El que todo ve, menos a sí mismo
Saberlo todo es una carga exquisita.
Escucho los pensamientos de los humanos como si fueran gotas de lluvia sobre un lago inmóvil. Pequeñas distorsiones en la superficie, efímeras, repetitivas, casi aburridas. No hay secretos para mí, porque todos los pensamientos terminan por revelarse en mi mente antes de que siquiera tomen forma en sus bocas.
Los dioses siempre han dicho que el destino es un río inalterable, pero yo sé que no es verdad. Lo he visto fragmentarse, dividirse en innumerables caminos que, aunque diferentes, siempre conducen al mismo final. Conozco cada una de las sendas que han de recorrer mis hermanas, he visto sus amores florecer y marchitarse, sus victorias y sus fracasos. Vi a Terraine casarse antes de que ella supiera que amaba, vi el filo del destino clavarse en la garganta de aquellas que aún creen que la eternidad es suya.
Lo he visto todo.
Menos a mí mismo.
Es un juego cruel. El tiempo se abre ante mí como un pergamino infinito, y sin embargo, cuando intento mirar mi propio destino, solo encuentro vacío. No hay líneas que me guíen, no hay sombras que me adviertan. Estoy atrapado en un presente interminable, mientras los demás siguen su camino hacia futuros que ya me son conocidos.
Quizás por eso prefiero el mundo humano. En su fugacidad, son más impredecibles. Se creen libres, aunque caminan encadenados al tiempo sin siquiera saberlo. Me divierte observarlos, su necesidad de creer que son ellos quienes forjan sus destinos.
Los humanos no saben que hay quienes mueven los hilos desde las sombras.
Yo, por ejemplo.
Las misiones que entrego a mis hermanas, los caminos que les muestro, no son decisiones arbitrarias. Son piezas de un tablero que solo yo entiendo, movimientos calculados en una partida cuyo final aún no he descifrado del todo. ¿Cruel? Tal vez. Pero el tiempo es cruel con todos, no veo por qué deba ser diferente conmigo.
Saturno me reclama, pero rara vez le respondo. Mi hogar, mi origen, el lugar donde nací y al que pertenezco... Y sin embargo, siempre he sentido que mi verdadera existencia está en otro sitio. No es la distancia lo que me separa de Saturno, sino algo más profundo, algo que no me atrevo a nombrar.
Quizás sea el pacto.
Aurelian, mi abuelo, el inmortal, el que desafió el tiempo y lo hizo suyo. Nadie en mi familia entiende cuán irrompible es el vínculo entre él y yo. Lo creen una leyenda, una sombra del pasado, pero yo sé la verdad.
Aurelian vive en mí.
Su eco resuena en cada uno de mis pensamientos, en cada palabra que no digo, en cada secreto que guardo. A veces me pregunto si mi destino no se oculta de mí porque en el fondo, no me pertenece.
Pero eso es un misterio para otro día.
Hoy, mis hermanas esperan instrucciones. El tablero sigue en juego, y aunque no conozca mi final, sé perfectamente cómo debe continuar la historia porque el tiempo es un tejido. A veces, cuando se estira demasiado, se desgarra. Y entonces, llaman a los que saben coserlo.
Yo.
O en este caso, nos llaman a todos.
La voz de Merkia retumba en mi mente antes de que su figura aparezca en la sala. La gravedad se pliega levemente con su llegada, una sutil distorsión que solo yo puedo percibir. Se deja caer en un sillón de marfil con una expresión de exasperación, la tela de su capa ondeando con un retraso casi imperceptible.
—Sateriel, si vuelves a llamarnos sin un motivo de peso, voy a considerar tirarte a un agujero negro —dice, con una ceja arqueada.
Le sonrío con la condescendencia de quien ya sabe cómo terminará esta conversación.
—Ya estás aquí, así que te interesa más de lo que finges.
Ella gruñe, pero no responde.
Marthea entra después. Su andar es marcial, sus botas resonando contra el suelo de obsidiana. Siempre tiene la expresión de alguien que podría matarte con un solo movimiento y ni siquiera inmutarse.
—Si me vas a sacar del siglo XIX, espero que valga la pena. Estaba en medio de una estrategia militar.
—No dudo que el destino de España penda de tus decisiones, pero ahora hay un problema mayor.
Antes de que pueda explicarlo, el aire a nuestro alrededor cambia. Un aroma dulce, casi onírico, llena la habitación. La luz se vuelve tenue, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.
Uraelle ha llegado.
Siempre he encontrado su presencia distinta. Hay algo en ella que no encaja del todo en el flujo normal del tiempo. Su voz es suave, pero en ella resuena la eternidad.
—Lo sientes, ¿verdad, Sateriel? —susurra.
Asiento.
No necesito palabras.
El llamado es un murmullo en la estructura misma de la realidad, un eco que no proviene del pasado ni del futuro, sino de algo más profundo. Hay un desgarro en el tiempo, uno que no debería existir.
—China —murmuro, cerrando los ojos.
Imágenes fragmentadas danzan en mi mente: palacios de madera roja iluminados por la luna, espadas chocando en la penumbra, sombras moviéndose entre columnas doradas. Veo un emperador, un príncipe y algo que no debería estar allí.
—Es una fractura —digo, abriendo los ojos. —Algo ha alterado el flujo normal del tiempo en un lugar donde no debería haber interferencias. Y alguien nos está llamando.
Marthea cruza los brazos.
—Nosotros no respondemos llamados.
—A menos que el tejido del tiempo esté en peligro —agrega Uraelle con su serenidad habitual.
Merkia me mira con sospecha.
—Y tú ya sabes qué lo ha causado, ¿verdad?
Sonrío. Claro que sé más de lo que digo. Pero hay cosas que deben descubrirse en el momento preciso.
—Tengo teorías —respondo evasivamente.
Marthea suspira con exasperación.
—Siempre con tus malditos juegos.
Uraelle da un paso al frente y me observa con esos ojos que parecen ver más allá de la realidad misma.
—Entonces vayamos.
El llamado está hecho. El tiempo se desgarra. Y China espera.