Prólogo
Fue un domingo cuando se marchó.
Era una mañana hermosa con destellos que dejaban, en cada rincón, una escasa ausencia de siluetas en las calles. Podías mirar con detenimiento el ajetreo de las hojas al chocar con el viento, de las costuras que unían la vestimenta de la gente que rondaba por ahí, el reflejo del polvo en las ventanas de los autos. Podías sentir cómo la energía se apoderaba de tu cuerpo alertando el comienzo de un nuevo día.
Para Baekhyun, recordar el cielo azul de esa mañana, era un engaño total para lo que sucedió después. El cielo se expandía por todos lados simulando abrigarte y, a la vez, dejando tranquilidad y calma con cada minuto que pasaba. Por lo tanto, todo transcurría con normalidad: muchos descansaban en sus hogares, otros disfrutaban del ocio en el centro de la ciudad y, finalmente, otros se apresuraban a sus respectivos trabajos.
Ese día decidió que no iría a trabajar. Todas las mañanas le ayudaba a su padre en el taller, nunca faltaba y tampoco se retrasaba. Claro que podía tomarse un descanso. No sentía nada diferente. No sintió un cosquilleo al apagar el celular para que nadie lo molestara. No pasaría nada especial ese día. Era como cualquier otro... Pasó todo el tiempo acostado en su cama y, al llegar el atardecer, no extrañó a Chanyeol. Tampoco pensó en él a la hora de irse de dormir.
Estaba tan acostumbrado a su presencia que ni siquiera le dio el beneficio de la duda. Jamás cuestionó si su compañía tenía alguna fecha de vencimiento. Nadie sabía cuántos años tardó en aceptar su partida. Entender que, de la noche a la mañana, Chanyeol se había marchado sin despedirse. Nadie conocía su paradero. Su padre estaba molesto por la cobardía que escondía la pobre nota arrugada sobre la mesa del comedor. ¿En qué momento Chanyeol fue infeliz al estar en Seúl? ¿Estaba frustrado por algo? ¿Su frustración era tan grande que no podía comunicarla? ¿Fingió su felicidad? ¿Estaba harto? ¿Simplemente quedaba aceptar su decisión? ¿Podían ir a buscarlo?
¿Regresaría?
Estaba muy confundido. Los primeros meses, lo destruía su partida, pero después empatizó con la valentía que se necesitaba para una decisión así.
Al marcharse no hubo tormenta que lo detuviera, al contrario, el día fue tan hermoso que lo motivó a irse, a seguir su camino. Si en algún momento la duda estuvo nublando su mente, los rayos de luz alumbraron sus pasos para calmarlo y asegurarle que era la decisión correcta. Y eso calmaba a Baekhyun. No entendía por qué el silencio ya no era tan ruidoso en su cabeza. No entendía por qué cada día que pasaba el dolor era menos. Su recuerdo estaba empapado de lágrimas, sí, pero muchas de ellas eran de felicidad: de la graduación, de su cumpleaños o cuando el padre de Chanyeol logró abrir su propio local.
Todos siguieron adelante. Todos dejaron atrás ese domingo. Sabían que Chanyeol podía lograr lo que se propusiera, y, si ellos no formaban parte de su futuro, forzar las cosas no era la solución.
Ese mismo cielo azul que lo vio marcharse, abrigaba a Baekhyun cada mañana al digirirse a la universidad. Sus pasos dejaron de sentirse pesados y se volvieron más livianos.
Ya no había un nudo en su garganta.
Ya no necesitaba la chamarra que Chanyeol olvidó en su casa.
La tristeza ya no formaba parte de él, se había transformado: ahora conocía una vida sin Chanyeol y descubrió que también podía ser feliz con esa realidad.