños. No era justo. Había pasado su vida preparándose para gobernar, demostrando que era fuerte, inteligente y capaz.
¿Por qué debía atarse a un matrimonio que no deseaba?
Pero, él no sabía... Que el destino tenía otros planes.
Pocos han logrado ser dueños de su propio destino. Y Harry no sería la excepción.
Porque, aunque él aún no lo sabía, el amor lo estaba esperando a la esquina del jardín Y no en los brazos de una princesa...
El príncipe tendría que brindar honor a su difunto padre y ser el nuevo rey de Sariá.
Así comenzaron los bailes, el palacio abrió sus puertas a todas las mujeres solteras, esperando encontrar el amor, pero noche tras noche, la sala lleno de vestidos brillantes y risas ansiosas.
Nobles y plebeyas esperando ser desposadas por el príncipe.
Las mujeres eran hermosas, encantadoras y amables, pero ninguna logró robarle el corazón al príncipe.
Quizás el amor realmente no era para él.
O quizás... Estaba buscando en el lugar equivocado.
Después, de bailar con muchas damas, sintió que el aire del salón, ya no le proporcionaba la calma que tanto necesitaba.
Entonces, decidió salir a tomar un poco de aire al hermoso jardín. La música de los instrumentos aún flotaba en el aire. Las notas delicadas del violín se mezclaba con las suaves notas del piano, resonando entre las flores, como si el jardín estuviera encantado, escapando de todas las miradas y susurros de quién sería la afortunada dama en robarle el corazón.
De pronto sonó un eco: el reloj marcando la medianoche. El cielo estaba despejado. Sembrado de estrellas, y para su sorpresa, una luz se deslizó, dejando un destello efímero.
Harry exhaló despacio, cerrando sus ojos lentamente, aun contemplando la melodía de los instrumentos que envolvían el aire.
--ojalá... susurró sin terminar la frase.
-Pero en el fondo, lo sabía.
Se sentía solo. No tenía a quien confiarle sus pensamientos más profundos, ni un amigo leal con quien compartir sus dudas. Su único confidente había sido su padre, y ahora solo existía en los recuerdos.
El vacío en su pecho no lo llenaría una esposa elegida en un baile. Lo sabía. Pero, ¿qué otra opción tenía?
Lo que él ignoraba era que, esa misma noche, el destino se comenzó a alinear, y así su vida tomaría un giro inesperado.
Harry recordaba las historias que su madre solía leerle cuando era pequeño, en las que un príncipe y una princesa se prometían amor eterno. Pero para él, el amor solo ocurría en esas historias: algo hermoso, pero ajeno. Nunca imaginó que encontraría su propio amor, y que este sería tan diferente.
Los días pasaban y Harry no encontraba esposa. Aunque las cortesanas y damas de la alta sociedad se acercaban a él, ninguna parecía encajar con lo que su madre le había leído en aquellas historias.