Una casa atemporal

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Summary

Bill habita un tiempo hueco, donde cada gesto es un grito lacerado que nadie reclama. A veces, cuando no piensa en nada, siente aún la otra mitad de su cuerpo respirando lejos-el fantasma de una piel idéntica, intacta en su memoria, como una herida que entendió que no debía sangrar, pero nunca aprendió a cerrar. |Advertencias: Toll Kaulitz relacionado|

Genre
Drama/Romance
Author
Moon
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

No hacía falta mirar el calendario y darse cuenta de que hoy se hacía un año más viejo; sus redes sociales estaban llenas de imágenes en las que lo felicitaban, de diferentes partes del mundo. A veces parecía sentirse menos solitario incluso si no conocía a ninguna de las personas que decían amarlo y desearle felicidad infinita; todas ellas recordándole cómo solía verse a los dieciséis años cuando odiaba la vida. Era el único en el mundo que sabía, que tras esos ojos perfectamente maquillados, y esa sonrisa de dientes desprolijos y jóvenes, se ocultaba toda la presión que aún hoy, no había vuelto a sentir.

Verse en el salón de su casa, completamente solo, le hacía darse cuenta de todo lo que esa adolescencia había traído consigo. Y no era sólo fama, dinero y reconocimiento; lo que más le pesaba era la soledad, el miedo, y todo lo que tuvo que dejar por obtener lo anterior. Consideraba su adolescencia una perdida. Estar huyendo de las mismas preguntas que todo el mundo le hacía, e ir de la mano de la única persona en su vida que había logrado entender qué se sentía estar en su piel, y por entender, también había conseguido hundirse en ella, de la forma más cabal que podría explicar sin tener que llegar a más exactitud.


Su hermano gemelo.

Tom.

Haber crecido tan juntos dejó marcas quemadas en su piel. Había sido un recorrido confuso y terrorífico, en el que los dos, tras años llenos de presión y de dolor, pactaron a sangre no dejarse el uno al otro, así, si perdían a alguien, el miedo de quedarse completamente solos iba a desaparecer porque, al final, su mano sobre la del otro iba a apretar, recordando que estaban allí; memorizando cada centímetro en la oscuridad. Sabiéndose complemento, de esos que no sólo se entendían con miradas, sino que lo hacían también sin hablar, sin compartir espacio o tiempo. Sin estar.

Fueron años embravecidos. No recuerda cómo fue que los dos terminaron sin necesitar a alguien fuera de su nido; no había estímulo más interesante que el de tenerse el uno al otro, cegados por un amor que mutó a ser una necesidad y codependencia de la que ni siquiera tenían meditado escapar. Y las cosas contemplaron diferentes vialidades, en las que fraternizaban con más superficies. Hermanos gemelos ya eran, mejores amigos también. Confidentes, almas gemelas, el amor de la vida del otro. Todo lo eran, por eso meter los pies en el agua del deseo, no fue realmente un paso que diera miedo tomar. Era mucho mejor culminar todas los matices de todo vínculo estando juntos, sabiendo que ninguno iba a juzgar al otro, y tampoco dejaría de amarlo por alguna razón imprevista.

Quizás fueron los mejores ocho años de sus vidas; jamás habrían creído que la fraternidad y la pasión podrían ser cómplices si alguien se los hubiera dicho desde afuera. Creían saber todo del otro; se habían vuelto una sola persona y por bonito que se escuchaba cuando lo presumían sin detalle ante los fans y las entrevistas, al final de la historia, fue justamente volverse uno solo, lo que hizo que los dos no supieran vivir sin el otro. Hizo que no supieran cómo era tener independencia; hizo que nadie fuera de su vínculo, pudiera emanciparlos al hablar de ellos.

Y fue lo que hizo también, que tras meses de miedo y confusión, la relación empezara a desmoronarse como lo habían hecho sus vidas antes de encontrarse gemelos en alma. Hubo amoríos a escondidas con terceros, que cada vez compadecían más el vínculo que los dos habían criado como su única herencia una vez murieran. El amor pasional mutó a celos y aprensión, usando como excusa por excelencia, que al final de todo, habían usado el amor del otro para experimentar con otros. Y como lo que brilla a veces puede no ser oro, y ser el filo de un arma blanca, la piel que se conocían a tientas y en silencio, tuvo heridas que sangraron desesperadas y que, a pesar del amor que los dos aún se juraban tener, no pudieron ayudar a cerrarse.

Y la separación fue inminente. La banda se transformó en un calvario al que le pusieron un final inconcluso; sus amigos se alejaron lentamente, fingiendo que no entendían por qué habían tomado una decisión sin ser consultados. El silencio hablaba volúmenes, y respetaron una separación indefinida. Su hermano se mudó de casa, y verlo irse con sus maletas y su único perro le volvieron el corazón un tormento que aún hoy no cesaba. Había arrancado los retazos de piel en los que sus manos habían tocado, y apuñalaron cada memoria que pasaron juntos y que no podría ser recordada como una fraternal.

El estudio vacío, la cama sin deshacer en el lado que Tom solía ocupar. Los adornos que dejó, los rastros de su nombre que aún resonaban fuera de su cuerpo. Fue extraño adaptarse a una vida donde ya no tenía un amante, un compañero de banda, un amigo, un alma gemela. Un hermano. Fueron años dolorosos y tortuosos, pero era cierto que el tiempo aligeraba las tristeza, y hoy, a sus treinta y cuatro años, diez años casi exactos de haber sufrido una ruptura que hundió sus cimientos muy a lo profundo, podía decir que lo echaba de menos cada vez más escasas veces. No había escuchado de él, no sabía cómo se veía, ni si tenía pareja y era feliz. No sabía nada.

Y a veces creía que así era mejor.

Con un suspiro tendido, volvió a mirar su bandeja de entrada en el móvil. Sus amigos, si así podía llamarles, le felicitaban en dos líneas vacías. Ninguno se olvidaba de preguntar qué clase de fiesta exótica iba a montarse, como lo hacían todos los años, esperando que este fuera por fin el año en que se decidiera a celebrar. Pero no lo deseaba tampoco esta vez. Esta vez quería pasarlo tranquilo, con su gente más cercana. Con su familia. Tal vez la sorpresa tendrían que dársela ellos al ser su cumpleaños, pero quería darles la sorpresa de que, al menos por un año, se había acordado de que tenía familia en otro país, porque durante el resto de su vida, no había querido más tener que ver con ellos, porque todo lo que hacía en su compañía terminaba siempre teniendo como tema la relación que se había esforzado por olvidar día con día.

Sus maletas ya estaban hechas, y esperó paciente a que su Uber le avisara que estaba a la puerta de su casa, de la que no se despidió porque no tenía planeado abandonarla por mucho tiempo. Agradeció cuando su conductor le ayudó a subir su equipaje en el maletero, y durante el camino fue haciéndose la idea de viajar casi catorce horas hacia su tierra natal. Pasaría su cumpleaños sobre un avión, pero si lo pensaba con frialdad, era incluso mejor que haber hecho una fiesta con gente que ni siquiera le quería y hacía sentir parte de su círculo social, por el que durante muchos, muchos años, se empeñó en pertenecer. Nunca le había gustado la exagerada cantidad de brillo y lujo que sus amigos imponían y que él se vestía fingiendo que al mirarse al espejo, ese reflejo le regresaría una mirada aprobatoria, igualita a la que esbozaba al tomarse fotos o vídeos presumiendo una vida que sólo con alcohol en el sistema, sentía que valía la pena.

—Mi niño, no me contestaste en todo el día, ¿saliste de fiesta? —Bill arrastraba sus maletas, con mala cara, sosteniendo su móvil contra su rostro, al tiempo que caminaba por el aeropuerto y buscaba un taxi que le llevara a casa. Lo único que tenía de bueno estar fuera de la fama, era que no había fans esperándolo en cada sitio que pisaba. Se sentía más libre, aunque esa libertad traía consigo mucha soledad también. —¿Bill?

—Oh, lo siento, ma’, estoy un poco ocupado, ¿cómo estás? —Caminó fuera del aeropuerto; el aire helado le hizo gemir de sorpresa. Levantó la mano ante cualquier taxi que le ofreciera servicio.

—Yo bien, pero quiero saber cómo estás tú. No se cumplen treinta y cuatro años todos los días; ¿vas a hacer alguna fiesta? —Bill cerró el maletero y se apretó el móvil contra el pecho para darle dirección de adónde quería ir; después volvió el aparato a su oreja, y suspiró. —¿Viste la tarjeta que te mandé?

—No, lo siento… estuve de viaje la anterior semana. —Habló quedo, mirando por la ventana, las calles de su ciudad, que no había visitado hace tantísimos años. Se sentía tan ajeno que desconocía muchas cosas y no echaba de menos a ninguna. —Fui a México con mi mejor amiga; bebimos muchos Martinis.

—¿Por tu cumpleaños? —Bill murmuró en positivo, al tiempo que sus ojos viajaban emocionados por un cielo nublado y frío. Hacía mucho que no sentía un clima tan, irónicamente, cálido. Alemania siempre olía a comida casera y cobijas gruesas. Cosas que no tenía en Los Ángeles; tenía una cocina enorme y estaba siempre intacta porque era más sencillo pedir comida a domicilio que tener que recordar las recetas que su hermano siempre le dictaba mientras contestaba los correos electrónicos que mandaban a la banda. —¿Y cómo te has sentido, hijo? La última vez que charlamos, no tuviste tiempo de decirme.

—Bien, ma’… he estado trabajando mucho y apenas he tenido tiempo de llamarte. Pero te tengo una sorpresa. —Bill sonrió, bajando la mirada a sus muslos y su mano tatuada entre ellos. Un montón de huesos y la hora de su nacimiento. Un tatuaje que quería borrar, así tuviera que tener los dedos completamente negros. Haber hecho tantas cosas por amor lo habían encadenado también a tener que recordar esos momentos como si aún pudiera viajar a ellos y revivirlos.

—¿Ah, sí? ¿qué es? —La voz de la mujer obviaba una sonrisa en su rostro. Podía casi dibujarla a memoria, pese a todos los años que llevaba sin siquiera ver su cara. Su madre había sido un pilar en su vida, aunque también la misma que destruyó muchas de sus raíces; arrancándolas por miedo a una evolución poco favorable para su apellido. Con su hermano habían huido por el acoso de los fans, o eso creía todo el mundo. La realidad era, que también habían huido del país porque su familia tenía opiniones fuertes contra las decisiones que estaban tomando, y que no sólo manchaban su imagen como artistas mundialmente reconocidos, sino también, a su familia y al trabajo que habían hecho de forma digna.

—Estoy en casa… bueno, en tu casa… llegaré en algunos minutos. —Escuchó un grito ahogado de la mujer, y su sonrisa se hizo visible en su rostro.

—¡¿De verdad?! ¿por qué no me lo dijiste?

—Porque era sorpresa. —Ambos se rieron.

—Pues no sabes lo que te espera en casa, te vas a poner muy feliz de ver a todos. Y el cambio que hemos tenido. —La sonrisa de Bill se esfumó un poco. Era culpa lo que sentía. De no haber podido estar con la familia cuando era mentira que no tenía tiempo. La música ya no significaba mucho para él, al igual que tampoco lo hacía la moda, ni las fiestas, ni el alcohol. Aunque el último era buen amigo cuando no tenía a nadie con quien contar. Beber le quitaba el hambre, la soledad, el miedo que tenía de pensar que nunca podría ser suficiente para nadie en el país de mierda en el que vivía. A veces quería huir, pero no tenía cara de pedirle a su madre un poco de tiempo en su casa, mientras podía pisar tierra firme y moverse a hacer las cosas que deseaba, pero por inquietud no hacía.

—Bueno… estoy en poco. Te dejo.

—Cuídate. Te esperamos con ansia, mi amor.

Cortó sin decir más nada, y guardó el móvil en su riñonera de piel. Se acomodó el cabello con las manos; cada vez más largo, aunque delgado porque cada tanto seguía decolorando sus raíces. No se atrevía a verse otra vez de castaño; era un personaje con quien ya no se identificaba; se sentía joven y estúpido. Quería sentirse maduro, y aún si todavía no lo lograba, al menos era diferente a ese Bill que sólo sabía llorar, intentando levantar los muros de una vida que ni siquiera estaba seguro de querer vivir.

Y si no podía sentirse distinto en el interior, por lo menos quería hacerlo en el exterior. Que la gente a su alrededor creyera que su forma de vivir era la que siempre había deseado; que estaba feliz y que disfrutaba envejecer con tantos amigos que lo llenaban de lujos y amor. Todo lo que cualquier artista en Los Ángeles querría. Aunque el arte estaba cada vez más apagado en su cabeza y sólo se empeñaba en terminar sus ahorros en viajes que no quería hacer, con gente con la que no quería estar.

Pero ante todos sus pensamientos, ver su casa antigua hizo que el corazón se le comprimiera y la rabia con la que había estado pensando, se disipara.

Era verdad cuando decían que el tiempo no pasaba en casa ajena, y se preguntó si dentro las cosas serían distintas. Pagó el taxi y arrastró su única maleta hasta el portal de la casa, habiendo entrado por la rejilla que sabía, nunca dejaban cerrada a candado. De pronto, dejó de sentir todo el frío de este país a pesar de ser todavía verano, para sentir que el sudor en su cuerpo le hacía incómodas las capas de ropa calientita que llevaba encima. Sus manos escocieron, pero si algo le había enseñado todo el tiempo en soledad, era precisamente que, en esos momentos donde sentía miedo de la reacción u opinión futura de la gente, la realidad era que importaba una mierda si, al final, ni siquiera tu alma gemela se quedaría a tu lado después de la guerra.

Entonces tocó el timbre y no pudo ni arreglar su cabello cuando la puerta se abrió, dejando ante sus ojos, la imagen de una mujer adulta y apenas arrugada, le sonrió y saltó a abrazarlo con fuerza. La escuchó reír emocionada. Una risa joven. Su madre aún lo era, apenas con cincuenta y tantos años. Ni los recordaba en verdad. La abrazó con la misma intensidad y le permitió llevar sus maletas a la habitación de huéspedes, misma que le dio un leve olor a humedad, quizás por la falta de uso. Podía vivir con ello.

—Estás tan cambiado... no me dabas el placer de verte ni en fotos... borraste tus redes. —Bill asintió, sin decirle que realmente la había bloqueado de ellas. Se inclinó ante el espejo y acomodó su cabello, luego suspiró, deteniéndose a mirar la habitación que recordaba perfectamente porque, antes de ser de huéspedes, había sido la suya. Aún mantenía la pintura anaranjada que de niño se esforzaba día con día para convencerla a ella y a su padrastro de pintarla así. Siempre queriendo ser diferente porque la bruma de ser todo el tiempo igual al resto, le dolía incluso físicamente.

—¿Te gusta el cabello, ma’? —La miró. Ella asintió casi enseguida. Porque ver a su hijo así de mayor le daba nostalgia y un sentimiento recurrente de culpa que nunca supo de dónde venía, o nunca quiso saber. Pero podía saber en ese par de ojos pequeños y marrones, que su propio hijo no era feliz y que realmente nunca lo había sido.

—Estás guapísimo. Te ves muy joven. —Bill sonrió y abrió sus brazos para recibirla en ellos. Sintió las manos de la mujer acariciarle la espalda y al separarse, una sonrisa iluminaba su rostro apenas empezando a arrugarse. —¿quieres hacer algo hoy, mi niño?

—Sí, pero más noche. Quisiera tomar una siesta antes… el vuelo me dejó muerto.

—Está bien… me avisas si eso. Ya sabes que estás en tu casa.

Se echó en la cama, dando un suspiro largo y tendido. Las cobijas olían a que habían estado allí por semanas, sin ser usadas; y al cerrar los ojos no pudo viajar a ningún lugar posible en su mente, sus recuerdos se reducían a las pocas cosas que había hecho las semanas pasadas, y a la única persona con la que, indudablemente, incluso en contra de su voluntad, estaba encadenada en días que compartían de la misma forma por tener que ser gemelos.

Pero tras abrir los ojos y ver que por la ventana la luz azul le avisaba que el sol se estaba metiendo, notó que había estado cansado, que su cuerpo había necesitado sentir que aún después de los problemas y torbellinos que habían golpeado su hogar, por las decisiones que habían tomado y herido sin avistamiento los cimientos que los habían hecho crecer de esta manera, aún después de ello, todavía podía sentirse abrazado por las mismas personas que se lo prometieron, pasase lo que pasase.

Se talló la cara con ambas manos y después estiró su delgado cuerpo, haciéndose crujir las cervicales. Después se levantó y no salió sin antes mirarse al espejo y acomodar su cabello; mojar su cara y acomodarse las ropas. Entonces lo hizo, volviendo a sentir bajo los pies el frío que se colaba por las ventanas en pleno septiembre. El mismo frío del que había huido cuando se fue a América. Aún así, caminó en dirección a la sala, donde escuchó el eco de su madre y las fosas nasales se le abrazaron en el típico aroma de la comida típica que aún añoraba en momentos donde se sentía desprotegido.

—Miren quién despertó por fin. —Gordon habló con una sonrisa grande; las marcas en el rabillo de sus ojos hacían notar que el tiempo no pasaba en vano, y el cabello canoso también logró hacerle sentir una punzada en el pecho.

Pero lo que más hizo mella, fue ver a su hermano asomarse por la puerta de la cocina. Apenas fue un segundo antes de verlo esconderse de nuevo, y entonces sí salir por completo. Su cabello estaba largo, mucho más de lo que lo había tenido nunca. Una barba le adornaba el rostro pálido, y unas ojeras rojizas también. Y las cejas despeinadas. De todas formas sonrió, con esa personalidad mansa que había adquirido desde los últimos años que solían haber compartido. Con una pequeñísima reverencia de cabeza y hombros se acercó a él, sin dudarlo ni un segundo, contrario a Bill, que habría preferido salir corriendo y no enfrentar verlo tan cerca otra vez.

—Hola, Bill. —Tragó saliva al escuchar su voz. Tranquila y aún joven. Igualita a como resonaba en los huecos más profundos de su interior. No pudo ni sonreír. El olor de su loción ya no era el mismo, y aunque los años se veían plasmados en todo su ser, aún en esos ojos podía ver al Tom con quien solía aventurarse a conocer las cosas que quizás con nadie más habría podido conocer. Sólo con él.

Tras un segundo, fue también Tom quien rompió el espacio entre los dos y le dio un pequeño abrazo, que se transformó en uno más largo. Ambos brazos de Tom lo abrazaron por el cuello, y la mejilla de Bill quedó aprisionada contra su pecho; sintió que la piel se le estiraba, y que el calor de sus prendas lo asfixiaba. Al igual que sus ojos empezaron a sentir el bochorno de una humedad que sabía de dónde provenía, pero no quería hacer palpable aún. Había muchas cosas que dolían pero que yacían dormidas dentro de él, y aún no estaba listo para despertar.

—Feliz cumpleaños.

—...Feliz cumpleaños…

Apenas tuvo apetito en la cena, pero comió por la ansiedad con la que había estado conviviendo los últimos años. Flotar entre bajo y alto peso estaba siendo algo recurrente, que al final no podía ni importarle, estando siempre dentro de una línea que no podía cruzar por sentirse insuficiente y abandonado. No por Tom, ni por sus amigos. Ni siquiera sabía por qué. Pero consumía gran parte de sus días. De su vida.

Escuchó a Tom hablar de su mujer y los hijos de ella que ya consideraba también suyos. Tragar saliva estaba siendo un deporte riesgoso. Nunca imaginó a Tom con una familia, incluso si en sus brazos, a veces se imaginó cometiendo la locura. No dudaba de su cariño, todo lo contrario: había resultado ser mucho más amoroso de lo que todo el mundo decía que era; un cambio que se veía venir, pero que no podía celebrar porque, aunque nunca se vio en un futuro muy lejano a su lado, al menos no como pareja, a veces envidiaba que sus vidas tuvieran que tener una caducidad realista.

—¿Puedo pasar? —se desmaquillaba las pestañas con un pequeño algodón con agua micelar. Tom estaba de pie en la puerta, ya vistiendo sus pijamas y con el cabello en un moñito bajo. Llevaba una cajita pequeña entre las manos. Asintió, apurando sus movimientos para deshacerse del maquillaje; después se lavó la cara y llevó la toalla de rostro consigo en dirección a la cama, donde estaba Tom echado, mirando su celular con seriedad, pero le quitó los ojos a la pantalla, para mirarlo a él —. ¿Ya ibas a dormirte?

—A meterme a la cama. No creo dormir en un rato.

—Yo tampoco… —le sonrió. Bill apenas pudo mantener el gesto por poco; secaba su rostro con mucho cuidado, y después se alcanzaba su neceser con productos para la cara, que se iba untando en silencio, ante los ojos de Tom que veían sus rasgos mucho más jóvenes que los suyos. Nunca dejaba de ser el mismo, y le gustaba que fuera de esa forma, no por conveniencia para otros, sino para sí mismo. —Oye…

—Hmm… —pasaba sus dedos cuidadosamente por las ojeras, y después bajaba al cuello. Al no obtener respuesta, miró hacia su hermano, quien ladeó la cabeza para mirarlo mejor.

—Han pasado muchos años que no nos vemos. —comenzó, con la voz dócil, queda. Bill asintió pasándose la lengua por los labios. —Y te mentiría si te dijera que no te echo de menos...muchísimo. Todos los días pienso en ti; eres un pensamiento que me rumia la cabeza, y tras impulsos de querer llamarte, siempre me rindo antes por no saber cuál va a ser tu reacción.

Bill lo miró de nuevo; su hermano se veía muy distinto a como lo dejó. Su cabello descuidado y las cejas sin hacer; indicios de que su mujer no pretendía verlo más guapo de lo que ya era. Indicios de que estaba mucho más a gusto en su vida sin reglas compartidas. Fuera de la industria de la música, con una familia que se escuchaba amorosa. No quería culparse de esperar un bien por los dos. Y tampoco de haber eliminado su vida privada del mundo porque moría de envidia y miedo de ver cómo incluso Tom empezaba a asentar su vida apenas unos meses después de irse, cuando él gritaba y lanzaba aullidos a los lugares vacíos de la casa; los lugares que Tom solía habitar.

—Yo también pienso mucho en ti… a veces enojado. Pero la mayoría de las veces echándote de menos. —Tom sonrió, guardando silencio mientras Bill se echaba a su lado, acomodándose el cabello con delicadeza frente a uno de sus hombros. Con las cobijas hasta la barbilla, volvió a mirarlo y en sus orbes proyectó el miedo que tenía de volver a tenerlo cerca.

—Sí… —Susurró. —traje algo para los dos… ¿quieres ver?

—A ver… —Se sentó, y tomó la cajita de la mesa de noche. La puso en medio de los dos. Tenía el logo de Tokio Hotel, una pegatina muy vieja, casi descolorida. Bill sintió el corazón arrugado, apretando con una presión de saña, buscando hacerle daño. Ya sabía lo que era: los recuerdos que guardaban de momentos que pasaron juntos; tan juntos que sólo ellos pensaban que podían burlar una regla moral y social. Y que no pudieron al final. —No quiero verlos.

—No tenemos que verlos… sólo quería que vieras que aún conservo nuestros recuerdos. Puede que nuestra vida haya sido un error, pero nunca me arrepiento, aunque las cosas me llegaron hasta el cuello y a ti también. No me arrepiento.

—Yo sí. —Y mintió, o quizás no. El dolor que causaba en su cuerpo, tan físico que parecía que podía tocarlo, después de que Tom se fue, había sido tan fuerte que creyó que nunca iba a poder pararse en su propio pie. La tristeza y el aislamiento en el que se sumergió pareció eterno; empezó a habitar en una vida que no lo llenaba, con gente que esperaba de él muchas cosas que nunca supo cómo cumplió. —De hecho… no sé si quiero volver a verte.

Tom guardó silencio, pasando los dedos por encima de la cajita, cuidadosamente. Había un sonido en su corazón que no podía acallar. Había sido decisión suya irse, tras una presión con la que no sabía lidiar. Parecía efecto de sus días más oscuros, pero su hermano estaba allí siempre, como la luz de un recuerdo que siempre le había hecho sentir feliz.

—Lo entendería de ser tú… pero dame una oportunidad de enmendar, Bill… —Pero su hermano apenas se hizo amago de contestar con un suspiro largo, largo. En donde sus ojos no fueron ni capaces de mirarlo de regreso, así que costó más volver a hablarle. —No te olvides de las cosas que hicimos juntos, Bill…

—No me olvido, Tom… yo nunca lo hice…