Un mundo lleno de pokerus 2

Summary

Natali, es enviada por Giratina a una dimensión alterna infectada de Pokémon zombis. Deberá sobrevivir con ayuda de sus amigos en este distópico mundo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Reencuentro

—No puede ser… —susurré, sintiendo que el corazón me latía con fuerza en el pecho.

Ese encapuchado… era mi hermano. Mi pequeño hermano. Aquel que, años atrás, me había derrotado cuando perdí el control bajo el poder oscuro que me otorgó Darkrai.

Pero… ¿Qué hacía aquí? ¿Por qué estaba en este mundo?

Yo había muerto. En este mundo al menos. Mi alma fue transferida a otro cuerpo por voluntad de Giratina. Entonces… ¿es él realmente mi hermano? ¿O acaso es solo una versión alternativa, un reflejo distorsionado de este horrible mundo que ya me ha arrebatado todo lo que amaba?

Me quedé en silencio, atrapada en mis pensamientos, intentando encontrar sentido a lo imposible. Fue entonces cuando Albert, mi hermano, rompió el silencio con una voz firme:

—Por favor, abandonen la sala. Necesito hablar con ella a solas.

Los dos encapuchados que lo acompañaban asintieron sin decir palabra y salieron de la habitación, cerrando la puerta tras ellos con suavidad.

—Sé que esto te va a sorprender —dijo Albert, quitándose lentamente la capucha, revelando su rostro—. Y probablemente ya estés ideando miles de teorías, pensando en escenarios imposibles. Pero sí… soy tu hermano. El mismo que, sin quererlo, te quitó la vida. He estado observándote todo este tiempo. Fui yo… el encapuchado que te protegió desde las sombras.

Mis ojos se abrieron con asombro. Había sospechado que alguien seguía mis pasos, alguien que siempre aparecía cuando más lo necesitaba. Pero jamás pensé que fuera él. Mi hermano… el mismo que, a pesar de haberme derrotado, me perdonó.

Y sin embargo… eso no calmaba el dolor.

Podía agradecer su compañía silenciosa… pero mis amigos… Gael, Sabrina, Gustavo, Alejandra… ellos ya no estaban. Todos habían muerto.

Bajé la mirada. Estaba sentada sobre una cama improvisada, y mis brazos temblaban ligeramente. Una gota cayó sobre mi piel. Luego otra. Y otra más. Estaba llorando.

Sollozaba por ellos, por mis amigos que lo dieron todo en aquella batalla final contra Lucas. Ellos… creyeron en mí hasta el último momento.

Albert se acercó con cautela al verme en ese estado y me envolvió con cuidado en un abrazo cálido. Yo, entre sollozos, apenas encontré fuerzas para preguntar:

—¿Por qué… por qué no nos ayudaste? E-ellos… seguirían con vida si hubiesen tenido apoyo…

Mi voz se quebraba mientras hablaba. Albert apoyó sus manos sobre mis codos, y me miró directo a los ojos.

—Lo siento, Natali. No podía intervenir. El grupo al que pertenezco, los Encapuchados, opera desde las sombras. Somos cautelosos… evitamos mostrarnos, salvo que sea absolutamente necesario. Si hubiéramos actuado abiertamente, habríamos puesto en riesgo todo nuestro plan.

Seguí llorando, negándome a aceptar la realidad. Mis amigos ya no estaban… y yo no podía hacer nada para traerlos de vuelta.

— ¿P-Plan? —logré preguntar entre lágrimas.

Albert asintió con gravedad.

—Los Encapuchados hemos estado investigando la verdadera causa del brote zombi en nuestros Pokémon. Íbamos a intervenir contra Lucas, estábamos listos para ofrecerte apoyo. Pero nuestro líder descubrió algo inquietante. Sospechó que Lucas era solo un títere… una distracción. El verdadero enemigo estaba oculto, manipulando todo desde las sombras.

Y tenía razón. Apenas lo eliminaste, el refugio de Sinnoh fue bombardeado casi de inmediato. Querían borrar todo rastro. Ocultar pruebas. El ataque no fue una coincidencia… era un mensaje.

Tuviste suerte de que llegué a tiempo para salvarte, Natali. Si no lo hacía, podrías haber muerto.

—P-Pero… aun así, ¡debiste ayudarnos! —me aparté de él, con rabia y tristeza en el pecho.

No podía pensar con claridad. Las emociones me sobrepasaban, y el dolor era más fuerte que la razón.

—Lo siento, hermana… solo espero que esto, al menos, te ayude a entender.

“¿Entender todo…?” Pensé, mientras él se agachaba junto a un bolso marrón que llevaba cruzado como un cartero. Sacó una carta cuidadosamente doblada y me la entregó.

— ¿Qué es esto? —pregunté, con la voz aún temblorosa.

—Mira la parte de atrás —me indicó.

Le di la vuelta… y el corazón me dio un vuelco.

Ahí estaban… las firmas. Pequeñas y adornadas con dibujos. Las firmas de Sabrina, Gael y Gustavo.

— ¿Cómo conseguiste esto…? —murmuré, con un nudo en la garganta.

—Supongo que notaste cómo tus amigos adquirieron habilidades especiales después de cierto tiempo. Durante tu coma, ellos me buscaron. Sabían que necesitarían entrenamiento… y yo era el encargado de preparar a los nuevos reclutas. Les di todo lo que pude ofrecerles.

Sabían que la batalla sería difícil. Así que escribieron esta carta, por si no regresaban…

Las lágrimas brotaron con más fuerza. No la había leído, sin embargo su contenido se que me dolería, mis amigos... Cuanto los extraño.—Natali… los Encapuchados no habían planeado salvarte. Ellos querían que murieras. Pero yo… yo no podía permitirlo. No podía perder a mi hermana.

Sus palabras me llenaron de dudas.

—Pero… ¿Cómo estás tan seguro de que soy yo? Este cuerpo no es el mío. Mi cabello rojizo, mi rostro… nada se parece al de antes. Ya no soy la misma…

Albert sonrió con tristeza.

—No importa tu apariencia. Te conozco desde que éramos niños. Reconocí tus gestos, tu forma de hablar. Y cuando describieron a tu Turtwig… no tuve dudas. Era el pequeño Terra, pero de este mundo ¿no? El mismo que cuidaste con tanto amor. Hermana… te necesitamos. Necesitamos acabar con los responsables de esta infección.

Aún dolida, pensé en lo que mis amigos habrían querido que luchara contra esto. Sabía que ellos habrían amado poder vivir una vida normal… así que, si yo tenía la oportunidad, debía luchar por ella.

—Por supuesto que ayudaré —respondí con firmeza.

—Perfecto. Hablaré con el líder. Mientras tanto, deberías buscar a tu Torterra. Está en el centro de curación. Puedes aprovechar para explorar la cueva y conocer a los demás.

— ¿Y mis cosas? ¿Mi mochila y la katana?

—Oh, cierto. Están en la zona de almacenamiento. Deberías pasar por allí.

—Entendido —dije, incorporándome con esfuerzo.

Mis piernas temblaron al principio, aún resentidas por las heridas del combate. Pero me obligué a seguir. Me acostumbraría de nuevo a moverme… paso a paso.

— ¿Estás bien? —preguntó Albert, preocupado.

—Sí, no te preocupes. Solo me siento un poco oxidada… pero puedo con esto.

Al salir de la habitación, me encontré con los dos encapuchados que habían salido antes. Una chica de cabello castaño largo se acercó a mí, retirándose la capucha de la túnica negra que vestía.

— ¿Así que eres la hermana de Albert? Perdona si antes parecí desconfiada… este grupo es secreto, y no solemos reclutar. Aunque… bueno, sí que necesitamos gente urgentemente —rió con nerviosismo—. Ah, y no es que haya estado escuchando lo de ustedes, ¿eh? ¡No soy chismosa!

—Soy Alice, por cierto. Espero que nos llevemos bien.

—Yo soy Natali. El gusto es mío.

—Oh, cierto. Este de aquí es Kurt. Es callado, habla poco… pero de todos, es el más sabio.

Me giré. Un chico de cabello negro, algo largo, nos observaba en silencio. Asintió con serenidad.

— ¿Cómo te ha ido sobreviviendo? Parece que apenas lo cuentas.

Me sorprendió un poco con lo que dijo, tenía razón apenas y sobrevivo, aun así decidí responderle con —Ya saben, trato de no morirme.

Entonces interrumpí todo para aclarar que tenía cosas por hacer.

—Chicos —dije—, necesito ir por mis cosas y por Terra. ¿Podrían acompañarme hasta el centro Pokémon y la zona de almacenamiento?

— ¡Por supuesto que iremos contigo! —respondió Alice, entusiasmada.

—Habla por ti misma, Alice. Tengo cosas que hacer —replicó Kurt con tono seco.

— ¡Pero qué grosero! Tenemos compañía, ¿y no vas a ayudar?

—No es por ti, Natali. Pero no hacen falta dos guías. Con la hiperactiva de Alice es suficiente. Me voy. Nos vemos.

— ¡Maldito…! —Alice frunció el ceño, pero luego sonrió—. Bah, ni caso. Vamos, te enseñaré el lugar.

La cueva era enorme, con caminos que se entrelazaban y una gran cafetería en una sección más ancha. Varias habitaciones se distribuían a lo largo del recinto, aunque el número de personas era reducido. Tal vez treinta. Bastante poco considerando que luchaban contra una amenaza global.

Llegamos al almacén. Allí estaba mi katana. La tomé con reverencia. Era un regalo de Alejandra… mi primera amiga. Siempre estaría en mi corazón.

Empuñé la espada un segundo, desenvainándola solo para sentirla en mis manos. Con esta espada acabé con Lucas, el asesino de mis amigos. La atesoraré siempre.

Guardé la espada de nuevo en la mochila, con una sonrisa nostálgica.

Con la mochila a la espalda, avanzamos hacia el Centro Pokémon. Nuestros pasos resonaban en el suelo, y los Zubats volaban por encima, haciendo su característico ruido. Todo se sentía tan... normal, como si estuviéramos en un día cualquiera.

Y ahí lo vi. Torterra.

— ¡Terra! —grité, corriendo hacia él.

Él me vio y también corrió hacia mí, torpemente, por su tamaño. Las lágrimas salían de sus ojos y, por supuesto, las mías no se quedaron atrás.

Después de tanto tiempo... ¡finalmente estábamos juntos otra vez!

Le debía todo a Terra. Usó sus últimas fuerzas para derrotar al terrible Lucario que mató a mis amigos.

—Gracias, Terra. Si no fuera por ti, no habría podido hacerlo. Te debo la vida, amigo.

Aunque no podía hablar, Terra entendía perfectamente lo que le decía. Su cara de felicidad lo decía todo. Mi pequeño Turtwig, ahora un Torterra gigante, saltaba alrededor con energía.

—Vamos, Terra, tenemos que ir a ver a Albert —dije con emoción. Terra asintió con entusiasmo, como siempre.

Fue en ese instante cuando sonó el PokéNav en mi mochila.

— ¿Qué...? —murmuré, sacándolo de inmediato. ¡Un PokéNav! Pensé que ya no quedaban de esos. ¡Era una reliquia de mis tiempos como entrenadora! Desde que llegué aquí no había visto ni uno. ¿Quién lo habría puesto en mi mochila?

Decidí responder, aún un poco confundida.

— ¿Hola? —pregunté, no muy segura.

— ¡Hermanita! Soy Albert. ¿Te gusta el PokéNav que te regalé? Considéralo un regalo de cumpleaños adelantado.

Solo llamaba para decirte que te necesito aquí. Ya le hablé a mi jefe, se enojó un poco, pero está dispuesto a verte. Sabe que eres muy poderosa, y de verdad te necesita lo más rápido posible.

Alice, que caminaba a mi lado, me miró intrigada.

Colgué el teléfono con rapidez.

—Era Albert. Necesito hablar con su jefe. Deberías volver a tu habitación, Alice. Yo me encargaré del resto.

— ¡De acuerdo! —Dijo Alice, con una sonrisa en el rostro—. Si necesitas algo más, ya sabes, no dudes en llamarme. Y, por cierto, agrégame a tu PokéNav.

Nos intercambiamos números. Aún no podía creer que pudiera hacer llamadas... Supongo que el dispositivo estaba modificado para que sirviera aun en un estado de emergencia como este.

Me despedí de Alice, y Terra y yo corrimos hacia la sala del jefe de los Encapuchados.

Al llegar, mi corazón latía con fuerza, y un nudo se formó en mi estómago. Estaba nerviosa, sabía que esta era una reunión importante, y debía estar preparada para todo. Terra, al notar mi ansiedad, me lamió la cara, buscando calmarme.

—Gracias, Terra. Nos irá bien, amigo.

Toqué la puerta con firmeza, esperando que alguien nos abriera. Al instante, dos guardias encapuchados aparecieron. Sus rostros estaban completamente ocultos bajo las sombras de sus capuchas, por lo que no pude leer sus expresiones. La oficina era pequeña pero cuidadosamente decorada, con una mesa de oficina de aspecto impecable. En una de las sillas, mi hermano Albert estaba sentado. Y detrás de la mesa, en una silla más grande, se encontraba el líder de los Encapuchados.

Era un anciano, con el cabello corto completamente blanco por las canas, y su rostro estaba marcado por las arrugas del tiempo. Aunque su aspecto parecía frágil, su presencia era imponente. Tenía una barba tipo cadena que le confería un aire de misterio. Cuando habló, su voz profunda y rasposa resonó en la habitación, como la de alguien que ha vivido mucho tiempo y ha visto aún más.

—Siéntate, Natali.

No dudé. Me senté, tratando de mantener la calma mientras sentía las miradas fijas sobre mí.

—Tu hermano me ha hablado de ti —continuó—. Al principio me enfadé. Pensé que estábamos comprometiendo nuestros planes, pero después de ver lo que hiciste, cambié de opinión. No es que sea algo personal, pero nuestra estrategia siempre ha sido mantenernos invisibles, ser un enemigo que el que nos amenaza no pueda ver. No queríamos que se enterara de nuestra existencia.

El líder hizo una pausa, su mirada fija en la mía, evaluándome.

—Hubiéramos intervenido antes, sin duda. Pero después de ver cómo derrotaste a Lucas... me sorprendió. La forma en que luchaste, el poder que demostraste. Siendo tú sola, lograste lo que muchos pensaban imposible. Nosotros planeábamos enviar a nuestros mejores hombres, pero tú… tú nos diste una prueba de tu verdadera fuerza. Me arrepiento de no haberte ofrecido ayuda antes. Si hubiéramos actuado con más sigilo, tal vez el enemigo no se habría percatado de nuestra presencia, y las cosas habrían sido diferentes.

Sus palabras resonaban en mi mente. Aunque no me lo esperaba, sentí una leve satisfacción al reconocer lo que había logrado. Sin embargo, no era momento para detenerme en eso.

—Te pido que nos ayudes, Natali —prosiguió, su mirada volviendo a ser seria—. Este mal nos afecta a todos, y solo si trabajamos juntos podremos derrotarlo. Ayúdanos, y tendrás la oportunidad de vengar a tus amigos. ¿Qué dices?

No dudé ni un segundo.

—Claro que lo haré. Cuenten conmigo.

El líder asintió, satisfecho.

—Lo sabía. Ahora bien, aunque eres fuerte, para que puedas sacar a relucir todo tu poder, necesitarás pasar por el entrenamiento de los Encapuchados. Serán seis semanas intensas, duras. Un entrenamiento que llevará tus límites al máximo. Pero si lo superas, estarás lista para la misión que tenemos preparada para ti.

Mis pensamientos se entrelazaron. Seis semanas de entrenamiento. Sabía que era un desafío grande, pero era la única manera de estar completamente preparada. No podía fallar.

—Haré todo lo que sea necesario —respondí con firmeza.

Albert se giró hacia mí, su mirada seria.

—Como bien sabes, yo soy quien dirige el entrenamiento —dijo con voz firme—. Y aunque seas mi hermana, no voy a hacerte ningún favor. Te trataré como a todos los demás.

Una punzada de nerviosismo atravesó mi pecho, pero me mantuve firme. Sabía que lo que venía sería extremadamente difícil, tal vez más de lo que podía imaginar. Sin embargo, la determinación creció dentro de mí, más fuerte que nunca.

—Lo haré —dije con una sonrisa decidida—. Haré todo lo que sea necesario para vengar a mis amigos.

—ah cierto —dijo el líder —toma la llave de tu habitación tendrás que vivir aquí durante 6 semanas completas, así que necesitaras un lugar donde dormir, tiene baño y todo no te preocupes, es la habitación 215.

Me levanté de la silla antes de despedirme de todos; necesitaba ir a mi habitación. Necesitaba descansar, Albert se despidió recordándome que me despertaría temprano, asi que debía descansar lo antes posible. Terra, que se encontraba ahí escondido, me siguió hasta mi cuarto. Llegue a mi habitación

Mi habitación era una cueva, Las paredes rocosas se alzaban altas a mi alrededor, cubiertas en su mayoría por musgo y líquenes que daban al lugar un aire sombrío pero a la vez misterioso. La luz provenía de antorchas distribuidas por las paredes, cuyas llamas creaban sombras vacilantes que se movían con la corriente de aire que siempre parecía recorrer la cueva.

En un rincón, una cama normal, simple pero cómoda, estaba colocada sobre una alfombra de fieltro grueso. Las mantas que la cubrían eran de un tejido resistente, típicas de este refugio improvisado, pero se sentían más cálidas de lo que uno esperaría en un lugar tan frío. A su lado, una mesa de madera rústica sostenía algunos objetos personales y utensilios básicos, mientras que en las paredes cercanas, un par de estantes improvisados de madera contenían todo lo necesario para la vida diaria de los encapuchados.

El lugar no estaba del todo vacío, ya que el eco de las conversaciones lejanas y el sonido de los pasos que resonaban por las grietas de la cueva llegaban de vez en cuando. Había un aire de austeridad en todo, pero también de camaradería, como si la cueva en la que vivíamos fuera más que un simple refugio; era un hogar temporal donde cada uno de nosotros encontraba algo más que simple supervivencia. Entre en la habitación, cerrando la puerta tras que terra entrase conmigo, dejándolo entrar en la pokebola para que descansara mejor.

—Debo darme una ducha —murmure decidí darme una ducha caliente; la necesitaba, llevaba semanas sin bañarme desde la pelea con Lucas, estaba maloliente, fue ahí cuando empecé a recordar todo lo que viví, mis experiencias, mis amigos.

Giré la perilla del grifo con manos temblorosas, y el sonido del agua al caer rápidamente llenó el silencio de la habitación. El agua caliente comenzó a fluir, envolviéndome en una cascada de calor que me dio un breve respiro, aunque no logró calmar el dolor que se cernía sobre mí. Ya me encontraba completamente sola, y eso solo significaba una cosa: mis pensamientos se apoderarían de mí, trayendo consigo el dolor que me devoraba por dentro.

El agua caliente seguía cayendo, pero ya no importaba. No podía escapar del dolor. Cada pensamiento de Gael, Gustavo, Sabrina y Alejandra me destrozaba un poco más. Ellos, que siempre estuvieron ahí, luchando conmigo, riendo conmigo… ahora ya no estaban. Solo quedaba el vacío, esa profunda sensación de que algo esencial se había arrancado de mí, dejándome rota, incapaz de recomponerme. Cerré los ojos con fuerza, como si pudiera detener las lágrimas, pero fue inútil. Las gotas de agua se mezclaban con mis lágrimas, y mi cuerpo temblaba con cada sollozo.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, salí de la ducha. El frío aire me envolvió cuando me quité la toalla, y traté de secarme con torpeza, pero las lágrimas no dejaban de caer. Con manos temblorosas, me pasé la toalla por el rostro, como si pudiese borrar el sufrimiento con un simple gesto. Pero no lo conseguí. El dolor seguía allí, latente, recorriendo mi cuerpo con cada movimiento.

Me vestí lentamente, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido para mí. Cuando terminé, me senté en la cama, sin fuerzas. El lugar estaba oscuro, casi desolado, como si el mundo entero estuviera en silencio. Me acurruqué bajo las mantas, buscando algo de calor, pero el frío seguía ahí, dentro de mí. Mis pensamientos giraban en torno a mis amigos perdidos. ¿Por qué se tuvieron que ir? ¿Por qué no pude salvarlos?

El dolor se hizo más profundo y más punzante. No podía dejar de pensar en lo que pasó, en cómo todo terminó tan rápidamente, cómo Lucas los había arrebatado. El vacío que dejaron era demasiado grande para llenarlo, pero había algo que comenzaba a arder dentro de mí, algo que me impedía rendirme.

Venganza. Esa palabra rondaba en mi mente. No podía dejar que murieran sin justicia. Quienes crearon el virus que acabo con todas nuestras vidas tranquilas tenía que pagar, y yo sería quien lo hiciera. Lo prometí, los voy a vengar. La determinación crecía en mí, como una chispa que encendía una llama dentro de mi pecho. Mis amigos merecían más que este sufrimiento, más que esta impotencia. Merecían justicia. Y yo se la daría.

Me acurruqué aún más en las mantas, buscando un poco de consuelo en mis pensamientos. Pero fue cuando sentí la presencia cálida de Torterra a mi lado que, por un breve momento, el dolor comenzó a aliviarse. No dijo nada, solo me miró con esos ojos llenos de comprensión y lealtad, como si supiera exactamente lo que sentía. Le acaricié la cabeza, buscando su consuelo. Él siempre estuvo allí, y hoy no era la excepción.

Mis lágrimas seguían cayendo, pero el peso del dolor se aligeró un poco. Torterra se acurrucó junto a mí, sus patas rodeándome con una sensación de protección silenciosa. Me aferré a él, dejando que su presencia me diera algo de paz en medio de este caos emocional. No estaba sola. No podía estarlo. Aunque mis amigos ya no estaban físicamente conmigo, sus recuerdos vivían en mi corazón, y con ellos, mi promesa de venganza.

Mis sollozos se fueron apagando lentamente mientras el cansancio me envolvía. No pude evitarlo: el sueño me alcanzó mientras aún lloraba. Torterra, como siempre, estuvo a mi lado, tranquilo, dándome el consuelo que necesitaba para finalmente caer en un sueño profundo. Al menos, por esta noche, podría descansar, con la esperanza de que la mañana traería consigo un paso más hacia la justicia. Venganza, Torterra. Lo voy a hacer.

Pensé en leer la carta que me dejaron, esa carta que había estado guardando para cuando fuera más fuerte, pero esa noche, algo me decía que no era el momento. Aún no. Todavía no, no me siento capaz. Cerré los ojos, deseando que el sueño me llevara lejos, muy lejos, al menos por un rato, donde pudiera descansar sin la pesadilla constante de sus ausencias. Quería soñar con ellos, recordar sus risas, sus voces. Quería sentir que todo no había sido en vano. Quería recordarles, como siempre lo haría, pero por esta vez, me rendí a la oscuridad, confiando en que, aunque el mañana me esperara con nuevas batallas, esa noche mi alma finalmente encontraría algo de paz.

Next Chapter