La profecía del cisne (versión blanca)

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Summary

En el lago donde cantan los cisnes, creció un príncipe envuelto en alas ajenas, protegido por hermanas que sabían más de lo que contaban. Mateo, poco sabía sobre su verdadera naturaleza, hasta que, a días de su ritual de madurez, descubre los secretos que el reino había ocultado durante años. Derek, un príncipe humano, es el primero en desafiar los límites del lago, encontrándose cara a cara con el cisne cautivo. Pero tras las sombras del bosque encantado acecha Ander, el rey halcón que selló una antigua maldición sobre Mateo sin imaginar las consecuencias. Mientras los días se deshacen como plumas al viento, el cisne negro, alza su voz y reclama su lugar en la historia. En este mundo omegaverse, donde los vínculos y jerarquías definen el destino, Mateo deberá elegir entre el deber y el amor. En esta versión no todos podrán salvarse, pero quizá, solo quizá, haya una oportunidad para que el verdadero amor sobreviva... aunque tenga un precio. ESTA VERSION NO PASO POR CORRECCIONES EDITORIALES. Probablemente a lo largo del año lo haga para luego publicarlo en físico. Al publicarlo en físico se deshabilitará por un tiempo, pero luego estará completamente gratis en esta plataforma como siempre.

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5
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n/a
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18+

ACTO I

Existía una leyenda que corría de boca en boca entre los habitantes del reino humano. Se decía que, más allá del bosque sombrío, donde la niebla nunca se disipaba del todo, existía un mundo mágico donde los omegas guardaban riquezas tan vastas que podrían salvar a un reino entero de la pobreza. 

Para la mayoría, no eran más que cuentos de taberna y relatos para calmar a los niños durante las tormentas. Pero para el príncipe Derek, no todo era fantasía.

—Anoche leí otro libro —dijo con entusiasmo, mientras intentaba imitar la postura que Sebastián le había enseñado horas antes.

Pero, aunque el príncipe intentaba mantener la postura correcta mientras sujetaba el arco, sus dedos parecían más ansiosos por pasar páginas de libros que por disparar flechas.

—Alteza… —suspiró Sebastián, acercándose para corregirle los hombros—. Si no se concentra, terminara clavando esa flecha en su pie.

—Lo sé, lo sé —respondió Derek sin perder la sonrisa soñadora—. Pero imagina si el bosque encantado realmente existiera. ¿Y si esas leyendas fueran verdad? Un mundo lleno de secretos y posibilidades.

—¿Te refieres a los omegas varones? —Sebastián entrecerró los ojos mientras le pasaba una flecha nueva­—. Lo que se dice es son criaturas inestables al punto de ser peligrosas.

—¿Peligrosas para quién? —replico el príncipe con una chispa en su mirada mientras alzaba el arco—. ¿Para quienes quieren que todo siga igual?

La flecha voló y atravesó la manzana más cercana con un golpe certero. Sin embargo, Derek apenas la miro. No buscaba victorias fáciles. Lo que deseaba era una aventura que le arrancara el aliento, algo que le hiciera olvidar que era un heredero atrapado entre muros de mármol y pactos diplomáticos.

Lo que realmente anhelaba era encontrarse a sí mismo. Más allá del deber, más allá del alfa que todos esperaban que fuera. Y en lo profundo de su pecho, había una pregunta que no se atrevía a pronunciar en voz alta, ¿Y si el no encajaba del todo en este reino porque su destino lo esperaba más allá del bosque?

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En el jardín del palacio, los preparativos para la fiesta de cumpleaños del príncipe estaban en marcha. Aún faltaban cinco noches, pero la emoción ya se respiraba en el aire. Los invitados especiales comenzarían a llegar pronto, y la reina quería que todo estuviera perfecto.

Derek observaba el ajetreo con desinterés hasta que una voz familiar interrumpió la tarde.

—Príncipe Derek…

Él apenas reaccionó. Su madre, la reina, había llegado junto a sus damas de compañía. Los empleados se inclinaron en su presencia. Las damas, todas ellas omegas, rieron y cuchichearon al ver de cerca al apuesto príncipe.

—¡Derek!

El joven titubeó y finalmente se giró para ver a su madre. Su cabello gris relucía con la luz del sol.

—Oh… Madre, lo siento, no te escuché llegar.

Mintió y las risas de las damas aumentaron. Aquello era un ritual insoportable para el quien suspiraba irritado a sabiendas que su madre lo hacía a propósito. La reina cruzó los brazos con frustración.

—Derek, pronto cumplirás veintiún años. ¿Ya has decidido con quién vas a casarte?

—Eh… No, madre. Dame tiempo… —dijo, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago.

—Tiempo, tiempo. Es lo único que me pides y es lo único que no tienes.

La reina avanzó con elegancia, pero su mirada transmitía una advertencia.

—Tu padre y yo hemos sido pacientes contigo. Dijiste que querías enamorarte, pero no te hemos visto siquiera cortejar a una sola omega del reino.

—Este… pero, madre…

—No más excusas. No faltara mucho para que un día seas rey y necesitas una omega con quien tener hijos.

—Pero yo no sé si quiero eso para mí… —dijo, apretando sus puños.

—No digas más, querido. Ese es tu deber. Durante el baile en honor a tu cumpleaños, deberás elegir a alguien entre las hermosas omegas de la comarca para que sea tu esposa. Si no lo haces, tu padre y yo escogeremos por ti.

—¿Cómo voy a enamorarme en cinco noches? —sintió un escalofrío en la espalda.

—No lo sé —respondió su madre con frialdad—, pero encuentra el amor pronto o nosotros lo haremos por ti.

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Luego de aquella conversación, Derek quedó desconsolado. No quería casarse sin amor. Había visto a su hermana Leah sufrir en un matrimonio arreglado y aunque ahora era feliz, él no quería seguir ese camino.

Su caballero de compañía, Sebastián, notó la tristeza en su expresión y decidió intervenir.

—Mañana por la mañana haremos una partida de caza en el bosque. Nuestro príncipe necesita distraerse.

Los alfas presentes dieron su aprobación inmediata. Derek suspiro con resignación, sabía que Sebastián solo quería animarlo.

—A primera hora partamos juntos… —aceptó con una sonrisa.

Levantó su copa e invitó a todos unas bebidas, intentando ahogar sus preocupaciones en ellas. Pero ni todo el vino del reino podía responder a su verdadera inquietud.

¿Cómo se supone que iba a enamorarse?

¿Cómo podía estar seguro de que estaba listo para ello?

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Pero había una realidad que todos ignoraban. Las ideas del príncipe Derek no eran tan descabelladas, pues la magia flotaba sobre el bosque que limitaba con su reino. En sus profundidades, oculto tras la bruna encantada, existía el Lago de los Cisnes, que envolvía en su misterio al príncipe Mateo.

Un omega masculino, nacido del linaje más puro del reino cisne. Su presencia llenaba de luz y de magia esa porción olvidada del mundo donde los humanos no podían atravesar con facilidad.

Ajenos a la melancolía del príncipe verdadero, los vientos rozaban las mejillas de Mateo mientras el giraba entre sus hermanas cisnes. Sus movimientos, aunque gráciles, no tenían la misma ligereza de las féminas. Eran más firmes, más marcados, como si el propio lago coreografiara su danza y, aun así, su delicadeza era hermosa en su diferencia.

La luna iluminaba desde lo alto, como si lo reclamara solo para ella. Pero su luz también alcanzaba otro rincón del bosque, donde se tejía una historia diferente.

En un palacio oculto del bosque encantado, cubierto de enredaderas y ecos del pasado, los pétalos de rosa caían con suavidad, acariciando las plumas negras de Micael mientras él danzaba en soledad. La fuente del jardín trasero reflejaba su silueta, que se movía con una gracia dolorosa sobre la hierba húmeda. Nadie lo observaba, excepto las estrellas, cómplices mudas de su tristeza.

Micael, un beta que alguna vez fue un príncipe, había sido despojado de su título y expulsado del reino de los cisnes. Sin embargo, su cuerpo recordaba con precisión los pasos que alguna vez ejecutó en los salones de su hogar. Su baile era un lamento, una nostalgia convertida en movimiento y un anhelo transformado en arte.

Ya no pertenecía a aquel reino que lo olvido, ni a la familia que lo negó. Su refugio lo encontró bajo el ala de Ander, el rey halcón del bosque encantado. Desde entonces, su destino se entrelazaba con uno incierto donde el pasado no dejaba de perseguirlo.

Mientras tanto, los pasos de Mateo vibraban con sentimientos más contradictorios. En su pecho se entrelazaban la alegría y la culpa. Era amado por sus hermanas, venerado como una joya rara, como el único omega varón del reino. Sin embargo, bajo esa adoración se ocultaba un secreto, porque el título de heredero le pertenecía a otro que nadie quería recordar.

Mateo jamás había conocido a otro hombre. Desde su infancia, vivió bajo la protección de la reina Dinorah, su madre adoptiva. El mundo exterior era para él solo un cuento lejano, compuesto por las historias que ella le contaba. Nunca sintió la necesidad de buscar sus verdaderos orígenes. Para Mateo, Dinorah era la única familia, y su deber como príncipe era proteger a sus hermanas de la magia oscura que acechaba más allá del lago.

Lo que ignoraba era que Dinorah ya no gobernaba por derecho propio. El hombre que le había arrebatado el trono hacia años le permitió mantener el control de una pequeña porción del territorio, pero la verdad nunca le fue revelada a Mateo. Había demasiados secretos escondidos entre las ramas políticas de los alfas dominantes.

Durante siglos, estos alfas reinaron sobre los distintos reinos del bosque encantado. El dominio no siempre había pertenecido a los cisnes, pero con el tiempo, su raza dominó una magia única que los hizo destacar entre las demás criaturas. En este mundo, los seres mágicos y los humanos estaban divididos no solo por su naturaleza, sino también por su segundo género.

Los alfas dominantes eran los monarcas naturales de los reinos mágicos. En cambio, los humanos solo conocían los alfas comunes, incapaces de igualar su poder. Un dominante era tan raro como temido, ya que su magia podía doblegar incluso a los espíritus mas indomables.

Los omegas también se dividían por niveles de poder. Los recesivos poseían una energía incontrolable, mientras que los dominantes podían rivalizar con un alfa de su mismo rango. No obstante, eran tan escasos que su existencia estaba envuelta en mitos y supersticiones. La mayoría de las criaturas mágicas les temían.

Pero el destino de los betas era el más cruel. Eran los más abundantes y, a la vez, los más ignorados. Se les consideraba plebeyos, y nunca se les permitía ascender en la jerarquía social. En el Reino del Lago de los Cisnes, una unión entre una beta y un miembro de la nobleza era un tabú impensable. Si una doncella tenía la desgracia de engendrar a un cisne beta, este era desterrado sin compasión.

—Cada vez lo hace mejor, alteza —comentó una joven cisne, aferrándose con dulzura a las manos de Mateo mientras danzaban.

—No me mientas, aún no logro igualarlas —murmuró él, bajando la mirada con timidez.

Sabía que su cuerpo, aunque grácil, no poseía la misma ligereza que el de sus hermanas. Sus movimientos eran suaves, si, como una pluma al viento, pero en comparación, se percibía más firmes, más marcados. Sin embargo, había una belleza distinta en su forma de moverse, una fuerza que lo hacia único.

—Alteza, lo haces maravilloso… —susurró Estrella, antes de lanzar pétalos de jazmín al aire, y giro a su alrededor con devoción.

Mateo sonrió, permitiéndose disfrutar del momento sin conocer el verdadero propósito de aquellas jóvenes. No solo eran sus compañeras de danza, también eran sus protectoras. Desde su nacimiento, las doncellas del reino tenían la misión de resguardarlo de cualquier alfa que intentara corromper su pureza. Su existencia era un secreto celosamente protegido. Yaira, la guardiana real, jamás apartaba los ojos de él, incluso cuando se ocultaba entre las sombras.

Todas las cisnes poseían dones únicos, siendo capaces de crear cuarzos y piedras preciosas mágicas. Pero la reina Dinorah tenía una habilidad aún más extraordinaria, ella era capaz de generar plata. Según la profecía, Mateo sería el único con el poder de crear oro puro. Por eso, su existencia debía permanecer oculta al mundo exterior, especialmente a los humanos.

Cuando sus zapatillas comenzaron a desgastarse y su aliento se volvió irregular, Yaira interrumpió el baile.

—Es suficiente por hoy, alteza —ordenó con voz firme, sin espacio para objeciones.

Las jóvenes suspiraron con tristeza mientras su adorado príncipe era escoltado fuera del lago. Para ellas, Mateo no solo era un hermano, era la salvación.

—Ten cuidado, alteza —susurró Yaira, mientras lo cubría con una capa de cisne noble para ocultar su identidad—. Y por favor, descanse.

Guiándolo por los pasillos menos transitados, se aseguraron de que la reina no descubriera su pequeña escapada. Al menos por ahora, Mateo debía seguir creyendo que sus pasos eran secretos.

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Al entrar en su habitación, Mateo susurró el nombre de su cómplice más fiel.

—Amadís…

Desde las sombras, una figura se incorporó en la cama del príncipe, frotándose los ojos con suavidad.

—Su alteza real, por fin. Tardó más de lo habitual —murmuró con una sonrisa nerviosa.

—Te he dicho mil veces que me llames por mi nombre —suspiró Mateo, riendo en voz baja mientras ella se apresuraba a ayudarlo a desvestirse.

—Lo sé, pero cuando está la reina cerca… —Amadís bajó la mirada y se detuvo al ver los zapatos destrozados—. ¡Por todas las estrellas! ¡Eres un cisne que arruina zapatillas!

—Lo siento… Me estaba divirtiendo demasiado con nuestras hermanas. Hasta me duelen los pies —confesó con una mueca dulce.

—Rezo para que la reina no lo descubra. Si se entera de que cubro tus escapadas, seguro me cortará la cabeza.

—Madre nunca haría eso…

—Cierto… —admitió ella, con un tono más apagado—. Ella es la luz que brilla en este bosque oscuro.

Se sentó a los pies de la cama y comenzó a peinar con delicadeza el cabello largo del príncipe, como parte de su rutina secreta de cada noche.

—¿Y aún no has conocido a nadie especial?

—No y dudo que lo haga si mi madre continúa encerrándome en palacio.

—Lo sé… —Amadís suspiró hondo—. Ya casi será tu ritual de madurez. Ella debe estar aterrada…

Mateo guardó silencio. Su madurez… ese momento que marcaría un antes y un después.

—No te tortures con lo que aún no llega —susurró su amiga, dejando un beso cálido en su frente—. Descansa, mi príncipe travieso.

Lo arropó con ternura bajo las suaves mantas, mientras la luna seguía brillando sobre el Lago de los Cisnes.

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Micael danzó hasta que sus piernas se doblaron del dolor y el agotamiento. Sus músculos ardían, y su respiración se volvió un eco irregular en la noche silenciosa. Alzó la mirada hacia la luna, desesperado, como si en su fulgor pálido pudiera encontrar respuestas.

¿Por qué seguía haciéndolo?, se preguntó.

Era fuerte, leal a su rey, y sin embargo, no estaba seguro de cuál sería su destino. Dinorah siempre lo había ignorado. Nunca supo qué profetizaba sobre él, pero en su interior sospechaba que jamás tendría un lugar al que llamar hogar.

—¿Otra vez aquí, Micael?

La voz grave y pausada lo sacó de sus pensamientos.

—Tío… —saludó con rapidez, obligándose a incorporarse. Se inclinó con respeto ante el soberano, intentando recuperar la compostura. El rey lo observó con una expresión indescifrable.

—Te he dicho mil veces que no necesitas exigirte tanto. Pero supongo que no puedes ignorar tu terrible naturaleza.

Micael sintió el peso de la mano de su tío sobre el hombro y, por un momento, deseó que aquel contacto significara algo más que un gesto vacío. Sabía bien que el rey detestaba a los cisnes. Para él, eran un recordatorio de antiguas traiciones y augurios inciertos. Aun así, siempre había sido un buen tío con él.

El ballet corría por su sangre, lo consumía y lo llamaba. Hubo noches en que quiso ignorar la necesidad de bailar bajo la luna, pero su cuerpo no se lo permitía. Lejos del Lago de los Cisnes no era suficiente, pero el jardín trasero del palacio se había convertido en su refugio.

Él no era mágico. No tenía poderes como los cisnes, pero la sangre real corría por sus venas, y su instinto le exigía continuar con las tradiciones impuestas desde su nacimiento. No siempre fue marginado. Su padre había depositado esperanzas en él. Después de todo, el segundo género no siempre se manifestaba al nacer.

Pero cuando la verdad salió a la luz, fue desterrado sin explicaciones.

Micael sospechaba que Dinorah lo había visto en sus profecías. Que supo desde siempre que no sería poderoso, ni digno y cuando creció, lo comprendió.

Las plumas negras como la noche le dieron la respuesta. No había posibilidad de que fuera un alfa. No había posibilidad de que fuera un omega. Su cuerpo habló por él y selló su destino, era un cisne negro, un beta ordinario con sangre real.

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A la mañana siguiente, la reina del lago de los cisnes sintió la presencia de humanos intentando adentrarse en el bosque. No estaba preocupada, ya que una barrera invisible ocultaba su mundo mágico de los ojos mortales, protegiéndolo de cualquier amenaza. Sin embargo, su instinto le decía que aquel día sería diferente.

—Creo que es él —susurró la doncella de cabello de fuego, observando a través del agua junto a Dinorah. Sus ojos, llenos de incertidumbre, seguían la silueta del joven heredero del reino humano, quien avanzaba con determinación, buscando atravesar la barrera.

—Alteza, sin duda es él —confirmó la doncella morena, inclinándose ligeramente hacia la fuente, intentando ver mejor.

—Silencio —musitó la reina, alejándolas con un suave movimiento de su magia.

No necesitaba que se lo dijeran. Ya lo sabía. Él era el indicado. Él era el alfa que Mateo necesitaba para romper el hechizo.

Dinorah siempre había planeado esposar a su hijo con el príncipe humano. Su última profecía predecía que el amor de Mateo sería la clave para liberarlos de la magia del rey hechicero. Su príncipe no necesitaba esperar a un amor predestinado.

Desde temprana edad, la reina había poseído el don de la profetar a través de sus sueños. No siempre eran claros y muchas veces debía darles forma por sí misma. Sin embargo, la primera visión que tuvo tras el nacimiento de su hijo fue tan cristalina como el agua del lago. Aun así, se negó a aceptarla, y como castigo, nuevas revelaciones la acosaron noche tras noche, transformándose en pesadillas.

Mateo solía permanecer dentro del palacio, salvo en contadas ocasiones en las que su madre le permitía pasear bajo la estricta vigilancia de sus guardianas. Ese día sería uno de ellos. La reina le concedería la oportunidad de caminar junto al lago de los cisnes, justo cuando el príncipe humano llegara. La coincidencia no sería tal.

Necesitaba que el omega experimentara el amor antes de su madurez, o lo condenaría a un destino peor que la muerte. Y aunque en el fondo sabía que la culpa también era suya, no estaba dispuesta a cargar con ella. Mateo seria quien llevaría ese peso.

Todos los años, Dinorah planeaba algo nuevo en el cumpleaños del príncipe. Siempre simulaba el ritual de madurez, esperando que su hijo lograra manifestarse. Pero, aunque sus hermanas lo preparaban este evento nunca sucedía. Y cada vez que fracasaba, Dinorah debía replantear su estrategia.

—Llamen a Yaira —ordenó la soberana sin apartar la mirada de la fuente de revel.

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Micael sobrevolaba el límite entre el bosque encantado y las tierras humanas, siguiendo las órdenes del rey. No era un secreto que Dinorah permitiría el ingreso de un alfa. Él mismo lo había escuchado durante una de sus rondas de vigilancia.

El cisne negro solía infiltrarse en el palacio de los cisnes en su forma animal. El rey insistía en que esa apariencia le proporcionaba ventaja. A Micael le repugnaba ser un pájaro. Pero lo que más odiaba era tener que ocultar su verdadera forma en un reino que, alguna vez, fue su hogar.

Para su sorpresa, algo inesperado ocurrió. Un grupo de hombres armados con arcos y flechas de caza merodeaba cerca de la barrera. Micael no podía estar seguro de si eran alfas. Su habilidad para distinguirlos nunca había sido precisa.

Sin embargo, entre ellos, un hombre de cabellos color miel captó su atención. Había algo en él que lo diferenciaba del resto: su postura, su aura de autoridad y la manera en que sus ojos analizaban el bosque. Sin duda, no era un plebeyo común.

En la orilla del lago, Mateo reía mientras jugaba con los cisnes, acariciando sus plumas blancas. Corría de un lado a otro, y ellas lo seguían, volando sobre su cabeza. Sabía que aquellas aves habían sido malditas por su culpa.

No conocía los detalles, pero desde pequeño le habían dicho que nació con una maldición y que, debido a ella, las cisnes que no habían completado su ritual de madurez quedaron atrapadas en aquella forma. Incluso aquellas nacidas después de él heredaron la desgracia.

Nunca cuestionó esas palabras. Su madre le prohibió indagar, y sus hermanas... ellas no podían hablar del tema. Dinorah se aseguró de que guardaran silencio con su magia.

Por otro lado, Derek avanzaba con cautela por el claro del bosque, sosteniendo su arma de caza. Su instinto le decía que no estaba solo. Entonces lo vio. Era el joven más hermoso que jamás había contemplado.

Aún a la distancia, podía notar que se trataba de un omega varón. La gracia en sus movimientos lo delataba, así como el sutil aroma a lirios de sus feromonas que flotaba en el aire.

La ligera túnica del joven danzaba con la brisa, y su cabello rubio capturaba la luz del sol como si él mismo irradiara un resplandor dorado. Sus brazos se movían con elegancia, casi como si fueran alas. Incluso su vestimenta estaba decorada con plumas blancas. Derek apenas podía distinguir si era un hombre o un cisne convertido en humano.

Contuvo el aliento y avanzó con cuidado, temeroso de que el muchacho huyera. Mateo, al hacer contacto visual con el primer hombre que veía en su vida, reaccionó de inmediato. Retrocedió con el corazón desbocado, mientras los cisnes que lo rodeaban volaban furiosos y arremetían contra el intruso a picotazos.

—¡Espera! ¡Por favor, no te vayas! —exclamó Derek, dejando caer su arma al suelo y de inmediato levanto las manos en señal de rendición. Tuvo que cubrir su rostro con un brazo para protegerse de las aves cuando trató de acercarse—. ¡Me he perdido!

Entonces Mateo se detuvo y lo miró con total desconfianza. Los dos se estudiaron en silencio. Sus movimientos eran lentos y cautelosos. Pero poco a poco se aproximaron lo suficiente como para poder verse de cerca.

Derek, mucho más alto que Mateo, pudo apreciar con claridad la belleza etérea del cisne. Su mandíbula bien definida contrastaba con su aspecto juvenil, y esos labios rosados hicieron que el alfa contuviera el aliento.

Mateo, por su parte, sintió que algo dentro de él se estremecía al observar de cerca al príncipe humano. Sus hombros anchos, sus ojos color miel, su porte imponente, era la primera vez que veía a un hombre, y la sensación lo descolocó.

Pero no estaban solos. Desde lo alto, Micael observaba la escena con el corazón acelerado. No podía creerlo. Finalmente, lo que dijo Dinorah se estaba cumpliendo.

Derek liberó sus feromonas en el aire sin darse cuenta, embriagado por la presencia del omega. Mateo aspiró el aroma a caramelo, y por primera vez en su vida, sintió paz. No había peligro en ese alfa.

—¿Quién eres? —murmuró Derek, cautivado por la mirada afilada de Mateo.

—No necesitas saberlo —respondió el cisne, sin apartar la vista de él.

—Así que hablas… —Derek inclinó levemente la cabeza, intrigado por esos ojos azules que parecían brillar con la luz del amanecer.

Mateo no respondió de inmediato. Sus labios se entreabrieron un instante, pero luego exhaló un suspiro antes de dar un par de pasos hacia atrás.

—No deberías estar aquí… —dijo finalmente, su tono suave pero firme—. Te ayudaré a salir.

—¿Por qué te comportas así? ¿No sabes quién soy? — Derek frunció el ceño con desconcierto.

Mateo ladeó el rostro con cierta incredulidad.

—¿Acaso debería saberlo? —preguntó, sin perder su expresión de desconfianza.

El príncipe dudó por un segundo. Aquel omega era diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No se impresionaba ante su presencia ni parecía interesado en su título.

—No, no, solo lo digo porque me tratas como si fuera alguien peligroso —se excusó, esbozando una sonrisa ladina.

—Pues no te conozco —respondió Mateo, encogiéndose de hombros—. Eres un desconocido para mí.

Derek caminaba a un par de pasos detrás de él, incapaz de apartar la mirada de su figura. Algo en su pecho se agitaba con fuerza, como si todo en él le gritara que debía permanecer a su lado.

—¿Y no te gustaría conocerme? —insistió con voz suave.

—No —contestó Mateo con frialdad.

Pero Derek notó la vacilación en sus ojos. Había algo más bajo esa respuesta cortante, algo que lo impulsaba a seguir intentando.

—Me llamo Derek —dijo de todos modos, con una sonrisa confiada.

Mateo chasqueó la lengua, pero antes de que pudiera decirle que no le interesaba saberlo, el alfa continuó hablando.

—No tengas miedo. No soy alguien malvado y si pasa algo, puedo protegerte.

El omega se detuvo de golpe y lo miró con atención. Por su mente cruzó fugazmente una idea, pero la desechó de inmediato. No quería usar a un extraño para romper su maldición.

—Me llamo Mateo —cedió al fin—. Y si realmente quieres ayudarme, entonces márchate. Podría pasarte algo malo aquí.

—Pero si este lugar es tan peligroso… ¿por qué te quedas? —preguntó Derek, avanzando con cautela.

—No puedo irme — bajó la vista, como si la respuesta le pesara demasiado.

—¿Por qué? —entrecerró los ojos, curioso.

—Promete que, si te digo la razón, te marcharás —dijo con seriedad.

—Está bien… me iré.

Mateo tomó aire y le relató su historia. Le habló de la maldición que lo ataba al bosque, de cómo su nacimiento había arrastrado a sus hermanas al mismo destino. Su voz tembló ligeramente al confesar que, si intentaba huir, caería en un sueño eterno. El único modo de romper el hechizo era encontrar a su amor destinado, un alfa valiente y leal que quisiera casarse con él.

Derek apenas escuchó el final de la historia cuando sus ojos se iluminaron con determinación.

—Ven al palacio dentro de cuatro noches —soltó sin pensarlo demasiado—. Soy el príncipe del reino humano. Mis padres me han ordenado escoger un omega. Si tú vas… te prometo que me casaré contigo.

—Pero no me conoces… —parpadeó, sorprendido.

—No importa —dijo Derek, con absoluta seguridad—. Vendré por ti todos los días. Me conocerás. Puedo ayudarte a romper el hechizo… y haré que me ames.

El omega lo miró con una mezcla de desconcierto y recelo. Pero antes de que pudiera responder, una melodía suave flotó en el aire.

Las doncellas del palacio de cuarzo maduro, sentadas en lo alto de los árboles, tocaban sus instrumentos en honor al amor y la naturaleza. Pájaros de colores revolotearon a su alrededor, mientras el sonido de las flautas y los violines llenaba el bosque.

Derek sintió un impulso repentino y extendió la mano hacia Mateo.

—¿Me concedes este baile, príncipe Mateo?

El muchacho abrió los ojos con sorpresa. Su primer instinto fue rechazarlo, pero el amor que sentía por la danza le ganó. Se quitó sus zapatos y, con un ligero temblor en las manos, tomó la del alfa.

Los animales que merodeaban cerca de allí se acercaron para presenciar el espectáculo. Mateo se movía con una gracia inigualable, cada giro, cada extensión de sus brazos parecía parte de una coreografía celestial. Plumas blancas flotaban a su alrededor, atrapando la mirada embelesada de Derek.

Nunca había visto algo tan hermoso. Su corazón latía desbocado, atrapado en un hechizo del que no quería escapar.

Mientras tanto, en la distancia, una figura alada terminó de observar para ir a informar de inmediato a su soberano. En cuanto a Yaira, la guardiana, no se interpuso en el encuentro. La reina Dinorah había sido clara en sus órdenes, vigilar discretamente y no intervenir.

Pero alguien más estaba por llegar. El destino estaba en marcha y nada podría detenerlo.

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El joven cisne se había despedido tempranamente del príncipe humano y, de inmediato, un escalofrío recorrió su cuerpo. Era extraño perderse en un lugar que conocía a la perfección, pero por alguna razón, no podía encontrar su punto de partida. Ahora que estaba solo, el miedo lo invadió como nunca antes. Un frío antinatural lo abrazaba, erizándole la piel.

Miró a su alrededor, buscando alguna señal de ayuda, pero las doncellas ya no estaban y los animales parecían haberse ocultado. Un humo denso y oscuro se extendía entre los árboles, como si el bosque entero exhalara un aliento corrupto. La atmósfera era sofocante, pesada, como si algo lo estuviera envolviendo en una trampa invisible. Había caído en un punto ciego. Una emboscada.

Su respiración se aceleró cuando, entre la neblina, divisó una silueta apoyada contra un árbol. Era un hombre alto, aún más que Derek, con el cabello tan oscuro como la noche misma. Su aura era intensa y atrayente, y aunque no parecía moverse, emanaba una presencia abrumadora. Incluso a la distancia, Mateo sintió el roce de sus feromonas, un aroma embriagador a rosas que lo hizo estremecer.

Algo dentro de él le decía que debía huir, pero su cuerpo no respondía. Sus ojos se encontraron con los del extraño, almendrados, de un amarillo intenso y brillante, como dos brasas encendidas en la penumbra. Un vuelco en su pecho lo dejó sin aliento. No sabía quién era aquel hombre, pero era joven y deslumbrante, demasiado hermoso como para ser real.

Sin darse cuenta, Mateo comenzó a avanzar hacia él, hipnotizado. Su aroma era envolvente, tan embriagador que nublaba su juicio. Sus labios, con forma de corazón, se veían irresistiblemente suaves. Sin pensarlo, deseó tocarlos.

Fue entonces cuando algo brilló en la nuca de aquel omega, una marca dorada, resplandeciente y hermosa, pero oculta entre telas y joyas. Mateo sintió que el aire le faltaba y su corazón latió con fuerza. El mundo pareció detenerse, pero la verdad era más oscura de lo que imaginaba. Aquel hombre no era un príncipe generoso, ni un caballero dispuesto a salvarlo. No. Él era el rey del bosque encantado. El hechicero más poderoso y despiadado de todos.

Ander, el alfa dominante que, finalmente, había decidido presentarse ante el joven príncipe. Una sonrisa se dibujó en los labios de Ander al ver al pequeño cisne parado frente a él sin ningún atisbo de miedo. Estaba claro que el joven desconocía quién era realmente, y él no tenía la menor intención de aclarárselo.

Aquel hechicero inmortal había marcado el destino de Mateo incluso antes de que este pudiera hablar bien. Cuando aún era un niño, Ander lo maldijo. Lo hizo por ambición, poder y venganza.

Todo comenzó cuando Ander robó una de las profecías ilustradas de Dinorah. En ella, se hablaba de un cisne que nacería con una magia pura y brillante, capaz de cambiar el curso de la historia. Al descubrir su existencia, Ander decidió que ese omega debía permanecer en la vigilancia de su reino. Sin embargo, Dinorah se negó rotundamente a entregarle al niño.

Él, en aquel entonces un hechicero joven pero sumamente talentoso, reaccionó con furia. Maldijo al pequeño y a las doncellas cisnes, pero algo salió mal. Mateo, al ser su destinado, no pudo transformarse en un ave como las demás. Su magia lo protegió de la mutación, pero no de la responsabilidad. En lugar de ser un simple cisne más, quedó ligado al destino de sus hermanas, y se transformó en el único capaz de romper el hechizo.

Si salía del eje invisible marcado por Ander, su cuerpo colapsaría. Primero un desmayo. Luego, un sueño profundo. Y si insistía un letargo eterno del que jamás despertaría.

El reino cisne estaba construido sobre una mentira. Dinorah, la reina que tanto amaba, había creado una ilusión para mantenerlo a salvo, alejándolo de la verdad. El lago de los cisnes, el hogar que tanto protegía, no era más que una jaula invisible. Mateo creía amar un reino que no estaba completo. Un reino manipulado. Un reino diseñado para que siguiera el camino que su madre había trazado para él.

Cuando la maldición no funcionó como esperaba, Ander amenazó a Dinorah con tomar lo que le pertenecía por la fuerza. Si el cisne era capaz de repeler su poder, entonces una vez que alcanzara la madurez, lo reclamaría como su esposo.

Dinorah, desesperada, intentó contrarrestar su hechizo. Pero incluso con todo su poder, no pudo revertirlo. Ander, aun siendo un hechicero joven, era más fuerte que ella. La reina siempre supo que llegaría este momento. Consciente del peligro, usó hasta la última gota de su magia para lanzar un contra hechizo:

“Mateo será responsable de salvar este reino de tu oscuridad. No podrá huir de su destino, pero encontrará luz en su maldición. Hasta que no manifieste su madurez, serás incapaz de tocarlo. Si lo haces, el dolor que sentirás será símil a mil puñales. Y si no lo respetas, las heridas serán reales y físicas, hasta acabar con tu vida.

En cuanto a mis niñas, serán cisnes durante el día, pero cuando el sol se esconda, recuperarán su verdadera forma. El lago será su manto protector, y mientras permanezcan en él, no podrás hacerles daño.

Mi pequeño príncipe tendrá una esperanza, si enamora primero a un alfa valiente que desee casarse con él, y si este sella su promesa de amor con un beso sincero, tú perderás todo poder sobre él y sobre mis hijas. Devolverás lo que una vez fue mío por derecho y abandonarás estas tierras sagradas.”

Ander, al principio, se rió. ¿Un beso de amor sincero? ¿Un alfa valiente?

Ridículo, pensó. Pero cuando el contra hechizo cayó sobre él, su risa desapareció. No podía tocar a Mateo. No sin pagar un precio alto.

No quiso desatar una guerra en ese momento. Se retiró esperando el momento adecuado. Aceptó su derrota parcial, pero no pensaba rendirse. Solo necesitaba más tiempo. Más paciencia.

Él y Dinorah eran hermanos de distintos padres. La rivalidad entre ellos había existido desde el inicio. Ella, venerada como una reina de luz. Él, temido como un hechicero de sombras. Dinorah supo desde el principio que Mateo era su destinado y por eso hacia todo lo posible para ocultarlo.

¿Por qué?

Porque, si Ander lo reclamaba su poder sería absoluto y eso, ella no lo permitiría. Por eso vistió a Mateo con prendas que ocultaban su cuello y jamás reveló la verdad. Porque si Ander veía aquella pluma dorada en su nuca…sabría, sin lugar a dudas, que Mateo ya le pertenecía.

—¿Qué pasa? ¿Te perdiste, pollito? —la voz del alfa resonó en la quietud del bosque, cargada de burla y seguridad. Su mirada penetrante se clavó en el joven cisne, escrutándolo con descaro.

Mateo se tensó al instante. Había algo en ese hombre que le erizaba la piel, aunque no por miedo, sino por una sensación mucho más inquietante. Se humedeció los labios antes de responder con rapidez, sintiendo cómo su propio cuerpo traicionaba la desconfianza que intentaba mantener.

—¿Qué? No, no… —titubeó, tratando de mantener la compostura—. ¿Y tú? ¿Quién eres? ¿Otro humano?

El alfa rió con ligereza, entrecerrando los ojos con diversión.

—Ander. Me llamo Ander, pollito —respondió, dejando que su nombre flotara en el aire como si tuviera algún peso oculto—. Y no soy nadie en particular…

Mateo lo miró con suspicacia. Algo en ese hombre le hacía desconfiar, aunque su propio cuerpo pareciera contradecir su instinto.

—Si no vas a decirme quién eres realmente, mejor me iré. Hoy ha sido un día difícil —murmuró, dándose media vuelta. Sus pies dolían por la caminata sin rumbo, y el sol ya comenzaba a hundirse en el horizonte.

—¿Decir mi nombre no ha sido suficiente para ti? —la voz de Ander lo alcanzó con una mezcla de diversión y burla mientras caminaba tras él. A cada paso, un humo oscuro brotaba de la tierra, enredándose como serpientes alrededor de sus tobillos.

—¿De qué me sirve a mí saber tu nombre? —cuestionó con impaciencia, girándose para enfrentarlo.

Ander inclinó la cabeza con un gesto casi perezoso, pero sus ojos destellaban un brillo astuto.

—Eres realmente gracioso… —musitó con una sonrisa ladeada—. Si quieres que sea bueno contigo, solo tienes que pedírmelo. Pero, en serio, no estás tomando el camino correcto.

—¿Y tú cómo puedes saber eso? —Mateo frunció el ceño.

—Porque sé quién eres —susurró Ander, rodeándolo con pasos lentos, como un depredador midiendo a su presa—. Un principito con alas que no sabe volar…

Se inclinó hacia él, acercándose lo suficiente para que su aliento rozara su piel.

—Y el lago de los cisnes no está por aquí…

Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus labios se entreabrieron con dudas, pero su cuerpo pareció decidir por él.

—¿Tú… podrías llevarme? —su voz salió más suave de lo que pretendía.

—Por supuesto que sí, alteza real… —sonrió con suficiencia.

Su tono fue un susurro en su oído antes de apartarse para hacerle una reverencia exagerada. Luego, extendió un brazo en un gesto de cortesía burlona.

—Vamos, sostente de mí si quieres. Aunque, viendo tu cara de desconfianza, me pregunto si piensas que voy a devorarte.

Mateo resopló, pero aceptó su brazo con recelo. Al instante, sintió la firmeza de sus músculos bajo la ropa y la calidez que irradiaba su piel.

La sonrisa de Ander se mantuvo, pero algo en él cambió sutilmente. Sus ojos se oscurecieron por un instante, y Mateo lo notó. Sin darse cuenta, dejó escapar un leve rastro de sus feromonas, como si su instinto intentara calmar aquello que perturbaba al alfa.

—Deja de mirarme así… —dijo Ander, su voz ahora más baja y contenida.

—¿Así cómo? —preguntó Mateo con sincera curiosidad.

—Como si estuvieras intentando comprenderme.

Hubo un breve silencio entre ellos antes de que el príncipe desviara la mirada, algo avergonzado.

—No te he visto nunca… —murmuró en voz alta, casi para sí mismo.

—Eso es porque los alfas como yo no jugamos con las aves.

—Escuché que existían otros hombres en este bosque… pero no creí encontrarme con dos en un solo día.

—Así que realmente te tienen cautivo, ¿eh? —dijo, soltando una risa seca.

—Algo así… Sé que mi madre solo me cuida, pero si no me deja salir, ¿cómo espera que yo…? —suspiró con frustración y apretó los labios, sintiendo un nudo en el pecho.

—¿Rompas el hechizo?

El cisne se quedó helado. Sus ojos se abrieron con alarma, y su cuerpo se tensó.

—¿Cómo sabes eso?

Ander sonrió con suficiencia y se inclinó apenas hacia él.

—Es cultura general, pequeñito. Todos sabemos de ti.

Mateo dio un paso atrás con su pecho agitándose entre una mezcla de confusión y temor. Pero antes de que pudiera reaccionar, chocó contra el tronco de un árbol. Ander no se alejó. Su presencia lo envolvía como una sombra imposible de esquivar.

—Estarás bien, alteza… —susurró con su voz deslizándose sobre su piel como un roce intangible—. Solo trata de no volar fuera del bosque o querrán cazarte. Y tal vez… alguien pueda enojarse.

Mateo frunció el ceño, aún atrapado en la intensidad de su mirada.

—¿Qué?

El alfa se inclinó un poco más, lo suficiente para que su aliento caliente se mezclara con el suyo.

—Da diez pasos hacia adelante, atraviesa el arbusto de bayas rojas y estarás en el lago de los cisnes.

Mateo apenas tuvo tiempo de procesar sus palabras antes de que Ander se apartara con un movimiento fluido. Su silueta comenzó a difuminarse entre la bruma del bosque, como si nunca hubiera estado allí.

—Fue un gusto verte, príncipe Mateo… —fueron sus últimas palabras antes de desaparecer por completo entre los árboles.

El cisne se quedó quieto sintiendo que, de alguna forma, había terminado más perdido de lo que estaba antes.

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Cuando Mateo llegó al lago, el atardecer teñía el cielo de tonos rosados y naranjas, reflejándose en el agua con un resplandor suave. Apenas puso un pie en la orilla, Yaira corrió hacia él con el rostro desencajado por la angustia.

—¡Mateo! —exclamó, sujetándolo con fuerza por los hombros—. ¿Dónde demonios estabas? ¿Por qué tardaste tanto?

Había tantas preguntas atoradas en su garganta que no supo por cuál empezar. Sus manos temblaban, apretándolo como si temiera que desapareciera nuevamente.

El príncipe no pudo responder de inmediato. Aún sentía la piel erizada por la última mirada de Ander y el susurro de su voz en su oído. Había algo en la presencia del alfa que le revolvía el estómago de una forma extraña, como si su cuerpo lo reconociera de un modo que su mente no alcanzaba a comprender.

—Lo siento —murmuró, desviando la mirada.

Sus hermanas, ya transformadas en mujeres, lo rodearon en cuanto lo vieron. Sus ojos brillaban con curiosidad y esperanza.

—¿Dónde estabas? ¿Qué pasó con el príncipe humano? —preguntó una de ellas, ansiosa.

Mateo tardó unos segundos en responder. En su cabeza, la figura de Ander aún pesaba más que la de Derek. Pero al ver la emoción de sus hermanas, decidió apartar aquel pensamiento y contarles sobre el amable príncipe humano.

—Nos encontramos por casualidad en el bosque —comenzó—. Fue… bueno. Fue muy atento. Dijo que le gustaría verme de nuevo… que podríamos romper la maldición juntos.

Las jóvenes soltaron pequeños gritos ahogados de emoción, intercambiando miradas llenas de ilusión.

—¡Es nuestra oportunidad, Mateo! —dijo otra de sus hermanas—. Si es sincero, si realmente te ama…

Mateo apretó los labios. No estaba seguro de aceptar la propuesta de Derek, pero al ver los rostros esperanzados de sus hermanas, sintió que no podía arrebatarles esa posibilidad.

Yaira, en cambio, no despegaba su mirada de él. Conocía a Mateo mejor que nadie, y algo en su actitud no terminaba de convencerla. Había estado a punto de perderlo, su rastro se desvaneció tan de repente que por un instante temió lo peor. Lo había visto despedirse de Derek, pero después… desapareció. Como si la tierra se lo hubiera tragado.

—Mateo —su voz sonó más baja, más seria—. ¿Pasó algo más?

—No —dijo, apartando la mirada.

Yaira no insistió, pero no le creyó.

Esa noche, Mateo regresó al palacio para descansar. Sin embargo, su sueño no fue tranquilo. En su mente, la silueta de Ander se materializó una vez más, su voz profunda resonó en su oído como un eco persistente. En su sueño, la sombra del alfa lo rodeaba, envolviéndolo en una sensación de calidez inquietante.

Lo que Mateo no sabía era que, en realidad, Ander sí estaba ahí. De pie junto a su cama, oculto por la magia de su cuarzo fantasma, lo observaba dormir con una expresión inescrutable.

Su corazón se alteraba incluso en sueños. Su cuerpo podía sentir a su destinado.

En el otro extremo del bosque, el reino de Ander se alzaba envuelto en una penumbra mística. Era un lugar de sombras y secretos, donde la magia oscura fluía libremente, alejada de las leyes del lago de los cisnes.

Cuando el alfa regresó a su palacio, Micael ya lo esperaba en la entrada de su habitación. Su sobrino tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido, claramente impaciente.

—Tío —dijo con un tono de reproche—. ¿Dónde estuviste?

—¿Desde cuándo te doy explicaciones, mocoso? —soltó un suspiro, fastidiado.

—Desde que te metes donde no debes. Sabes que no eres bienvenido en el lago, y aun así…

—Dinorah no puede verme.

—Pero puede sentirte, imbécil.

Micael chasqueó la lengua con frustración. Ander solo se encogió de hombros con una sonrisa burlona.

—Sabes que soy más fuerte que todo su reino entero —afirmó con arrogancia.

—Pero bajo su techo vive su arma mortal, y tú lo sabes —lo fulminó con la mirada.

Ander no respondió. Con un movimiento de la mano, la puerta de su habitación se cerró con un chasquido y un campo de energía oscura impidió cualquier interrupción. No tenía intención de seguir escuchando sermones.

Micael resopló, cansado. Por más que lo intentara, sabía que no haría cambiar de opinión a su tío. ¿Se preocupaba por él? Por supuesto que sí. Ander era lo más parecido a un padre que había tenido, la única figura que nunca lo rechazó.

A diferencia de Mateo, Micael había crecido en un entorno donde su existencia era una mancha. Fue Ander quien lo acogió, lo entrenó y lo convirtió en su mano derecha. Micael ya no era solo un príncipe caído, era un guerrero y un buen practicante tanto de estrategia como de magia oscura. No tenía poderes naturales, pero había compensado esa carencia con un conocimiento profundo en pociones y hechizos antiguos.

Por eso, cuando finalmente llegó a su clase, el duende tras el escritorio apenas levantó la mirada para soltar un comentario sarcástico.

—Llegas tarde.

Micael resopló mientras se quitaba las prendas más incómodas y se colocaba sus zapatillas de ballet.

—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?

El duende ajustó sus lentes y volvió a sus pergaminos.

—¿Otra vez intentando hacer razonar a nuestro rey?

Micael no respondió. Se limitó a concentrarse en su reflejo en el espejo y en la música que comenzaba a llenar la sala. Su danza no tenía la delicadeza etérea de los cisnes blancos. Sus movimientos eran más agresivos.

Bailaba con rabia, con rencor porque, aunque se hacía el fuerte, aún dolía.

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A la hora del desayuno, Mateo se sentó con Amadís en la cama a charlar sobre lo que había pasado el día anterior. Por alguna razón, volvió a evitar hablar de Ander. No sabía por qué había omitido esa parte de la historia, quizás una corazonada le advertía que debía ser un secreto.

—Oh, estrellas mías, ¿tan guapo era el príncipe del reino humano? —preguntó Amadís con un brillo travieso en los ojos.

—Sí, la verdad… Tenía una sonrisa muy adorable… —confesó Mateo, pero cuando quiso recordar a Derek, rápidamente apareció la imagen de Ander en su mente, provocándole una expresión de disgusto.

Amadís ladeó la cabeza, confundida.

—¿Y él te gusta? ¿Iras al baile? —preguntó con un dejo de preocupación al notar su reacción.

Mateo suspiró, jugando con el borde de su ropa de cama.

—Es guapo, pero no lo conozco… Aun así, tal vez deba aceptar su propuesta… Ya sabes, el hechizo… —balbuceó, sin atreverse a mirarla a los ojos.

La dama frunció los labios y tomó sus manos entre las suyas.

—Como amiga, te diría que solo te cases con la persona que amas… —musitó con una mirada apenada—. Pero como tu dama de compañía y miembro de la nobleza… mi hermana también ha sido maldita y, la verdad…

—Es mi deber como príncipe, lo sé… Solo yo puedo romper este cruel hechizo. —Mateo bajó la mirada, sintiendo el peso de sus palabras.

—Lo siento, Mateo. —La joven apretó sus manos con tristeza.

—No lo lamentes. Intentaré conocer a ese joven por el bien de nuestras hermanas cisnes. —Intentó tranquilizarla, tomando las mejillas de la muchacha entre sus manos. Su responsabilidad le pesaba, pero la aceptaba.

—Sé que, si la reina te escuchara, estaría orgullosa de ti.

El pequeño cisne odiaba la presión que sentía en sus hombros, pero desde joven fue criado para cumplir su propósito como príncipe heredero. Pese a no haber madurado del todo, al cumplir los dieciocho años, Dinorah lo entrenó para que supiera usar su magia.

Caminaba siempre al lado de su madre, ayudándola en asuntos pequeños pero que la corte valoraba. Cuando recibía permiso de la reina, pasaba tiempo con las cisnes hechizadas y cuidaba de ellas en el lago. Desde sus plumas hasta sus alimentos, el príncipe administraba todo lo que tenía que ver con ellas. Él sentía que se lo debía a todas las cisnes del reino, puesto que todas sus hijas más jóvenes estaban malditas desde su nacimiento.

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Mateo se encontraba en su escritorio revisando los últimos cuarzos creados para su distribución. Estos contenían una magia especial que sustentaba a todo el reino de los cisnes. Las hadas los necesitaban para crear el famoso «polvo de hadas» e incluso los animales del bosque los usaban para diferentes fines.

¿Curar alguna herida? Cuarzo rosa. ¿Adquirir habilidades mágicas? Amatista. ¿Superar miedos o conciliar el sueño? Amazonita. Cada uno tenía sus propiedades y Mateo, como príncipe heredero, debía conocerlas, seleccionar las buenas entre las malas y ayudar a los seres del bosque con ellas. Ninguna piedra era tan valiosa como la verdadera magia de cisne, pero esa pizca de magia era suficiente para los más débiles y carentes de poder.

Un revoloteo en la ventana interrumpió su concentración. Un cisne de plumas extremadamente blancas y preciosas entró con elegancia, dejando ver un collar particular de cuarzo rosa. Era Karina, hermana directa de Amadís y, como todas las cisnes del reino, su hermana de corazón. Mateo las había acogido como su familia al ser un cisne sin árbol genealógico.

La manera en que Karina se alborotaba en el marco de su ventana le recordó su promesa con Derek. Con ayuda de Amadís, se vistió con un traje de hermosa pedrería rosada, haciendo honor a su mejor amiga. Amadís prometió finalizar su trabajo y Mateo se apresuró en ir al lago sin consultar a su madre. Pero él no sabía que Dinorah no iba a interferir en aquel encuentro, pues desde un comienzo fue su plan que Derek se enamorara de él.

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—Viniste —dijo Mateo agitado tras haber llegado al lago casi a trotes.

—Tú también viniste —respondió Derek con una sonrisa, acercándose para acomodar su cabello dorado y alborotado.

—Creí que te perderías si intentabas regresar.

—Tengo buena memoria, jamás olvidaría cómo llegar a ti.

Mateo sintió su rostro arder al oír esas palabras. Derek lo cortejaba sin pudor y él lo permitía. El príncipe humano trajo regalos de su reino como libros, panes y otros objetos exóticos para Mateo.

La primera cita oficial de cortejo realmente fue emocionante y divertida, y por un momento Mateo logró olvidar la existencia de Ander. Derek era amable y estaba cumpliendo su promesa de conocerse más.

Hablaron de sus pasatiempos. Derek disfrutaba de cazar, pero Mateo no estuvo de acuerdo con esa actividad, así que el príncipe evitó profundizar en el tema. Le contó sobre su familia, sus dos hermanas y su gran amor por ellas. Leah, la mayor, una omega respetada, solía consentirlo trayéndole roles de canela de su nuevo reino, y ahora eran sus favoritos. Por eso, Derek llevó algunos para Mateo.

Sin embargo, todo lo que había aprendido de Derek se esfumó cuando, al atardecer, Ander volvió a aparecer frente a él.

Esta vez, Ander estaba escondido entre los árboles, a unos metros del lago de los cisnes. Hizo una señal al omega para que se acercara cuando vio que el humano se había marchado. Al principio, Mateo se negó a prestarle atención y continuó comiendo lo que Derek le había traído. Miraba a Yaira de reojo, preocupado de que notara la presencia del alfa, pero la guardiana parecía completamente ciega ante él.

Por un momento, Mateo creyó que todo era producto de su imaginación, hasta que su corazón se desbocó al sentir las feromonas de Ander. No tardó en escabullirse hacia donde él se encontraba en cuanto su guardiana se distrajo jugando con los cisnes.

—¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? —susurró Mateo, volteándose varias veces para asegurarse de que sus hermanas no lo estuvieran viendo.

Ander había sentido la presencia de Yaira desde su primer encuentro. Por eso, al igual que la vez anterior, la cegó para que no detectara su presencia. Si quería que las cosas salieran bien, debía sacar a Mateo de su eje para que la mujer perdiera su rastro por completo.

—Creí que me saludarías primero, su alteza real… —se burló Ander, haciéndole una seña para que lo siguiera—. Veo que no le contaste a tus hermanas sobre mí.

Mateo se puso nervioso al sentirse descubierto, y sus mejillas se tiñeron de rojo. Ni él mismo entendía por qué reaccionaba de esa manera. Ander lo había puesto a prueba al decirle su verdadero nombre y, de algún modo, le reconfortaba saber que el cisne tenía un espíritu rebelde.

—Bueno, es mejor así —murmuró Ander, alertando a Mateo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si te ven conmigo, podría ser un problema. Verás… no le caigo muy bien a tus hermanas.

—¿Quién eres tú? —Mateo lo miró con recelo—. No te hagas el tonto. Tú no eres un cisne mágico como nosotros.

Se adentraron en una parte más alejada del bosque, un sector desconocido para Mateo.

—Digamos que soy más bien un depredador —respondió Ander, mirándolo de reojo—. Me gusta cazar.

Mateo se tensó. Algo en esa respuesta le inquietó aún más. No era humano, de eso estaba seguro. Pero si lo conocía, tampoco podía ser del mismo lugar que Derek. Eso solo lo confundía más.

—¿Y a dónde vamos, señor depredador?

—A ningún lugar en especial, su alteza real… solo quería comprobar cuán inocente eres para seguir a un desconocido ciegamente.

Se detuvieron en la boca del bosque, rodeados de flores resplandecientes. No era un jardín común. Nada lo era en el bosque encantado. Las rosas danzaban con el viento y brillaban como estrellas titilantes incluso bajo la sombra.

Mateo retrocedió asustado, pero Ander lo sujetó con suavidad del borde de su saco, atrayéndolo hacia él. Se cuidaba de no tocarlo directamente, algo que no pasó desapercibido para el omega. Memorizar cada detalle de sus interacciones se había convertido en un hábito.

—No tengas miedo, solo juego contigo, pollito —rio Ander, frotando con las yemas de los dedos la tela entre sus manos—. Es muy divertido.

—No eres nada gracioso —se quejó Mateo, frunciendo el ceño.

—Perdóname, alteza… no quería herir su corazón.

Ander se inclinó levemente, reduciendo la distancia entre ambos. Admiró su nariz afilada y esos ojos desafiantes que lo miraban como si pudieran atravesarlo.

—En verdad eres el cisne más hermoso que he visto… no imaginé que crecerías tan bien —murmuró, casi sin darse cuenta.

—¿Qué?

—Decía que pronto cumplirás veintitrés años. ¿La reina te está preparando para tu ritual de madurez?

Mateo suspiró.

—Sí, lo hace todos los años, pero yo… bueno, yo aún no…

—¿Aún no logras manifestarte?

—No. No sé por qué.

Mateo se soltó de su agarre y se sentó en el césped, jugueteando con las flores danzarinas. Miró a Ander desde su posición. No podía explicar por qué seguía hablándole. Pero el alfa tenía un efecto sobre él, lo hacía desear su compañía.

—Quizás necesites ayuda… —Ander se acuclilló frente a él, analizándolo con detenimiento—. Tal vez exponerte a feromonas de alfa ayude. ¿Nunca has considerado que podrías ser un omega recesivo?

Mateo lo miró con confusión.

—No. Entre omegas mujeres no existe tal cosa.

—Hay mucho mundo fuera de tu palacio, príncipe, y deberías aprender, porque si realmente eres recesivo, eso podría ser peligroso en el futuro.

—No sé de qué hablas…

Mateo dejó de jugar con las flores y apoyó su mejilla en una de sus manos, esperando que Ander explicara.

—Su alteza… —suspiró el alfa—. Su celo puede llegar en el momento menos oportuno y desatar un caos. ¿Acaso la reina no le ha hablado de esto?

Ander negó con la cabeza, indignado. La sola idea de que Mateo pudiera enfrentarse a su madurez sin preparación le parecía un desastre inminente.

—Solo sé precavido, ¿de acuerdo?

—Entiendo… —Mateo tomó aire, observando cómo Ander se recostaba a su lado—. ¿Por qué me ayudas, si mis hermanas te odian?

La pregunta resonó en la mente del hechicero. Miró el cielo teñido de rosa sin encontrar una respuesta sincera.

Se había acercado a él con el propósito de evitar que se enamorara del príncipe Derek. Sabía que, al ser un niño encerrado e inocente, Mateo era susceptible a entregar su amor con facilidad. Pero, entonces, ¿por qué le estaba advirtiendo? No tenía sentido.

Mateo estaba cómodamente sentado al lado de su depredador, sin percibir peligro alguno. Sus alarmas internas no se encendían. Quizás por el lazo que los unía desde el nacimiento.

El silencio prolongado de Ander fue su respuesta. Mateo tampoco estaba seguro de querer saber más. Los minutos volaron. Aunque no se dijeron nada más, disfrutaron de la compañía del otro. Ander odiaba admitirlo, pero también deseaba ver a Mateo. Lo necesitaba. La dulce combinación de sus feromonas relajaba su cuerpo, como si fuera un somnífero.

Cuando el sol se ocultó por completo, dejando que las estrellas reclamaran el cielo, un grito femenino resonó cerca de donde estaban.

—¡Mateo! ¡Príncipe Mateo!

El cisne reconoció de inmediato la voz de su guardiana real y miró a Ander con temor y pesar. No quería marcharse tan pronto. Era absurdo el dolor que le causaba alejarse, pero la sonrisa cómplice de Ander lo tranquilizó. No era una despedida definitiva. Aún no lo conocía tanto como a Derek, pero presentía que Ander le enseñaría más sobre su mundo, y él anhelaba aprenderlo de alguien ajeno al lago.

Se alejó con el corazón alborotado y las mejillas encendidas. No podía apartar de su mente los ojos dorados de Ander, su sonrisa traviesa, ni los hoyuelos que se le marcaban cuando reía. Por primera vez, dudó.

¿Y si su destino no estaba con Derek?

—¡Yaira! ¡Aquí estoy! —gritó al llegar al lago, donde sus hermanas danzaban bajo la luna. Sus vestidos blancos, ligeros como plumas de cisne, resplandecían con el brillo de los cuarzos incrustados en sus tejidos. El de Yaira, un azul profundo como el océano, la hacía destacar entre todas.

—¿Dónde estabas? No podía sentir tu feromona —reclamó ella, con la voz tensa.

—Lo siento, me distraje recogiendo frutos y observando unas flores nuevas… —mintió sin titubear.

Yaira entrecerró los ojos. Sabía que no era verdad. La inquietud le oprimía el pecho. ¿Por qué Mateo insistía en ocultarle cosas? ¿Qué estaba tramando? ¿Debería informar a la reina?

Antes de que pudiera cuestionarlo más, Melody los invitó a unirse al baile. Cielo y Karina tomaron las manos de Mateo y lo arrastraron a la orilla del lago. Descalzo, sintió la humedad del césped entre los dedos de los pies. No lamentó haber olvidado sus zapatos de baile.

Giró sobre sí mismo, giró y giró, con la luna como testigo. Pero mientras se dejaba llevar por la danza, su mente estaba en otra parte.

En un claro del bosque. En una sonrisa de hoyuelos.

En un par de ojos dorados que lo habían atrapado sin remedio.