Capítulo I
Sabía que ese día sería diferente a los demás, pero nunca imaginé cuánto. Mi vida estaba mejor; podía dormir tranquila, ya no los veía. Solo era yo, viviendo mi vida.
—Vamos, Mika, nos necesitan —entró Xadani corriendo a mi oficina.
—Puedes encargarte tú sola —respondí. Algo en mi interior me decía que no debía ir. Mis sentimientos estaban confundidos.
—¿Crees que tengo seis brazos para revisar a toda la familia?
Xadani y yo éramos investigadoras de crímenes, o más conocidas como detectives. Llevábamos seis años en este trabajo.
La lluvia resbalaba por los cristales del apartamento 402. Las luces de las patrullas atravesaban las ventanas, tiñendo el interior de rojo y azul intermitente. Crucé la puerta con paso firme, pero al hacerlo, un aire denso me hizo detenerme en seco.
—Detectives, llegaron —dijo un oficial.
—Reacciona, Mika —me susurró Xadani antes de entrar al apartamento.
Al cruzar la puerta, los vi.
Los cuerpos estaban en la sala.
Cuatro personas. Un matrimonio y sus dos hijos. Sus ojos estaban abiertos, congelados en una expresión de terror absoluto. No tenían heridas ni signos de lucha, pero estaban muertos.
—¿Qué demonios pasó aquí? —pregunté en voz baja, al mismo tiempo que un escalofrío me recorría el cuerpo.
El forense nos miró con el rostro tenso y negó con la cabeza.
—No lo sabemos. No hay signos de violencia, ni veneno visible. Es como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.
Xadani se acercó. La madre aún sostenía el control remoto. El padre tenía una taza de té fría en la mesa. Los niños estaban sentados, como si todavía estuvieran viendo la televisión.
—¿Quién llamó a la policía? —preguntó Xadani mientras se ponía los guantes y apagaba el televisor.
—Una vecina. Dijo que vio las luces encendidas, pero la casa estaba en silencio. Tocó varias veces, pero nadie respondió —explicó un oficial.
De pronto, el aire cambió.
El ambiente se volvió pesado. Mi visión se oscureció por un segundo.
Y entonces supe que ya no estaba allí.
Estaba viendo lo que ocurrió antes de que murieran.
La familia estaba en el sofá. Los niños reían, el matrimonio platicaba.
De pronto, la pantalla del televisor parpadeó. Se fue la luz.
Y en el reflejo oscuro de la pantalla, vi una sombra.
No era un fantasma. Era un hombre.
Vestía completamente de negro, con guantes y algo en la mano que no pude distinguir. Ninguno de ellos lo vio.
Hasta que fue demasiado tarde.
La madre fue la primera en reaccionar. Su respiración se volvió errática, sus manos temblaban. El padre intentó levantarse, pero su cuerpo se sacudió en una convulsión repentina.
Los niños gritaron.
Y luego… todo se apagó.
La visión desapareció.
Sentí que me faltaba el aire.
Mi don había vuelto. Otra vez.
Podía tener visiones.
Y ver fantasmas