Prologo
La sensación más fría y reconfortante es la de la indiferencia.
Gael recorría los pasillos del instituto con una sonrisa radiante, ocultando el torbellino emocional que lo consumía por dentro. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Mey, sentía un revoloteo intenso en su estómago, una sensación que, lejos de querer extirpar, anhelaba con todo su ser.
Mientras Mey deseaba deshacerse de las mariposas que la atormentaban, Gael las cultivaba en secreto. Cada aleteo era para él un tesoro, una prueba tangible de la profundidad de sus sentimientos. Observaba a Mey de lejos, notando cómo ella parecía evitar su mirada, lo que solo intensificaba su deseo de acercarse.
Las sonrisas que Gael regalaba a otros eran intentos desesperados de captar la atención de Mey. Ignoraba que para ella, esos gestos eran como puñales. La ironía no se le escapaba: lo que a Mey parecía anclarla a tierra, a él le daba alas para soñar. En sus fantasías, Gael se imaginaba liberando todas esas mariposas, permitiéndoles volar hacia Mey en un torbellino de colores y emociones. Pero en realidad, luchaba por contenerlas, temiendo que, si dejaba escapar una sola, todas se desbordarían en una explosión incontrolable de sentimientos.
Día tras día, Gael continuaba su actuación, sonriendo a todos mientras por dentro crecía la presión de sus emociones contenidas. A diferencia de Mey, quien deseaba ser una mariposa para escapar de sus sentimientos, Gael anhelaba transformarse en una para poder, finalmente, posarse en el hombro de Mey y susurrarle todos los secretos de su corazón. Las mariposas seguían su danza en el interior de ambos, tejiendo una historia de amor no correspondido y la agridulce belleza de los sentimientos adolescentes. Mientras Mey buscaba liberarse de ellas, Gael las abrazaba, encontrando en cada aleteo un recordatorio de que estaba vivo y era capaz de sentir algo tan intenso y hermoso.