Cuando el Tiempo se Detiene
El viento soplaba suavemente, levantando mechones de cabello que caían sobre su frente. Odessia se encontraba al borde de una colina, observando el horizonte teñido de tonos rojizos y dorados mientras el sol se deslizaba lentamente tras las montañas, como si tratara de ocultarse del desastre que había dejado atrás. El viento frío arrastraba el olor metálico de la sangre y el polvo de la batalla, haciendo que cada bocanada de aire le supiera a cenizas. Sus piernas dolían, pero no tanto como su mente. Había sobrevivido, aunque no estaba segura de si eso era algo bueno. Su mano temblorosa se aferró al borde de su capa, sintiendo la tela áspera contra sus dedos sucios. No era una heroína. No era la persona que los dioses necesitaban.
.
Detrás de ella, el sonido de unos pasos la sacó de su trance. No necesitaba volverse para saber quién era.
—Odessia —la voz de Admes sonó tranquila, pero con un matiz de cansancio—¿Vas a quedarte ahí lamentándote?.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, sin ocultar su incomodidad—.Me diste un nombre, me diste un destino, pero nunca me dijiste cómo lidiar con todo esto.
—Crees que todo esto fue un error, ¿verdad?
Ella cerró los ojos por un instante, intentando contener la oleada de emociones que amenazaban con desbordarse.
—No lo creo, lo sé.—Su voz apenas era un susurro—. No sé por qué me elegiste, pero debiste escoger a alguien más. No estoy lista para esto.
—Odessia —respondió Admes con una calma imperturbable—. Te elegí no porque estés lista ahora, sino porque tienes el potencial de estarlo.
—Potencial... —Odessia repitió con amargura, dejando que la palabra se asentara en su mente—. ¿Y qué hago con eso? ¿Les lanzo mi potencial a los enemgos cuando nos ataquen de nuevo?
Admes suspiró y avanzó hasta quedar a su lado. Su presencia era imponente, pero no intimidante. Más bien, parecía estar evaluándola con la mirada, buscando algo que ni siquiera ella misma podía ver.
—No esperamos a que estés lista —dijo, observando el atardecer con expresión indescifrable—. Simplemente te elejimos, y el resto depende de ti.
Odessia apretó los dientes. ¿Cómo podía hablar con tanta calma? ¿Cómo podía esperar que ella aceptara su destino como si fuera tan simple?
—Eso es fácil de decir cuando no eres tú quien carga con esta responsabilidad —murmuró, sin mirarlo.
Admes bufó, cruzándose de brazos.
—¿Y qué esperabas? ¿Que te dieran una señal mágica? ¿Que alguien más resolviera esto por ti?
El viento sopló con más fuerza, enredando mechones de su cabello frente a su rostro. Por un instante, el murmullo del aire le pareció otra cosa. Una risa. Una voz familiar que hacía mucho que no escuchaba.
Su corazón se encogió.
“Tomás”.
El recuerdo la golpeó con fuerza, su amigo, con aquella sonrisa confiada, susurraba su nombre. No, no su nombre. El que Tomás le daba, el que usaba con esa sonrisa despreocupada que nunca volvería a ver.
"Vamos, Odie, ¿tienes miedo?"
Podía verlo claramente: de pie sobre la muralla de esa vieja ciudad en ruinas, con el cabello despeinado por el viento y una sonrisa traviesa. Él nunca dudaba. Siempre iba un paso adelante, siempre creyendo en ella… hasta que dejó de estar allí.
—Es hora de que tomes una decisión —dijo Admes, su tono firme—. No puedes quedarte en la colina para siempre. Te esperan. Y ellos vendrán de nuevo.
Odessia cerró los ojos por un instante, reconociendo la verdad en sus palabras. No importaba cuánto quisiera detenerse, sabía que no podía permitírselo.
Pero lo que más le aterraba no era la batalla ni los dioses.
Era ella misma
No estar a la altura. Defraudar a los que confiaban en ella. Ser solo un peón más en los juegos de los dioses.
Morir de nuevo.
Porque si había algo peor que enfrentar la muerte, era regresar de ella sin respuestas. Sin propósito. Apretó los puños. No era su estilo rendirse. Tampoco el de sus compañeros.
—Bien —murmuró, exhalando con cansancio—. Supongo que es hora de continuar este maldito viaje.
Con un último vistazo al atardecer, comenzó a caminar cuesta abajo, sin dejar atrás las dudas. Sus pasos resonaban en el suelo rocoso mientras descendía, su mente vagando entre recuerdos borrosos y lo que le esperaba. La historia de los dioses, el conflicto que los dividió, siempre había sido un susurro constante, un eco de tiempos lejanos. No era solo una leyenda; era la razón por la que estaba aquí, atrapada en esta guerra.
Pero su guerra había comenzado mucho antes.
"Si tan solo no hubiera muerto aquella vez…"
El pensamiento la atravesó con la fuerza de un relámpago.
Si su vida no hubiera terminado en ese momento, quizás nunca habría sido elegida. Quizás no llevaría este peso sobre sus hombros. Quizás podría haber seguido siendo Odessia, solo Odessia, sin dioses ni destinos impuestos.
"Él no me habría elegido", pensó, dejando que el eco de esa verdad resonara dentro de ella. "Y yo estaría tranquila."
Pero la tranquilidad ya no era una opción.
Los recuerdos de su muerte eran borrosos, como un sueño que se desmorona al despertar. Sin embargo, no podía olvidar la sensación de su cuerpo fallando, el calor de la sangre escapando de su piel, la agonía de su último aliento. Podía recordar el peso de la desesperación en su pecho, la certeza innegable de que todo terminaba allí
Y luego... el vacío.
No había luz, no había oscuridad. Solo una nada infinita, un eco distante de todo lo que alguna vez fue.
Hasta que abrió los ojos otra vez.
Odessia despertó con un sobresalto, como si hubiera sido arrastrada a la superficie después de estar sumergida en las profundidades de un océano. Sus pulmones se llenaron de aire bruscamente, quemándole el pecho, como si hubiera estado ahogándose sin siquiera darse cuenta, pero no habia agua, solo un vacío interminable. Su cuerpo flotaba en la nada, suspendido dentro de una cápsula translúcida. como si su alama estuviera atrapada. Se sentia frío, se sentia... inhumano.
—¿Dónde estoy...? —preguntó en voz baja, sintiendo el vacío a su alrededor. Su corazón latía con fuerza, pero no entendía por qué.
El frío que la rodeaba era extraño, como si viniera de adentro hacia afuera como si su propia esencia estuviera helándose. No era solo el cuerpo lo que sentía extraño… era su mente. Había lagunas, vacíos donde los recuerdos deberían estar.
—Esto… no puede ser real —continuó, sus palabras temblando con incredulidad—. Debo estar soñando... o en algún tipo de broma cruel.
El silencio se alargó, pesado, asfixiante. Algo dentro de ella se agitó con una angustia creciente. Estaba atrapada, flotando en ese espacio sin poder moverse, sin saber cómo había llegado allí.
—”No, no…” —Su voz se quebró—. “¿Por qué no puedo recordar? ¿Qué… me pasó?”
Se llevó las manos a la cabeza, como si al presionarla pudiera aclarar la confusión. Pero nada tenía sentido. Era como si una parte de su mente estuviera oculta detrás de una barrera inquebrantable. Esto no estaba bien, esto no era normal y entonces, lo sintió.
No estaba sola.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras sus ojos se fijaban en el vacío frente a ella. todo era una amalgama borrosa de luces doradas y sombras suaves, pero, conforme sus ojos se acostumbraban, los detalles emergieron ante ella.
Estaba en un salón colosal, sostenido por columnas de mármol blanco que se alzaban como gigantes esculpidos. No eran simples pilares; cada uno tenía grabados en espiral, figuras que parecían contar historias en un idioma que no reconocía de inmediato. El suelo reflejaba el techo, aunque no era un techo en sí, sino un vasto firmamento azul con nubes blancas que parecían moverse, como si el cielo hubiera sido atrapado dentro de aquel lugar. En el centro, entre las columnas, crecían árboles antiguos de troncos robustos, sus hojas destellaban con un verde majestuoso, balanceándose sin una brisa que las moviera. Un río de aguas profundas y oscuras fluía entre ellos, cortando el paisaje como una serpiente inmóvil. No era un negro absoluto, sino una mezcla de tonos azulados y violáceos que parecían absorber la luz en su superficie. Su cauce se deslizaba con una calma inquietante, sin emitir sonido alguno.
Y allí, flotando sobre la corriente, vio por primera vez aquellas extrañas esferas luminosas. En su interior, sombras difusas se movían con lentitud, como recuerdos atrapados en un sueño. Algunas pulsaban débilmente, como si respiraran, mientras otras brillaban con intensidad antes de desvanecerse en la corriente. No supo por qué, pero la forma en que oscilaban lentamente sobre el agua la inquietó.
El salón no estaba vacío. A los lados, entre las columnas, se alzaban estructuras y objetos que parecían pertenecer a otra época: jarrones de cerámica decorados con sombras negras y centauros, esculturas de mármol con figuras imponentes y, al fondo, doce tronos, cada uno diferente al otro. No eran meros asientos; cada uno parecía contar una historia propia. Algunos tenían inscripciones doradas, otros estaban adornados con motivos de guerra, naturaleza o estrellas.
Sin embargo, su mirada se detuvo en uno en particular. De todos, era el más imponente: un trono de oro y marfil, sus brazos tallados con relieves de tormentas desatadas y rayos que parecían vibrar bajo la luz del firmamento falso. Algo en él la hizo estremecer, un presentimiento que no supo nombrar. El ambiente tenía un peso distinto, como si el aire mismo contuviera murmullos de historias olvidadas. No sabía dónde estaba ni por qué, pero la inmensidad del lugar y la sensación de algo antiguo y poderoso le erizaban la piel. Pero luego… algo comenzó a moverse. Sombras ondulantes, figuras tomando forma en la distancia. Su cuerpo se tensó al distinguirlas vagamente en la penumbra.
Un murmullo casi imperceptible recorrió el aire, como un susurro arrastrado por la corriente de aquel río silencioso. Luego, un sonido: el eco de pasos, ligeros pero firmes, resonando contra el mármol.
Odessia entrecerró los ojos, obligándose a enfocar. Había algo allí. Algo que se acercaba.
Entre la bruma dorada, una silueta que parecia ser una mujer, emergió con una gracia casi irreal. No caminaba, flotaba con una ligereza imposible, como si el suelo no la reclamara del todo. A medida que se hacía más nítida, los detalles de su presencia se revelaron como fragmentos de un sueño.
Una armadura ceñida protegía su torso, cada placa tallada con una precisión imposible, reflejando la luz con un fulgor etéreo. Pero lo más impactante eran sus alas: enormes y majestuosas, extendiéndose con un movimiento pausado, cada pluma destellando con un resplandor plateado, como si estuvieran hechas de luz solidificada. Su rostro permanecía oculto bajo un casco dorado, trabajado con delicadas filigranas. Solo la línea de su nariz y la curva firme de sus labios quedaban al descubierto, dándole un aire aún más enigmático. Su cabello, largo y sedoso, caía en mechones ondeantes de un rosa pálido, casi irreal, como si hubiera sido teñido por el amanecer mismo. No estaba suelto del todo; una trenza lo sujetaba al final, adornada con pequeños anillos metálicos que brillaban con inscripciones diminutas, demasiado antiguas para ser comprendidas a simple vista.
La armadura que la cubría era una obra de arte, más allá de la funcionalidad del metal. Piezas entrelazadas de tonos dorados y azulados protegían sus hombros, pecho y abdomen, decoradas con grabados de bestias y símbolos olvidados. Y desde su cintura, una tela blanca flotaba, ligera como el humo, desafiando la gravedad, como si estuviera suspendida en un plano distinto al suyo. El aire pareció volverse más frío. Un escalofrío recorrió la espalda de Odessia cuando la desconocida dio un paso más, con la quietud de un presagio. Algo en ella evocaba poder. No un poder que se gritara con violencia, sino uno antiguo, inexorable, como el peso de la eternidad misma.
—¿Eso... es un ángel? —preguntó, con la voz rota entre el asombro y la incredulidad. Pero algo en la figura le resultaba inquietante, la realidad chocaba con la imagen que tenía de los ángeles.
El silencio le dio una respuesta. De repente, todo encajó.
—N-No puede ser —dijo en voz baja, sus ojos llenos de un terror creciente—. ¿Estoy... muerta?
La verdad golpeó su mente como una descarga eléctrica. Su pecho se apretó mientras la desesperación la inundaba. Quiso gritar, pero solo un susurro escapó de sus labios.
—No... No es posible.
Frente a ella, la figura alada permanecía en silencio, observando. El escalofrío que recorría su cuerpo se mezclaba con la confusión. Nada tenía sentido, pero antes de poder procesar, la voz de la mujer alada rompió la tensión con un tono cargado de sarcasmo y frustración.
—¡No hay tiempo para esto! —El tono era impaciente, casi frustrado—. ¿Por qué los demás pudieron escoger a un usuario tan rápido y a ti te toma tanto tiempo? La guerra está en marcha, y cada minuto que pierdes significa más muertes.
La otra figura alzó el rostro, pero no respondió de inmediato. Su postura seguía firme, inmóvil, como si no estuviera dispuesta a dejarse arrastrar por la urgencia de las palabras.
—Esto no es algo que deba escogerse sin cuidado— Exclamó
—Siempre con la misma excusa —bufó la mujer, cruzándose de brazos, mirándolo con una mezcla de irritación y cansancio—. Han pasado siglos y sigues buscando la perfección en un mundo donde la perfección no existe.
—No busco la perfección. Busco una conexión real —replicó el hombre con firmeza, girando para mirarla—. No es solo una cuestión de poder. Sus vidas y las nuestras se entrelazan cuando los elegimos. Si escogemos mal, estamos condenándolos. ¿Cuántos portadores hemos visto caer porque fueron seleccionados sin cuidado?
—¡Llevas 500 años con esa justificación! —la mujer exhaló con frustración y extendió una mano hacia las almas que flobana por el rio, como si fueran simples objetos en un escaparate—. Mira a tu alrededor. Hay más de diez mil billones de almas. Toma una y terminemos con esto.
Con desdén, tomó una esfera luminosa al azar y la agitó en el aire.
—Esta estaría bien —declaró sin emoción.
El hombre no respondió de inmediato. Sus ojos se oscurecieron, su mirada recorriendo las almas con un detenimiento casi melancólico. Finalmente, exhaló un suspiro profundo.
—No es tan simple —murmuró, sin apartar la vista de las luces parpadeantes a su alrededor—. Cada uno de ellos tiene una historia, una vida que fue arrebatada. No puedo tomar esto a la ligera.
La mujer chasqueó la lengua y giró el rostro, visiblemente exasperada.
—La guerra no esperará por tu gran epifanía.
Pero entonces, algo cambió.
El aire pareció volverse más denso. Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala, como si algo antiguo hubiera despertado.
Los ojos del hombre se desviaron hacia un rincón del vasto salón. Su expresión cambió.
La mujer notó su reacción y frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Pero no necesitaba preguntarlo. Ella también lo sintió.
Una presencia.
Una energía distinta, flotando junto las demas esferas.
Las miradas de ambos se clavaron en la pequeña prisión.
Odessia sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía cuando comprendió lo que estaba ocurriendo.
—Eh… ¿Me está mirando?
Su estómago se encogió. El pánico se apoderó de su pecho.
—¡No puede ser! —su voz se quebró en un grito desesperado—. ¡Deja de mirarme! ¡Esto es imposible!
Pero nadie podía escucharla.
Nadie.
Y, sin embargo, ellos la estaban viendo.
La figura que la observaba era un hombre de porte imponente, con un aura que irradiaba poder y solemnidad. Su vestimenta, aunque de un blanco puro con detalles dorados, parecía más que simple tela; cada pliegue capturaba la luz de una manera imposible, como si la propia esencia del día habitara en él. Sandalias del mismo material adornaban sus pies, y brazaletes dorados rodeaban sus muñecas, grabados con símbolos que parecían moverse sutilmente al ser mirados.
Su rostro tenía la perfección de una estatua esculpida por manos divinas: pómulos marcados, mandíbula firme y una pequeña barba bien cuidada que enmarcaba sus labios. Pero lo más llamativo eran sus ojos, de un amarillo resplandeciente, como si el mismísimo sol ardiera dentro de ellos. Su cabello, ondulado y de un tono azul cielo, aunque más profundo, caía con naturalidad hasta sus hombros, reflejando destellos tenues de luz con cada movimiento.
Se movía con la tranquilidad de alguien que no solo conocía su lugar en el cosmos, sino que el cosmos mismo se moldeaba a su paso. Y, sin embargo, cuando extendió la mano hacia ella, había algo extraño en su gesto: no una amenaza, sino una especie de reconocimiento… una expectativa.
Odessia sintió el pánico recorrer su cuerpo como. Era imposible que la estuviera viendo. Imposible.
—¡Por favor, aléjate! —gritó, su voz quebrándose en el aire.
Él se detuvo. Bajó levemente la cabeza, como si analizara su reacción, y luego se inclinó en cuclillas. Su mirada no se apartó de ella. No había hostilidad en sus ojos, pero tampoco dulzura… solo algo insondable.
Y entonces, sin previo aviso, se puso de pie otra vez. Bajó la mano lentamente, desviando la vista con expresión inescrutable. Sin decir nada más, dio media vuelta y regresó a su posición junto a la mujer alada.
—¿Sucedió algo? —preguntó ella, observándolo con atención.
El hombre tardó un momento en responder, como si meditara sobre lo que acababa de ocurrir.
—No realmente… —susurró al fin, aunque su tono tenía una sombra de incertidumbre. Su mirada se deslizó una vez más hacia donde ella estaba.
—Pero, ¿quién es ella?