El Mejor Amigo De Sharon
Sharon siempre había sido una chica reservada. No hablaba demasiado con los demás, pero eso no significaba que estuviera sola. Tenía a Nathan. Nathan siempre estaba ahí, desde que ella podía recordar. En los días grises, en las noches de insomnio, en los pasillos vacíos de la escuela.
Lo había conocido cuando era apenas una niña. Tenía cinco años y estaba sentada en el rincón más apartado del parque, abrazando sus rodillas. Sus padres discutían en casa otra vez, sus gritos atravesaban las paredes como cuchillas afiladas. No quería regresar. No quería escuchar.
—No tienes que estar sola —dijo una voz a su lado.
Sharon levantó la cabeza. Un niño de su edad, con el cabello oscuro y una sonrisa apacible, estaba sentado junto a ella. No lo había visto llegar. No lo conocía, pero había algo en él que le resultaba familiar, como si siempre hubiera estado ahí, esperando a que ella lo notara.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Sharon, con la voz temblorosa.
—Nathan —respondió él, con una sonrisa—. Y siempre estaré contigo.
Desde aquel día, Nathan nunca se fue. Creció con ella, compartió sus miedos, la consoló en las noches frías y la defendió cuando los demás la herían. Cuando sus compañeros la ignoraban o se burlaban, Nathan le recordaba que no los necesitaba. Cuando su madre la miraba con desaprobación, Nathan le susurraba que ella era suficiente.
Sharon aprendió a depender de él. A confiar en su presencia inquebrantable. Nathan era su mejor amigo, su única certeza en un mundo incierto.
—No confíes en ellos —susurró Nathan, recostado en el pupitre de al lado mientras Sharon miraba de reojo a sus compañeros—. Todos te observan. Se burlan de ti cuando no estás.
Sharon apretó los puños. Sabía que tenía razón. La escuela siempre había sido un lugar hostil para ella. Los murmullos, las risas ahogadas, las miradas furtivas. Pero mientras Nathan estuviera a su lado, no importaba. Él la protegía.