Una Cuestión de Honor
Cuando lo tuvo al frente, no pudo entender por qué tenía tanta fama. Era un hombre enjuto, carente de músculos, demasiado delgado como para imponerse, sentado como si nada pasara. Y eso no era todo. Estaba vestido como un campesino, sin clase ni lujo. Uno más del montón, se podía decir. Las botas gastadas, la ropa demasiado usada. Todo sucio y desalineado. Se olía que no tomaba un baño en meses. Hedía, para ser claros. <<Mi montura tiene mejor aspecto>>, pensó Holcran. <<Y huele mejor>>, concluyó en silencio.
El muchacho desmontó y ató la yegua a un poste en la entrada del mesón. Desde dentro llegaban algunas risas apagadas y charlas varias. Afuera, bajo el fuerte sol de verano, no había un alma. Ni alma, ni tampoco viento.
-Os he estado buscando, Caecius -dijo el muchacho.
-¿Y quién me busca? -preguntó Caecius, sin dejar de mirar al suelo.
-Holcran, de la casa Farlian.
-Pues aquí me tenéis, Holcran de la casa Farlian -respondió con sorna Caecius-. Ya me habéis encontrado; ahora os podéis volver por donde vinisteis.
-¡Perro! -Escupió Holcran, apoyando la mano en la empuñadora de la espada.- ¡He venido a mataros!
Caecius levantó la mirada y le observó por un instante. Se trataba de un muchacho, recién entrado en la veintena. Vestía con finura, con los colores de los Farlian. Gambesón y calzas, botas largas de cuero negro, todo exudaba riqueza. Riqueza y buen gusto.
-Nada tengo contra vos, Holcran de la casa Farlian -respondió tranquilo Caecius-. Mejor vete, muchacho, y olvidad la ofensa que os pueda haber causado.
-¿Olvidar? -Respondió Holcran con los ojos inyectados en sangre.- ¿Cómo os atrevéis a siquiera insinuar que olvide? ¡Has desflorado a mi prometida!
-No he desflorado a nadie. Al menos no últimamente, Holcran. Debéis estar confundido.
-¡Mientes, perro! ¡Os aprovechaste de mi prometida y la mancillaste! ¡He venido a recuperar su honor!
-¡Os digo que no desflore a nadie, Holcran de la casa Farlian! Al menos no en el último año, muchacho, o lo recordaría.
-A principio de verano os quedasteis un tiempo en casa de los Tharnorius -dijo Holcran, conteniendo la furia-, dónde vive Valenta, hija de Lamentor. ¿Lo recuerdas ahora, Caecius?
-Lo recuerdo, Holcran, sí que recuerdo.
-¿Niegas entonces haber mancillado su honor, derramando sus primeras sangres, cuando la tomaste en pecado?
-Lo niego, Holcran de la casa Farlian -dijo Caecius, mientras Holcran sentía subir la sangre a su rostro.
-¡Mientes!
-Os juro que no miento, Holcran de la casa Farlian -juró mirándolo directo al rostro-. No desflore a Valenta, hija de Lamentor, de la casa Tharnorius -dijo y pausó un instante-. Llegué tarde.
-¡Moriréis ahora mismo, Caecius! -Gritó Holcran, y desenfundó su espada.- ¡Os reto a duelo!
En el mesón las voces callaron y, poco a poco, comensales salieron del edificio. No más de una media docena de campesinos pausó la ingesta, yendo buscar algo que contar por la noche a sus esposas. Lo que vieron, pasara lo que pasara, ya valía la pena. Un muchacho estaba frente a Caecius empuñando una espada, presto a partirlo en dos. Se preguntaban qué podría estar ocurriendo. Caecius era un buena compañía, de las que gastan hasta su última moneda en vino.
-Envainad vuestra espada, chico, ¡o habréis de arrepentiros!
-¡Os nombro testigos de mi reto! -Gritó Holcran a los comensales, mientras estos salían.- ¡Yo, Holcran de la casa Farlian, exijo que las armas reparen la mancilla! ¡Levantaos, Caecius! ¡Os llegó la hora!
Los murmullos no se hicieron esperar, y algunos villanos rostros mostraban una sonrisa de muchos huecos, saboreando ya el relato que contarían en las siguientes jornadas. Exagerando, eso sí. Exagerar es como salar la comida.
-Pues lo declino, Holcran de la casa Farlian.
-¡No podéis declinar, perro! -dijo Holcran dudando.
-Sí que puedo. Verías, no tengo espada para batirme a duelo. Y ya que vos tenéis una, no sería justo. Os acusarían de asesinato y mancillaríais vuestra casa, Holcran de los Farlian.
-¿Qué clase de caballero sois? -preguntó indignado Holcran.
-Uno sin espada.
Holcran levantó la vista mirando a los villanos. Estos le miraron a la vez, pero era claro que no tenían la menor idea de cómo resolver la cuestión. Holcran pensó si por casualidad traía con él un arma extra, pero no era el caso.
-Pues así estamos -dijo Caecius mientras se ponía de pie-. Lamento mucho haberos defraudado, pero sin una espada no puedo aceptar vuestro reto.
-¡Yo tengo una espada! -dijo uno de los de allí.
Todos se giraron a mirarle. Era el hijo tonto del molinero, que levantaba la mano mientras hablaba.
-No es mía, a decir verdad, pero está en mi casa. Mi padre la guarda como recuerdo de cuando peleó en el Paso Honroso. Creo que servirá -concluyó el villano.
De ser más inteligente, el hijo del molinero se callaría. Caecius le estaba apuñalando con la mirada, pero el muy tonto no lo notó.
-¡Pues ve a buscarla! -Ordenó Holcran.
-¡A la orden, señor! -Dijo el muchacho, mientras se alejaba carrera.
Los comensales allí quedaron, con Holcran aún empuñando la espada y Caecius parado a la entrada del mesón. Los villanos se repartieron en las sombras de por allí, buscando refugiarse del sol pero sin dejar de quedarse con la mejor vista. Algunos incluso volvieron por sus viandas para acompañar la puesta en escena. Holcran, ansioso, aflojaba sus músculos acometiendo el aire.
-Holcran, mejor sería que os vayáis, muchacho -dijo Caecius, volviéndose a sentar.
-Ya hemos superado esa conversación. Voy a batirme con vos.
-Entrad en razón, Holcran. Habéis sido nombrado caballero hace muy poco, chico, sería una lástima que vuestra saga culmine antes de haber comenzado.
-Comenzará con vuestra muerte.
-Ya, ya. Pero pensad un poco, Holcran, os lo ruego. Podéis desposar a otra mujer. No es la única que camina por estas tierras.
-Estamos prometidos desde niños, perro.
-¡Con más razón! -dijo Caecius, pero el muchacho le ignoró.
Caecius se dio por vencido y calló. Holcran seguía cortando el aire, mientras los espectadores esperaban con aún más ansías.
-Si desenfundo la espada tendré que matarte -dijo al final Caecius, cuando vio venir al hijo del molinero a lo lejos.
-Eso está por verse, perro.
Cuando al fin llegó el hijo del molinero, dejó la espada a los pies de Caecius, temeroso al ver la furia en su ojos. Luego fue a sentarse alejado, bajo una sombra protectora. Los demás, esperaban el segundo acto. Caecius tomó la espada aún en su funda.
-Entendéis que habré de mataros si desenfundo la espada, ¿verdad, Holcran de la casa Farlian?
El muchacho asintió en silencio, con todos los villanos de testigo. Todos aguantaban la respiración, tensos y expectantes. Caecius no desenfundó, sino que saltó sin tomar carrera. Separaba a los duelistas unas cinco varas de distancia, pero Caecius cubrió el trecho en un parpadeo. Con la espada aún en su funda, descargó un golpe secó en la cabeza de Holcran que, sorprendido, no tuvo tiempo siquiera de reaccionar. El joven se desplomó, dejando caer su espada.
Pateó entonces Caecius la espada de Holcran, que yacía desmayado. Cuando miró alrededor, le observaban impresionados. Todos, incluido el hijo tonto del molinero, callaban. Sus rostros destilaban asombro.
-Tardará unos días en reponerse -dijo mirando al mesonero-. Encargaos de darle cobijo y comida. Os recompensará con creces. -Luego puso la espada en su cinto, y mirando al hijo del molinero dijo:- Y esto me lo quedo como pago por los problemas que me habéis causado.