Capítulo 1: Ecos de un Pasado Perdido
Marian sintió cómo su corazón se detenía al verlo frente a ella. Era Decimus, el hombre que había desaparecido hace tanto tiempo, pero ya no era el guerrero fuerte y decidido que recordaba. Su cabello, que antaño había sido rubio ceniza, ahora era completamente blanco, y su piel estaba marcada por venas oscuras que trepaban por su cuello y rostro, como sombras que lo envolvían. La figura imponente que una vez inspiraba respeto ahora parecía más un fantasma del hombre que fue, abatido por el tiempo y el sufrimiento. Las ropas sucias y rasgadas que llevaba solo acentuaban su apariencia de vagabundo, una imagen que reflejaba la desesperación que lo había consumido.
—¿Decimus...? —murmuró Marian, como si pronunciar su nombre fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad en ese momento. No podía creer que lo que tenía ante sí era realmente él.
Decimus asintió lentamente, pero no fue capaz de mirarla a los ojos. Bajó la cabeza, sintiendo una abrumadora vergüenza. ¿Cómo podría explicarle todo lo que había pasado? Había tantas cicatrices, tantas heridas invisibles que jamás podrían ser entendidas con simples palabras. Para Marian, los años habían continuado, el mundo había seguido adelante. Pero para él, el tiempo se había detenido en una prisión interminable de dolor. Era como si hubiera vivido siglos en el abismo, sin esperanza de salir.
—No tenía a dónde ir, —confesó, su voz rota por el cansancio y el sufrimiento—. Pensé en venir aquí porque... porque tú fuiste la última persona que me ofreció refugio cuando lo necesitaba.
Marian lo observaba en silencio, con una mezcla de asombro y compasión. Recordaba claramente el momento en que Decimus había llegado a su vida, un hombre misterioso que se convirtió en el catalizador de su libertad. Gracias a él, Lordan había caído, y los nobles de Thalassar que una vez controlaban el comercio, perdieron su poder. Marian había aprovechado esa caída para expandir su emporio y asegurar su lugar en la ciudad, pero nunca imaginó que ese triunfo tendría un precio tan alto para él. Todo lo que Decimus había sufrido para derribar el sistema corrupto seguía pesando sobre él, incluso más de lo que ella había imaginado.
—Ven, siéntate, —dijo finalmente, su voz firme, aunque su mente seguía inundada de preguntas. No era el momento para interrogarlo; lo que él necesitaba era descansar.
Decimus se dejó caer en la silla con pesadez. Su cuerpo, agotado hasta el límite, parecía demasiado frágil para sostener el peso de sus propios pensamientos. Marian fue a buscar una manta, notando cómo él se encogía sobre sí mismo, como si quisiera desaparecer en la silla. Su mirada estaba perdida, fija en algún punto lejano, como si aún estuviera atrapado en las sombras de su tormento.
—Viajé a Eldoria, —dijo Marian suavemente mientras le ofrecía la manta—. Pensamos que habías muerto. Llevé tus cimitarras de vuelta... a tu tierra.
Decimus levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos por la fatiga y el dolor. Escuchar el nombre de su tierra le trajo una mezcla de nostalgia y sufrimiento. Marian no mencionó a Liora, pero el solo hecho de imaginar su tierra natal le devolvía recuerdos de lo que había dejado atrás. De alguna manera, Marian había tratado de darle un cierre a esa parte de su vida que él no había podido concluir.
—No sabía qué más hacer... Fue mi manera de darte descanso, aunque no podía traerte de vuelta, —continuó Marian, viendo el efecto que sus palabras tenían en él—. Sentí que al menos merecías eso, regresar a tus raíces.
Las palabras golpearon a Decimus como una ola. Mientras él había estado atrapado en su prisión de oscuridad, Marian había intentado darle un lugar donde pudiera descansar. Pero en su mente, el concepto de descanso era ajeno. No había terminado. No había muerto. El mundo había seguido adelante, pero él aún estaba luchando.
—Gracias, —susurró Decimus, su voz quebrándose. No sabía qué más decir. No había forma de expresar lo que sentía al escuchar que alguien había hecho tanto por él, incluso cuando él había estado ausente, perdido en un lugar que ni siquiera comprendía.
Marian lo miró con una mezcla de alivio y tristeza. Sabía que había cosas que aún no comprendía, cicatrices que él llevaba consigo, pero no podía hacer más en ese momento que ofrecerle un refugio temporal.
El silencio cayó entre ambos, denso pero cargado de entendimiento. Había tantas preguntas sin responder, tantas emociones atrapadas entre ellos, pero también había una sensación de calma. Decimus estaba allí, vivo, aunque destrozado por dentro, y eso, en ese momento, era suficiente para ella.
—Descansa ahora, —dijo Marian, levantándose lentamente—. Hablaremos más después.
Decimus cerró los ojos, sintiendo el peso de esas palabras. El tiempo que había perdido, todo el sufrimiento que había soportado... nada de eso cambiaría lo que había ocurrido. El mundo había seguido adelante sin él, y ahora tenía que enfrentar esa realidad.
El fuego en la chimenea había menguado, y la luz del día comenzaba a asomarse por las ventanas, bañando la estancia en una claridad suave. Decimus abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la manta sobre él. Aún estaba en el despacho de Marian, sentado en el mismo sofá en el que se había desplomado horas antes. Todo era tranquilo a su alrededor, pero su mente seguía agitada, atrapada entre los recuerdos de su prisión y la nueva realidad que lo envolvía.
El murmullo lejano de las calles se filtraba por la ventana, señal de que la ciudad comenzaba a despertar. Decimus se movió en el sofá, sintiendo el dolor en su cuerpo, aunque más relajado de lo que había estado en mucho tiempo. No recordaba cuándo fue la última vez que realmente había dormido, y aun así, el cansancio seguía presente.
Levantó la vista y encontró a Marian en el umbral de la puerta, observándolo en silencio. Había una mezcla de emociones en su rostro: alivio, preocupación y algo más difícil de descifrar.
—¿Dormiste bien? —preguntó ella en voz baja, acercándose con cautela.
Decimus asintió lentamente, aún ajustándose a su entorno. Se quitó la manta y se frotó los ojos.
—No recuerdo la última vez que dormí de verdad, —dijo con un susurro ronco.
Marian se sentó frente a él, guardando una distancia respetuosa. Durante unos instantes, ambos permanecieron en silencio, un silencio que hablaba más de lo que cualquier palabra podría expresar. Era un silencio cargado de todo lo no dicho, del peso del tiempo y las cicatrices que llevaban.
—Te traje algo de comer, —dijo ella rompiendo el silencio, señalando una bandeja con pan, queso y agua.
Decimus asintió, agradecido, pero no se apresuró a comer. Sus pensamientos estaban demasiado enredados, su mente seguía luchando por entender cómo encajaba en un mundo que había seguido adelante sin él.
—Gracias... por todo, —dijo en voz baja, su tono más grave de lo que esperaba.
Marian asintió, sus ojos suavizándose un poco.
—Sabía que, si volvías... si aún vivías, necesitarías un lugar donde descansar. —Su voz era firme, pero su mirada reflejaba la incertidumbre y el dolor que había soportado durante años.
Decimus no respondió de inmediato. Las imágenes de Eldoria, de Liora y de todo lo que había dejado atrás llenaban su mente, mezclándose con la culpa y el dolor.
—Hiciste lo correcto, —dijo al fin, bajando la mirada—. No te culpo. No había manera de que lo supieras.
—No fue fácil, —admitió Marian—. Para ninguno de nosotros.
Otro silencio, pero esta vez más cómodo, envolvió la habitación. Era el tipo de silencio que compartían quienes habían soportado el peso del tiempo, cada uno a su manera. Decimus sentía que podía confiar en ella, aunque aún no estaba preparado para compartir todo lo que había vivido.
Finalmente, Marian se levantó y recogió la bandeja con suavidad.
—Tienes tiempo. Descansa. La ciudad seguirá aquí cuando estés listo.
Con esas palabras, Marian lo dejó solo, y Decimus cerró los ojos por un momento, respirando hondo. El silencio de la habitación le ofreció un breve consuelo, un espacio donde por primera vez en mucho tiempo no había dolor, ni voces divinas susurrándole promesas o maldiciones. Sabía que esta calma no duraría, que era solo una tregua antes de que el peso de su realidad volviera a aplastarlo, pero en ese instante, decidió aceptarlo. Cada respiración se sentía como un lujo, y cada segundo de quietud era una pausa en su interminable lucha. A pesar de todo, aún estaba aquí.
Lentamente, se levantó del sofá y se acercó a la ventana. Desde allí, observó cómo el bullicio de la ciudad comenzaba a cobrar vida con el amanecer. Los mercaderes abrían sus puestos, los transeúntes caminaban por las calles empedradas, y el murmullo de la vida cotidiana se alzaba como una melodía distante. Para ellos, el mundo seguía adelante como si nada hubiera cambiado. Pero para Decimus, todo era diferente. Thalassar, que una vez le había ofrecido un respiro y refugio, ahora le parecía ajena, casi indiferente. El tiempo había avanzado sin él, y aunque el paisaje era familiar, el sentimiento de pertenencia que alguna vez tuvo había desaparecido.
El crujido suave de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza y vio entrar a Dania. Su figura esbelta se delineaba en el umbral de la puerta, y su andar era tan elegante como lo recordaba. No había envejecido ni un día, su piel aún clara y sus ojos brillando con esa inteligencia afilada. A pesar del tiempo, Dania no había cambiado físicamente, pero su porte reflejaba una madurez adquirida, un aire de responsabilidad que Decimus no le había notado antes.
—Decimus, —dijo con suavidad, sus palabras cargadas de emociones encontradas. Sus ojos brillaban con una mezcla de alivio y curiosidad—. Nunca pensé que volvería a verte.
Decimus la miró, sorprendido por su presencia. No esperaba verla tan pronto, ni que su reencuentro fuera en un contexto tan diferente. Dania había sido una aliada leal, siempre lista para actuar cuando la situación lo requería, pero después de todo lo que él había vivido, su conexión con ella ahora se sentía distante, casi irreal. Aunque apreciaba su presencia, no podía evitar la sensación de ser un intruso en un mundo que había seguido adelante sin él.
Dania lo observó en silencio, pero su mirada era profunda, como si intentara leer más allá de las palabras que Decimus había dicho. No era solo su aspecto lo que había cambiado, sino algo más dentro de él, algo que ella, con su naturaleza observadora, parecía captar. Después de unos segundos que parecieron alargarse, asintió lentamente, como si entendiera más de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir en ese momento. Había algo solemne en su manera de asentir, como si estuviera aceptando una verdad que aún no se había pronunciado.
—Todos cambiamos, —respondió con suavidad, pero su voz era firme, ofreciendo consuelo y, al mismo tiempo, una especie de desafío—. Pero sigues aquí. Eso es lo que realmente importa.
Decimus esbozó una sonrisa amarga, una sombra de lo que alguna vez fue. Aquellas palabras, aunque bien intencionadas, no podían calmar la tormenta que llevaba dentro. Había sobrevivido, sí, pero ¿a qué costo? ¿Qué quedaba de él? —¿De verdad importa? —murmuró, casi sin darse cuenta, como si hablara consigo mismo más que con Dania. Su regreso, su supervivencia, se sentía vacío. Todo lo que había dejado atrás había cambiado, y la persona que era ahora le resultaba ajena.
Dania lo miró directamente, y sus ojos se encontraron por un instante que pareció eterno. Ella dio un paso adelante, acercándose lo suficiente para que Decimus sintiera su presencia como un ancla en ese mar de incertidumbre. —Tu regreso tiene un propósito, Decimus, —dijo, con una intensidad que no dejaba espacio a la duda—. Tal vez aún no lo entiendas, pero lo descubrirás. Esto no ha terminado. —Sus palabras resonaron en él de una manera extraña. Dania siempre había sido directa, pero ahora había algo más en su tono, una certeza que Decimus no podía compartir.
Incómodo con la idea de que su regreso fuera más que una simple coincidencia, Decimus desvió la mirada hacia la ventana. Sabía que Dania decía esas palabras con la mejor de las intenciones, pero no podía deshacerse de la sensación de que había vuelto con un propósito oscuro, uno que ni él mismo comprendía del todo. Las voces de los dioses, el poder que sentía retorciéndose bajo su piel, todo aquello era una constante que no podía ignorar, pero que tampoco quería enfrentar en ese momento.
Cuando Marian regresó con más comida y agua, la atmósfera en la habitación cambió ligeramente. La conversación se desvió hacia temas más mundanos, dándole a Decimus un respiro temporal de sus propios pensamientos. Marian les habló de los avances en su negocio, de cómo había abierto nuevas rutas comerciales que la habían convertido en una de las figuras más importantes de Thalassar. Dania, por su parte, habló de cómo su papel como diplomática había crecido con el tiempo, asumiendo las responsabilidades que antes pertenecían a su padre. Aunque sus historias eran interesantes, Decimus apenas podía concentrarse. Permaneció en silencio, atrapado en su propio mundo interior, escuchando, pero sin realmente procesar las palabras.
Finalmente, no pudo contener más el peso de lo que había estado guardando desde su regreso. Sabía que, tarde o temprano, tendría que compartirlo, y este momento de calma parecía la oportunidad perfecta, aunque temía la reacción de las dos mujeres. —Hay algo que deben saber, —comenzó, con la mirada fija en la copa de agua que sostenía. El cristal frío en sus manos era un ancla, algo tangible en medio del caos que se gestaba dentro de él. —No regresé por casualidad. Hay algo más en todo esto. —Marian y Dania lo miraron en silencio, esperando. Decimus tomó aire, sintiendo el peso de las palabras que estaba a punto de decir. —No soy solo yo quien ha cambiado. Hay fuerzas mayores en movimiento... Los dioses están manipulando todo. Estoy atrapado en medio de esto.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. Marian y Dania se miraron en silencio, sus rostros reflejando la incredulidad, pero también la preocupación que las palabras de Decimus habían despertado en ellas. Era como si el aire en la habitación se hubiera vuelto más pesado, cargado con la gravedad de lo que acababan de escuchar. Ambas habían enfrentado adversidades antes, pero nada comparado con lo que Decimus acababa de revelarles.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Marian finalmente, su voz aún firme, pero con un matiz de desconcierto. No ocultaba su confusión, y era evidente que necesitaba más detalles para entender completamente la magnitud de lo que él había vivido.
Decimus inhaló profundamente, sintiendo cómo, con cada palabra que pronunciaba, una pequeña parte de su carga se hacía más llevadera. Compartirlo no lo liberaba del todo, pero al menos lo hacía sentir que ya no lo soportaba en soledad. —He sido utilizado, —comenzó con la voz baja, casi temerosa de continuar—. No por causas nobles, ni por algo que beneficie a los demás, sino por los intereses de aquellos que están más allá de nuestra comprensión. Los dioses... —su voz se quebró un poco al decirlo—, juegan con nosotros. Como si nuestras vidas fueran herramientas para sus propios fines.
Dania permaneció en silencio, observándolo con la misma intensidad con la que lo había mirado antes, pero ahora con una creciente comprensión. Había sido testigo de muchas intrigas y conspiraciones en su papel como diplomática, pero nada de lo que había enfrentado se comparaba con lo que Decimus estaba describiendo. Los dioses no eran simplemente figuras de leyenda; ahora sabía que estaban mucho más involucrados en sus vidas de lo que jamás había imaginado. No podía ignorar la creciente sensación de que este conocimiento cambiaría todo.
Marian, por su parte, estaba luchando por procesar lo que acababa de escuchar. Siempre había sido práctica, alguien que veía los problemas como algo que podía resolverse con determinación y esfuerzo, pero esto era diferente. Esto no era una lucha contra un enemigo tangible o contra las intrigas políticas que tanto había aprendido a manejar. Era algo mucho más profundo, algo que escapaba de su control. —¿Estás diciendo que todo lo que has pasado ha sido por culpa de ellos? —preguntó, intentando encajar las piezas de lo que Decimus había revelado.
Decimus asintió lentamente, su rostro reflejando el dolor que aún cargaba. —He sido manipulado desde el principio. Cada batalla, cada decisión... han estado destinadas a servir a sus propósitos. —Se llevó una mano al pecho, como si el peso de su maldición lo asfixiara. —No soy el único, Marian. Hay otros como yo, campeones, destinados a luchar en nombre de estos dioses, cada uno con su propio propósito. Pero no es una lucha por la justicia o la paz. Es solo un juego para ellos.
El silencio que siguió no era el mismo de antes. Ahora estaba cargado de una comprensión más profunda, aunque aún dolorosa. Marian y Dania, aunque aún tratando de asimilar la magnitud de lo que Decimus había revelado, comprendían mejor el sufrimiento que lo había consumido todos esos años. No era solo una cuestión de supervivencia física, sino de perder poco a poco su humanidad en medio de una lucha que no tenía un verdadero ganador.
—Entonces, ¿qué pasará ahora? —preguntó Dania, rompiendo el silencio con su voz calmada pero llena de preocupación—. Si estos dioses están jugando con nosotros, ¿qué se supone que debemos hacer?
Decimus bajó la mirada, el peso de la verdad colgando sobre sus hombros. —No lo sé. Pero lo que sé es que esto no tiene un buen final para mí. Lo que estoy viviendo... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. No tiene un desenlace que implique una victoria. Solo puedo seguir adelante, esperando que, en algún momento, pueda liberarme de esta maldición, aunque no sé si eso es posible.
El peso de esa confesión cayó sobre las tres personas en la habitación como una losa. Marian se acercó a Decimus, colocándole una mano en el hombro con un gesto de apoyo. —No tienes que enfrentarlo solo, —dijo con suavidad, su mirada cargada de una promesa inquebrantable—. Estamos aquí contigo, pase lo que pase. No importa lo que venga después, no tienes que cargar con esto solo.
Dania asintió, sus ojos brillando con determinación. —Si hay algo que podamos hacer, lo haremos. —Su voz era firme, y en ese momento, Decimus sintió que el futuro, aunque incierto, no era tan solitario. Tal vez no había escapatoria fácil, pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, no estaba enfrentando todo en completa soledad.
Un suspiro profundo escapó de él, y por un momento, algo en su rostro se relajó. No tenía todas las respuestas, ni el control que alguna vez creyó tener, pero esa noche, en ese lugar, se sintió, aunque fuera por un instante, menos solo.
—Gracias, Dania, —susurró.
Ella asintió, manteniendo el contacto visual antes de retirarse en silencio hacia la puerta.
Cuando estuvo solo, Decimus dejó que la oscuridad de la noche lo envolviera. Sabía que lo que venía después sería mucho más duro de lo que cualquiera de ellos podía prever. Pero ese pequeño respiro, esa sensación de conexión humana, aunque efímera, le dio la fuerza necesaria para enfrentarse a lo que estaba por venir.








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