La Novia Elegida De La Jeque

Summary

Salió de una vida normal y corriente... para acabar en la cama de una reina. Camila Cabello no podía creer que la poderosa reina de Samarqara se hubiera fijado en ella, una simple dependienta. El resto de las candidatas a convertirse en su esposa eran mujeres tan bellas como importantes en sus respectivos campos profesionales. Pero Lauren la eligió, y su apasionada mirada hizo que Camila deseara cosas que solo había soñado hasta entonces. De repente, estaba en un mundo de lujo sin igual. Pero ¿sabría ser reina aquella tímida cenicienta?

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Capítulo 1

Está hablando en serio?

Lauren Bint Hassan Al-Maktoun, reina de Samarqara, contestó fríamente a su visir:

–Siempre hablo en serio.

–No lo dudo, pero un mercado de novias…

–Empezó el visir, cuya cara de pasmo brillaba bajo la luz de las vidrieras de palacio–. ¡Ha pasado un siglo desde que se hizo por última vez!

–Razón de más para que se vuelva a hacer.

–Nunca me habría imaginado que usted, precisamente usted, añoraría las viejas costumbres –replicó el visir, sacudiendo la cabeza.

Lauren se levantó bruscamente del trono y contempló la ciudad desde una de las ventanas. La había modernizado mucho en los quince años transcurridos desde que heredó el reino. Ahora, los antiguos edificios de piedra y arcilla se mezclaban con brillantes rascacielos de acero y cristal.

–¿Va a sacrificar su felicidad a cambio de apaciguar a unos cuantos críticos? –prosiguió Ali–.

¿Por qué no se casa con la hija de Fahd Al Saud, como espera todo el mundo?

–Solo lo esperan la mitad de los nobles –puntualizó Lauren–. La otra mitad se rebelaría porque piensan que Fahd acumularía demasiado poder si su hija se convierte en reina.

–Ya se les pasará… Aisha Al Saud es su mejor opción, Majestad. Es una mujer bella y responsable, incluso descontando el hecho de que ese matrimonio cerraría la trágica brecha que se abrió entre sus respectivas familias.

Lauren se puso tensa, porque tenía muy presente esa tragedia.

Llevaba quince años intentando olvidarla, y no estaba dispuesta a casarse con una mujer que se la recordaría todos los días.

–No insista. Comprendo que Samarqara necesita una reina y que el reino necesita un heredero; pero el mercado de novias es la solución más eficaz.

–¿La solución más eficaz? La más sórdida, querrá decir. Le ruego que lo reconsidere, Majestad. Piénselo bien.

–Tengo treinta y seis años, y soy la última de mi estirpe. Ya he esperado demasiado tiempo.

–¿Está segura de que quiere casarse con una desconocida? –preguntó Ali, sin salir de su asombro–.

Recuerde que, si tiene un hijo con ella, no se podrá divorciar.

Nuestras leyes lo prohíben.

–Lo sé perfectamente.

El visir, que conocía a Lauren desde la infancia, cambió de tono y se dirigió a ella por su nombre de pila, apelando a su estrecha relación.

–Lauren, si se casa con una desconocida, se condenará a toda una vida de pesares. ¿Y para qué?o tiene sentido.

Lauren no tenía intención de compartir con él sus sentimientos, aunque fuera su más leal y querido consejero.

Ningún persona quería abrir su corazón hasta tal extremo y, mucho menos, una mujer que además era reina, así que contestó:

–Ya le he dado mis razones.

Ali entrecerró los ojos.

–¿Tomaría esa decisión si toda la nobleza le pidiera que se case con Aisha?

¿Seguiría adelante en cualquier caso?

–Por supuesto que sí –respondió Lauren, convencida de que eso no iba a pasar–. Mis súbditos son lo único que me importa.

El visir ladeó la cabeza.

–¿Tanto como para arriesgarlo todo con una tradición bárbara?

–Con una tradición bárbara y con lo que haga falta –dijo la reina, perdiendo la paciencia–.

No permitiré que Samarqara vuelva a caer en el caos.

–Pero…

–Basta. He tomado mi decisión.

Busque a veinte mujeres que sean lo suficientemente inteligentes y bellas como para ser mi esposa –le ordenó, saliendo de la sala del trono–. Empiece de inmediato.

¿Cómo era posible que se hubiera prestado a algo así?

Camila Cabello echó un vistazo al elegante salón de baile de la mansión parisina donde se encontraba. Era un hôtel particulier, un palacio del siglo XVIII que pertenecía a la jeque Lauren Bint Hassan Al-Maktoun, reina de Samarqara y que, al parecer, estaba valorada en cien millones de euros.

Camila lo sabía por los criados con los que había estado charlando, las únicas personas con las que se sentía cómoda. Y no era de extrañar, porque su mundo no podía estar más alejado del mundo de las elegantes mujeres que se habían reunido allí, con sus vestidos de cóctel y sus impresionantes currículum.

Hasta entonces, había reconocido a una ganadora del premio Nobel, a una del premio Pulitzer y a otra de los Óscar. También había una famosa artista japonesa, una conocida empresaria de Alemania, una deportista profesional de Brasil y la senadora más joven de toda la historia de California.

Y luego estaba ella, que no era nadie.

Pero todas estaban allí por lo mismo: porque la jeque en cuestión estaba buscando novia.

Nerviosa, probó el exquisito champán que le habían servido y se volvió a preguntar qué demonios hacía en esa especie de harén. No eran de su clase.

No pertenecía a ese lugar.

Camila lo sabía desde el principio, desde que se había subido a un avión en Houston para dirigirse a Nueva York, donde la esperaba un reactor privado.

Pero no había tenido elección. Su hermana gemela le había rogado que la sustituyera, y no había sido capaz de negarse.

–Por favor, Camila –le había dicho–.

Tienes que ir.

–¿Pretendes que me haga pasar por ti? ¿Es que te has vuelto loca?

–Iría si pudiera, pero acabo de recibir la invitación, y ya sabes que no puedo dejar el laboratorio. ¡Estoy a punto de descubrir algo importante!

—¡Siempre estás a punto de descubrir algo importante!

—Oh, vamos, a ti se te dan mejor estas cosas –dijo su hermana, que era todo un cerebrito–.

Yo no sé tratar a la gente.

No soy como tú.

–Lo dices como si fuera una modelo o algo así –ironizó Camila, barriendo el suelo de la tienda donde trabajaba.

–Solo tienes que presentarte en París para que me den el millón de dólares que ofrecen.

¡Imagínate lo que podría hacer con ese dinero!

¡Marcaría la diferencia en mi investigación!

–Siempre me estás presionando con eso de que curarás a un montón de enfermos de cáncer –protestó ella–. Crees que solo tienes que mencionarlo para que haga lo que tú quieres.

–¿Y no es verdad?

Camila suspiró.

–Sí, supongo que sí.

Por eso estaba en París, con un vestido rojo que le quedaba demasiado ajustado, porque era la única de las presentes que no tenía la talla que habían pedido en la convocatoria. Se encontraba tan fuera de lugar con el vestido como con todo lo demás.

Al llegar a la capital francesa, las habían llevado a un hotel de lujo de la avenida Montaigne y, a continuación, al hôtel particulier, como habían definido los criados a la mansión. Desde entonces, no había hecho otra cosa que mirar a sus preciosas compañeras mientras hablaban una a una con una mujer de ojos verdes que llevaba una túnica. Y ya habían pasado varias horas.

Aparentemente, los empleados de la jeque la estaban dejando para el final porque no sabían qué hacer con ella. Era como si hubieran decidido que no encajaba en los gustos de su jefa.

Sin embargo, eso no le molestaba en absoluto, porque ardía en deseos de que la rechazaran; lo que le molestaba era la actitud del resto de las mujeres, que se mostraban tan sumisas como coquetas cuando aquella mujer las señalaba con el dedo y les hacía un gesto para que se acercaran a ella.

¿Por qué se comportaban así? Eran personas con éxito, grandes profesionales. ¡Incluso había reconocido a Mary Cox, una de las actrices más famosas del mundo!

Camila estaba allí por hacer un favor a su hermana y por una razón menos altruista: la de aprovechar el viaje para ver París. Pero ¿por qué estaban ellas?

Ni siquiera necesitaban el dinero.

Eran tan bellas y famosas como pudientes.

Además, la reina no era ninguna maravilla. En la distancia, parecía demasiado delgada para ser atractiva, y sus modales dejaban bastante que desear; por lo menos, para alguien del oeste de Texas. En su tierra, cualquier anfitriona decente habría empezado por saludar adecuadamente a sus invitadas.

Camila dio su copa vacía a un camarero y sacudió la cabeza. ¿Qué tipo de mujer pedía veinte mujeres como si fueran pizzas? ¿Qué tipo de mujer podía elegir ese sistema para encontrar esposa?

Desde su punto de vista, era una cretina de mucho cuidado, por mucho dinero y poder que tuviera. Pero, afortunadamente, no la encontraba apetecible.

Nadie la encontraba apetecible.

Por eso seguía siendo virgen a sus veintiséis años.

Camila se acordó súbitamente de las deprimentes palabras que le había dedicado Mason, el hombre que le había partido el corazón.

Tras pedirle disculpas por no sentir nada por ella, había añadido algo que no se podía quitar de la cabeza: que la encontraba demasiado vulgar.

El recuerdo la alteró de tal manera que salió del abarrotado salón porque no podía respirar. Y, momentos después, se encontró en un jardín sin más luz que la de la luna.

Una vez allí, cerró los ojos, respiró hondo e intentó olvidar, repitiéndose para sus adentros que no necesitaba que nadie la quisiera.

Además, estaba ayudando a su hermana.

Gracias a ella, tendría dinero para su investigación.

Y por la tarde, saldría a ver la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo, se sentaría en una terraza y se tomaría un café y un croissant mientras el mundo pasaba a su lado.

Por desgracia, ese era precisamente su problema: que el mundo siempre pasaba de largo mientras ella se limitaba a mirar. Incluso allí, en aquella mansión de cuento de hadas, rodeada de famosas.

Siempre se quedaba sola.

Pero esa noche no estaba tan sola como creía. Lo supo segundos después, al ver la silueta de una mujer entre los árboles del jardín.

¿Qué estaría haciendo?

Camila no podía ver su cara, pero distinguió la elegancia de sus pasos y la rectitud de sus hombros, típica de una chaqueta de traje. Y, a pesar de la oscuridad, también notó que estaba enfadada o quizá, deprimida.

Olvidando sus propios problemas, caminó hacia ella y le dijo:

–Excusez-moi, madame, est-ce que je peux vous aider?

La mujer la miró, y Camila pensó que no era extraño que la viera tan mal en las sombras. Sus ojos eran tan verdes y su pelo negro y, por si eso fuera poco, llevaba un traje del mismo color.

–¿Quién es usted? –replicó con frialdad.

Camila estuvo a punto de decirle su nombre, pero se acordó de que estaba sustituyendo a su hermana y contestó:

–Sophia Cabello. La doctora Sophia Cabello.

Ella sonrió.

–Ah, la niña prodigio que investiga el cáncer en Houston.

–En efecto. Y supongo que usted será un empleado de la jeque, ¿verdad?

Ella volvió a sonreír.

–Sí, algo así –respondió con humor–. ¿Por qué no está en el salón?

–Porque me aburría y porque tenía un calor espantoso.

La mujer bajó la mirada y la observó con detenimiento. Camila se ruborizó y se subió un poco el escote, que apenas ocultaba sus generosos senos.

–Ya sé que el vestido me queda pequeño –continuó–. No tenían ninguno de mi talla.

–¿Ah, no? –preguntó ella, sorprendida–. Debían tenerlos de todas las tallas.

–Y tenían de todas, pero solo para mujeres con cuerpo de modelo –explicó Camila–. Era ponerme este vestido o presentarme con los vaqueros y la sudadera que llevaba esta mañana.

Desgraciadamente, se mojaron cuando salí a pasear, porque se puso a llover.

–¿No se quedó en el hotel, como las otras?

–¿Para qué? ¿Para acicalarme y estar más guapa cuando me presentaran a la jeque? –dijo con sorna–. Sé que no soy su tipo de mujer.

Solo he venido porque tenía ganas de ver París.

–¿Por qué está tan segura de que no es su tipo?

–Porque sus empleados no saben qué hacer conmigo. He estado varias horas en ese salón, y la jeque no se ha dignado a señalarme con su dedo.

Ella frunció el ceño.

–¿Ha sido maleducada con usted?

–No, yo no diría tanto.

Pero, de todas formas, ella tampoco me gusta.

–¿Cómo lo sabe? Es evidente que no la ha investigado.

Esa vez fue Camila quien frunció el ceño. ¿Cómo sabía que no se había tomado esa molestia?

–Sí, soy consciente de que tendría que haberla investigado por Internet –admitió–. Pero recibí la invitación hace dos días, y estaba tan ocupada que…

–¿Ocupada? –la interrumpió ella–.

¿Con qué?

Camila carraspeó. Había estado trabajando a destajo porque, de lo contrario, el dueño de la tienda se habría negado a concederle unos días libres. Pero no le podía decir la verdad.

–Con mi investigación, claro –contestó.

–Lo comprendo. Su trabajo es ciertamente importante.

Ella la miró con intensidad, como esperando a que profundizara un poco en su supuesta labor. Pero Camila, que no recordaba ninguno de los detalles técnicos que su hermana le había dado, solo pudo decir:

–Sí, desde luego. El cáncer es malo.

–Lo es –dijo ella, arqueando una ceja.

Camila se apresuró a cambiar de conversación.

–Entonces, ¿trabaja para la reina? –se interesó–.

¿Qué estaba haciendo aquí?

¿Por qué no estaba en el salón?

–Porque no quiero estar allí.

A Camila le extrañó que respondiera con una obviedad que no explicaba nada. Pero no fue su extrañeza ni la súbita brisa que acarició sus brazos desnudos lo que causó su estremecimiento posterior, sino el poderoso y perfecto cuerpo de la mujer que estaba ante ella.

No se había sentido tan atraída por nadie en toda su vida. El simple hecho de estar a su lado resultaba abrumador.

Era tan alta y fuerte que exudaba poder por todas partes. Y, si su cuerpo la abrumaba, qué decir de aquellos ojos verdes que reflejaban la escasa luz del jardín y la incitaban a sumergirse en ella como en un mar oscuro, profundo y traicionero.

Sus emociones eran tan intensas que tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la vista.

–Bueno, volveré dentro y esperaré a que la reina me señale con su dedo –dijo, soltando un suspiro–. A fin de cuentas, me pagan por eso.

–¿Que le pagan?

Ella la miró con sorpresa.

–Sí, claro. Todas recibimos un millón de dólares por el simple hecho de venir y, si nos invitan a quedarnos, otro millón por cada día.

–Eso es completamente inadmisible –replicó ella, enfadada–. La posibilidad de ser reina de Samarqara debería ser pago suficiente.

–Si usted lo dice…

Aunque me da la impresión de que el dinero tiene algo que ver con la presencia de esas mujeres –ironizó Camila–.

Hasta las famosas lo necesitan.

–¿Y usted? ¿También ha venido por eso?

–Por supuesto –respondió ella en voz baja.

Camila no salía de su asombro. Era la primera vez que una persona le prestaba tanta atención, y no se trataba de un mujer normal y corriente, sino de unaque parecía salido de un cuento de hadas.

Cuando la miraba, su corazón latía más deprisa. Cuando se acercaba un poco, se le aceleraba la respiración de tal manera que sus pechos subían y bajaban peligrosamente bajo el corpiño del estrecho vestido rojo, amenazando con salirse por el escote.

¿Qué habría pasado si se hubiera acercado más?

–Así que solo está aquí por el dinero… –dijo ella.

–La investigación del cáncer es muy cara.

–Sí, ya me lo imagino.

Pero no sabía que pagaran millones a esas mujeres por el simple hecho de venir.

–¿Ah, no?

La ignorancia de la impresionante desconocida la llevó a la conclusión de que no debía de tener una relación estrecha con la jeque, y se sintió inmensamente aliviada.

Estaba tan fuera de lugar como ella, así que no le diría a su jefa que se había cruzado con Sophia Cabello y que le había parecido una tonta temblorosa y jadeante.

–¿Qué relación tiene con la reina? –preguntó con curiosidad–. ¿Es uno de sus secretarios? ¿Una guardaespaldas quizá?

Ella sacudió la cabeza.

–No, ni mucho menos.

–Oh, vaya, ¿es familiar suyo? En ese caso, le ruego que me disculpe.

Como ya le he dicho, he tenido tanto trabajo que no he podido investigar.

Podría haberme conectado a Internet en el avión, pero estaba agotada. Y como he salido a pasear por París…

Camila se odió a sí misma por estar balbuceando, pero ella arqueó una ceja y la miró con verdadero interés, como si estuviera ante un enigma que no conseguía resolver.

¿Ella? ¿Un enigma? ¡Pero si era un libro abierto!

Perpleja, se tuvo que recordar que no se había presentado como Camila Cabello, sino como Sophia.

Y no se podía arriesgar a que aquella mujer descubriera su secreto.

Hasta entonces, no le había parecido que estuviera haciendo nada malo. Su hermana necesitaba ese favor, y ella tenía la oportunidad de ver París. Pero la reina de Samarqara no iba a pagar una fortuna por conocer a la empleada de una tienda de Houston, sino a una investigadora famosa. Y lo que estaban haciendo tenía un nombre: fraude.

Nerviosa, se volvió a subir el escote del vestido, porque ella se había acercado más y sus pechos seguían empeñados en escapar de su confinamiento. No era extraño que sus ojos se clavaran una y otra vez en esa parte de su cuerpo.

–En fin, será mejor que me vaya –acertó a decir, avergonzada de sí misma.

Camila dio media vuelta y se dirigió a la mansión, pero ella la siguió rápidamente y preguntó:

–¿Qué le parecen?

–¿De qué me está hablando?

–De las otras mujeres.

Camila frunció el ceño.

–¿Por qué lo pregunta?

–Porque me interesa la opinión de una persona que, según dice, no tiene ninguna posibilidad con la reina –respondió ella–.

Si no la tiene usted, ¿quién la tiene?

Ella entrecerró los ojos.

–¿Me promete que no se lo dirá a la jeque?

–¿Importaría mucho?

–Es que no quiero dañar las posibilidades de nadie.

Ella se llevó una mano al pecho y dijo:

–Entonces, le prometo que quedará entre nosotras.

Camila asintió.

–No sé, supongo que ella optará por la estrella de cine. Al fin y al cabo, es la más famosa de todas.

–¿Se refiere a Mary Cox?

–Sí, claro. Además, es tan bella como encantadora, aunque puede llegar a ser de lo más desagradable. Cuando estábamos en el avión, se encaró con una pobre azafata porque no tenían el agua mineral que le gusta y, al llegar al hotel, amenazó al botones con dejarlo sin trabajo si su equipaje sufría el menor desperfecto.

–¿En serio?

–Sí. Es el tipo de persona que se liaría a patadas con un perro. Salvo que el perro fuera útil para su carrera profesional.

Ella soltó una carcajada.

–Lo siento, no debería haber dicho eso –continuó ella, sacudiendo la cabeza–.

Seguro que es una persona maravillosa.

Habrá tenido un mal día.

–Es posible. Pero ¿a quién elegiría usted?

–A Aisha al Saud. Todo el mundo la adora. Y es de Samarqara, así que conoce las costumbres y la cultura del país.

Ella frunció el ceño y dijo con brusquedad:

–No, elija a otra.

Camila se quedó momentáneamente confundida.

–¿A otra? Bueno, Lily Marshall es amable, inteligente y tan bella como Mary Cox. Sería una reina fantástica.

Aunque, a decir verdad, no sé por qué quieren casarse esas mujeres con la reina Lauren.

–¿Y eso?

–¿Le parece normal que busque esposa de esa manera? ¿Qué tipo de mujer hace algo así? Está al borde del reality show.

–No sea tan dura con ella.

Encontrar esposa es difícil para una mujer de su posición, aunque supongo que todo esto será igualmente duro para usted. No en vano, se ha visto obligada a dejar un trabajo importante para encontrar esposa a la antigua usanza.

Camila volvió a suspirar.

–Sí, tiene razón. No tengo derecho a juzgarla. Ella nos paga por venir, pero nosotras no le pagamos a ella –admitió–.

Pensándolo bien, debería darle las gracias… si es que tengo ocasión de conocerla, claro.

Justo entonces, se oyó la voz de otro hombre.

–¿Qué está haciendo aquí, señorita Cabello?

¡Entre ahora mismo! La necesitan en el salón.

El recién llegado, que resultó ser uno de los empleados de la reina, se quedó atónito al ver a la acompañante de Camila.

–Discúlpeme, señorita –continuó, súbita y extrañamente amable–.

Si tuviera la amabilidad de regresar al salón, le estaríamos muy agradecidos.

–Vaya, parece que por fin voy a conocer a Su Majestad –dijo Camila a su atractiva desconocida–.

Deséeme suerte.

Ella le puso una mano en el hombro y dijo:

–Buena suerte.

Camila se estremeció de nuevo al sentir su contacto.

–De todas formas, estoy segura de que fracasaré.

Es mi destino. Soy una profesional del fracaso.

Ella la miró con sorpresa, y Camila se maldijo a sí misma por haber dicho eso.

La fracasada era ella, no Sophia. Y se suponía que era Sophia.

–En fin, no me haga caso –añadió–.

Hasta luego…

Cuando volvió al salón, Camila se dio cuenta de que ya no estaba nerviosa.

La incomodidad de conocer a una reina y de encontrarse entre algunas de las mujeres más famosas del mundo había desaparecido por completo.

En cambio, no dejaba de pensar en la fascinante mujer que había estado charlando con ella a la luz de la luna, en un jardín de París.

Lauren se quedó donde estaba, perpleja.

¿Sería verdad que la doctora Sophia Cabello no le había reconocido?

Resultaba difícil de creer, pero era toda una novedad. Ninguna mujer había fingido nunca que no la conocía.

En circunstancias normales, habría desconfiado de ella; a fin de cuentas, era una mujer tan famosa que aparecía de forma habitual en los medios de comunicación. Sin embargo, su instinto le decía que no la estaba engañando.

No sabía quién era. Y, puestos a no saber, ella tampoco sabía que Ali se hubiera comprometido a pagar un millón de dólares a las candidatas.

Por una parte, era una decisión lógica, porque no podían esperar que veinte mujeres tan famosas como ocupadas se presentaran en París sin más motivo que la posibilidad de ser su reina; pero, por otra, se sintió insultada. ¿Tan poco valor tenía?

En cualquier caso, la culpa era suya. Había pedido a Ali que se encargara de todo, y se había encargado de todo.

Él era quien estaba en el salón, entrevistando a las mujeres; él era quien debía elegir a diez para presentárselas al día siguiente y, desde luego, también era el que había establecido los criterios de la lista inicial.

Lauren solo le había puesto la condición de que fueran inteligentes y brillantes, condición que había cumplido sobradamente. De hecho, se habría llevado una sorpresa de lo más agradable al ver la lista si Ali no hubiera incluido el nombre de cierta princesa.

–¿Por qué ha invitado a Aisha? –le preguntó entonces–. Le dije que no quiero casarme con ella.

–No dijo exactamente eso. Dijo que solo se casaría con ella si todos sus nobles estuvieran de acuerdo.

–Y no lo están.

–Pero pueden cambiar de opinión.

–No cambiarán –replicó Lauren, molesta–.

Aunque me sorprende que Aisha se haya rebajado a venir.

–Al igual que usted, la señorita antepone las necesidades de Samarqara a las suyas –afirmó el visir–. Su padre se enfadó mucho cuando supo lo del mercado de novias, pero Aisha lo tranquilizó mediante el procedimiento de decirle que le parecía bien y que ella también apoya las viejas tradiciones. Ha venido por motivos diplomáticos, por el bien de la nación.

Lauren pensó que el millón de dólares tampoco le vendría mal; sobre todo, teniendo en cuenta que ganaría uno más por cada día que se quedara. Pero, naturalmente, se lo calló.

A fin de cuentas, la suerte estaba echada.

Tenía treinta y seis años y, si le pasaba algo, no habría ningún heredero al trono. Su familia se reducía al propio Ali y a un primo lejano que ni siquiera era un Al Maktoun, sino un Al Rashid.

Necesitaba hijos. No se podía arriesgar a que Samarqara volviera a sufrir una guerra civil como la que había sufrido en tiempos de su abuelo.

Pero tampoco se podía arriesgar a casarse por amor.

No, no volvería a caer en la trampa del enamoramiento. Ya no era una jovencita inexperta, sino una mujer adulta; y, cuando le asaltaban las dudas, se concentraba en su trabajo y las olvidaba. No era difícil. Los asuntos de Estado llevaban mucho tiempo.

En cualquier caso, estaba condenado a tomar una decisión sobre el proceso que ella misma había puesto en marcha, el mercado de novias.

Teóricamente, los miembros del Consejo tenían la última palabra al respecto; pero la mujer que eligieran sería algo más que una reina: también sería su esposa, su amante y la madre de sus hijos.

Lauren intentó no pensar en la advertencia de su visir, quien estaba convencido de que casarse con una desconocida era condenarse a una vida de pesares. Además, la opinión de sus consejeros no le preocupaba; en el peor de los casos, no elegirían peor de lo que ella había elegido quince años antes.

Tensa, se puso a caminar de un lado a otro. El protocolo dictaba que no podía ver a las pretendientes hasta que pasaran la primera criba, y la espera le estaba sacando de quicio. Por eso había salido al jardín, en busca de sosiego.

Pero, en lugar de encontrar la paz que buscaba, se encontró con una mujer tan sensual como desconcertante.

Lauren se sintió violentamente atraída por la belleza de aquel cuerpo exuberante, cuyas curvas desafiaban la resistencia de un vestido demasiado pequeño. Y, por si su apariencia física fuera poca tentación, su franqueza y su naturalidad habían hecho el resto.

Durante unos minutos, se había olvidado de todos sus problemas. Se lo estaba pasando en grande.

Hasta que ella mencionó a Aisha, la hermanastra de su difunta prometida.

¿Es que no podía escapar de su pasado?

Lauren miró la luna, estremecido. En su momento, la idea de organizar un mercado de novias le había parecido una forma segura de empezar de cero; pero el destino se empeñaba el recordarle su primer intento de casarse.

Había sido desastroso.

Toda una tragedia.

Por fin, se cansó de caminar y se dirigió al salón de baile, siguiendo los pasos de la supuesta Sophia Cabello. Al llegar, se detuvo en las sombras para que no la vieran y se dedicó a mirar al objeto de su deseo, que estaba charlando con Ali.

Sus miradas se encontraron al cabo de unos segundos, y él supo que había descubierto su identidad porque sus ojos brillaban con furia.

Lejos de molestarse, Lauren admiró su sinuoso cuerpo con redoblado interés. Sus últimas relaciones amorosas habían sido de carácter estrictamente sexual; pero casi siempre, con mujeres ambiciosas y frías que no la satisfacían en absoluto. No se parecían en nada a Jamila Al Saud, la morena de ojos negros que había fallecido antes de que pudiera casarse con ella.

Y ahora, la suerte lo cruzaba en el camino de otra mujer apasionada.

Lauren la observó con detenimiento. Tenía una cara preciosa, de labios grandes, pecas en la nariz y cabello entre castaño claro y rubio.

Desgraciadamente, la oscuridad del jardín había impedido que descubriera el color de sus ojos y, como ella estaba en el extremo opuesto de la sala, tampoco salió de dudas en esa ocasión; pero lo miraban de tal manera que se excitó.

Mientras admiraba sus curvas, pensó que el vestido que llevaba debería estar prohibido.

Si se hubiera roto por las costuras y se hubiera quedado desnuda delante del visir, no se habría llevado ninguna sorpresa. Era una bomba, una verdadera provocación. Vestida así, podía hacer lo que quisiera con cualquiera persona; o, por lo menos, con ella.

No podía pensar en otra cosa que no fuera llevarla a la cama. Solo la había tocado una vez, en el jardín, cuando le puso una mano en el hombro; pero su piel le había parecido suave como la seda, y ardía en deseos de comprobar si el resto de su cuerpo era igual.

Lamentablemente, no la podía seducir. Un mercado de novias no era un sitio adecuado para ligar, por mucho que a ella le pareciera una especie de reality show; era una tradición tan antigua como seria.

Si quería que fuera suya, tendría que ofrecerle el matrimonio; pero no se lo podía ofrecer porque tuviera un cuerpo pecaminoso, sino por sus habilidades.

Y, en ese sentido, también destacaba sobre las demás. A fin de cuentas, la doctora Cabello estaba intentando curar el mismo tipo de leucemia infantil que había matado a su hermano mayor.

Sin embargo, la mujer con la que había estado charlando no encajaba con la descripción de su currículum. No parecía la persona que se había graduado en Harvard a los diecinueve años y que, a los veintiséis, ya estaba dirigiendo un equipo de investigadores en Houston. No parecía la profesional que, según le habían contado, no salía nunca de su laboratorio.

Se comportaba como si fuera otra persona. Era divertida, amable y cálida.

Lo era tanto que la deseaba con toda su alma. O quizá la deseara por la simple y pura razón de que no tenía nada que ver con las mujeres a las que estaba acostumbrada.

De repente, se oyó un rumor de cuchicheos que solo podía significar una cosa: que el resto de las candidatas la habían visto y la habían reconocido.

Lauren dio media vuelta entonces y, sin decir palabra, volvió al jardín y se dirigió a sus habitaciones.

Ya entrada la noche, Ali llamó a la puerta y entró.

Lauren estaba en la ventana, mirando a las veinte mujeres que, en ese preciso momento, se subían a sus respectivas limusinas para regresar al lujoso hotel Campania, de la avenida Montaigne.

–Las cosas que tengo que hacer por usted, Majestad –dijo el recién llegado–. ¿Ya ha entrado en razón?

¿Se casará con Aisha?

Lauren hizo caso omiso de su pregunta y replicó con otra.

–¿Ya ha elegido a diez?

–Sí, aunque no ha sido fácil –respondió el visir–.

Todas son igualmente perfectas.

Todas menos la última que he entrevistado, la señorita Cabello.

No creo que sea su tipo de mujer.

–¿Mi tipo de mujer? –dijo Lauren, molesta–. ¿Por qué cree todo el mundo que tengo un tipo de mujer?

–Porque lo tiene.

–¿Y la señorita Cabello no encaja en él?

–Bueno, es una joven preciosa, pero demasiado corriente para usted.

Además, es obvio que ha ganado peso desde que nos envió sus fotografías.

El vestido le quedaba ridículamente ajustado, ¿no le parece?

Lauren se giró hacia la ventana en el preciso instante en que la doctora Cabello abría la portezuela de su limusina y echaba un vistazo triste a la mansión, como si pensara que no la volvería a ver.

Mientras la miraba, ella se acordó de lo que había dicho en el jardín sobre el fracaso. Le había parecido un comentario de lo más extraño, viniendo de una científica mundialmente famosa. ¿Por qué se sentía una fracasada?

¿Porque aún no había encontrado la cura que estaba buscando?

Fuera como fuera, Lauren pensó que tenían algo importante en común.

Las dos conocían el peso de la responsabilidad. Ella, por las consecuencias de su investigación médica y yo, por el deber de dirigir una nación.

Sin embargo, Ali estaba en lo cierto al afirmar que era demasiado corriente. No tenía ni el carácter dominante ni la formalidad ni la arrogancia que cabía esperar de una reina. Era poco ortodoxa y nada solemne. Era demasiado sincera, demasiado directa, demasiado sexy.

Era la única de las veinte candidatas de las que una mujer como ella se podía enamorar.

Pero no podía correr ese riesgo. La experiencia le decía que el precio de amar era inadmisiblemente alto, y no solo para ella, sino para muchas personas inocentes.

A pesar de ello, se acordó de su voluptuosa figura y de sus grandes senos, que amenazaban con salirse del escote y destrozar todo asomo de recato.

¿Cómo no se iba a acordar, si habría dado cualquier cosa por besar sus grandes y rojizos labios?

Aquella mujer era como un rayo de sol tras un largo y oscuro invierno.

–¿Majestad? ¿Qué hago entonces? –preguntó el visir–. ¿Devuelvo a la señorita Cabello a su país?

Lauren miró a Ali y dijo:

–No. Que se quede otra noche.