El jardín antes del incendio
Charlie solía creer que los monstruos solo vivían bajo la cama.
Hasta que conoció a Wooshik.
Él llegó con sonrisas de invierno y manos que acariciaban como si ya conocieran el mapa de su piel. Le trajo peluches absurdamente grandes “Para que no te sientas sola” y le calentó los pies descalzos en las madrugadas frías. Era perfecto. Demasiado perfecto.
Pero a veces, cuando la luz del atardecer le pegaba de cierta manera, Charlie notaba algo:
Las pupilas de Wooshik no se dilataban como las de las personas normales.
Se contraían, como las de un gato frente a un pájaro herido.
Y una noche, mientras ella reía con la boca llena de helado derretido, él le quitó la cuchara de los dedos con una calma que heló la sangre.
- Jagiya - susurró, limpiándole el dulce del labio inferior con el pulgar - ¿sabes qué pasa cuando le das azúcar a una bestia?.
No esperó respuesta. Se llevó el dedo a su propia boca y lo chupó lentamente, sin romper el contacto visual.
Ese fue el primer aviso.
El segundo llegaría con el sonido de su pijama verde rasgándose.
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