Capitulo 1
La oscuridad se desató sobre Vélaris como una tormenta imparable. El cielo, una vez brillante con los destellos de las estrellas, ahora se oscureció por la sombra de los Sinluz. Sus alas cubrían el horizonte mientras descendían sin piedad, invadiendo la estrella celestial con una fuerza que muchos temían.
—Lo que ocurrió esa noche fue un desastre —comencé, dejando que mi mirada recorriera las mesas vacías de la taberna, como si pudiera sentir la presencia de aquellos que ya no estaban. Todos callaron para escucharme—. Zhaerys, el dragón estelar, rugió con una furia desesperada. Su cuerpo se alzó, deslumbrante, y con un aullido que hizo temblar el suelo, liberó llamaradas de energía estelar. Pero a pesar de su inmenso poder, no pudo con la oscuridad. La fuerza de los Sinluz era abrumadora, casi tangible.
Tomé un trago de mi bebida, observando cómo los rostros de los presentes seguían atentamente, cada uno con la mirada fija en mí.
—Luver, el Gran Guardián Estelar, estaba confinado en su templo —dije con voz baja... el murmullo de la taberna se extinguió mientras hablaba—. No eran cadenas comunes. Estaban forjadas con la esencia de una estrella muerta. La magia que lo había definido, la misma que protegía Vélaris, ahora estaba completamente sofocada. Cada símbolo en esos hierros ardía con un fulgor tan intenso que ni el poder más puro podía liberarlo.
Pude ver las caras de asombro en los presentes. El tema estaba tocando una fibra sensible en todos.
—Luver había sido engañado —continué —. Un Celestial que deseaba el poder de la estrella madre lo había traicionado, sembrando mentiras, acusándolo de querer el control absoluto. Y así, fue condenado sin más juicio que la mentira misma.
Podía apreciar como algunas personas más se acercaban a escuchar.
—Nael, su amigo, fue quien más lo sufrió —agregué, dejando que la historia calara en el ambiente—. Él creyó en las mentiras. Dudó de Luver cuando más lo necesitaba.
Algunos susurraron entre sí, pero yo seguí adelante, tratando de crear un aire aún más misterioso.
—"Si tan solo te hubiera escuchado…" murmuró Nael, con la voz rota. Y Luver… Luver cerró los ojos. No podía liberar su poder, y el dolor que sentía era mucho más profundo que cualquier herida física. Era el dolor de la traición, de la impotencia.
Pausé un momento, viendo como cada uno de ellos tenían la mirada fija y los oídos atentos.
—Pero, lo que pasó después… eso fue lo que cambió todo. Mientras el mundo de Vélaris se desmoronaba y las estrellas comenzaban a apagarse, Luver sintió algo. Algo que ni siquiera él podía comprender al principio. Un latido. Débil, casi imperceptible. Era una chispa, una esperanza en medio de la oscuridad. Y en ese instante, Luver miró a Nael y dijo: "No, mi querido amigo… Vélaris no ha caído. Acaba de nacer."
Los ojos de los presentes seguían fijos en mí, algunos con la boca abierta, otros reflexionando.
—La estrella madre había enviado un fragmento de su esencia a la Tierra. Era una chispa de esperanza, algo que aún podía salvarnos. Y mientras esa luz existiera, habría futuro.
Hice una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire.
—Y después… bueno, después Luver desapareció. Algunos dicen que Zhaerys lo arrastró consigo al abismo, al intentar salvarlo. Otros, afirman que Luver entregó su luz para preservar el último fragmento de Vélaris y adoptó una forma mortal, ocultándose entre los hombres.
Sonreí un poco al ver a una mujer demasiado sorprendida.
— "Pero eso no es todo. Nael, su amigo leal, no podía aceptar que Luver hubiera desaparecido. Descendió a la Tierra en su búsqueda, recorriendo reinos y desiertos, mares y montañas. Pero la magia celestial que lo protegía parecía desvanecerse poco a poco, hasta que una noche oscura, Nael desapareció sin dejar rastro. Algunos dicen que cayó en las garras de los Sinluz. Otros, que su mente fue invadida por la oscuridad, y ahora vaga por el mundo, sin memoria."
Me recosté contra la mesa, dejando que el peso de mis palabras cayera sobre la sala. Algunos parecían absortos, otros inquietos.
—Lo curioso —añadí, con una leve sonrisa— es que aún hoy, hay quienes dicen que Luver camina entre nosotros, como un errante. Se dice que, en las noches sin estrellas, se puede ver una figura en la penumbra, con ojos que brillan como estrellas muertas. Y si alguna vez escuchas un susurro en la brisa nocturna… tal vez no estés tan solo como crees.
Solté una pequeña risa al ver las expresiones de los que me rodeaban. —Y no sé ustedes, pero yo prefiero no caminar sola por esas noches.
La taberna se llenó de murmullos. Algunos rieron nerviosos, otros se quedaron en silencio, como si el aire estuviera cargado de algo más.
Dentro de todo ese silencio repentino, algunos empezaron a pedir otra historia más, pero ellos no sabían que era la última historia.
—Mil disculpas seguidores míos, pero debo partir ahora, en otro momento les seguiré contando – dije con una voz demasiado elegante mientras bebía el último trago de mi bebida.
Tomé mis cosas y partí en busca de un nuevo lugar al que impresionar.
Yo era un alma considerada viajera, recolectaba historias en cada parada.
En uno de esos viajes me encontré con un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen y los chismes corren más rápido que el viento entre los campos de trigo. Era un lugar tranquilo, de casas de piedra y calles empedradas, donde la vida parecía deslizarse con la misma parsimonia que el río que lo atravesaba.
Me consideraba alguien que en el momento en que sintiera que ya no me quedaban historias para contar ni oídos nuevos que las recibieran, recogía mis cosas y me ponía en marcha, sin mirar atrás. No solía hacer muchos amigos; era más fácil partir si nadie te recordaba. Pero en este pueblo fue diferente.
Fue diferente por Ería.
La conocí mi segundo día allí. Había ido al mercado a buscar algo de comer cuando sentí que alguien me seguía. Al girarme, me encontré con una chica de cabello rojo recogido en una trenza desordenada y mejillas sonrojadas, que me observaba con curiosidad.
—Eres nueva —dijo, con una sonrisa suave.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.
—Aquí todos nos conocemos. Y tú… no eres de aquí.
Me reí. Tenía razón. Ería no necesitó más excusa para caminar a mi lado, hablándome con naturalidad, como si nos conociéramos de toda la vida. Me mostró el pueblo, señalando cada rincón con un entusiasmo contagioso.
—¿Ves esa casa de allá? —dijo, señalando una casona de piedra con las ventanas cerradas—. Ahí vive la señora Luren. Dicen que una vez ahuyentó a un lobo con solo gritarle. Aunque otros dicen que el lobo se fue del susto al ver su cara.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Siempre cuentas historias así?
—No tantas como tú.
La miré, extrañada.
—¿Cómo sabes que cuento historias?
—Lo supe en cuanto te vi. Tienes pinta de viajera. Y los viajeros siempre traen historias.
Esa tarde me llevó a la taberna principal del pueblo. El lugar era cálido, con el aroma a leña y cerveza flotando en el aire.
—Este es el centro de todas las historias —susurró Ería, como si compartiera un secreto. Me miró con expectativa—. ¿Quieres probar suerte?
Me reí, pero algo en su expresión me hizo asentir.
No tardé en encontrar mi rincón junto al fuego. Al principio solo venían un par de curiosos, pero gracias a los alardes de Ería, mi público creció. Cada noche, cuando las velas se consumían y las voces se apagaban, Ería estaba ahí. Siempre ahí.
Una noche, la taberna estaba llena. El fuego crepitaba en la chimenea, y las sombras danzaban en las paredes mientras yo me sentaba en mi rincón favorito, con una copa tibia entre las manos. Los niños se acomodaron cerca, los adultos fingieron que no les importaba y me aclaré la garganta antes de empezar, era una historia ya contada, pero no aquí, no con ellos.
—Hace mucho tiempo —dije, dejando que mi voz flotara en el aire—, cuando las estrellas aún susurraban secretos a quienes sabían escuchar, cayó una luz desde el cielo. No fue una estrella fugaz, sino algo más antiguo… más poderoso. Algunos dicen que fue la última chispa de una estrella moribunda; otros, que fue un Guardián que descendió a la Tierra para proteger un poder olvidado.
Los niños se apretujaron entre sí, y vi a un par de adultos inclinarse hacia adelante, como si de pronto mi historia les importara más que la cerveza en sus jarras. Eria se encontraba callando a los niños para que escuchen atentamente la historia.
—Con esa caída, surgió una leyenda —continué, bajando un poco la voz para darle dramatismo—. Se dice que un hombre llegó poco después, errante y silencioso, con ojos que reflejaban la luz de las estrellas. Nadie sabía su nombre ni de dónde venía, solo que siempre caminaba hacia el horizonte, buscando algo… o a alguien.
Hice una pausa. Siempre es bueno dejar que el silencio trabaje un poco a tu favor.
—Algunos creen que busca el fragmento de esa estrella caída. Otros murmuran que espera al portador de una marca antigua, un símbolo que arde como la luz misma. Pero todos coinciden en una cosa: cuando el Errante halle aquello que perdió, las estrellas volverán a brillar como antes… o se apagarán para siempre.
El fuego soltó chispas, y el silencio se hizo tan denso que podía oírse la respiración de todos. Entonces, como si el destino quisiera fastidiarme la atmósfera mística, el viejo Harvin, que nunca perdía la oportunidad de meter su cuchara, carraspeó y se inclinó hacia adelante.
—He oído esa historia —dijo con su voz rasposa—. Mi abuelo contaba que, en las noches sin luna, puedes ver una sombra caminar entre los campos. Que si le sigues, te lleva hasta donde cayó la estrella… pero ninguno ha regresado para contarlo.
El murmullo creció entre los presentes, vi como Eria, quién sin éxito ocultaba una sonrisa mientras bebía de su copa para que de alguna manera no soltara una carcajada, y yo, como buena narradora, me limité a levantar una ceja y dar un sorbo a mi bebida.
Claro, Harvin, arruínale el final a la cuentacuentos.
—Vaya, gracias, Harvin. ¿Quieres contar el resto o me dejas terminar mi historia? —dije, arqueando una ceja.
Se rió entre dientes, y algunos de los aldeanos también soltaron una carcajada, y mi amiga pelirroja no quedó atrás. Los niños me miraron expectantes, y yo solté un suspiro dramático.
—En fin… moraleja de la historia: si alguna vez ven una sombra misteriosa en los campos, no sean tontos y no la sigan. Y si la siguen… procuren dejarme una buena historia para contar después.
Risas. Aplausos. Otro día más en la taberna.
Junté mis cosas y entre las quejas del público por mi repentina partida, salí como siempre acompañada de Eria.
—¿De dónde sacas tantas historias? —me preguntó esa noche, cuando caminábamos de regreso a su casa.
—A veces las encuentro en los lugares a los que voy —le dije—. Otras, las historias me encuentran a mí.
—Me gustaría tener una historia —susurró ella.
La miré de reojo.
—Tienes muchas historias, Eria. Solo que no las has contado todavía.
Ella sonrió, pero no respondió.
Con el tiempo, me fui acostumbrando a su presencia. Paseábamos por el pueblo en las tardes, compartiendo historias como si fueran monedas. Una tarde, mientras caminábamos junto al río, le pregunté:
—¿Nunca has pensado en irte de aquí?
Eria se detuvo y miró el agua que corría a nuestros pies.
—A veces. Pero me da miedo. ¿Y si allá fuera no hay nada para mí?
—¿Y si hay algo maravilloso?
Ella rió suavemente.
—Supongo que por eso te escucho. Para saber qué hay más allá, sin tener que irme.
Y entendí que, para Eria, mis historias eran una ventana a un mundo que nunca se atrevió a explorar. En el fondo quería que me acompañara, fue la primera persona que quise llevar conmigo.
Pero todo viaje tiene un final, y el mío no sería la excepción.
No recuerdo cuándo empezó a pesarme la idea de partir. Tal vez fue la noche en que, después de contar la historia de un marinero que navegó hasta el fin del mundo, me encontré deseando que el público se quedara dormido solo para no tener que irme. O quizás fue la tarde en que Eria con una sonrisa, dijo:
—Ojalá nunca se te acaben las historias.
—Ojalá puedas contarlas conmigo...–susurré más para mí que para ella.
La noche en que partí, el pueblo dormía. No dejé cartas ni promesas. Solo me fui, como siempre lo hacía.
Días después, mientras iba en busca de nuevas historias me cruce con algunos pueblerinos que contaban entusiastas sobre lo que habian encontrado en su camino. Decían que en una taberna lejana, una joven contaba algunas historias sobre una viajera que llegó una vez, trayendo consigo relatos de tierras lejanas.
No sé si era Eria. Pero esperaba que así fuera, y con ansias deseaba encontrarla en mi camino hacia nuevas aventuras.