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El Elevador del Olimpo

Summary

Apolo, un dios romántico que ha vivido más amores trágicos de los que le gustaría nunca imaginó terminar atrapado en un ascensor junto a su archienemigo… el dios del desamor, Hímero. Hímero, quien nunca ha hecho un corazón florecer, se verá zambullido en el ardiente sol. ¿Porqué cuando el amor surge donde no debería el deseo se vuelve más intenso?

Genre
Romance
Author
Day Darom
Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Hímero

—¿Te has enterado? —gruñó un dios corpulento sentándose en la barra de la taberna.

—¿Qué cosa? —cuestionó el otro dando un trago a su cerveza de néctar.

—Dicen que el hijo pródigo ha vuelto al olimpo.

—Pensé que esta vez no la libraría. —respondió el otro casi con decepción.

—¡Bah tonterías! Zeus no lo dejaría morir tan fácil. Si hubiera sido un dios menor como tú y yo… otra historia seria. —desdeñó.

—Tienes razón. Supongo que entonces debemos brindar porque uno de los 12 grandes haya vuelto. —dijo alzando su copa alta con falsa alegría —¡Por el regreso del dios de las burradas!

—¡Por el regreso de Apolo! —le secundó su amigo ahogándose de risa.

Desde su mesa, el dios Hímero escuchó como algunos otros dioses se unían al brindis que parecía más una maldición que un tributo real.

No nada era sorprendente, en el valle de los antiguos sólo vivían los dioses venidos en desgracia, los que habían sido dejados de lado u olvidados, y la mayoría solía guardar rencor a los mejores acomodados.

Hímero terminó su bebida de un solo trago y se apresuró a salir antes de que comenzaran a quejarse del resto de olímpicos.

Después de un largo día de trabajo no se sentía de humor para escuchar las quejas sobre sus padres.

Mientras caminaba por los callejones agrietados en el lado olvidado del olimpo su vista viajó hacia el extremo más alto.

El lugar brillante y opulento de grandes columnas que era descrito en la mayoría de los mitos griegos, estaba allí resplandeciente como si de una bofetada en la cara se tratara.

No era de extrañar que con el tiempo algunos dioses venidos en desgracia prefirieran no vivir en el olimpo, sus opciones se reducían a ver desde lejos como los dioses importantes seguían siendo venerados y apreciados por los mortales mientras ellos eran lentamente olvidados.

Los orbes rubíes del dios vagaron desde el imponente palacio de Zeus hasta el palacio del sol, ese día las paredes de la mansión parecían destellar con vida propia. Era tan difícil verlo que sin duda… él había vuelto.

Hímero sintió como sus mejillas se coloreaban.

¿Cuánto tiempo había pasado? Como mínimo habían sido un par de milenios desde la mañana en la que creyó que moriría atropellado.

El chico de alas negras salía de la mansión de Afrodita, había sido enviado a trabajar después de un regañó matutino, entonces un carro tirado por caballos se aproximó hacia él sin control.

Ni siquiera tuvo tiempo para volar y alejarse. El calor abrasador casi le hirvió el cerebro antes de sentirse perdido en una reconfortante calidez, luego el golpe llegó y todo se volvió negro.

Cuando abrió los ojos, habían pasado horas, estaba tirado en el césped del jardín de Afrodita y con la ropa totalmente calcinada.

Más tarde, mientras su hermana Armonía le pintaba cejas nuevas para reemplazar las que se le habían quemado se enteró de que Helios había desaparecido esa mañana y Apolo se había quedado el puesto.

Aunque podía sonar algo masoquista desde ese día Hímero había comenzado a gustar del calor solar. Si no te morías de deshidratación podía ser un placer disfrutable.



Mientras caminaba por el sombrío callejón hacia casa el celular en su bolsillo vibró.

Era un mensaje de texto de Afrodita, su madre. “Trae un regalo que olvidé en mi casa, estamos en uno de los banquetes de Zeus”.

Hímero soltó un bufido como respuesta. No le gustaba ir a ver a su madre, menos si estaba en presencia de otros dioses, pero rehusarse no sería buena idea. Sin más opciones cambió el rumbo de sus pasos.

La casa de Afrodita se encontraba en el centro del olimpo a tan solo unas cuantas casas del palacio de Zeus. Al llegar no le fue difícil escuchar la música alegre proviniendo de casa del gobernante de los dioses.

Zeus era un dios adicto a los banquetes, últimamente los organizaba por todo y por nada, por supuesto su presencia nunca había sido requerida en uno.

La ninfa de servicio que le abrió pareció confundida cuando Hímero le dijo que iba por un regalo que Afrodita había olvidado, pero después de una breve búsqueda lo encontraron en el salón de té de su madre.

Era una caja de madera tallada, lujosa y muy bonita, aunque parecía estar sellada herméticamente. Pero el moño de regalo era muy obvio.

Hímero agradeció a la ninfa y se apresuró a llevar la caja al banquete. La última vez que había hecho esperar demasiado a su madre había terminado esquivando zapatos caros por casi dos horas.

Al entrar al salón pudo observar la gran fiesta. Entre las decoraciones doradas había dioses bebiendo, comiendo y bailando felizmente.

La mesa de Afrodita no fue difícil de encontrar, su madre no estaba sola.

Hímero trató de no prestar atención, pero era inevitable no sentir que una daga afilada se retorcía en su corazón.

Prácticamente estaba la familia completa.

Sentados junto a ella estaban sus hermanos, Pothos, Himeneo, y el resto de Erotes con sus alas de distintos colores pululando alrededor, incluso Hermafrodito estaba sentado conversando con Armonía. ¡Hermafrodito, quien había perdido sus alas de Erote al fusionarse con Salmacis había sido invitado y el no!

Hímero se acercó dando grandes zancadas. —Aquí está la caja —dijo sin humor. Estaba a punto de hacer una salida dramática echándose a volar, pero fue abruptamente detenido.

—¿Qué es eso? —respondió Afrodita.

Hímero giró para verla —Tu regalo —respondió.

—Tu… ¿Me haces un regalo de la nada? —inquirió la diosa con confusión.

—No, o sea el regalo que olvidaste traer.

Afrodita arqueó una ceja paseando su vista de la caja a Hímero. —Yo entregué mi regalo hace horas —señaló la mesa de regalos.

El dios Hímero observó la mesa rebosante de toda clase de objetos valiosos.

La diosa Artemisa se encontraba haciendo malabares tratando de que la torre de obsequios no se derrumbara. La alarmante cantidad de instrumentos musicales le dieron una pista de en honor a quien era la velada.

—¿Hímero? —lo llamó su madre.

—¡Ah sí! tú me mandaste un mensaje que decía que viniera —continuó recordando que tenían una discusión.

—Yo no te envié nada —discrepó su madre.

Hímero sacó su celular dispuesto a comprobar lo que decía, pero parecía que su celular había decidido morirse justo en ese momento. ——Esto… —comenzó entre nervioso y molesto —se lo que vi, era un mensaje tuyo…

—Ya está bien —lo calló Ares, su padre. —Si querías venir a la fiesta de Apolo podías habernos dicho. —soltó para después beber de un solo trago su copa de vino.

Hímero meneó la cabeza con efusividad negando. —No… es que… esto ¡necesito un cargador! —resolvió.

—Deja de hacer escándalo y siéntate. La gente nos está viendo —lo regañó su madre entre dientes mientras ponía una sonrisa para los demás.

—Pero madre —interrumpió Eros —debe ir a dejar su presente primero.

Hímero se petrificó cuando vio a Eros y Anteros intercambiar una sonrisa burlona.

¿Habían sido ellos? casi observó horrorizado la caja en sus manos, si se trataba de una broma de Eros y Anteros solo podía ser algo horrible.

—No —se negó a entregar lo que fuera que contuviera la caja.

—Hímero, siéntate —urgió su madre como advertencia.

—Lo siento, me duele la panza. ¡Ya me voy! —excusó.

Eros lo detuvo antes de que pudiera huir pasándole un brazo por los hombros —¡Patrañas! Ya que estás aquí debes disfrutar la fiesta —dijo antes de llevarlo prácticamente a rastras hacia la mesa de regalos.

—¿Qué tiene? ¿qué le pusiste? —siseó mientras intentaba zafarse.

Eros apretó más el agarre enterrando las uñas en el brazo a tal punto que unas gotas de icór dorado comenzaron a brillar en la chaqueta negra de Hímero.

—No te preocupes es un regalo digno… de ti. —respondió mostrándole su escalofriante sonrisa perfecta.

Hímero se rehusó a dejar el regalo hasta el último momento, pero las uñas anormalmente largas de su hermano parecían dispuestas a amputarle el brazo si con eso soltaba la caja, así que al final cuando la hemorragia se volvió lo suficiente dolorosa lo dejó caer y la diosa Artemisa se lo llevó para apilarlo con el resto.

Le hubiera encantado escabullirse después de eso, pero sus adorables hermanos se encargaron de hacerlo volver a la mesa y de señalar que se vería muy mal si no se quedaba lo suficiente.

Mientras enredaba una servilleta en el brazo herido se dio cuenta de que Eros y Anteros parecían secretearse algo que les resultaba divertido.

Hímero sintió escalofríos, desde pequeños siempre habían encontrado la manera para molestarlo.

Eros era el dios del amor y Anteros adoraba un amor correspondido, tanto que se convirtió en el vengador del amor no correspondido.

Una persona que rechazara un amor puro y sincero estaría en la lista negra de Anteros y probablemente Eros no les concedería una segunda oportunidad en el amor. Así era como esos dos se habían vuelto un dúo inseparable.

A Hímero no le había ido tan bien, él era el dios del amor no correspondido, los amores imposibles y rotos eran su trabajo.

Sonaría a un puesto importante de no ser porque nadie deseaba verlo en sus vidas, su popularidad entre los mortales había alcanzado niveles alarmantes, estaba siendo borrado de sus mentes y muchas veces le daban el mérito de su trabajo a Anteros.

Hacía siglos que ya nadie le agradecía por sacarlos de una mala relación, tampoco acudían a él por ayuda, mucho menos le rezaban u ofrendaban algo.

El desamor no era popular como el resto de sus hermanos.

Afrodita trató de arreglarlo dándole el título de Erote del deseo. ¿Pero qué clase de deseo o lujuria hay en amores perdidos? Además, con el resto de sus hermanos erotes volcados en tareas sobre la sexualidad no era como que tuviera mucho trabajo que hacer en ese campo.

Eso se convertía en un problema. No les gustaba admitirlo, pero los dioses dependían de los mortales para existir.

Todos los dioses estaban sujetos a un sistema de puntos con los que debían cumplir cada mes para justificar su existencia divina.

Para la mayoría cumplir su cuota era cosa de nada, pero Hímero apenas lograba llegar a los 200 necesarios, muchas veces sus padres le ayudaban regalándole puntos.

Hímero imaginaba que con el tiempo el traspaso de puntos dejaría de funcionar, después de todo siempre había un límite sobre qué tanto puedes ayudar a otro dios.

Los ojos rubíes se pasearon por la estancia contemplando las distintas mesas. La mayoría eran dioses importantes, que exudaban una vibra muy distinta a la de los dioses que vivían en el valle de los antiguos, pero claro estaba el detalle de que ellos no estaban por desaparecer.

Sonrió con amargura sintiendo el dolor de la herida en su brazo, él era un dios preocupado por una estúpida caja cuando hacía años que se estaba muriendo.

Cuando sus ojos se toparon con una mirada azul a varias mesas de distancia, sintió como todos los músculos se le tensaron.

Apolo lo miraba con una extraña expresión en el rostro como si tratara de recordar quién era el erote de alas negras.

Eso sí que era deprimente, si ni los dioses lo conocían no podía esperar mucho de los mortales. Resignado a que no importaba lo que intentara su destino estaba sellado le enseñó la lengua como saludo al gran dios solar y luego se giró ignorando el obvio desconcierto de Apolo.

—¡Creo que es hora de abrir los regalos! —anunció Artemisa poco después.

Hímero comenzó mover una pierna y a juguetear con los dedos. Tampoco era que estuviera en sus planes morir ese día. ¿Quién abría los regalos frente a todos? ¿Por qué? ¿Qué necesidad?

Esperó tortuosos minutos con Apolo abriendo paquetes y agradeciendo mientras Hermes hacía bromas sobre si valdría la pena robar el artículo.

—¿Qué mier…? Uy no ese no lo quiero. —soltó Hermes.

Hímero levantó la mirada para comprobar lo que ya se imaginaba, era la caja.

Apolo parecía no estar seguro de que expresión poner viendo el contenido de la caja.

Artemisa se acercó a ver e hizo una mueca de asco.

Hímero comenzó a sudar frío. ¿Podría fingir demencia aun? Solo Artemisa lo había visto dejar la caja y si ella no lo recordaba bien entonces él podría…

—¡Tú…! —la voz furiosa de la diosa de la caza retumbó por todo el salón mientras lo señalaba acusadora. —¿cómo te atreves a regalarle mierda a mi hermano?

Los murmullos se hicieron escuchar en ese instante. Hímero vio de reojo como el rostro de su madre pasaba por distintos tonos de rojo, decidiendo si estar avergonzada o furiosa.

Cuando Zeus se levantó de su asiento con expresión ceñuda intentando ver desde su mesa la misteriosa caja, Hímero sintió que se iba a hiperventilar. Estaba más que frito, iba a 0terminar electrificado a miles de voltios.

—¡No puede ser! ¡Es popo de paloma, eso es un excelente abono, que envidia! —soltó Deméter a su lado —Oh cariño, qué buen regalo. Pocos tienen el estómago para recolectar tanto. Debió ser muy laborioso —aduló la diosa palmeando el hombro.

Hímero parpadeó estupefacto.

—¿Qué? —dejó salir Eros, gracias a los dioses demasiado bajo como para llamar la atención.

—Gracias. Lo usaré bien en mi jardín, mis plantas han estado decaídas estos días. —agradeció Apolo con una sonrisa tan cálida que hizo que las piernas del dios del desamor se estabilizaran.

Casi sin poder dar crédito a su suerte Hímero contempló como Zeus se volvía a sentar pidiendo que le llenaran la copa de vino.

Artemisa se encogió de hombros y guardó su arco.

Eso había estado tan cerca.

—¡Niño mi cumpleaños es el mes que viene, te enviaré una invitación! —le susurró Deméter antes de girarse a hablar con alguien más.

Hímero miró con enojo a sus hermanos, quienes parecían más sorprendidos que molestos con que su plan no saliera como lo habían previsto.

Aun así, prefirió no darles la oportunidad de planear algo nuevo y se apresuró a irse.

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