¿Por qué?
Ese día... El día que me enteré, no entendía. O tal vez sí, pero no del todo.
Era como si todo a mi alrededor se volviera borroso. Las voces, los ruidos, incluso los colores... Todo sonaba y se veía distante, ajeno. Como si yo estuviera bajo el agua y el mundo siguiera girando en la superficie.
¿Conocen ese sentimiento de querer llorar, pero no poder? ¿De sentir que el pecho te pesa tanto que apenas puedes respirar? ¿De querer gritar con todas tus fuerzas, pero morderte los labios hasta sangrar al ver a tu familia al borde del colapso? Así me sentía yo. Suspendida en un silencio ensordecedor, atrapada entre el impulso de desmoronarme y la necesidad de ser fuerte.
Recuerdo perfectamente que meses antes mi madre había sido hospitalizada. Desde pequeña vivió con asma, y aunque estaba acostumbrada a sus ataques, esta vez fue distinto. Esta vez el miedo se sentó con nosotros a la mesa, como un invitado más.
La ambulancia vino una noche. Me despertó el sonido de las sirenas y el apuro con el que mi padre bajaba las escaleras. La vi por última vez en ese momento, alzándome la mano en señal de despedida, con una máscara de oxígeno que cubría la mitad de su rostro.
Permaneció hospitalizada por... ¿dos meses? Sí, más o menos. En medio de esos tiempos inciertos de pandemia, donde las visitas estaban prohibidas y el contacto con los seres queridos se reducía a videollamadas entrecortadas, si tenías suerte.
Yo no tuve esa suerte. No pude verla. No una sola vez. Y el último recuerdo que tengo de ella no es uno feliz. Fue una "discusión" -aunque llamarla así parece exagerado-. Me preguntó si alguien de mi curso me gustaba. Yo tenía once años. Estaba en sexto de primaria. Me pareció ridículo, y reaccioné mal. Me molesté, le respondí con frialdad. Me fui a mi cuarto sin despedirme.
Jamás imaginé que esa sería la última vez que vería su rostro. Su voz. Su risa.
Jamás pensé que algo tan simple como una pregunta inocente sería el final de todo.
Pero para entenderlo todo, hay que rebobinar. Empezar desde el principio, ¿cierto?
Hola, soy Illyana Castillo. Hoy tengo 25 años y vivo con mi prometido, un gato y un perro que no se toleran, pero se acompañan.
Esta historia, sin embargo, no comienza ahora. Comienza hace ya varios años.
Todo empezó un 30 de agosto del año 2000, cuando nació una niña prematura de siete meses: yo.
Era tan pequeña que cabía en una sola mano de mi padre. Frágil, arrugada, y según mi hermano mayor, "idéntica a un alien".
Él tenía ocho años en ese entonces, y siempre decía que no había pedido una hermana. Quería un hermano con quien jugar a la pelota, no una bebé que lloraba todo el día. Mis padres le respondían con una sonrisa: "Cuando nos dijiste que querías un hermanito, no especificaste el género, así que ahora te toca quererla".
Vivíamos en una montaña. No, no era una cabaña perdida en medio del bosque. Era una casa amplia, de ladrillos pintados de blanco, con un techo rojo oscuro y dos pisos. Tenía un enorme patio delantero, ideal para correr, y uno trasero donde organizábamos barbacoas, cumpleaños y guerras de globos de agua.
Crecí malcriada, sí. Pero en el buen sentido. Mis padres nos mimaban dentro de límites sanos: si nos portábamos bien, si cumplíamos con nuestras tareas, nos daban todo lo que podían. Juguetes, ropa, salidas, vacaciones... Y aunque mi hermano y yo éramos diferentes, compartíamos ese mismo privilegio de una infancia feliz.
Vivíamos cerca del mar. En menos de una hora ya estábamos pisando arena. Los viajes a la playa eran nuestra rutina favorita. Paletas de colores brillantes, castillos de arena, gritos de alegría mientras corríamos hacia las olas.
Mi infancia fue buena. Muy buena, de hecho. Demasiado buena como para sospechar que algo podría cambiar.
Hasta que, a los seis años, todo empezó a moverse. Mis padres decidieron irnos del país. Ya lo tenían planeado, pero para una niña como yo y un adolescente como Angel -mi hermano- fue una sorpresa amarga.
¿Cómo dejarlo todo atrás? ¿Cómo despedirse de las raíces, de los rostros familiares, de la casa, del idioma, de la escuela, de los amigos, de la familia entera?
Angel, con quince años, estaba destrozado. Sus amigos, sus planes, su mundo entero quedaba atrás. Y sobre todo, su prima Arya, su hermana del alma.
Arya tenía catorce, apenas un año menor. Era como si hubieran nacido con los corazones entrelazados. Ella tampoco entendía. Lloraba en silencio mientras abrazaba a su primo, mientras me acariciaba el cabello. "¿Cuándo los volveré a ver?", preguntaba una y otra vez.
La despedida fue un mar de llanto. Todos lloraban. Los tíos, los abuelos, los primos. Yo, con los ojos empapados, apenas entendía lo que pasaba. Sabía que algo terminaba. Que algo se rompía.
El viaje fue largo. Muy largo. Primero un bus, donde dormimos apoyados en los hombros de nuestros padres. Luego, caminamos por un tramo de carretera bloqueada por un derrumbe. El lodo nos cubría los zapatos. Yo no dejaba de preguntar si ya estábamos llegando.
Después, el avión. Más de dieciocho horas de vuelo. Dormíamos sentados, incómodos, con el cuerpo adolorido y el alma hecha un nudo.
Al llegar, nos esperaba una familia de amigos de mis padres. Cuatro personas que nos recibieron con cariño, aunque yo extrañaba cada rincón de mi antigua casa.
Nos establecimos en una nueva vivienda. Cómoda, sí, pero no igual. Nunca igual.
Y así comenzó todo.
Una nueva vida se abría ante nosotros, lejos de lo familiar, de los paisajes y las voces que solíamos llamar hogar. Fue el inicio de una historia tejida con hilos de pérdida, pero también de amor profundo, de aprendizajes silenciosos y de un crecimiento que no siempre fue fácil.
Cada paso nos alejaba de lo que conocíamos, pero nos acercaba a lo que podíamos llegar a ser. Y en medio de todo, permanecía intacto el recuerdo de lo que alguna vez fue: un eco del pasado que, lejos de desvanecerse, nos guiaba con ternura-o tal vez no tanta- hacia lo que vendría después.