Entre Sombras y Promesas

Summary

En una ciudad donde lo cotidiano esconde lo imposible, existe un café que sólo puede ser visto por parejas destinadas a reencontrarse. Allí, una joven cazadora llamada Isobell y un misterioso hombre llamado Sylus cruzan caminos. No se conocen... o al menos eso creen. Una conversación casual, una mirada que se siente demasiado familiar, y una extraña melodía que despierta ecos enterrados. Lo que empieza como una conexión inesperada se transforma en un vínculo que desafía la lógica, trayendo consigo recuerdos de una vida donde el amor entre ellos era prohibido, donde la traición, la guerra y el sacrificio escribieron un final sangriento. En esta nueva vida, la historia parece darles una segunda oportunidad. Pero cuanto más cerca estén de la verdad, más evidente será que el pasado no siempre queda atrás. Entre visiones compartidas, heridas reabiertas y promesas rotas, Isobell y Soren deberán decidir si desafiar al destino... o rendirse a él. Porque a veces, amar a alguien no significa quedarse. A veces, amar es dejar ir. Y a veces... simplemente es volver a elegir a la misma alma.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - El café que no existe

La ciudad era una bestia dormida bajo la lluvia. Las gotas caían con insistencia sobre los tejados, formando ríos en las veredas que arrastraban hojas, polvo y secretos. Entre las sombras húmedas de un callejón sin nombre, una figura avanzaba con paso sigiloso, como si buscara algo sin saber exactamente qué.

Tenía el cabello negro, liso, tan oscuro que absorbía la luz como si fuera la ausencia misma del color. Su abrigo goteaba, sus botas estaban cubiertas de barro seco y su rostro, de piel blanca como el mármol, parecía tan sereno como peligroso. Nadie que la viera imaginaría lo que era. O lo que había hecho.

Giró una esquina.

Y se detuvo.

Un aroma la detuvo antes que la vista: café recién hecho, con un fondo especiado que le revolvió algo en el pecho. Miró al frente. Allí, entre edificios viejos que no recordaba, apareció un café que juraría no haber visto un segundo antes. Fachada de madera oscura, ventanales empañados, faroles colgantes con una luz cálida y parpadeante. Encima de la puerta, tallado en un letrero torcido, una sola palabra:

Volver

Frunció el ceño.

—Esto no estaba aquí —murmuró, casi para sí.

No había más refugio cerca. No tenía nada que perder. Empujó la puerta con cautela.

El sonido de una campanilla la recibió con suavidad. Dentro, el mundo era distinto. Un silencio tibio, aromático, cubría todo como un velo antiguo. Había pocas mesas, todas vacías. En la barra, una mujer pelirroja la saludó con una sonrisa enigmática.

—Adelante. Donde quieras —dijo, y volvió a lo suyo sin mirarla de nuevo.

Se sentó junto a la ventana, sin quitarse el abrigo. Los cristales estaban empañados por la lluvia, pero aún se alcanzaban a ver las calles apagadas. Todo era sospechoso… y, sin embargo, reconfortante.

No habían pasado ni dos minutos cuando la puerta volvió a abrirse.

Ella no miró.

No necesitó hacerlo para sentirlo.

Una presencia entró, pesada, elegante, como una sombra que conoce cada rincón antes de cruzarlo. El sonido de las botas mojadas sobre la madera se acercó lento. Y se detuvo frente a su mesa.

—¿Puedo? —preguntó una voz grave, suave, que parecía tan segura como ajena al rechazo.

Ella levantó la mirada.

Era alto. De piel blanca como la suya, ojos rojos que parecían latir como carbones encendidos, y cabello gris tan claro que casi rozaba el blanco. Había algo innegablemente letal en su porte, pero no era la amenaza lo que la hizo tensarse. Era… el reconocimiento. La sensación absurda de que ya lo había visto. En alguna parte. En otro tiempo.

No dijo nada.

Él esperó un segundo. Luego tomó asiento sin pedir permiso.

Ella arqueó una ceja, con una sonrisa ladeada.

—No sabía que el concepto de espacio personal era opcional para algunos.

—Solo cuando el lugar se siente… inevitable —respondió él, como si eso justificara su decisión.

Ella bajó la mirada al café que había aparecido misteriosamente frente a ella. Vapor y especias. No lo había pedido.

—¿Y qué te trajo aquí.

—Una corazonada. Tomé un desvío que no planeaba y terminé frente a esta puerta.

Ella lo observó con más detenimiento. No solo por lo inusual de su aspecto, sino por su forma de hablar. Cuidada. Como si cada palabra hubiera sido elegida antes de cruzar sus labios.

—Debo admitir que tu corazonada tiene mal gusto —dijo—. ¿Qué clase de persona entra a un café invisible?

—La misma clase que se sienta en él sin parecer sorprendida.

Él le sostuvo la mirada. Por un segundo, el silencio entre ambos se volvió casi físico.

—Tienes razón —admitió ella, apoyándose en el respaldo—. No estoy sorprendida. Solo incómoda.

—¿Por mí?

—Por ti. Por este lugar. Por esta conversación que no debería estar sucediendo.

Él asintió, como si eso le confirmara algo.

—Aun así, aquí estamos.

Ella lo miró con una sonrisa lenta, afilada.

—¿Siempre tan encantador o solo cuando irrumpes en cafés clandestinos?

Él soltó una leve risa, apenas un suspiro por la nariz.

—Solo cuando me siento… llamado.

Ambos callaron otra vez. No se preguntaron nombres. No hacía falta. Porque aunque no lo supieran, algo antiguo acababa de despertarse.

Fuera, la lluvia seguía cayendo.

Dentro, el tiempo empezó a doblarse sobre sí mismo.