Capítulo 1: Polaridad
Abarrotado.
Así luce el emblemático Museo Contemporáneo de Piltover. La arquitectura brutalista contrasta con el diseño interior, lleno de espacio y de luminosidad. La blanquitud de las paredes resalta contra los pilares de concreto pulido que justamente del centro, sostienen con fuerza el piso superior. Los tragaluces toman la forma de fractales cuando la luz natural del sol los toca. Por la noche, se activa una hilera de pequeñas bombillas, pegadas cual cenefa en los bordes de los muros y el techo, rodeando cada rincón del sitio, dejando bien iluminada cada pared y así pueda apreciarse a detalle las obras que los diversos artistas exhiben.
Los asistentes apenas se distinguen unos con otros. Sus vestimentas van acorde a la ocasión. Vestidos de cóctel y trajes de tres piezas es lo que más se vislumbra, todos bajo las reglas de moda y etiqueta piltoviana. Los susurros y chismorreos qué deambulan de aquí a allá callan ante la impronta presencia de quién todo indica, es el maestro de ceremonias. El hombre peina su cabello entrecano un par de veces y frota sus manos, dándose ánimos mentalmente pues es una noche especial y no puede arruinarse bajo ningún concepto.
De pronto, le alcanzan un micrófono y lo enciende. “Damas y caballeros, el Museo Contemporáneo de Piltover ha sido la meca del arte en toda Runaterra desde hace siglos. La vanguardia y la distinción son ingredientes indispensables en cada exhibición que se muestran en las paredes de este prestigioso recinto. La noche de hoy tengo el gran honor de presentar ante ustedes la más reciente colección de pinturas de una de las artistas más prometedoras del año y tal vez de la década, cuyo estilo retrata a la perfección lo sofisticado y a la vez delicado ambiente de Jonia y la fuerza e innovación de la industria en Piltover. Ambos lados de una misma moneda. Nuestra invitada de honor resalta estas cualidades en cada pincelada que coloca en el lienzo, logrando que cobre vida propia y deje al espectador sumido en un gozo jamás experimentado.
Para continuar, me despido no sin antes darles la bienvenida a la exposición de arte «Polaridad» y agradecerles su asistencia esta noche. Antes de dar comienzo a este bello recorrido por Jonia y Piltover me gustaría traer ante ustedes a la mente maestra detrás de esta exhibición. Con ustedes…¡Caitlyn Kiramman!”
Los aplausos dan inicio y una ronda de festejo por el exitoso comienzo de la artista más prometedora de la última década. Caitlyn camina hacia el centro de aquel recinto, con una prominente sonrisa que delata ese pequeño puente dental tan característico en ella. Cassandra Kiramman alza su copa, orgullosa de los logros de su hija y contenta por el gran recibimiento que está teniendo. Sin duda piensa que sus esfuerzos por encausar el innato talento de su hija por fin han rendido frutos. “Ojalá su padre estuviera aquí” piensa melancólica, pues a la repentina muerte de su marido hace un par de años, creyó que Caitlyn tiraría su carrera por la borda y pensar en ello aún es una espina clavada que todavía no sabe cómo quitarse.
Mientras tanto, oculta entre la multitud, una mujer observa al maestro de ceremonias con detenimiento. Analiza cada gesto y movimiento suyo. De pronto, sus ojos verdes, tan brillantes como las esmeraldas, se pierden en la pintura que descansa detrás del maestro de ceremonias. Frunce el ceño, molesta porque esa es la pintura de la que más se ha sentido orgullosa y es otra la que está robando los reflectores cuando debería ser su nombre el que se muestra en el anuncio afuera del museo. El vestido negro que viste no la hace resaltar entre el público, parece una invitada más y es justamente su intención, pasar totalmente desapercibida. Su cabello, lo lleva suelto en cascada tras su espalda. Cubre a la perfección su nuca y el pequeño tatuaje en forma de rosa que a simple vista no se nota. Admira los trazos despacio y aprieta la mandíbula. Esa engreída piltoviana ha plagiado su trabajo incontables veces, llevándose el crédito por todo el esfuerzo que ella ha colocado en cada pieza de esa colección. Por supuesto que escaló sus inquietudes, con las autoridades competentes pero nadie, absolutamente nadie ha hecho caso de sus acusaciones, de sus ruegos porque finalmente vean la verdad.
Caitlyn Kiramman es un maldito fraude y ya es hora de que pague, y con creces.
Enseguida, posa la mirada en la pintora en cuestión quién segundos después cruza miradas con ella. Caitlyn se sobresalta pero finge que no la ha visto. Ha decidido que nadie va a arruinar su noche, absolutamente nadie. El público que se deshace en halagos y vítores, comienza a guardar silencio ante la petición silenciosa de Caitlyn con la mano. Cruza ambos brazos en su pecho, haciendo una pequeña reverencia, sumamente emocionada y conmovida por el gran recibimiento por parte de los asistentes del museo. El Maestro de ceremonias, con un ademán le entrega la palabra.
— Muchas gracias a todos por su apoyo. Hoy es un día especial para mí ya que es la primera noche de una semana completa de exhibición de mis pinturas en este maravilloso museo.
Se nota la seguridad en su voz, lo cómoda que está con el reflector. aunque no se perciba a simple vista que sus manos no han dejado de sudar y que tuvo una pequeña crisis de ansiedad tras bambalinas.
— A lo largo de mi vida, he aprendido de mis raíces, de mi herencia cultural y del cómo me ha formado como persona.
Toma una pausa y respira profundo, definitivamente se siente sumamente nerviosa y si no fuera por su enorme temple, ya se hubiera desmoronado como un castillo de naipes.
— A través de estas pinturas es que quiero compartir mi visión de ello y representar físicamente el cómo dos naciones tan diametralmente diferentes pueden complementarse entre sí. No me queda más que agradecerles nuevamente su presencia y esperar que disfruten de mi trab…-
El sonido de un disparo resonó en las paredes del museo. El rostro de Caitlyn cambió su expresión de felicidad por una de confusión y miedo. Su ceñido vestido gris oxford comenzó a tornarse oscuro justo en la zona de su estómago y al bajar la mirada, se dio cuenta de la sangre que emanaba. Asustada y pálida, finalmente se desplomó en el suelo.
El miedo pobló las paredes del museo y los gritos de la multitud no se dejaron esperar. Corrían despavoridos, buscando las salidas, sin importarles a quien empujaban o a quién pisaban.
— ¡Caitlyn! ¡No! ¡Mi niña no, por favor!
Cassandra corrió con toda su fuerza al encuentro de su hija quién yacía en el suelo, con la mirada perdida y desangrándose. — ¡Llamen a un médico! ¡Por favor!.
Desesperada, tomó a su hija en brazos viendo la sangre correr y mancharle las manos.
—M-madre…yo
— Shhh, no hables cariño, ya viene la ayuda. Tranquila.
— E-escucha, mamá, yo…nece-sito que sepas...
Sus palabras se quedaron a medias por la tos que antevino a la sangre que emanaba de su boca.
— Caitlyn, mi niña, no hables. Necesito que te calmes y que seas fuerte, no puedes abandonarme. Tú no, por favor.
La apretó más a su pecho, dejando caer por fin aquel llanto que se negó a soltar al ver a su hija, a su pequeña estrella a punto de morir.
La mujer del vestido negro observa el fruto de su trabajo desde su escondite, justo detrás de un grueso pilar que oculta su figura de la vista curiosa del servicio de seguridad que comienza la movilización para encontrarla. Sonríe porque se ha salido con la suya por fin y no hay manera de que puedan encontrarla. Gracias a los dioses, Caitlyn Kiramman no será capaz de robarle su trabajo, nunca más. Mira el fondo de su bolso con una expresión de satisfacción, el arma sigue caliente y humeante, escondida entre los gritos y el llanto de una mujer asustada que camina hacia la salida, buscando consuelo de quién sea.
Caitlyn sostuvo los brazos de su madre, queriendo verla a los ojos, los mismos ojos que ella poseía, de un azul intenso, tan oscuros como la medianoche. Sonrió por lo mucho que se parecía a ella. Cuando era niña odiaba que le señalarán la similitud física con su madre, ahora le parecía un enorme halago. ”Ojalá estés orgullosa de mí, madre.” Soltó un último suspiro, antes de dejar caer sus manos.