Capítulo uno
Miércoles, 16 de Noviembre
Allison
El invierno se había abierto paso, las nubes estaban oscuras y se siente la humedad rodear el ambiente por los días de largas lluvias y el fuerte sol que lograba incomodar mis días.
Me estaba colocando los zapatos deportivos que me hacían juego con la vestimenta. En la planta baja de casa se oyen estruendosos gritos, como de costumbre, se trataba de mi padre. Ese sonido irritante que venía acompañado de la misma frase de siempre: “¿Hasta qué hora te espero?”
Nunca sería algo diferente al referirse siempre a la velocidad de mis acciones, ya que esta historia se repetía todos los días sin excepción cuando debía partir a la universidad. El lugar al que debía asistir para construir mi futuro, según mi padre, era tan importante para él que sin importar el precio siempre debía estar allí a tiempo y con buena actitud. Tenía una obsesión por la puntualidad. A veces era capaz de estar hasta una hora antes de lo acordado.
Estaba condenada a ser arrastrada con él, ya que, se hacía cargo de todo económicamente, por lo tanto, el espacio para mis quejas jamás debería existir.
Sus órdenes hacia mí siempre recaían en lo mismo: estudiar.
Nada más que eso. No tenía derecho a las quejas, a los tiempos de diversión, ni a estresarme. Mi única obligación y tarea asignada había sido estudiar.
Bajé las escaleras con pánico de encontrarme con el rostro enojado de mi dictador, pero, como pasaba la mayoría de las veces, ya estaba dentro del auto esperándome para darme la reprendida de rutina.
Miré a mi alrededor para hallar los ojos de Rubí, una Pyredoodle de siete años que aparte de ser mi mascota era mi mejor amiga. Verla significaba despejar un momento mi mente. Le di paso a la alegría, una de las pocas emociones positivas que sentía diariamente.
Acaricié su cabeza comunicándome con ella con palabras que sabía que entendía, era muy inteligente, si no avisaba que un rato volvería se quedaría llorando rogando por también ser partícipe de mi partida, pero, en cambio, cuando captaba mi anuncio esperaba en silencio confiando en mí y en que volvería pronto a estar con ella otra vez. Es lista.
Salí de casa y mientras me acercaba al auto guardando las llaves en el bolsillo delantero de mi pantalón jean, divisé a través del parabrisas los ojos llenos de ira de mi padre. Tomé la manija de la puerta y me adentré en el vehículo sintiendo el ambiente pesado comenzó el viaje y el griterío.
—¡Yo no sé cuántas veces tengo que decirte lo mismo…—inició su discurso diario— tú porque no manejas, ya te he dicho sobre el tráfico, tienes que salir con mucho tiempo de anticipación para no caer en él, pero parece que yo hablo con la pared!
Sin importar qué, siempre llegábamos a tiempo, pero mi padre no estaba conforme si no habíamos llegado media hora antes.
—¿¡Entiendes que yo pago la universidad!? ¡Yo pierdo si no asistes a clases!— movía su mano no dominante con ademanes acusadores que terminaban por reforzar su obvia irritación—. Tienes que ser más considerada con tu padre.
Está bien, pero ¿quién será considerado conmigo?
En todo el viaje de camino a la universidad, mi papá gritó que era mi culpa estar atascados en el tráfico, tan solo porque si yo hubiese salido media hora antes de la hora de anticipación antes esto no estuviera pasando. Solo asiento con la cabeza mirando por la ventana el paisaje de rutina, para olvidar cuán amarga era mi vida ahora.
Piso la planta baja de mi facultad caminando con desgano a una de las mesas con sillas incluidas en la misma estructura y tomo asiento a esperar. Algunos compañeros ven que estoy sola, sólo saludan y pasan de mí reuniéndose en otra mesa como si yo estuviera apestada. O tal vez, era yo quien había decidido alejarse, lo que me ha llevado a llegar a la mitad de la carrera sin ningún amigo de verdad.
El tiempo pasa rápidamente cuando me distraigo un poco leyendo un libro digital mientras me dañaba los oídos con el aparato que mi padre más odiaba: los audífonos.
He llegado a tiempo a mi clase de Promoción. Estoy a buena hora, puntual. Tanto, que ni siquiera la maestra había llegado. Y para matar el tiempo abrí mi pequeño bolso para sacar mi cuaderno de apuntes y los lapiceros, ahora solo tenía que esperar diez minutos para que todo el mundo comenzara a aparecer.
Una de mis actividades menos favoritas era enterarme de la vida de los demás, pero extrañamente era la actividad favorita de muchas personas en este curso que por mala suerte me tocó compartir, tal vez si estuviera en otro sitio, estudiando lo que amo, conociera personas más alineadas a mis ideales, pero aquí solo encuentro personas con otros intereses.
Observando y analizando noté lo poco que les gustaba estudiar a algunos y lo mucho que se esforzaban otros, que era el caso de un grupo con el que casualmente me reunía, eran muy colaborativas, responsables e inteligentes, un círculo con una cantidad muy reducida para los treinta que éramos. Y es que muchos solo estaban aquí por el título, o por otras razones, pero cómodos porque sus padres pagaban. Padres con gran poder adquisitivo, pero en mi caso, solo estaba aquí por unos ahorros, por eso la presión que recibía diariamente. Lo entendía, claro que lo hacía, pero ¿quién me entiende a mí?
Mi ánimo subió un poco cuando los tacones puntudos de color beige y las largas piernas morenas que eran cubiertas hasta un poco más debajo de los muslos con una falda turquesa, más una blusa elegante con mangas sueltas del mismo color del calzado aparece en medio del salón, era la maestra. Una mujer de casi cuarenta años con buen sentido de la moda. Se llevaba mi admiración por ser una persona preparada, siempre con las palabras perfectas, con un dominio total de los temas, interesante, carácter fuerte y una determinación inquebrantable. Rápidamente se convirtió en una de mis maestras favoritas en este semestre. Extrañamente, su materia me agradaba a pesar de no estar construida para alguien como yo, creo que la magia la hacía ella.
Disfrutaba de estar aquí, oírla hablar, su manera de interactuar con los estudiantes la hacía una profesional en todo el sentido de la palabra, pero, parece que muy pocas personas de las que asistían a esta aula sabían reconocer, puesto que muchos no le prestaban atención y otros simplemente la insultaban a su espalda.
Mientras la clase cursaba oía murmullos molestos que me distraían del tema, la maestra en ciertas ocasiones tenía que pedir silencio, lo que muchas veces me sorprendía, porque estaban pagando para recibir este conocimiento y no podían prestar ni un poco de atención, esto solo me dejaba decepcionada de mis congéneres, pero ya estaba acostumbrada a la tiranía estudiantil y a la doble cara que podían llegar a mostrar.
A pesar de estar obligada a estar aquí, supe aprovechar este conocimiento. Reconocí siempre lo privilegiados que podíamos ser de pisar este sitio, éramos jóvenes con suerte.
Aulas con aire acondicionado, asientos acolchados, computadoras en buen estado, relativamente nuevas, y una limpieza extremadamente rigurosa.
Era la realidad de nosotros, pero un sueño para muchos.
La clase llegó a su fin, después de despedirme de la maestra, corrí hacia el baño a enfrentar mis necesidades, el sitio estaba repleto de un aroma dulce característico de los perfumes de alta gama que solían usar, prendas femeninas y de marcas conocidas decoraban sus cuerpos, estaban apiladas frente al espejo maquillándose mientras reían de la conversación banal que desarrollaban.
Parada en un rincón mientras esperaba que uno de los dos cubículos se desocupara, noté ciertas miradas hacia mi persona, y una que otra risa indiscreta, estaba tan parada en la realidad que sabía que este tipo de comportamiento irracional e inmaduro no solo sucedía en las películas. Así que, hice lo que mejor se me da: ignorar.
Existía una gran línea que me separaba, ¿qué había de diferente que hacía que no pudiese ser similar a ellas?
Me lo pregunté cientos de veces, pero entendí que ser diferente a veces tiene un alto costo, ese era mi soledad en este baño y en la vida misma.
Un cubículo se desocupó por fin, y pude entrar.
Cuando terminé salí de allí todo el grupo de jóvenes había desaparecido, la bulla había cesado y solo quedó la huella de su estadía que se veía reflejada en papeles tirados sobre el lavamanos, pese a tener un bote de basura al lado. Además, manchado de un tono café, probablemente de base de maquillaje.
Rodé los ojos y antes de lavar mis manos recogí las toallas desechables regadas y las coloqué donde correspondía. Lavé mis manos en el lavamanos sucio, esperando que las manchas desaparecieran, y al ver que era casi inútil descubrí que este ya era un trabajo adicional para el personal de limpieza de la facultad.
Sostenía mi botella con agua en la derecha, y la izquierda se mueve naturalmente al caminar hacia uno de los ascensores para irme pronto de aquí. Mi celular vibra ligeramente, era un mensaje del grupo que tenemos con la maestra de mi última clase, había mandado a rellenar una encuesta sobre la carrera.
Me tomé el tiempo de llenarla antes de tomar el ascensor para ir a planta baja, en medio de todas las preguntas como mi carrera, ciclo y modalidad; hallé una de las preguntas que muchas personas me hicieron y que nunca supe cómo contestar:
¿Por qué escogió esta carrera?
Todos esperan que responda que porque me gusta, pero la única razón por la que estoy estudiando esto fue porque mi padre me lo impuso.
Noté cuán aburrida podría llegar a ser, ni siquiera tenía un motivo para estar aquí, es mi vida y solo hago lo que papá me dicta.
Me quedo un momento pensando en qué poner en este espacio de la encuesta, la pregunta era obligatoria de responder para poder enviar el formulario, así que, no tenía cómo escapar de ello si no era con una mentira.
Mis dedos teclean: porque ofrece oportunidad laboral.
Eso fue todo, al fin y al cabo, muchas personas estudian algo porque esperan ganar mucho dinero con ello, pero ¿a costa de qué?
¿Cuántas personas son realmente felices con lo que hacen?
Yo solo quiero ser feliz haciendo lo que me gusta, pero si solo hiciera lo que me gusta, ¿podría sobrevivir aquí? ¿Me dejarían sobrevivir?
Guardé el celular en el bolsillo trasero de mi pantalón y continúe hasta el ascensor, esperé un par de segundos hasta que llegara. Hubiese deseado que estuviera vacío, pero venían embarcadas alrededor de seis personas, mismas que vestían sus cuerpos con camisetas distintivas de primer ciclo. Es decir, personas que apenas habían ingresado a la universidad.
Entré al cuadrado y me posicioné en la parte trasera de este cuando noté que también se dirigían al mismo sitio que yo. Mientras el aparato descendía, las personas me sorprendieron brincando y moviéndose bruscamente dentro del pequeño espacio. Se sintió fuertemente el movimiento, como si se tratase de un terremoto, el ascensor no estaba diseñado para tales actividades y podría llegar a ser muy peligroso.
Coloqué una expresión de amargura.
Ni siquiera tenían sentido común.
Aquel grupo, conformado entre hombres y mujeres se mofaban de sus actos, sin pensar en las verdaderas consecuencias que estos tendrían si no hubiésemos corrido con suerte. Si llegaba a descomponerse había dos opciones: quedarnos encerrados con el oxígeno agotándose, o caer los pisos restantes. A lo que yo, claramente no entendía lo divertido que tenía.
Fue ahí cuando una de las jóvenes que estaba en el grupo me apunta con su índice, riéndose dice: “miren la cara de la chica”.
¿Debía reírme también? ¿Era lo correcto para encajar? ¿Debía faltarle el respeto a los demás? ¿Debía abusar de las instalaciones universitarias?
Salí del ascensor decepcionada de lo que acababa de presenciar y estaba a punto de irme sin decir nada, pero dije:
—Esta es la universidad, no estamos en el colegio, ya maduren y respeten el entorno.
Entendí que lo que dije era inútil, cuando específicamente las mujeres se burlaban de mí, un comportamiento que no era precisamente nuevo viniendo de ellas.
Mis pulmones se llenan de aire, pronto lo expulso en un suspiro, uno que hace bajar la tensión de mi cuerpo, salí finalmente de la facultad. La infraestructura tiene cosas que suelo apreciar como: el puente techado que conecta el edificio con el estacionamiento, ya que, la construcción se encontraba en una pendiente alta, debajo de nosotros estaba la salida. Al estar en un punto alto el viento solía correr con mayor velocidad, debido a que, no había nada que lo interrumpiera de su curso como en las calles estrechas de la ciudad, con grandes edificios y poca vegetación, nuestra vida ahogándose en el humo de los carros, atribuyendo a la contaminación descontrolada de la tierra.
Por eso, consideraba esta universidad un sitio cómodo, donde las plantas y el pasto eran comunes, el aire se sentía fresco y el silencio solía acaparar. Camino en medio del puente mientras observo con satisfacción a mi alrededor, pronto sintiendo pequeñas gotas tocar mi brazo, mismas que eran arrastradas por el viento. Sonreí para mí cuando disfrutaba de invierno como mi época favorita del año a pesar de las cosas malas que solía tener.
La brisa agitaba mi cabello en una sola dirección y cuando noté lo molesto que era para mi vista, dirigí mi rostro en contra de la corriente ventosa, y así, mi cabello se lanzó hacia atrás solo volviendo a ver con claridad.
El mundo se detiene por unos segundos, para mí, cuando mis ojos captaron un destello rojo, uno que llamó mi atención, tanto que mi corazón dejó de latir por un momento, para pronto desatarse en latidos rápidos y arrebatados, mi estómago da un vuelco, una fuerte emoción me invade y no parpadeo para no perder de vista aquello que volvió loco a mi interior.
Un joven camina apresurado diagonal hacia el puente, pude verlo desde la altura, una vestimenta completamente blanca, desde su chaqueta hasta sus zapatos, asombrada del rojo vivo con el que había teñido su cabello.
Sostiene lo que parece ser una guitarra dentro de su estuche, no alcancé a visualizar su rostro. Ahora, se aleja cada vez más hasta perderse en medio de la infraestructura.
Recuperé la respiración y el mundo había vuelto a rodar.
Terminé mi recorrido mágico en el puente, pisé el estacionamiento y debía apresurarme a ir al auto si no quería que mi padre me reclamara por demorar más de lo esperado, ya que, esperaba ahí toda la duración de la clase.
Aún así, nada podría arruinar el rojo que vieron mis ojos, algo me dijo que podría verlo después.
Probablemente.