Líneas Rojas

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Summary

En un mundo arrasado por el virus AMC, donde los infectados se convierten en monstruos en menos de 40 horas, Rhoan, un soldado despertado tras un siglo en criosueño, busca respuestas en un búnker lleno de secretos. Mientras tanto, Emili y su familia huyen de Leonardo, un líder cruel que quiere a Emili a cambio de salvar a su hermano Julián, infectado y al borde del tiempo. Con Abominaciones acechando y traiciones en cada esquina.

Genre
Scifi/Action
Author
Jaime
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Antes del fin.

Dos hombres vestidos con uniformes militares oscuros se enfrentaban en un combate cuerpo a cuerpo, cada uno intentando derribar al otro. Alrededor, un grupo de soldados observaba con atención, pero entre ellos destacaba un hombre alto de pelo canoso. Su rostro, marcado por cicatrices y arrugas, transmitía una experiencia que solo los años de batalla podían otorgar. Sus ojos grises seguían cada movimiento de los combatientes con una intensidad inquebrantable. Vestía un uniforme oscuro con detalles en rojo, y su postura erguida y firme lo diferenciaba claramente del resto. Lo que más llamaba la atención, sin embargo, eran sus condecoraciones y su identificación: Nathaniel Graves. Comandante. Rango S+.

Tras unos minutos de intenso combate, uno de los hombres comenzó a dominar la pelea. Era Rhoan, cuyos golpes rápidos y precisos no daban tregua a su oponente. Con un movimiento ágil y calculado, Rhoan logró derribar al otro militar, poniendo fin al enfrentamiento.

—Fue un gran combate —dijo Rhoan, respirando agitadamente mientras extendía la mano hacia su compañero.

—Lo ha sido. Gracias por combatir conmigo —respondió el otro hombre, sonriendo mientras aceptaba la mano de Rhoan para levantarse.

Una vez de pie, el hombre se sacudió el uniforme y, antes de marcharse, dirigió una mirada rápida al Comandante Graves, a quien saludó militarmente con un gesto respetuoso. Luego, se alejó junto con otros militares, riendo y bromeando entre ellos.

Poco a poco, los soldados que habían presenciado el combate comenzaron a dispersarse, dejando solo al Comandante Nathaniel y a dos escoltas armados con rifles. Tras unos segundos de silencio, el Comandante se acercó a Rhoan y se colocó a su lado.

—Lo has hecho bien -dijo con una voz pausada y grave, mirándolo de reojo—. Vayamos, se está haciendo tarde.

Sin esperar respuesta, Nathaniel comenzó a caminar. Rhoan, sin perder tiempo, corrió hacia donde había dejado su equipo. Tomó lo que parecía ser una espada, la colocó magnéticamente en su cadera, y aseguró su pistola y rifle en sus respectivos lugares. Acto seguido, corrió para alcanzar al Comandante, siguiéndolo a paso rápido.

Unos segundos después, Rhoan alcanzó al Comandante y se colocó a su lado, caminando a un ritmo acelerado. Avanzaban en completo silencio por un pasillo poco iluminado, donde el único sonido era el eco de sus pasos sobre el suelo metálico. De repente, un led rojo en el auricular del Comandante se encendió, interrumpiendo la quietud.

—¿Qué sucede? -preguntó Nathaniel con voz seria, deteniéndose de golpe y escuchando atentamente durante unos segundos—. Entiendo... Rhoan, dame un momento —dijo, volviéndose y alejándose unos pasos para continuar la conversación. —Entiendo, ¿han tomado esa decisión tan tonta?

Los escoltas del Comandante se quedaron junto a Rhoan, pero este, un tanto aburrido, avanzó un poco hasta llegar a un comedor. Allí, varios militares comían en silencio mientras observaban un holograma que proyectaba las noticias.

"Una gran noticia nos llega: el virus denominado A.M.C. está siendo controlado con extraordinario éxito, gracias al plan del gobierno, que en tiempo récord de dos meses de intenso desarrollo logró perfeccionar las dosis AMX-1 a AMX-6, culminando en la versión definitiva AMX-7, con una efectividad del 95%. Por lo tanto, el peligro ha sido erradicado por completo.

En otras noticias, el sujeto responsable de varios crímenes..."

Sin prestar más atención a las noticias, Rhoan observó cómo un militar pasaba frente a ellos. Su rostro demacrado y su expresión nerviosa llamaron la atención de Rhoan. En su identificación, se podía leer claramente: Uriel Lotus. Rango: Comandante. Rango A.

Al instante, Rhoan se puso firme junto a los escoltas y realizaron el saludo militar. Sin embargo, el Comandante Uriel los ignoró por completo y continuó su camino sin detenerse.

—¿Qué estás haciendo Rhoan? Nos tenemos que ir. —Dijo Nathaniel dándoles un vistazo y volviendo a caminar.

—Lo siento, señor —respondió Rhoan, volviendo a tomar compostura y rápidamente volvió a caminar junto a Nathaniel.

Después de unos minutos de caminata, llegaron a la salida del bunker. Rhoan observó cómo varios camiones descargaban cajas marcadas con sellos de "frágil" y "químico". Los soldados las cargaban con esfuerzo, llevándolas al interior del complejo.

—Soldados —llamó Nathaniel, dirigiéndose a dos militares que estaban en la salida—. Necesito dos vehículos, y rápido. Tienen dos minutos.

—Sí, señor —respondieron al unísono, haciendo un saludo militar antes de correr a cumplir la orden.

Rhoan, el Comandante y los escoltas esperaron en silencio, atentos a la llegada de los vehículos. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los gemidos de cansancio de los soldados cargando las cajas y las conversaciones distantes de otros militares.

Justo antes de que se cumplieran los dos minutos, los soldados regresaron conduciendo los vehículos solicitados. Al acercarse, bajaron y se pusieron en posición firme, saludando con precisión militar.

—Rhoan, viene conmigo —ordenó Nathaniel, señalando uno de los vehículos—. Ustedes dos irán en el otro coche.

Los escoltas asintieron en silencio, obedeciendo sin cuestionar, y se dirigieron al segundo vehículo.

Sin más demora, Nathaniel se subió al asiento del piloto de la camioneta, mientras Rhoan ocupaba el asiento del acompañante, colocando su rifle entre sus piernas. Desde su posición, Rhoan observó cómo numerosos militares estaban en posición, armas en mano y listos para actuar. El búnker, con sus torretas y misiles aéreos encendidos, parecía una fortaleza impenetrable. Sin perder tiempo, Nathaniel aceleró aquella camioneta que no producía sonido y se dirigió hacia el primer control de entrada del búnker cuál rodeaba el búnker con una pared perimetral de hormigón. Al llegar, los soldados abrieron la reja sin mediar palabra, limitándose a mantenerse firmes y saludar con respeto mientras el vehículo pasaba. Lo mismo ocurrió en el segundo control de entrada cuál a diferencia del primero este tenía torres de vigilancia alrededor del cerco.

Pronto, se encontraron en un camino de tierra. Rhoan miró hacia atrás y vio cómo una estela de polvo se levantaba tras ellos, mientras el búnker quedaba atrás, protegido por los cercos de hormigón.

—Me gusta más estar fuera que dentro del búnker, señor —dijo Rhoan, acomodándose en su asiento

Nathaniel, sin embargo, mantenía una expresión seria, su mirada fija en el camino. De repente, Rhoan notó cómo sus puños se apretaban con fuerza alrededor del volante.

—Señor, ¿sucede algo? —preguntó Rhoan, con curiosidad.

—No sucede nada, no te preocupes —respondió Nathaniel, su voz ahora serena, aunque el gesto de sus manos decía lo contrario.

—¿Qué era lo que ingresaban al búnker? Vi que las cajas estaban marcadas como frágiles —preguntó Rhoan, aún más curioso.

Nathaniel apartó la mirada del camino por un instante para mirar a Rhoan antes de volver a concentrarse en la ruta.

—Desde pequeño siempre has sido muy curioso, Rhoan —dijo Nathaniel, esbozando una pequeña sonrisa—. Por cierto, hiciste un buen trabajo en el combate de hoy, aunque podrías ser más rápido para dominar a tu rival. Aunque, por el momento, está bien.

—Creo que podría ser mucho mejor si no tuviera que limitar mi fuerza con un compañero. No quiero lastimarlos —respondió Rhoan, mirando su rifle pensativo.

—Nunca debes limitarte, Rhoan, incluso si es un compañero. Siempre debes mostrar tu máximo potencial, de lo contrario, te tratarán como inferior. Por eso, debes mostrarte superior ante todos —dijo Nathaniel, con una voz grave y llena de autoridad.

—Entiendo —respondió Rhoan, pensativo, mientras sus palabras resonaban en su mente.

A lo largo del camino, todo se mantuvo en completo silencio. Solo el sonido del viento y el canto de las aves rompían la quietud. Después de una hora de viaje, avistaron una gran ciudad a lo lejos.

Al entrar en la ciudad, Rhoan notó algo que lo dejó profundamente pensativo: decenas de personas enfermas yacían en las calles, con rostros pálidos y expresiones demacradas. Algunas se retorcían de dolor, mientras otras apenas podían moverse.

—Señor, ¿esta gente... sufre del virus A.M.C.? —preguntó Rhoan, observando con preocupación a las personas tiradas en las aceras.

—Así es, están infectadas -respondió Nathaniel con una voz fría, como si la situación no le importara—. Pero no te preocupes, la inyección que te administraron te hace inmune al virus. No corres riesgo de contagio.

—No es eso lo que me inquieta -replicó Rhoan, su voz cargada de inquietud—. Antes de salir, vi en las noticias que versión 7 de la vacuna ya había sido desarrollada. ¿Por qué no se la han entregado a esta gente?

Nathaniel no respondió, y el silencio se extendió entre ellos hasta que el vehículo se detuvo frente a un imponente edificio militar. En la entrada, un lema estaba grabado: "Con honor hasta el fin".

Nathaniel bajó del vehículo, y en cuanto lo hizo, los escoltas que los seguían se apresuraron a colocarse a su lado. Rhoan hizo lo mismo, siguiendo al Comandante con paso firme. Sin embargo, antes de entrar, Nathaniel se volvió hacia ellos.

—De aquí en adelante, me encargo yo. Ustedes se quedarán aquí y me esperarán —ordenó Nathaniel con firmeza, antes de entrar al edificio con calma.

Los escoltas asintieron en silencio y se dispersaron, ocupando sus posiciones en los vehículos para vigilar que nadie se acercara. Rhoan, por su parte, se quedó cerca de la entrada, con su rifle en mano y alerta al entorno.

Todo se encontraba bajo control, hasta que Rhoan notó a una familia contagiada cerca del edificio militar. Lloraban desconsoladamente. Al mirar con más atención, Rhoan vio a una mujer y un hombre sosteniendo a un bebé pálido en sus brazos. Lo abrazaban con desesperación, como si el pequeño hubiera acabado de morir a causa del virus. Rhoan observó la escena con seriedad, pero, tras unos segundos, volvió a centrar su atención en su vigilancia, aunque la imagen de la familia no dejaba de rondar en su mente.

Después de treinta minutos de espera, Rhoan notó cómo un hombre, acompañado de una niña, observaba con detenimiento a los soldados que vigilaban los vehículos y a él mismo. El hombre parecía estar leyendo las identificaciones de los militares durante varios minutos, hasta que, finalmente, decidió acercarse a Rhoan.

—Señor, por favor, se lo suplico, ayude a mi hija. Apenas puede caminar... está demasiado débil. Usted es un "Mayor A+", tiene el poder de ayudarla... y es su deber hacerlo —suplicó el hombre con lágrimas en el rostro, acercándose a Rhoan con la niña en brazos.

Rhoan se mantuvo en silencio, observando el rostro demacrado de la niña. Intentó mantener la distancia, pero el hombre continuó acercándose, al punto de que Rhoan no tuvo más remedio que apuntarle con su arma.

—¡Aléjese de mí o tendré que disparar! —exclamó Rhoan, con firmeza, mientras el hombre lo miraba aturdido.

Al instante, los otros dos soldados, al ver a Rhoan siendo hostigado, corrieron hacia el lugar apuntando sus rifles al hombre y gritando: -¡Apártese del Mayor ahora o tendremos que disparar!

El hombre los miró con horror, retrocediendo paso a paso. Los civiles que se encontraban cerca observaban la escena con rostros desconcertados, murmurando entre sí.

—¿Acaso no sabe que los civiles no pueden acercarse a oficiales de alto rango, y mucho menos hostigarlos? —dijo uno de los soldados, manteniendo su rifle apuntado y obligando al hombre a retroceder aún más.

—¿Se encuentra bien, Mayor? —preguntó el otro soldado, con preocupación.

—Sí, todo está bien. Me pidió ayuda, pero se acercó demasiado —respondió Rhoan, aún alerta-. Por el momento, vuelvan a sus posiciones, tenientes.

Los soldados obedecieron la orden y regresaron a sus puestos cerca de los vehículos. Sin embargo, el ambiente se había vuelto aún más tenso. Los civiles observaban a los soldados con desesperación, y Rhoan pudo escuchar un susurro que lo dejó profundamente pensativo: —¿Quienes deberían protegernos nos apuntan con sus armas para amenazarnos? ¿Puedes creerlo?

Una hora más tarde, Nathaniel salió del edificio con un maletín oscuro en la mano. Miró de reojo a Rhoan y, con su voz autoritaria, ordenó: —Nos vamos.

Rhoan asintió y comenzaron a caminar hacia los vehículos. Sin embargo, de pronto, el hombre que antes había llorado por su bebé muerto se interpuso en el camino de Nathaniel, empuñando un cuchillo grande. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de rabia.

—¡Malditos! ¡Es su culpa! ¡Por su culpa mi hija ha muerto! —gritó el hombre con furia, apretando el cuchillo con fuerza.

Al instante, los escoltas y Rhoan apuntaron sus rifles hacia el hombre, intentando intimidarlo. Sin embargo, este no mostraba señales de detenerse; parecía completamente consumido por la ira.

—¡Tira el cuchillo al piso o tendremos que disparar! —gritó Rhoan, manteniendo su rifle apuntado hacia el hombre.

Nathaniel, por su parte, no parecía sentir miedo. Lo observaba con una calma inquietante, en completo silencio, mientras el hombre perdía cada vez más la cordura. De repente, sin previo aviso, el hombre corrió hacia ellos con el cuchillo en mano, intentando atacar. Pero antes de que pudiera dar un segundo paso, los escoltas y Rhoan dispararon sin pensarlo dos veces. Acertando más de diez disparos en el hombre y este cayendo al piso inerte al instante.

Los civiles que presenciaban la escena gritaron, y algunos corrieron, horrorizados al ver cómo los soldados disparaban contra un civil. La mujer, la esposa del hombre, corrió hacia el cuerpo de su esposo, llorando desconsoladamente. Aunque el hombre había sido neutralizado, el ambiente se había vuelto aún más tenso.

—Señor, tenemos que irnos de aquí antes de que esto escale a algo peor —recomendó uno de los escoltas, con voz urgente.

—Vamos de aquí ahora mismo —ordenó Nathaniel, dirigiéndose rápidamente hacia el vehículo.

Antes de seguir a Nathaniel, Rhoan miró hacia atrás y, por suerte, alcanzó a ver a otro hombre, el mismo que antes se había acercado a él, corriendo hacia Nathaniel con un cuchillo en mano. El hombre estaba demasiado cerca de Nathaniel, pero Rhoan actuó con rapidez. Con un movimiento preciso, le dio una patada fuerte en el pecho, derribándolo al suelo. Ya en el piso, Rhoan disparó dos veces consecutivas en el pecho del hombre, asegurándose de que no representara más peligro. Luego, corrió hacia el vehículo sin perder más tiempo.

Todos subieron a los vehículos, y apenas comenzaban a moverse cuando Rhoan observó cómo la gente se agolpaba alrededor de los cadáveres de los hombres, con rostros de horror y desesperación. En un rincón, Rhoan vio a la pequeña niña del hombre, tirada en el piso, sin vida. La imagen lo dejó helado, pero no hubo tiempo para detenerse. Los vehículos aceleraron, dejando atrás el caos.

Después de varios minutos de viajar a alta velocidad, alejándose de la ciudad, Rhoan aún mantenía su rifle firmemente en sus manos. La tensión en su rostro era evidente, y sus pensamientos parecían consumirlo.

—Lo has hecho bien, Rhoan. Has hecho lo correcto. No pienses demasiado, hijo —dijo Nathaniel, intentando consolarlo con un tono calmado pero firme.

—Gracias, señor... -respondió Rhoan, con una expresión seria—. Aún no puedo creer que hayamos disparado contra civiles.

—Entiende esto: tu vida y la de tus superiores están por encima de cualquier otra. ¿Lo entiendes? Solo has hecho lo que se te ha enseñado desde pequeño —respondió Nathaniel, con una voz serena pero llena de autoridad.

El camino de regreso al búnker pareció eterno para Rhoan. El silencio dentro del vehículo era pesado, y cada minuto que pasaba lo hacía reflexionar más sobre lo ocurrido. Finalmente, llegaron al búnker, y apenas bajaron de los vehículos, Nathaniel se dirigió a Rhoan.

—Me ocuparé en mi oficina. Si necesitas algo, estaré allí. Puedes ir a descansar —dijo Nathaniel, con su voz autoritaria, mientras daba una palmada en la espalda de Rhoan—. Ustedes también pueden descansar —añadió, dirigiéndose a los escoltas.

Nathaniel comenzó a caminar hacia el interior del búnker, sosteniendo el maletín oscuro en una mano. A su paso, los soldados que lo veían se detenían para saludarlo con respeto, reconociendo su autoridad.

—Mayor, nos retiramos —dijeron los soldados, haciendo un saludo militar antes de dirigirse hacia una de las áreas de descanso cerca perimetral del búnker.

Rhoan suspiró y levantó la mirada hacia el cielo, observando cómo varios drones pasaban de un lado a otro, vigilando el perímetro. Sin más que hacer, entró al búnker y se dirigió a su habitación. Una vez allí, se quitó meticulosamente su equipamiento: la espada, el rifle y la pistola. Finalmente, se recostó en su cama, dejándose llevar por el sueño, aunque las imágenes de lo ocurrido aún rondaban en su mente.

Una alarma resonó por todo el búnker, despertando de golpe a Rhoan. Se levantó de la cama y notó que su auricular recibía una llamada, la cual atendió de inmediato.

—Rhoan, te necesito ahora mismo en mi oficina —se escuchó la voz de Nathaniel, con un tono preocupado que sonaba fuera de lo normal. La llamada se cortó de inmediato.

Con prisa, Rhoan tomó todo su equipamiento y salió de su habitación corriendo. Los pasillos se iluminaban con luces rojas de alerta, y los rostros de los soldados que veía a su paso reflejaban nerviosismo y desconcierto. Algo grave estaba sucediendo.

Al llegar a la oficina de Nathaniel, Rhoan lo encontró sentado con las manos cruzadas, escoltado por dos soldados de rango Capitán S+. Rhoan los saludó formalmente con un saludo militar, aunque la desesperación se notaba en sus movimientos.

—Rhoan, tenemos que ir a un lugar. Acompáñame —dijo Nathaniel, con un tono de voz inusualmente triste.

—Entendido, señor —respondió Rhoan, siguiendo a Nathaniel sin cuestionar.

Nathaniel abrió una puerta que solo podía ser accedida por rangos superiores a Capitán S+. Al entrar, Rhoan se encontró frente a una cámara de criocongelación. Varias cápsulas relucientes se alineaban en la habitación, emitiendo un brillo frío y metálico.

—¿Qué significa esto, señor? —preguntó Rhoan, confundido.

—Necesito que entres en una de las cápsulas de congelación, Rhoan —dijo Nathaniel, señalando una de ellas con gesto firme.

—Señor, pero necesitamos atender el inconveniente que está sucediendo en el búnker. Los soldados están nerviosos y confundidos —argumentó Rhoan, intentando entender la situación.

Nathaniel lo miró con tristeza, pero su voz no dejó lugar a dudas: —Rhoan, es una orden. Entra en la cápsula. Tenemos poco tiempo. Hazlo ahora.

Rhoan se quedó helado, sin saber qué hacer. Por un momento, dudó, pero finalmente obedeció. Se quitó su equipamiento y entró en la cápsula. En cuanto lo hizo, Nathaniel cerró la puerta y comenzó a configurar el sistema. Justo antes de presionar el botón de congelación, Nathaniel miró el rostro confundido de Rhoan y, en voz baja, dijo: —Te quiero, hijo.

Antes de que Rhoan pudiera reaccionar, Nathaniel presionó el botón, congelándolo al instante. La cápsula se llenó de un gas frío, y Rhoan quedó suspendido en el tiempo.

Los escoltas de Nathaniel observaron la escena en silencio, con miradas de respeto.

—Esa era su cápsula, señor. —dijo uno de los soldados, con una mirada perdida y confundida.

—Eso ahora será mi problema. —dijo Nathaniel, dando media vuelta y saliendo de la cámara de congelación.

Al salir, el sonido de misiles siendo lanzados llenaron el aire. El búnker estaba en alerta máxima.

Nathaniel se dirigió a su escritorio, donde se detuvo por un momento. Miró hacia la nada, como si estuviera sopesando algo en su mente. Luego, activó su auricular y se dirigió a los altos cargos militares bajo su mando, con una voz autoritaria y grave: —Que comience la operación Líneas Rojas. —Anuncio Nathaniel a sus dos escoltas con voz firme.