Capítulo 1 – Un lunes cualquiera, y ya quiero huir
Un lunes cualquiera, y ya quiero huir
Camille, 24 años, trabaja en una empresa de diseño de moda. En teoría, forma parte del comité de gestión del área creativa. En la práctica, la tratan como si fuera la asistente de todo el mundo: jefes, jefas, jefecillos y hasta de la máquina de café.
Vive en un miniapartamento alquilado en la capital. Bueno… no tan sola. La acompaña Puppy, su perrita.
Técnicamente era la mascota familiar. Vivía feliz en casa de su madre, corriendo entre plantas, persiguiendo mariposas y gallinas, sin saber que un día sería secuestrada en una operación encubierta digna de película. Camille la metió en una mochila ventilada (con galletitas y una mantita), y se la llevó a la ciudad sin preguntar. No quería estar sola. Y bueno, su madre no protestó tanto. Solo mandó un mensaje pasivo-agresivo con una foto de la camita vacía.
Hoy es el último día de sus vacaciones de verano.
—Puppy, ¿por qué no puedo ser como tú? —suspira mientras camina con su perrita por el parque cercano
—. Solo te preocupas por dormir, jugar, hacer del baño y ladrar a la gente extraña... qué bonita vida. La mira. Llora. La abraza.
—Mañana vuelvo al trabajo... No quiero ir. Todos ahí son unos... idiotas. Además, ni siquiera se me da bien. Llevo ya tres años en ese trabajo desde los 21. Y odio ese uniforme exhibicionista. ¿Cómo pueden obligar a las mujeres a usar una falda tan ajustada? Aunque quizás soy yo la que no encaja en esa ropa de ‘diseño’... —se queda pensativa—. Y encima, estudié esa carrera por presión. Ni siquiera tuve tiempo de pensarlo bien, no tengo amigos, me excluyeron tanto en la escuela como en la universidad.
Hace una pausa. —Odio decirlo, Puppy, pero odio mi vida. Puppy, aunque sea un perro, parece entenderla. Salta al banco del parque y le lanza una mirada seria, de esas que parecen decir "otra vez con tus dramas humanos" y luego se acomoda en su regazo, en modo consuelo silencioso.
“Oye, no todo es tan malo. Tienes croquetas. Y a mí.”
—Ya sé, ya sé… exagero —susurra Camille, limpiándose las mejillas—. Pero ¿me vas a negar que tu vida no es más fácil?
Al día siguiente...
¡PIIIIP PIIIIP PIIIIP!
La alarma suena.
Camille se revuelca en la cama con un quejido ahogado.
—¡Aghrrr... no otra vez! —gruñe, con los ojos cerrados y el rostro aplastado contra la almohada.
Puppy, puntual como siempre, salta a su cama y le empuja la cara con su hocico.
—¡Puppy, ese hocico frío es peor que el despertador!
Se incorpora poco a poco. Se sienta en la cama, mirando el techo por unos segundos. La presión en su pecho la hace sentirse más cansada de lo habitual.
—Otro día de mierda...
Se levanta a regañadientes. Se asea, pero lo hace como si estuviera en piloto automático. Se cambia, sin ganas de enfrentarse al día. El uniforme de la empresa, como siempre, le queda apretado. No porque haya subido de peso, sino porque ese diseño parece pensado para figuras de pasarela, no para humanos reales con órganos.
Se mira en el espejo.
—Parezco un maniquí apretado de escaparate... versión presupuesto bajo.
Suspira.
—¿Por qué no puedo ser feliz como antes...? Bueno, si es que eso pasó alguna vez.
Toma sus cosas. Antes de salir, le lanza una mirada a Puppy, que ya está en posición de guardián.
—OK, me voy. Cuida la casa. Jajaja... Puppy mueve la cola, pero la mira con esa expresión que dice claramente: “¿Y mi croqueta por convertirme en vigilante de medio tiempo?”
En el metro...
Camille sube como cada mañana: entre empujones, bostezos y gente con cara de "odio mi vida". Las estaciones pasan como si fueran parte de un déjà vu eterno. En una de ellas, entra un grupo de estudiantes cargando estuches de violín, partituras y sonrisas que no parecen haber sido trituradas por el sistema aún.
—Deben ser de alguna academia... Qué bonito. Qué envidia. Qué ganas de ser una nota musical y desaparecer.
Uno empieza a tocar una melodía suave.
—¿Eso es Chopin? Op 20... Me encanta.
Cierra los ojos unos segundos. Por un instante, se olvida de todo. Solo unos segundos de respiro, de no ser ella. Pero el momento se rompe cuando el tren se llena aún más. Se retrasa. Aunque, como siempre, había salido con tiempo de sobra. Intenta bajarse, pero no puede. Llega justo para fichar y empezar la función: la rutina que nadie pidió.
La oficina: misma mugre, distinto lunes.
—Almuerzo insípido entregado por la empresa.
—Horas extras no pagadas.
—Jefes gritones.
—Compañeros hipócritas que solo sonríen cuando hay cámaras.
—Reuniones de marketing donde soy más fantasma que persona.
Un pensamiento fugaz pasa por su mente: "¿Y si renuncio?"
La idea pasa como un globo por su mente. Lindo, colorido... y luego explota.
—¿Renunciar a qué? Si ni siquiera sé qué quiero hacer con mi vida. Estoy aquí porque no supe decir “no”. Porque me empujaron a estudiar esto. Porque… no supe pelear por mí.
Pero luego se da cuenta de que no tiene respuesta. No sabe a qué más podría dedicarse, y el miedo al vacío la paraliza.
"Una vez aceptaron una de mis ideas... pero me quitaron todo el crédito. Jaja, como casi no hablo, no pude decir nada ni refutar al respecto, además podría haber perdido mi trabajo por eso."
"Porque callar duele menos que perderlo todo."
Todo eso, todos los días.
"Aparte de eso, están los “encargos” extra por los superiores: llevarle café , buscar el almuerzo de la jefa, aguantar las malas caras."
—"Soy parte del comité de gestión, no su secretaria o asistente personal. ¡AARGGG! Pero claro, como soy callada y siempre digo “sí”, pues venga todo."
—"Cuántas ganas de lanzarles el café encima… pero mantén la calma, Camille. Respira. No te quemes por gente que no vale ni el azúcar del café que te mandan a buscar."
Y así pasa el día: Fichar entrada. Archivar documentos. Recibir quejas. Esconder emociones. Almorzar (si hay tiempo). Esperar la hora de salida que siempre llega tarde. Como si hasta el reloj estuviera en contra. Como si también cobrara horas extras.
De regreso a casa...
—Agh, estoy agotada... y solo es lunes. —Camille se deja caer sobre uno de los asientos del metro, con la frente apoyada contra la ventana.
De pronto, se le enciende la alarma interna.
—¡La comida de Puppy! —se da cuenta mientras va en el metro.
Baja en la siguiente estación, y se dirige a una tienda de mascotas cerca de su edificio.
Entra arrastrando los pies por el pasillo de comida para animales.
— Comida de gato… de loro… ¿Dónde está la de perro?... ¡Ah, aquí! Saca una bolsa de croquetas para dos semanas y luego va a buscar golosinas. Ah, y también sus golosinas ... ¿Dónde están? ¡Aquí!
—Mini carnazas sabor cordero… ¿te gustarán? Como si lo oyera en su mente: “Si no traes eso, voy a escarbar la basura, y no podrás detenerme.”
—Ok, ok, las llevo... bribón.
Estira la mano para tomar el paquete justo cuando otra mano toca el mismo envoltorio. Sus dedos se rozan.
Ambas se detienen.
—¡Ah, lo siento! —dice Camille, mirando de reojo.
La otra chica tiene el cabello claro, rizado hasta los hombros, y usa unos lentes rojos que le dan un aire intelectual. Es alta, delgada y viste un conjunto simple, pero elegante. Camille la observa fijamente un segundo de más.
—¿La conozco...? ¿Escuela...? ¿Universidad...? ¿Trabajo...? Si no me saco la duda, no podré dormir —piensa Camille mientras la observa.
La otra chica frunce el ceño, incómoda.
—Disculpa... ¿te conozco? —le pregunta.
—¿Eh? —Es que… me estabas mirando un rato largo —dice, entre confundida y divertida.
Camille se queda en blanco.
"¡Tierra trágame! Qué nivel de desubicada..." Camille intenta reaccionar.
—¡Ay no! ¡Qué vergüenza! —piensa.
Elise la observa un momento más, entre confundida y curiosa.
—¡Ese uniforme! —dice de pronto—. ¿Trabajas en la misma empresa que yo... en Design Group MODAÉ?
—S... sí, tú también trabajas ahí? —Oh no, ya me puse nerviosa. Esto es ridículo... respira, Camille. RESPIRA. Solo es una humana. No una entrevista de trabajo. —piensa Camille.
—Sí, en el área de marketing... aunque siempre estoy en mi cubículo. Supongo que por eso nunca nos habíamos cruzado.
—Lo mismo digo. Estoy en el área de gestión. —Ya veo, con razón nunca te había visto.
Hay una pausa, luego Elise sonríe con cierta timidez.
—Igual, no suelo hablar mucho con los demás. Supongo que... no soy buena en eso.
Camille se relaja un poco y la mira.
"¿Y si no soy la única que se siente fuera de lugar...?"
—Ah! Soy Camille, mucho gusto. Un placer conocerte. No soy muy hábil con las palabras, pero... bueno, aquí estamos hablando, ¿no?
— Elise, encantada. Y tranqui, yo hablo más con mi perro que con la gente.
Camille suelta una pequeña risa, sincera esta vez.
Caminaron juntas hasta la caja. Cada una con sus productos: Camille con croquetas y premios para Puppy, y Elise con comida humana, detergente y un saco industrial de croquetas que parecía de supervivencia canina.
—¿Elise, no crees que eso es... mucho?
—¿Qué cosa...?
—Eso. – Camille señala el costal enorme de croquetas con una ceja levantada.
— ¡Ah! Es que tengo un San Bernardo.
—¿En serio?
—Si. Se llama Beethoven... como el compositor.
—¿Toca el piano también?
—¡Ojalá! Así al menos justificaría los sacos de croquetas mensuales.
Ambas ríen.
Como si lo oyera en su mente: Puppy ladra, como diciendo: “¡Oye, que yo también doy risa!”
Se despiden afuera, justo antes de tomar caminos distintos.
“No esperaba conectar con nadie hoy. Y sin embargo, ... aquí estoy, hablando con una casi desconocida sobre croquetas y perros como si fuera lo más normal del mundo.”
Mientras ve a Elise alejarse con su carrito lleno, Camille susurra:
—Quizás hoy no fue tan horrible después de todo... Puppy responde con un “gof” suave. “Ya era hora de que te dieras cuenta, drama queen.”
De vuelta en casa…
Camille abre la puerta con un suspiro largo. Puppy ladraba y hacía ruidos de felicidad por la llegada de su dueña.
—Puppy, ¡volví! ¿Cuidaste la casa?
Puppy corre hasta la entrada moviendo la cola como un torbellino.
Suelta unos ladridos suaves, como si intentara contarle todo lo que pasó en su ausencia.
—Goff, goff —dice él, en su idioma de "misión cumplida".
—Buen chico... —Camille le acaricia la cabeza con ternura.
Camille mira el paquete de croquetas de cordero y sonríe.
Saca la bolsa de carnaza del bolso y luego, con gesto teatral, esconde tras su espalda las golosinas.
—Adivina qué traje...
La saca de golpe. ¡ZAS! Puppy salto como rayo, como si tuviera resortes en las patas y le arrebata el paquete en pleno aire.
—¡Oyeee! ¡Ni un “gracias”! “¿Acaso tú agradeces cuando yo espanto a los repartidores raros?” —parece responderle él con una mirada entre cínica y divertida.
—Touché... Se ríe mientras se sienta en el sofá.
—Ok, disfruta de la golosina, amigo. Suspira. Mira el reloj.
—Ah, suspira. ¿Qué hora es?
—¿Once...? ¡¿Once de la noche?! ¡Noooo! Hoy también me venció el mundo.
Camille se deja caer en la cama sin quitarse la ropa, como una planta marchita que se rinde sin resistencia.
—Ah, no tengo ganas ni de moverme, tengo sueño.
Con la última pizca de fuerza, arrastra la mano hasta su bolso y alcanza el celular. Tiene mensajes de su hermano. Pero no los abre.
—Seguro son fotos de sus viajes bonitos, o de esa comida fancy que sube a Instagram... No estoy de humor para ver sushi iluminado con luces LED. Piensa en su madre.
—¿Y si la llamo...? No sé nada de ella desde hace semanas. Ni siquiera la visité en vacaciones... y eso que me robé a Puppy antes de mudarme...
Marca.
Timbra.
Timbra.
Nada.
—Ok, la tercera es la vencida... —susurra, más para no romperse que por esperanza.
Timbra. “El usuario no puede contestar esta llamada en este momento.”
Corta.
Aprieta los labios. No quiere llorar. Se cubre los ojos con el brazo, como si eso pudiera esconder la pena que le sube en oleadas.
Puppy la observa desde el borde de la cama, como diciendo “¿Otra vez llorando? Vente, humana tonta, te caliento los pies.”
Ella se estira para abrazarlo.
—Gracias por no juzgarme nunca —susurra Camille, abrazándolo.
Y justo entonces...
Notificación
Llega un mensaje a las 11:17 p.m. — ¿Quién será...? —murmura Camille, con voz rasposa de tanto callar.
Mira la pantalla.
Daylin —“Holi, holi, Do-re-miiiii ¿qué tal tú por allíiii?” Camille sonríe. Por primera vez en todo el día, sonríe sin esfuerzo.
"Daylin... siempre apareces justo cuando el mundo se me deshace."
—Daylin… siempre con tus saludos raros —murmura, con un tono apenas audible.
A duras penas se incorpora, arrastrando sus dedos por la pantalla para escribir con los ojos medio cerrados.
Camille: —Aquí... sobreviviendo como planta sin sol. ¿Y tú, payasita ambulante?
Daylin: —“JAJAJAJAJA, el apodo ya se me quedó. Estoy en modo ‘Joker en el tren’ pero sin la música de fondo. ¿Sobreviviste al desfile de egos en la oficina?”
Camille suspira mientras escribe.
Camille: —“Barely. El jefe gritó, la jefa estresada descargó todo conmigo, no comí, y el caféparecía aceite de motor. Clásico lunes de mierda.”
—“Si muero esta semana, cuida a Puppy y que no coma mis cuadernos.”
Daylin: —“No puedo, soy pésima madre. Seguro le enseño a decir groserías con solo mirarlo ”
—“¿Quieres tu combo emocional? Meme existencial, sticker ridículo o canción para llorar con clase?”
Camille: —“El full combo, por favor. Con llanto incluido.” [Daylin envía un meme de un gato con cara de trauma y texto: “Yo fingiendo interés mientras mi alma se disuelve lentamente”] [Luego, un sticker de un payaso triste abrazando un cactus] [Y un audio: una canción instrumental suave, con piano triste y cuerdas que parecieran hablar sin palabras.]
Camille escucha.
La música no era clásica, pero era honesta. Sincera. Como Daylin. El tipo de personas que no necesita letra. Como Daylin. El tipo de persona que te manda un meme y una canción triste en el orden correcto. para acariciar el corazón de alguien.
Camille acaricia a Puppy, que dormía enroscado a su lado.
Siente una lágrima caer... pero no se la limpia.
—Gracias, Daylin... —dice bajito, como si pudiera oírla del otro lado de la ciudad.
Daylin: —“Sé que no soy una sinfonía ni nada, pero... estoy aquí. Aunque sea como Joker abrazos"
—“Te quiero, Camille. Aunque la vida nos jale los moños.”
Camille: —“Y yo a ti, aunque me maquilles con lágrimas.”
—“Siempre vas a ser mi payaso favorito. Y también mi Harry Potter emo.”
—“Aunque estés triste. Aunque no digas nada. Yo me quedo.”
Daylin: —“No merezco tanto. Pero gracias. De verdad.” —“Te quiero, aunque estés más apagada que mi WiFi.” Camille: —“Y yo a ti, aunque estés más loca que mi jefe en reuniones.” Camille se quedó mirando el techo un momento, acariciando a Puppy. Puppy ronca suavemente a su lado, y el audio aún suena bajito. “No todo estaba bien. Pero quizás... no todo estaba tan mal tampoco.” “Mañana volverá a ser igual. Pero... tal vez no del todo.” Apaga el celular. Y se deja ir. Pero esta vez... sin el peso del todo encima.