Prólogo
Había oscuridad incluso antes de que naciera Alessandro. No era una noche sin luna, ni el denso manto de sombras que caía sobre los bosques. Era una oscuridad más antigua, más profunda, que habitaba en los corazones de los hombres. Esa oscuridad fue el legado que su bisabuelo había sellado con una firma temeraria, un pacto con la voz que susurraba promesas de poder y riquezas a cambio de almas.
Pero Rinaldo, temeroso de sus errores pasados, creyó que podría eludir la condena. Su hijo, Damiano, jamás firmó el pacto que debía ser heredado a cada heredero varón de la familia. Pensó que había roto el ciclo de maldad al apartarse de la tentación, alejando a su descendencia de esa maldición. Sin embargo, aquel demonio no olvidaba, y su venganza se tejía en silencio.
La creatura siempre cumplía su palabra.
El nacimiento de Alessandro fue el eco de esa promesa. El día que vino al mundo, las campanas no sonaron en celebración. Los criados murmuraban, y su madre, Eleonore, lo rechazó en cuanto lo vio. "Dios mío", había susurrado, apartando los ojos de la criatura que lloraba en sus brazos, una gran parte de su rostro marcada por una cicatriz espantosa, como si el mismo infierno lo hubiese reclamado.
Fue Eleonore, la que pagó el precio. Ella, que jamás pidió riquezas ni poder, se vio atrapada en un juego que no comprendía. Y de esa oscuridad nació Alessandro, marcado por el mal desde su primer aliento. Su rostro deformado y su presencia maldita eran testigos del legado de su familia.
El padre de Alessandro, Heber, lo sostuvo, sabiendo que aquel no parecía ser su hijo, si no, un monstruo completamente aterrador, pero aún así, con un nudo en la garganta, lo aceptó. "No tienes la culpa", murmuró, acariciando la pequeña mano del bebé que apretaba su dedo con fuerza. Pero dentro de él, Heber temía a la sombra que siempre rondaba su hogar, buscando al pequeño y riendo en los corredores. La misma sombra que una vez había envuelto a su esposa volviendola loca y convirtiendola en una madre sin corazón que no hacía mas que alejar a su propio hijo, negandole el amor que solo una madre puede dar.
Mientras los hombres de la familia Santori intentaban huir de su destino, la creatura aguardaba el momento, cuando la copa derramase la última gota, y el corazón de aquel chico no soportase más. Alessandro, hijo de dos mundos: uno de carne y otro de sombras, estaba destinado a pagar lo que su bisabuelo había comenzado y más.
En el silencio del bosque, donde la luz rara vez penetraba, el demonio aguardaba a su engendro maldito, deseoso de la sangre que le era debida, ansioso de probar la maldad de aquel pequeño niño triste y solitario.