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Es una verdad universalmente reconocida que un hombre enamorado debe presentarse ante el padre de la mujer elegida para ser su esposa. Sin embargo, en ese preciso instante, me encontraba completamente aterrado frente a la mirada intrigada del señor Bennet. El caballero en cuestión era un humilde padre de familia, cuya principal diversión en sus años de juventud había sido engendrar cinco veces a su vivaz esposa, convirtiéndose así en el digno acreedor de una muchacha en edad casadera que estaba a punto de librarlo de la miseria. Un negocio lucrativo, viéndolo desde un ángulo crítico.
—Todos los nobles caballeros en algún momento de sus aburridas e insulsas vidas desean contraer nupcias, ¿qué tiene que ver eso conmigo? Si me puede hacer el honor de explicar, respetable señor Darcy.
Sus ojos azules parecían mofarse de mi evidente nerviosismo; intentaba no temblar, pero me resultaba imposible. Esto era más difícil de lo que suponía. Era más sencillo entablar pláticas amenas con nobles caballeros de mi mismo círculo social; jamás terminaré de entender a los sujetos de baja estirpe.
—Es mi deseo contraer nupcias muy pronto, señor Bennet, y en eso usted tiene mucho que contribuir porque estoy enamorado de su hija…
Un silencio sepulcral embargó el ambiente, que ya contaba con un ligero olor a melancolía.
—Señor Darcy —el señor Bennet posó su viejo libro sobre el escritorio y enderezó su postura, mirándome de manera amenazante—. Quizás lo que ocurrió con el señor Wickham le dejó una mala impresión de mi persona, pero no le pienso ceder la mano de Kitty, y mucho menos la de Mary, por más que sus dotes con el piano le hayan impresionado hasta el punto de enloquecerlo de amor.
Era mi ruina, mi completa desgracia. El anciano caballero tuvo el atrevimiento de burlarse de mis sinceros afectos sin ningún escrúpulo, y lo peor de todo era que faltarle el respeto a mi futuro suegro parecía apropiado. Apretando mis puños, simulé valentía genuina, pero en realidad era rabia.
—Elizabeth… —la simple mención de su nombre borró todo rastro de enojo en mí. Sus ojos, sus brillantes ojos, se pasearon por mi mente y nada más importó, nada más existía para mí; quería a esa dama para mí. Pronto recuperé el raciocinio y me di cuenta de dónde estaba y a quién tenía frente a mí. Estaba atribulado. La expresión de mi acompañante era de desconcierto, se había quedado paralizado debido a mi confesión; la sonrisa burlesca se esfumó del rostro del señor Bennet—. Le pido, con el mayor respeto que usted merece, me conceda el inmenso honor de casarme con su hija Elizabeth.
El rostro del señor Bennet perdió su forma habitual, se distorsionó hasta que su mandíbula se desencajó. Quise reírme de su expresión, pero me vi obligado a reprimir mi deseo por prudencia. Asombro absoluto reflejaron sus gestos; se apoyó en ambos brazos en su escritorio para levantarse furioso, retrocedió unos pasos y luego se volvió a sentar de golpe. Se había quedado impactado con la noticia.
—¡¿Mi Lizzy?! ¡¿Pero si ella lo…?! —“Despreciaba”, tiempo pasado.
—¡Yo la amo! —Conseguí interrumpir antes de que él pudiera continuar; el simple hecho de recordar el pasado fue doloroso—. Amo a Elizabeth inmensamente, por favor concédame su gracia y bendición.
—Si usted afirma amarla con tanto fervor, no veo el motivo para negarme —el señor Bennet acarició su barbilla con calma, quizás confiando en que su hija rechazaría mis afectos, pero esa vez no se repetiría aquel vil acontecimiento.
—Gracias, señor Bennet. Le juro que haré a su hija inmensamente feliz; ese será el motivo de mis días a partir de hoy, y para toda la vida.
Había triunfado. Eso representaba la culminación de toda mi existencia, o eso suponía, porque no me sentía del todo complacido. Se esperaba que, gracias a mis dones y recursos, esa transacción moralista sería simple, sencilla, prácticamente aburrida, pero me sentía preso de los nervios. Aquel lugar debería haberse convertido en una caravana de gente dando brincos primitivos de felicidad al enterarse de que emparentarían con el caballero más rico de la zona; sin embargo, nada de eso aconteció. Giré sobre mis talones, recuperando mi postura erguida. Sabía que eso no había terminado y que tampoco sería toda la conversación que existiría entre nosotros, pero me había cedido a su hija y con eso me bastaba.
—Señor Darcy… —me detuve justo antes de salir de su biblioteca, la voz de aquel caballero recuperó la ironía usual—. Hágame el favor de comunicarle a mi hija que se presente aquí, es urgente. Veremos cuánto dura este flamante compromiso cuando ella se entere de su ofrecimiento…
—De inmediato, señor Bennet.
Ni siquiera me tomé la molestia de voltear para responder.
¿Cuánto durará? ¿Por qué se burlaba de esa manera de mis sentimientos? Me di cuenta de dónde heredó el carácter mi amada Lizzy.
Noté que su escritorio era demasiado viejo; tal vez le regalaría uno nuevo y mejor después de mi boda. Sus libros estaban gastados y todo estaba lleno de polvo; hice la silenciosa promesa de regalarle unos nuevos de mi biblioteca personal. ¿Por qué me sentía tan molesto? ¿Por qué continuaba nervioso? Caminé en dirección al acogedor saloncito de la casa, buscando a Elizabeth con la mirada. Una hermana, la detestable madre, la rubia de Charles, mi buen amigo Charles, y ahí estaba ella, mi amada Lizzy, sentada junto a la mesa en compañía de otra hermana. Suspiré, me acerqué como si me interesara lo que estaba haciendo, pero me importaba muy poco.
Su aroma me encontró al inclinarme…
Todo el desagrado que me había dejado la anterior entrevista con su padre se esfumó como por arte de magia.
—Vaya a ver a su padre: la necesita en la biblioteca —ella salió disparada hacia el lugar mencionado y yo tardé en enderezar mi postura.
Mi amada se marchó a aplacar la furia de su progenitor. Pagaría cualquier precio para poder ver la cara que el señor Bennet puso cuando se enteró de que nuestro idilio era cierto, que en realidad me casaría con su hija. No pude evitar sonreír, solo de pie junto a la silla que acababa de dejar vacía mi futura esposa, y entonces me di cuenta de que no estaba solo. Una hermana, otra hermana, la odiosa madre, Charles y la rubia de Charles me observaban con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
¿No eran cinco hijas Bennet?
Oh, faltaba la fugitiva que había ayudado hace poco; ella estaba tan casada como loca de remate. Me desplomé en la silla que estaba a mi lado, completamente consternado. Había recordado un escabroso detalle: sería cuñado del maldito Wickham.
Una extraña sensación estalló en mi pecho; ni siquiera conseguí concebir la idea…
¿Cuñado del señor Wickham?
¡Por Sócrates, qué villanía acababa de cometer!