Todo por amor [L.S]

Summary

Criados bajo el manto blanco de la corona, rodeados de riquezas y palabras vacías. Dos omegas encontrando el amor en palabras escritas a través de cartas con aroma a petricor y verano, aroma a pureza y amor. Dos omegas dispuestos a dejarlo todo por amor.

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Capítulo unico



La reina Annette se encargó personalmente de todos los preparativos para que su pequeño príncipe pudiera reunirse hoy a tomar el té con el joven príncipe William de Inglaterra. Desde hacía meses, ella había observado con una mezcla de orgullo y curiosidad la creciente amistad entre los dos jóvenes omega, cultivada a través de cartas. Algunas veces, encontró las cartas escondidas en la alcoba de su hijo, mas jamás se atrevió a leerlas.

En el palacio de Inglaterra, la reina Jules preparaba a su pequeño príncipe heredero para este gran día. Con esmero, escogió su ropa y calzado, y le dio muchos consejos de etiqueta, consciente de que su pequeño William era algo revoltoso.

—Recuerda, querido, postura recta y no hables con la boca llena —le decía, acariciándole el cabello con ternura.

Ambas reinas veían esta reunión como un símbolo de la hermandad entre sus reinos. Tenían la esperanza de que los jóvenes príncipes no solo se llevaran bien hoy, sino que forjaran un vínculo duradero.

Louis se quejaba cuando su madre le acomodaba el cabello por milésima vez en la mañana.

—¡Mamá, ya está bien! —protestaba, mientras ella le pellizcaba suavemente las mejillas para darles un tono rojizo natural. Dios sabe cuánto detestaba Louis eso, ya que su piel era extremadamente sensible.

El carruaje negro con detalles dorados se detuvo frente al castillo blanco. Louis no pudo evitar que su boca se abriera de asombro al ver aquel lugar tan fascinante. Era inmenso, y su color blanco se asemejaba a las nubes esponjosas de verano. Los detalles dorados brillaban con la intensidad del sol de la mañana.

Louis sintió una mezcla de emoción y nerviosismo. No podía creer que finalmente estuviera allí, frente a aquel majestuoso castillo que solo había visto en sus sueños.

—Recuerda comportarte, es una ocasión muy importante y debes asegurarte de que te vuelvan a invitar, William —dijo su madre con voz firme, pero cariñosa.

Louis rodó los ojos al escuchar su segundo nombre salir de la boca de su madre. No le gustaba que lo llamaran así, especialmente en un momento tan significativo. Suspiró y miró hacia el castillo, tratando de contener su emoción. Sabía que tenía que comportarse, pero la maravilla del lugar hacía que fuera difícil concentrarse en las reglas de etiqueta.

—Sí, mamá, lo sé —respondió Louis con un tono de resignación.

Al bajar del carruaje, fueron recibidos por la reina Annette, tan bella y radiante como Jules la recordaba. Por otro lado, era la primera vez que Louis conocía a la omega.

La reina Annette los saludó con una sonrisa cálida, su presencia imponente y a la vez acogedora.

—Es tan gratificante estar aquí, su alteza —dijo Louis, ganándose una mirada de sorpresa por parte de su madre. La etiqueta siempre había sido un punto de tensión entre ellos, pero Louis quería impresionar a la reina—. Su palacio es tan exquisito, y esos detalles dorados… podría pasar horas admirando tanta belleza.

La reina Annette sonrió con genuino agrado ante las palabras de Louis.

—Me es muy gratificante saber eso, joven William —respondió con amabilidad—. Y debo admitir que sus palabras son tan finas que estoy muy segura de que podrá establecer una muy buena amistad con mi Harry.

Louis sintió una mezcla de orgullo y alivio al escuchar eso. Esperaba ansioso poder ver a Harry.

Durante el camino hacia la gran sala, Louis se dedicó a admirar el palacio. Las maravillosas pinturas y esculturas parecían cobrar vida con cada paso que daba. El eco de sus pasos resonaba suavemente en los pasillos, y un tenue aroma a flores frescas flotaba en el aire. Entonces lo vio. Oh, Harry.

Harry lucía tan encantador con su traje blanco pulcro. Sus rizos eran tan bellos como Louis los recordaba, y su maravillosa sonrisa hacía que su corazón latiera tan rápido. Louis podría escribir y recitar mil poesías dedicadas a esa sonrisa.

—Los dejaremos solos para que puedan conversar a gusto —indicó la reina Annette, colocando delicadamente una mano sobre el hombro de Louis. Él sintió el suave toque de la reina y asintió, tratando de contener su emoción.

Cuando las mujeres se alejaron lo suficiente, ambos omegas corrieron hacia el otro para darse un fuerte abrazo. Sus pechos chocaron con fuerza, sus brazos se entrelazaron por todas partes y sus trajes comenzaron a arrugarse. Pero no les importaba. En ese momento, solo existían ellos dos, finalmente reunidos.

—Louis, te echaba tanto de menos —dijo Harry con pequeñas lágrimas en los ojos.

—Harry, ver tu rostro hoy es el mejor regalo que la vida pudo darme. También te extrañé mucho, y escribí cartas a diario. Las traje todas para que puedas leerlas cuando gustes.

—Eso me gustaría mucho. Por favor, camina junto a mí.

Ambos omegas se dirigieron lentamente hacia el patio, donde su té los esperaba humeante y acompañado de los más exquisitos panecillos de miel. El aire estaba lleno del dulce aroma de las flores del jardín, mezclado con el suave murmullo de una fuente cercana.

—Por cierto, tu palacio es precioso —comentó Louis, mirando a su alrededor con admiración.

—Lo es —respondió Harry con orgullo—. Deberías verlo en verano; el sol del ocaso pinta las paredes de un naranja magnífico.

Ambos jóvenes detuvieron su caminata para observarse mutuamente, sumergidos en el brillo emocional del reencuentro después de tanto tiempo separados.

—Bueno... crearemos nuestro propio palacio, amor mío —dijo Louis con una sonrisa tierna, imaginando un futuro juntos lleno de promesas y sueños compartidos.


—El té es exquisito —dijo Louis con satisfacción—. Me hace tan feliz poder verlo de nuevo, amor mío —confesó en un susurro, casi temiendo romper el hechizo del momento.

Las mejillas de Harry se tiñeron de un delicado carmín ante tan hermosa confesión. El joven omega de ojos verdes, con una gracia innata, limpió las comisuras de su boca con una delicada servilleta de bordados dorados y, tras un instante de pausa, se aclaró la garganta.

—Me emociona de sobremanera su visita, joven William —respondió, su voz teñida de un afecto profundo y sincero, mientras observaba de reojo cómo uno de los miembros de su familia se acercaba a solo unos metros de ellos.

Louis giró disimuladamente en la dirección hacia la cual miraba el omega frente a él, su curiosidad apenas contenida por las normas de la cortesía.

—Pronto —prometió en silencio.

—Cuénteme de sus días, ¿el joven Duque ya se ha cansado de intentar cortejarlo? —preguntó Harry con una burla apenas perceptible en su tono de voz, mientras sus ojos brillaban con diversión.

Louis dejó escapar un suspiro y respondió, rodando los ojos con exasperación:

—En absoluto, a veces pienso que los alfas no comprenden la palabra no como respuesta. Es verdaderamente molesto recordarlo.

Harry dejó escapar una risa baja, una melodía suave que llenó el aire.

—¿Mis infortunios le resultan divertidos, joven príncipe? —inquirió Louis con una ceja levantada y un tono ligeramente herido.

—De ninguna manera, y me disculpo si le he dado esa impresión. Sin embargo, no estoy del todo de acuerdo con usted en ese aspecto —dijo Harry, sus ojos verdes brillando con seriedad—. Quiero decir, los alfas comprenden completamente cuando nosotros decimos que no, pero se niegan a aceptarlo. Creen que pueden doblegarnos simplemente por el hecho de ser alfas. Su personalidad narcisista les impide aceptar la realidad ante sus ojos, y es que pocos omegas desean realmente tener a su lado a alguien que no toma en cuenta sus deseos.

Louis se quedó en silencio por un momento, asimilando las palabras de Harry. Finalmente, una sonrisa apreciativa se dibujó en su rostro.

—Estoy de acuerdo con usted. Es muy sabio, mi joven príncipe —respondió, su voz suave y llena de respeto.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, disfrutando de la compañía del otro.

Tras haber conocido a varios miembros de la corona, la noche finalmente cayó, permitiendo a ambos príncipes un merecido descanso. Louis, sin embargo, no pudo conciliar el sueño y decidió escabullirse de su habitación en la madrugada para visitar a Harry.

—Me encantaría que nos quedáramos unos días más, por favor —rogó Louis al entrar con sigilo en la alcoba del príncipe. Sus cejas se fruncieron al no encontrar a Harry de inmediato con la vista.

—Estoy aquí —respondió Harry, anticipando la pregunta no pronunciada. El omega se encontraba detrás de su biombo de madera tallada, cambiándose de ropa para estar más cómodo a la hora de dormir.

Louis apartó la vista y tragó saliva cuando Harry emergió, vestido con un simple camisón blanco adornado con delicados encajes en los bordes. Se mordió el interior de la mejilla y apretó con más fuerza la lámpara que sostenía.

—¿No piensa voltear hacia mí, omega mío? —inquirió Harry con una sonrisa traviesa—. No poseo nada que usted no tenga, salvo algunos lunares y manchas de nacimiento, claro.

Louis finalmente se permitió mirarlo, su corazón latiendo con fuerza al contemplar la belleza y serenidad de su amado en la tenue luz de la lámpara. Harry se encontraba junto a la cama con una pequeña sonrisa en el rostro, luciendo tan perfecto bajo el suave resplandor que iluminaba apenas la habitación, creando sombras danzantes en las paredes.

—Ven, duerme conmigo —invitó Harry suavemente, extendiendo una mano hacia Louis.

Louis respiró profundamente, tratando de calmar el torbellino de emociones que sentía.

—Lamento tanto si mi nerviosismo me hace decir o hacer algo inapropiado, amor mío, pero esta es la primera vez que mis ojos podrán ser testigos de cómo luce su rostro al dormir. Imagino que es aún más bello que cuando está despierto, porque todos sus músculos se relajan y seguramente sea como presenciar la visita de un ángel. Y no lo digo sin el debido respeto —dijo Louis, hablando demasiado rápido, mientras Harry no podía evitar reír ante su nerviosismo.

El pecho de Harry se llenó de alegría y su omega saltó de felicidad ante tales elogios. ¿Cómo podría no amarlo?, se preguntó Harry en silencio.

—Me halaga, y debo confesar que también me siento algo nervioso. Verlo dormir, mi joven príncipe, sería un sueño hecho realidad para mí —respondió Harry con sinceridad, sus ojos verdes brillando con ternura.

Louis apretó los labios, conteniendo una sonrisa que amenazaba con desbordar su rostro. Se acercó lentamente, cada paso era una mezcla de anhelo y timidez. La habitación estaba inmersa en un silencio tranquilo, roto solo por el leve crujido del suelo bajo sus pies y el susurro de sus ropas.

Cuando ambos se encontraron envueltos en las cálidas sábanas blancas de seda, con sus manos unidas y los latidos de sus corazones sincronizados, los párpados comenzaron a pesarles. La tenue luz de la lámpara proyectaba sombras suaves sobre ellos, creando una atmósfera de tranquilidad y ternura. El suave susurro del viento contra las ventanas y el leve crujir de la madera añadían una serenidad casi mágica a la noche.

Louis hizo todo lo posible para no cerrar los ojos y quedarse dormido, pero el viaje había sido tan largo y se encontraba realmente agotado. Las sábanas de seda acariciaban su piel con una suavidad que solo incrementaba su somnolencia. Por otra parte, Harry se dedicaba a observar cómo las pestañas de su omega aleteaban cada vez que luchaba contra el sueño, una visión que llenaba su corazón de amor y protección.

—Duerme, amor mío —murmuró Harry con suavidad, su voz un susurro cálido en la penumbra—. Te prometo que mañana despertarás y estaré aquí a tu lado. No iré a ninguna parte sin ti.

Louis sonrió débilmente, sus párpados finalmente cediendo ante el peso del cansancio. La seguridad en las palabras de Harry lo envolvió como un manto, permitiéndole relajarse por completo. Sus dedos se entrelazaron más firmemente con los de Harry, una última muestra de su amor antes de sucumbir al sueño.

Harry, por su parte, continuó observando a Louis, sus ojos llenos de ternura y promesas silenciosas. La noche avanzaba, y el silencio de la habitación era roto solo por el suave sonido de sus respiraciones acompañadas. Harry ajustó las sábanas sobre su amado con delicadeza, su corazón lleno de una paz indescriptible.

—Buenas noches, mi príncipe —susurró Harry, permitiendo que sus propios ojos se cerraran, confiado en que el amor y la promesa de un nuevo día los mantendrían unidos.

Cuando el sol se filtró por las ventanas y el canto de las aves se hizo oír, Harry acarició la mejilla de Louis con su dedo índice. Había indicado a su madre que no los molestaran hasta la tarde, ya que Louis había tenido un viaje muy largo y necesitaba reponer fuerzas descansando.

Harry desayunaba en su alcoba mientras observaba a su amado dormir. El suave resplandor matutino iluminaba la habitación, creando un ambiente sereno y cálido. La luz del sol se reflejaba en los detalles dorados de la habitación, añadiendo un brillo suave y acogedor.

—Si mi familia descubriera mi plan en este preciso momento, podría morir feliz solo con saber que pude verte dormir, amor mío —murmuró Harry, sus palabras llenas de una ternura silenciosa.

Los ojos de Louis permanecían cerrados, y Harry se sintió tentado a despertarlo solo para conversar un poco, pero era consciente de que debía dejarlo descansar. Observó cómo el pecho de Louis se alzaba y descendía rítmicamente, encontrando paz en la simple visión de su amado en reposo. La suavidad de la manta de seda acariciaba la piel de Louis, mientras el ligero aroma de ambos llenaba el aire de la habitación.

Harry dejó su taza de té sobre la mesilla de noche y se inclinó hacia Louis, depositando un beso suave en su frente. Cada gesto era una declaración silenciosa de su amor y devoción.

—Duerme bien, mi príncipe. Despertar a tu lado es el mayor de los regalos —susurró Harry, acomodándose a su lado, dispuesto a velar su sueño hasta que el sol estuviera en lo alto del cielo.




Con la primavera dando inicio, las mariposas revoloteaban mucho más que antes por los jardines del palacio, agitando sus maravillosas alas y posándose sobre los rizos perfectos del príncipe Harry. El aire estaba lleno del aroma de las flores recién abiertas, y el suave susurro del viento entre los árboles añadía una melodía tranquila al entorno.

Louis observaba la encantadora y tersa piel del omega frente a él; el sol le confería un brillo especial y el rubor natural en sus mejillas solo lo volvía más adorable a sus ojos. La visión de Harry, con las mariposas jugueteando en su cabello, era casi etérea, como una pintura de un sueño.

—Admirar la belleza de otros no es un pecado —comentó la reina Jules, apareciendo junto a ellos con una sonrisa benevolente.

Louis sacudió la cabeza y desvió la vista enseguida, sintiendo un calor subir a sus propias mejillas.

—¿Tuvieron una buena noche? —inquirió la reina con voz suave.

—Así es, madre —respondió Louis, tratando de mantener la compostura.

—Ciertamente, la compañía de William me resultó muy reconfortante. En ocasiones, tengo problemas para conciliar el sueño y debo suponer que verlo tan agotado me hizo sentirme cansado —comentó Harry, una suave risa escapando de sus labios.

—Bueno, eso es bueno. No quería que los malos modales de mi hijo llegaran a causar infortunios a usted o a su sueño —replicó la reina Jules, con un ligero toque de humor en su tono.

Louis rodó los ojos al escuchar las palabras de su madre, sintiendo una mezcla de exasperación y cariño.

—Para nada, y me gustaría, si usted me lo permite, señalar que el comportamiento del joven William es digno de admiración. Ciertamente es un omega encantador; estoy muy seguro de que su futura pareja tendrá mucha suerte de tenerlo —dijo, con una mirada decidida y un brillo en los ojos.

Los ojos de Louis brillaron y no pudo evitar que su aroma se volviera más fuerte, llenando el aire con su fragancia.

—William es algo exigente. Ha rechazado a tres duques y se niega a contraer matrimonio. Supongo yo que es debido a su edad y su idealización del amor —comentó su madre, con una mezcla de resignación y comprensión en su voz.

—Nadie debería llevar una marca en su cuello si no es hecha con amor. Después de todo, ¿qué son los reinos si no hay amor en tu vida? —replicó Louis con convicción, sus palabras resonando en el aire como una verdad incontestable.

La reina Jules observó a su hijo con una mirada reflexiva, sus cejas ligeramente fruncidas.

—El reinado es más importante que una simple fantasía —respondió su madre, con un tono firme pero comprensivo—. Tomará tiempo, pero estoy segura de que llegarán a comprender.

Louis asintió, aunque su corazón seguía firme en su creencia de que el amor debía prevalecer sobre el deber. Mientras tanto, las mariposas seguían revoloteando en el jardín, ajenas a las complejidades del amor y el poder, disfrutando simplemente de la belleza del momento.

En su tercer día en el castillo, Harry comenzaba a sentirse impaciente, mientras Louis admiraba todo a su alrededor con ojos curiosos.

—¿Hacia dónde nos dirigimos? —cuestionó Louis, un tanto perdido.

—Es una sorpresa —respondió Harry con una sonrisa enigmática, sus ojos brillando con emoción contenida.

Louis asintió, confiando plenamente en Harry. El omega de rizos chocolate se detuvo frente a una gran pared de enredaderas. Louis lo observó, confundido, sus cejas fruncidas ligeramente.

—Toma mi mano, es por aquí —dijo Harry, extendiendo su mano con suavidad.

Dudoso, Louis obedeció y tomó la mano del omega junto a él. La calidez de la piel de Harry se transfirió a la suya, y su estómago se revolvió con una extraña mezcla de nervios y emoción. Pronto, observó a Harry abrirse paso entre el muro de plantas y, con algo de miedo, lo siguió detrás.

—Aquí vengo en ocasiones. Nadie sabe de este lugar, excepto mi tío John. Él fue quien me lo mostró y dijo que ahora me pertenece a mí —explicó Harry, su voz llena de un afecto nostálgico.

Louis observó a su alrededor con asombro. El lugar se encontraba algo abandonado, pero era precioso. Había estatuas y caminos, y todo olía a Harry. Los rayos del sol filtrándose entre las hojas añadían un toque mágico al entorno.

—Mi querido Louis, si aún hay lugar en su corazón para mí, quisiera pedir su mano. No está obligado a responder en absoluto... —las palabras de Harry se vieron interrumpidas por un choque algo fuerte en sus labios. Su primer beso.

El contacto inicial fue un choque de emociones y sensaciones. Los labios de Louis se movieron con torpeza al principio, pero pronto encontraron un ritmo dulce y cauteloso. La suavidad de los labios de Harry, su calor, la ligera fragancia a verano que siempre lo acompañaba... todo contribuía a hacer de ese momento algo inolvidable.

Harry, sorprendido, sintió un torrente de sentimientos que le impedía pensar con claridad. Cerró los ojos, entregándose al beso, permitiendo que la ternura de Louis lo envolviera. Su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera salir de su pecho, y sus manos temblorosas se aferraron a los brazos de Louis, buscando apoyo y cercanía.

Louis, por su parte, experimentaba una mezcla de nerviosismo y euforia. Sus labios se movían suavemente, queriendo transmitir todo el amor y la devoción que sentía por Harry. Cada segundo que pasaba se sentía más seguro, más conectado, como si estuviera estableciendo un vínculo que duraría para siempre.

Cuando finalmente se separaron, ambos se quedaron mirándose, respirando entrecortadamente. Los ojos de Louis brillaban con una intensidad que reflejaba todo lo que sentía en su interior.

—Nada en el mundo me haría más feliz que ser parte de su vida hasta el final, omega mío —contestó Louis luego de despegar sus labios de los de Harry, sus ojos brillando con sinceridad y amor.

El jardín secreto, con su aire de misterio y belleza oculta, parecía el lugar perfecto para sellar un amor tan puro y verdadero. Las estatuas y las plantas eran testigos silenciosos de un momento que ambos príncipes atesorarían para siempre.

—¿No cree que es hora de volver? —preguntó Louis, un tanto preocupado. Llevaban al menos dos horas en ese lugar.

—Solo quiero mostrarle algo —respondió Harry, con una sonrisa tranquilizadora.

Louis caminó detrás de Harry, siguiéndolo fielmente. Porque Louis seguiría a Harry hasta el fin del mundo si solo el omega se lo pidiera.

—Está aquí esperando por nosotros, para cuando decidamos partir, así nadie nos perseguirá hasta luego de horas cuando noten nuestra ausencia —explicó Harry, deteniéndose finalmente.

Frente a ellos había una puerta de hierro, algo oxidada. Era su libertad, y estaba ahí, esperando por ellos.

Los ojos de Louis se llenaron de lágrimas al solo pensar en la posibilidad de escapar con Harry y ser libres finalmente. La emoción y el miedo se mezclaban en su pecho, creando un torbellino de sentimientos que apenas podía controlar.

—Regresemos —dijo Harry, tomando suavemente la mano de Louis, sus dedos entrelazándose en un gesto lleno de promesas y esperanza.

Louis apretó la mano de Harry, sintiendo la calidez y la firmeza de su agarre.

De más está decir que ambos príncipes recibieron un regaño por parte de sus madres debido a su ausencia de algunas horas. Todos estaban muy preocupados por ellos, pero Harry solucionó todo con algunas excusas y pucheros. Después de todo, era un omega ejemplar y nunca antes había dado problemas.

También ayudó mucho la opinión del rey, padre de Harry, quien argumentó que ambos omegas podían disfrutar del gran jardín sin necesidad de tener escoltas. Después de todo, se encontraban a salvo en el castillo, nada podría salir mal.

—Deberíamos ser más cuidadosos —señaló Louis, acostándose junto a Harry, ambos hundidos en las grandes mantas.

—Ellos creerán que solo estamos dando otra caminata por el jardín, nadie va a notarlo —respondió Harry con una sonrisa confiada, sus ojos reflejando un brillo de complicidad.

Louis suspiró, dejando que la calidez de las mantas y la cercanía de Harry lo tranquilizaran. Sabía que debían ser más precavidos, pero también entendía la necesidad de esos momentos de libertad, lejos de las miradas vigilantes.

La mano de Harry se sentía tan cálida entrelazada con la suya, al igual que sus pies. Los de Louis siempre estaban fríos, pero los de Harry emanaban un calor tan especial que lo reconfortaba.

—Mi príncipe, tengo un regalo para usted —dijo Harry con una sonrisa.

Louis se enterneció al ver el brillo en los ojos del omega frente a él. Lo amaba tanto.

—¿Un regalo para mí? —preguntó, su voz llena de curiosidad y emoción.

—Así es. Si me permite un segundo, podré ir a buscarlo —respondió Harry, moviendo los dedos de las manos pues Louis se mantenía aferrado a ellas.

—Claro, lo siento —dijo Louis, soltando la mano de Harry con cierta reticencia.

—No se disculpe. Tomar su mano se ha convertido en una de mis cosas favoritas en el mundo. Es solo que debo buscar su regalo.

Tan pronto como Harry saltó de la cama, Louis lo siguió con los ojos, observando cada movimiento del omega. Lo vio tomar una pequeña caja de debajo de uno de los muebles y sacudirla un poco para quitarle cualquier tipo de polvo. Pronto estuvo de regreso junto a él.

—¿Qué es una propuesta de unión sin un anillo? —preguntó Harry con una sonrisa traviesa.

La caja, sostenida en las suaves y delicadas manos de Harry, se abrió dejando ver dos preciosos anillos dorados. El corazón de Louis palpitaba con fuerza dentro de su pecho; sentía que en cualquier momento podría escapar de su caja torácica.

La habitación se llenó de sus aromas, mezclándose en un perfume único de petricor y rayos de sol de verano. Harry amaba el aroma a lluvia de su querido Louis, y Louis no podría estar más encantado con el aroma a verano de su amado. Sus esencias se complementaban a la perfección, creando un ambiente de pura armonía.

Louis tomó uno de los anillos, su mano temblando ligeramente. Miró a Harry a los ojos, encontrando en ellos la misma mezcla de amor y nerviosismo que sentía.

—Harry, esto es... increíble. Nunca imaginé que... —Louis se detuvo, sin encontrar las palabras adecuadas. —¿Crees que sería conveniente usarlos? Podrían preguntar.

Harry tomó la mano de Louis, entrelazando sus dedos con los suyos.

—Argumentaremos que son anillos de amistad, nadie podría creer lo contrario, después de todo, ambos nacimos, desgraciadamente, omegas.

El frío anillo se deslizó por sus largos dedos, causando una sensación de cosquilleo en sus vientres bajos.

¿Acaso el amor siempre se siente como mariposas en la panza y calor en el corazón?

—Juro desde lo más profundo y lo más sincero de mi corazón, amarlo hasta el último día de mi vida, mi querido Harry. Amarlo hasta que mi corazón deje de latir y mi último aliento escape de mi cuerpo, y aun así seguiría amándolo en las próximas vidas y el más allá. Y con la luna como nuestro testigo, juro serle fiel, amarlo, honrarlo, respetarlo y cuidar de usted, hasta que la muerte nos separe y nos vuelva a reunir en la próxima vida.

Louis tomó una profunda respiración después de pronunciar esas palabras, sintiendo el peso de su promesa. Los ojos de Harry brillaron, las lágrimas no se hicieron esperar, desbordando de aquellas esmeraldas como un río enojado, su corazón latiendo con un amor inquebrantable.

—Louis... —susurró Harry, incapaz de contener su emoción—. No podría pronunciar palabras más bellas que esas, amado mío. Usted me ha dado el mayor regalo que podría desear: su amor y su lealtad.

Se inclinó y presionó un beso suave en la mano de Louis, sus labios rozando el anillo dorado. El toque era ligero, pero cargado de significado, y Louis sintió un calor intenso inundar su pecho.

—Solo puedo decir que lo amo, lo amo desde lo más profundo de mi ser y con cada poro de mi cuerpo, lo amo y espero, de todo corazón, que en nuestras vidas próximas nuestro amor pueda mostrarse y celebrarse en público. —Harry levantó la mirada, encontrando los ojos de Louis—. Prometo corresponder a su amor con la misma devoción. Juro ser su compañero, su amigo, y su amante en esta vida y en todas las que vendrán.

—Y así será, amor mío.

Con mejillas sonrosadas y corazones palpitando con fuerza bruta, ambos jóvenes sellan su promesa con un dulce beso. Un beso que sabe a amor, a libertad, a promesas que esperan ser cumplidas.

El domingo por la tarde ambos decidieron llevar a cabo su plan. Debajo de sus ropas escondieron artefactos de valor que no los relacionaran con la corona: joyas que le fueron regaladas a Harry por varios pretendientes y algunas baratijas. Lo importante era que esos objetos los ayudarían a sobrevivir por un largo tiempo.

El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un anaranjado suave que contrastaba con la tensión palpable en el aire. Ambos fingieron jugar a las atrapadas en el amplio jardín del palacio, sus risas nerviosas resonando entre los árboles y arbustos. Harry y Louis escondían ropa debajo de sus prendas, sabiendo que necesitarían vestimenta en su nuevo hogar. No podían llevarse demasiado, ya que tendrían que irse caminando todo el camino y sería difícil cargar con tanto peso. Debían hacer todo en un solo viaje para evitar ser atrapados; no podían correr riesgos.

El corazón de Harry latía con fuerza mientras miraba a Louis, quien echaba un último vistazo a su madre a lo lejos, con una mezcla de nostalgia y determinación en su mirada.

—¿Está seguro de esto? —cuestionó Harry, su voz apenas un susurro, cargada de preocupación.

Louis respiró hondo, giró la cabeza hacia Harry y esbozó una sonrisa firme.

—Jamás me sentí más seguro de algo en mi vida —respondió con seguridad, apretando la mano de Harry.

Los dos jóvenes se prepararon para enfrentar su destino, sus manos entrelazadas y sus corazones llenos de sueños y promesas.

Nadie sospechó nada cuando los omegas dedicaron palabras de amor a sus madres antes de irse a dormir, ambas acostumbradas a ese tipo de demostraciones. La noche estaba tranquila, y la luz de la luna bañaba el palacio con un resplandor sereno, ajena a la tormenta emocional que se avecinaba.

Harry había escrito una carta tiempo atrás, sus manos temblorosas sobre el papel mientras confesaba su amor por Louis. En la carta, rogaba a su familia que fingieran su muerte y que, por favor, no lo buscaran, dejándolo ser feliz junto al omega que amaba. Harry jamás había pedido algo en la vida y creía que esta petición compensaba todos los años en los que siempre había sido bueno y aplicado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al terminar, esperando que su familia entendiera su situación. Todo lo hacía por amor.

Louis, en cambio, no dejó cartas. Sabía que en su familia había cierta preferencia por su hermano debido a que nació alfa. Además, nunca había sido tan bueno como sus padres pretendían, siempre señalando sus errores. Louis no creía que fueran a extrañarlo, aunque él sí los extrañaría a ellos.

Con bolsas de tela al hombro y manos cubiertas de sudor entrelazadas, ambos omegas emprendieron su camino hacia la libertad. Cruzaron la pared de enredaderas y caminaron por el jardín secreto hasta llegar a la oxidada puerta de hierro que daba paso a un largo y olvidado bosque.

No vamos a engañarnos, Louis sentía algo de miedo. Jamás había salido solo al exterior, y mucho menos de madrugada, utilizando una vela a medio consumir como su única guía. El aire frío de la noche le erizaba la piel y el crujido de las ramas bajo sus pies le hacía temblar. En cambio, Harry había escapado muchas noches a aquel bosque, donde solía imaginar su libertad o simplemente escribir cartas para su amado, sintiéndose más seguro en ese entorno.

El traspasar aquella puerta les dio una sensación de alivio instantáneo. Ambos inhalaron profundamente, llenando sus pulmones con el cálido y fresco aroma de la libertad. La brisa nocturna acariciaba sus rostros y el susurro de las hojas parecía darles la bienvenida a una nueva vida. Louis sentía el corazón acelerado, pero la presencia de Harry a su lado le daba valor.

El camino fue largo y agotador. Ambos tenían hambre y sed. Aunque Harry se encargó de conseguir algo de comida y un poco de agua, no fue suficiente para un viaje tan extenso. El peso de las bolsas en sus hombros y el dolor en los pies les recordaban constantemente la dureza de su travesía.

Tuvieron la suerte de no toparse con alfas en el camino, aunque sí pidieron ayuda a una omega que viajaba sola en una vieja carreta. Harry inventó toda una historia sobre viajar para visitar a su tía. Nadie podría decir que el joven mentía; era demasiado bueno inventando cosas, y su rostro angelical no demostraba una pizca de maldad. Louis lo observaba admirado, sintiendo una mezcla de orgullo y asombro por la habilidad de Harry para manipular la verdad con tanta facilidad.

—Siento que llevamos meses viajando —comentó Louis, agotado.

—Una larga semana —asintió Harry, también sintiendo el peso del cansancio en sus músculos.

—Bien, hasta aquí puedo dejarlos —indicó la omega que dirigía la carreta—. Les deseo mucha suerte en su viaje.

Ambos agradecieron, y Harry le obsequió un collar de oro como agradecimiento por su ayuda. Al principio, la omega se negó, pero terminó aceptándolo, sabiendo que venderlo ayudaría a alimentar a su familia.

Solo faltaban unas horas más hasta que finalmente llegaron a su destino. Louis se asombró al ver la propiedad algo vieja y abandonada, parecía que no había sido habitada en años, aunque estaba en muy buen estado. El aire alrededor de la casa estaba cargado con el aroma de la naturaleza, una mezcla de tierra húmeda y hojas secas que crujían bajo sus pies.

—Era de mi tío. Dijo que sería mía el día que decidiera ser libre. Aseguró que nadie más conoce este lugar, así que… somos libres.

Libertad. Qué maravilloso sonaba eso. Libertad, un sueño hecho realidad para ellos. Sus corazones latían con fuerza, llenos de esperanza y emoción por el futuro que les aguardaba.

Conseguir semillas no fue difícil y vender las joyas, mucho menos. Harry se encargó de todo eso. Ahora su hogar se veía realmente como un hogar. Todo olía a ellos, cada rincón impregnado con sus aromas mezclados de petricor y rayos de sol de verano.

—Si mis ojos no me engañan, juraría que está soñando despierto —dijo Harry, apareciendo en la habitación que ahora ambos compartían.

—Pensaba en cómo sería todo si fuera alfa. Quizás no hubiera tenido que renunciar a su vida por mí —confesó Louis sin apartar la vista de la ventana, su voz apenas un susurro.

—Tonterías, por usted dejaría que me cortaran las manos y las piernas de ser necesario.

Aquello sonó exagerado, haciendo reír a Louis. El omega sintió los brazos de Harry rodearlo por la cintura. Se sentía tan cálido como siempre. La sensación de su toque le brindaba una paz indescriptible.

—Estamos juntos finalmente —suspiró Harry, su aliento cálido sobre la piel de su cuello.

Una vida los esperaba, una vida llena de amor, felicidad y posibles problemas, pues no todo es color de rosa. Pero ambos sabrían arreglarlo todo. Podrían con cualquier cosa que se cruzara en su camino. Buscarían la forma de hacerlo funcionar, porque se amaban y no necesitaban más en la vida que su amor y su libertad.


Esta es la historia de Harry y Louis, dos omegas enamorados. Dos omegas que estaban dispuestos a todo por amor.



Fin

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