Capitulo 2
Capítulo 2: ¿Quién eres?
Lautaro estaba en shock. ¿Quién era esa persona? Pero, sobre todo, ¿qué hacía en ese lugar?
—Hola… —dijo, con la voz un poco temblorosa.
La persona misteriosa lo miró con cierta curiosidad.
—¿Hola?
El corazón de Lautaro latía a mil por hora. No podía explicarlo, pero aquella mirada color ámbar lo tenía atrapado.
—Me llamo Lautaro. ¿Y vos?
La persona inclinó levemente la cabeza antes de responder:
— Ángel de Paz.
Lautaro parpadeó varias veces, confundido. ¿Era su nombre? ¿O le estaba jugando una broma?
—¿Te llamás Paz?
La persona negó con la cabeza.
—Ángel de Paz. Ese es mi nombre humano terrestre.
Lautaro no entendía muy bien lo que estaba pasando, pero logró reaccionar.
—Un gusto… ¿ Ángel de Paz?
La persona, que ahora se presentaba como Ángel de Paz, asintió con una sonrisa radiante. Lautaro sintió que se sonrojaba sin razón aparente.
—¿De dónde venís?
Pero antes de que pudiera obtener una respuesta, Ángel de Paz salió corriendo sin previo aviso. Lautaro, sorprendido, decidió seguirlo. Atravesaron el bosque hasta llegar al gran árbol que se alzaba justo frente a la casa de Lautaro.
Ahí, Ángel de Paz se quedó quieto, observándolo con mucha atención.
—¿Qué sucede? —preguntó Lautaro, todavía agitado por la carrera.
Ángel de Paz señaló la cima del árbol.
—Hay un ave herida —dijo con voz suave—. Necesita ayuda.
Lautaro entrecerró los ojos, tratando de distinguir algo entre las ramas.
—¿Qué querés hacer?
Ángel de Paz lo miró con determinación.
—Ayudarlo, humano.
Sin previo aviso, comenzó a flotar. Lautaro observó, incrédulo, cómo ascendía con total facilidad hasta la copa del árbol, tomaba con delicadeza al ave herida y descendía con la misma ligereza.
—¡Increíble! ¿Cómo hiciste eso?
Ángel de Paz estaba a punto de responder cuando, a lo lejos, se escuchó el motor de un auto. Lautaro se giró de inmediato y vio el vehículo de su padre acercándose.
—¡Rápido! Seguíme.
Tomó a Ángel de Paz de la mano y corrió hacia el granero, escondiéndolo dentro.
—Quedate acá y no hagas ruido.
Ángel de Paz frunció el ceño.
—El ave necesita ayuda, humano. No tardes.
—Vuelvo enseguida, solo no hagas ruido.
Lautaro salió del granero y entró a su casa. Saludó a su padre y le explicó que pasaría un rato en el granero escribiendo.
—Bueno, hijo, pero llevate la comida allá. Te voy a mandar un mensaje cuando esté lista —dijo Gonzalo, su padre.
Lautaro asintió, tomó sus cuadernos, algunos lápices y, sin que su padre lo notara, también un botiquín de primeros auxilios. Luego, se dirigió de nuevo al granero.
—¿Ángel? ¿Estás ahí?
—Humano, tardaste mucho. ¿Dónde estabas?
—Dejá de decirme "humano", es raro. Llamame Lautaro.
Ángel de Paz asintió.
Lautaro abrió el botiquín y comenzó a curar al ave con el mayor cuidado posible.
—Yo podría haberlo curado, pero… mis poderes curativos desaparecieron extrañamente —susurró Ángel de Paz, observando con atención el procedimiento.
Lautaro siguió trabajando hasta terminar. El ave, más tranquila, cerró los ojos y se quedó dormida.
—Impresionante. ¿Dónde aprendiste eso?
—Mi mamá era veterinaria. Me enseñó mucho —respondió Lautaro.
Ángel de Paz le sonrió con ternura. Lautaro sintió un leve calor en las mejillas.
Justo en ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de su padre pidiéndole que fuera a buscar la comida.
—Tengo que ir a buscar la comida —dijo Lautaro, poniéndose de pie.
El estómago de Ángel de Paz rugió de repente, haciéndolo sobresaltarse.
—¿Comida? —preguntó, con los ojos brillantes.
Lautaro la miró incrédulo.
—Voy a traer para los dos.
Salió del granero y, cuando volvió, traía un plato con porciones dobles de todo. Le había hecho creer a su padre que tenía mucha hambre.
Se sentaron en el suelo, y Ángel de Paz lo imitó, curioso.
—Es un animal muerto… —susurró, mirando la carne con tristeza.
—¿Sos vegetariana?
Ángel de Paz desvió la mirada.
—No es eso… solo que es un poco triste saber que este animal sufrió.
Lautaro sintió un pequeño nudo en la garganta.
Ángel de Paz tomó el pedazo de carne, cerró los ojos y susurró:
—Perdóname, Dios, por esto.
Luego, comenzó a comer lentamente.
Lautaro decidió no hacer preguntas y simplemente siguió comiendo.
—¿Puedo ponerte un apodo? —preguntó después de un rato.
Ángel de Paz levantó la mirada.
—¿Un apodo? ¿Para qué?
—Para poder llamarte más rápido. Así será más fácil recordarlo.
Ángel de Paz lo pensó por un momento y luego asintió.
—Está bien. ¿Cuál será?
Lautaro meditó unos segundos antes de responder.
—Más que un apodo, será un nombre. Te llamarás… Ámbar. Como el color de tus ojos.
Ángel de Paz—o mejor dicho, Ámbar—sonrió con dulzura.
—Me gusta. Gracias… Lautaro.
Sin decir más, siguieron comiendo como dos buenos amigos.
FIN DEL CAPÍTULO 2...