El cartero
Bello es el pueblo de Los Grandes Frijoles y bellos son sus habitantes. En esta villa campesina y pobre, se podía encontrar toda clase de belleza en sus residentes; desde panzas peludas hasta piernas delgadas como los postes de una cerca; desde barbas frondosas, hasta pieles devoradas por la viruela. Yo me hubiera detenido a besar sus pancitas y soplar hasta hacer el sonido de un pedo, tal como hacen las madres con sus bebes para hacerlos estallar de la risa.
Sí, algunos me llaman loco por amar a estos pequeñines, pero que puedo decir, siento debilidad por los agricultores que aman demasiado a sus vacas, o los jornaleros que prefieren beberse su poco salario en agua ardiente en lugar de alimentar a su familia, o a las curiosas señoras que vigilan por las ventanas a sus vecinas para obtener conocimiento valiosísimo para la vida.
En Los Grandes Frijoles hay mucho que contar; mucho conocimiento indispensable para la vida humana. Siempre hay que reconocer ciertos elementos que no pueden faltar para vivir saludablemente: el trabajo, la diversión, el amor, la fe y desde luego, conocer lo que pasa en este pueblo tan hermoso.
Hay una gran variedad de personas dedicadas a todo tipo de labores, pero hoy nos dedicaremos a hablar de solamente de dos de sus linduras: el alcalde y de su asistente. Lo que les sucedió a mis hermosos corazones vaticinaban una ola de eventos extraordinarios en este pueblo, que atemorizó a muchos, ya que normalmente vivían de la paz.
Sí, claro de la paz. Aquella en donde había romance entre campesino y su ganado. Un ambiente saludable como la empatía que sentían los ancianos por la perversión de la juventud o la venganza que hacían algunos cuando tenían enemigos: cagarse en su patio.
Los pueblerinos no saben, pero está a punto de llegar uno de esos fastidiosos extranjeros. Como odio a los de afuera. Nada como alguien local y que horrible cuando viene alguien del extranjero a introducir sus locas ideas.
Todo sucedió un martes por la tarde, cuando un imbécil mensajero traía consigo una enorme caja a sus espaldas. Él hombre iba con su horripilante caballo y su andrajosa vestimenta, parcialmente protegida con una cota de malla. Su animal renqueaba y era tan tonto que no tuvo la decencia de hacerle descansar; ¡maldito cretino!
Mis curiosos niños se escondían entre el camino para poder ver aquel mensajero, señalando el porte de aquel bicho: barbilla ligeramente levantada y la espalda recta. Se dio cuenta de que lo seguían ojos curiosos y con un jalón de las riendas hizo detener su montura que, para ese momento sacaba la lengua como una tripa suelta.
—Oh, desconocidos jóvenes —dijo el maldito imbécil, intentando llamar la atención de todos, pero sin mirar a nadie en específico—. Mi nombre es Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo. Estoy buscando el pueblo llamado Los Grandes Frijoles. ¿Este camino me lleva a ese pueblo?
Los niños se sorprendieron de escuchar un nombre tan corto como aquel, pero uno de ellos levantó la cabeza para dejarse ver.
—No tiene que seguir buscando, señor. Está usted en ese pueblo.
—Gracias a Dios, que fue mi guía en esta travesía tan peligrosa —iba a seguir su camino, pero se quedó pensativo un ratito pequeñito; unos diez minutos, mientras miraba al niño—. ¿Tu y tus amigos podrían hacerme el favor de conducirme a la alcaldía del pueblo?
Algunos niños quisieron correr para no tener que acompañar a ese extranjero tan inteligente como para no poder seguir el camino y ver a varios kilómetros el edificio más grande.
Y así fue como el engreído de mierda llamado Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo encontró a mis tesoros. El grupo de niños siguió el caballo, curiosos de ver una lengua que parecía un abanico. Fueron saltando y cantando hasta dejarlo a las puertas de la alcaldía; una estructura hecha de madera, de dos pisos de altura y muchas ventanas. Agradeció a los niños regalándole unas sucias monedas. Desgraciado infeliz. Por suerte mis niños hermosos se gastaron rápidamente esas monedas inteligentemente ignorando su futuro y comprando un saco de dulces.
Los niños se marcharon corriendo. Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo tocó la puerta y después de unos segundos salió un joven pelirrojo y pálido. Vestía con túnicas blancas, típicas del personal que acostumbra a trabajar en las empresas del reino.
—Estoy buscando al alcalde del pueblo —dijo el inútil mensajero de mierda.
—Estas de mala suerte, señor —era difícil entender lo que decía el joven, ya que este interponía la puerta a la mitad de su cuerpo y miraba hacía sus pies—. El señor alcalde está en su día libre.
El intolerante extranjero pareció que no entendió ninguna de las palabras que dijo mi amor hermoso.
—Necesito verlo —dijo el mensajero, mirando la estructura de la alcaldía—. Mi buen alcalde ha hecho un buen trabajo. ¿Sabes? Yo soy un viejo amigo de tu alcalde. Cuando trabajaba cerca de la capital, yo entregaba sus cartas.
—Sí necesita dejarle un encargo a mi jefe, puede hacerlo aquí. Él vendrá mañana y yo se lo daré.
El extranjero meneó la cabeza de forma violenta, casi hasta el punto de salirse de su cuello. Lo miró de forma sería.
—Necesito poner este encargo en manos del alcalde —sus palabras eran firmes y el aire quedó bañado con una lluvia de su saliva. El pelirrojo se limpió la cara con su túnica.
—Lo siento, señor. Ya le dije que…
—Calla, joven. Shhhh —lo silenció con un dedo en sus labios—. ¿Puede usted indicarme en donde vive él?
El jovenzuelo hermoso e inteligente se lo pensó unos minutos antes de responder. A decir verdad, le costaba trabajo pensar. Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo notó que en la parte de su cintura había un bulto, como si llevara más prendas de vestir debajo. Olfateó el aire y se tapó la nariz.
—Sí, yo mismo lo llevaré a su casa —un fuerte temblor le sacudió el cuerpo.
—¿Qué es lo que huele tan mal? —siguió olfateando el aire como si fuera un perro.
—Eh, no, no. Nada.
—¿Cómo te llamas, hijo?
Mi amor hermoso pareció que se le hubiera olvidado hablar. Era el hombre perfecto para trabajar en una alcaldía; nervioso, con poca habilidad para hablar, pelirrojo, y con un aparente mal olor. Aún trataba de usar la puerta como escudo frente al mensajero. Es normal, yo también estaría asustado de tener a alguien tan fastidioso pisando mi amado pueblo.
—Yo soy el asistente del alcalde.
—Pregunté tu nombre, chico.
—Asistente González Pérez.
Se madre le había puesto aquel nombre tan bonito. «Mi amor, sé que cuando sea grande va a ser un gran asistente de alcalde, así que tenemos que darle ese nombre: Asistente», le dijo a su esposo. Por supuesto, su marido aceptó esa maravillosa idea.
Después de eso, el mensajero solicitó dejar al pobre caballo en los establos de la alcaldía y pidió que le remojaran la lengua para hidratar a la pobre montura. Asistente lo llevó a su descanso, echó gotitas de agua en su gran lengua y notó que el caballo no la lograba meter en su hocico, así que decidió amarrarla con un trapo de algodón en su cabeza, para que los insectos no se la devoraran.
La lengua era tan larga que alcanzaba a poder lamerse su espalda y sus cascos. El asistente le cubrió la cabeza con amarras que le sostenían la lengua, pero el caballo se mostraba inquieto sin poder ejercitarla.
—¿No tiene usted un espejo por aquí? —dijo el mensajero—. Yo a veces pienso que ustedes son dichosos al poder admirarme, pero ¿qué hago yo si no puedo? Sin un espejo solamente me puedo mirar la parte delantera de mi cuerpo, del cuello para abajo. Y, he viajado durante algún tiempo sin poder ver tan preciado tesoro para la humanidad.
—Sí —dijo Asistente completamente perplejo.
Le dio un espejo para que calmara su ansia de verse, asimismo.
Luego, se dirigieron caminando a la casa del alcalde. No dijeron palabras en todo ese trayecto, ya que el mensajero no podía soportar la pestilencia que parecía haber en todo el lugar y Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo tenía trabajo al desviar la mirada hacía los que él le parecía inferiores. «No hay nadie mejor que los carteros; una clase superior». Caminaron bajo el sol y vieron grandes potreros. Se toparon con gentes humildes y con los pocos ricos que había en el lugar. A la media hora de caminar, vieron una gran casa blanca en la colina, rodeada de cultivos; la casa del alcalde.
Preguntaron a unos criados que se encontraban en el patio y les informaron que el alcalde se encontraba alimentando sus gallinas. Fueron hasta el patio trasero, donde se encontraron a un hombre hermosamente abombado, de mediana edad; arrojando maíz a sus aves. El levantó la vista cuando escuchó pasos.
—¡Qué sorpresa! —dijo el alcalde—. Pero sí es mi amigo Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo —se detuvo un minuto para soltar y tragar el aire—. ¿Qué haces por aquí? No me digas que ahora eres mensajero de esta provincia.
—Alcalde Ramírez, es un honor verlo nuevamente —el impresentable en aquel momento, se dignó en mirar a los ojos a un habitante de mi hermoso pueblo—. No, no trabajo en esta provincia, pero me han pagado el doble por traerte un encargo a ti, ya que soy tu amigo.
Cuando el alcalde era joven siempre soñó con ser alcalde, por eso su madre le había puesto alcalde. Por eso buscó siempre trabajar para el reino; sabía que, si no se relacionaba con la aristocracia del reino, no lograría su sueño.
Consiguió limpiar zapatos de alcaldes, regidores, concejales del rey y hasta logró ver al gobernante de lejos. Cuando tuvo la oportunidad, demostró ser capaz de manejar el dinero, de hablar bien y sobre todo de gestionar. Aunque escribía como un niño de dos años. Se ganó el corazón de un señor regidor y trabajó para él. Ahí aprendió todo lo que tenía que aprender y fue cuando decidió incursionar en la política.
Cuando fue elegido por el regidor de otra provincia demostró que valía la pena, pero había algo en lo que no era bueno: elegir sus trabajadores.
Un ladrón de ovejas lo convenció para que le dejara trabajar de guardia del edificio, hasta que esté le robó los impuestos. Pensó que una señora de noventa años era excelente para el puesto de podadora de césped. Más adelante contrató a un niño de reposabrazos.
Pero hizo bien su trabajo, lo que le hizo compensar su ineficiente sentido de la contratación. Cuando venció su estadía de treinta años en la alcaldía de una provincia lejana demostró ser tontísimo para elegir. «La que tiene el nombre gracioso», dijo. Y así fue como llegó a los Grandes Frijoles.
—Pues, pasa adelante, vamos a tomar té.
—No, Alcalde, he venido a dejarte este encargo y a irme a toda velocidad.
—Pero, Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo, ¿me vas a negar una taza de té? —puso en el suelo la bolsa de maíz y rápidamente llegaron las aves a comenzar a husmear la bolsa—. Anda, que llevamos tiempo sin vernos y ahora que te veo, deseas irte a toda velocidad. ¿Qué es tan urgente que te quieres ir tan rápido de mi casa?
El mensajero hizo una mueca con su boca hasta dejar una fina línea.
—Tengo que hacer unos encargos por este pueblo —hizo un gesto amplio con sus manos—. Después de todo este es mi trabajo y estoy en mi horario. —le sonrió a su amigo—. Pero, está bien, por ser mi amigo, voy a tomarme esa taza de té.
Fueron a la sala principal de la mansión; las paredes estaban adornadas de grandes manteles con tribales. El extranjero pudo ver la riqueza que dejaba el ser miembro de una de las empresas del gobierno.
—Por cierto, Asistente insolente —dijo el alcalde—. Ya vi que no estás en tu puesto de trabajo. Ya es hora de que te vayas.
El asistente comenzó a tartamudear, pero al final el que contestó fue Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández:
—Oh, me parece que él muchacho está aquí por culpa mía. Yo le he dicho que me dirigiera hasta tu casa para entregarte en tus manos el encargo.
—Muy bien. Supongo que te refieres a esa enorme caja que está atrás de tu asiento.
El mensajero asintió. Era una enorme caja de madera, atada a la espalda de Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo con unas correas que se zafaban fácilmente del cuerpo con un broche. El estúpido engreído se desató las correas y colocó la caja en medio de todos.
—¡Cielos! Esto debe ser un objeto enorme —el alcalde señaló con la boca—. Imagino que debes estar cansado del viaje.
—No, no lo estoy. La verdad es que estoy acostumbrado a viajar con este tipo de cargas por caminos más largos que este.
—Me sorprendes, Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo. Siempre tan trabajador —volvió a ver con furia a su asistente—. ¿Qué esperas, inútil? Ayuda a mi amigo Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo a abrir su caja.
—No, tranquilidad, mi señor —el mensajero puso una mano en el hombro de su amigo—. Este es mi trabajo.
Lentamente el mensajero comenzó a desenvolver todas las amarras y seguros que protegían la mercancía. La madera fue aflojándose hasta dejar ver finas hendijas por donde se veía el interior.
—¿El encargo es una carga de libros? No me explico que se me haya enviado algo tan inmenso como esto.
—No, no es eso.
El mensajero dejó caer toda la carcasa exterior y debajo había una segunda caja, solamente un poco más pequeña que la anterior. Apretó una llave, la cual extrajo de uno de sus bolsillos andrajosos, y la introdujo en un candado.
—¿Es un saco de maíz? —dijo el alcalde echándose a reír hasta terminar en una tos.
—No, no es un saco de maíz, ni tampoco de cualquier otra semilla o alimento.
Debajo de esa segunda carcaza se encontraba una figura cuadrada cubierta de una fina tela. El mensajero sacó una navaja de otro de los diversos bolsillos que había en sus ropas y comenzó a cortar la tela, que después de unos cuantos tajos, cayó al suelo. Debajo de esa tela, varios cartones protegían la figura cuadrada.
—Pero, Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo, ¿es acaso una carga de ropa de mi tía, que vive en el sur?
—No, no es ropa.
—Me muero de impaciencia, ¿qué es? —al alcalde se le empezó a perlar la frente de sudor.
—Tranquilidad, mi estimado amigo. Pronto lo sabrás.
Extrajo con cuidado los cartones. Después de eso, vino una capa de telas, luego madera, luego más madera y así, hasta desenvolver alrededor de diez capas de protección de la mercancía. El alcalde y el asistente miraban perplejos mientras el mensajero desenvolvía parte por parte el envío. Llegó al punto de que el envío se volvió tan pequeño que podía ser del tamaño de la cabeza del imbécil intruso de Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo.
Hasta se dieron el tiempo de tomarse la taza de té de la que le había prometido el alcalde y el mensajero prosiguió en su trabajo.
—Ya está listo —dijo Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo—. Este es el encargo tuyo.
Le entregó una cajita pequeña, del tamaño de una banana.
El alcalde se había ido desinflando conforme iba bajando el tamaño de la carga. Cuando su amigo puso la pequeña caja en sus manos, frunció el entrecejo y miró a su amigo y luego a su asistente.
—¿Este es mi encargo? —asomó una media sonrisa en su rostro, pero trataba de esconderla.
—Claro, esta es —el mensajero no entendía la pregunta.
—Creí que iba a ser algo más grande —con media sonrisa en su cara señaló los restos del empaque—. Bueno, para ser una carga tan grande, el producto en sí es muy pequeño. ¿No crees?
El mensajero se puso en pie; frunció y el entrecejo y posó sus manos en la cintura.
—Así es como trabajamos en las empresas carteras. ¿Acaso te estas burlando de nuestros métodos? —sus mejillas se pusieron coloradas.
—No, discúlpame. Pero es que me parece ilógico que traigas una caja tan grande solamente para este objeto tan pequeño —le dio vuelta en sus manos. Luego volvió a ver a su amigo tratando de ofrecer la cara más inocente posible.
—Ya me voy, alcalde, que puedas disfrutar de tu envío —hizo una mueca de fastidio y caminó unos cuantos pasos hasta que el alcalde le puso una mano en el hombro.
—No, espera, Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo. No te ofendas por lo que te dije —se rascó la parte de atrás de la cabeza mientras reía—. La verdad es que somos ignorantes y no tenemos tanta educación como los hombres de ciudad como vos. Por favor, discúlpame. —señaló el asiento donde estaba antes—. Siéntate y conversemos. No son buenos modales marcharse así de la casa de un amigo.
—Ya te dije anteriormente que tenía que marcharme a toda velocidad. Mi trabajo me necesita.
El alcalde suspiró y miró hacía el suelo.
—Bien, entonces explícame todo acerca de ese envío porque no me has dicho quien lo ha enviado ni que es lo que hay dentro.
—El objeto que hay dentro de la envoltura lo averiguaras tú. En cuanto a quien te envió eso, nosotros no lo sabemos. —estaba a unos cuantos pasos de la puerta y su colera había disminuido un poco—. Solamente nos trajeron esto a las instalaciones de envío y nos dieron la dirección y el nombre de donde se entregaría. Era una persona con una máscara y una capa que le cubría todo.
El alcalde hizo una mueca y miró a su asistente, quién también había fruncido el ceño.
Los tres se acercaron a la cajita que estaba en la mesa. El alcalde devoró la última envoltura que cubría el objeto misterioso. Dentro, sobre unas suaves telas claras, se encontraba un sencillo lápiz y una carta debajo del instrumento.
Los tres tipos se miraron algo decepcionados.
—Léelo —dijo Juan José del Menester de los Santos de los Últimos Días Fernández Castillo.
Estimado, Alcalde Ramírez:
Espero que te haya llegado este obsequio prontamente. Desde el fondo de mi corazón, deseo que el servicio de mensajería no se tarde mucho tiempo en dejarle el paquete.
He disfrutado cada deseo que he pedido con este regalo, pero no he soportado los grandes frutos que eso conlleva. Sé que usted, alcalde merece este regalo y sé que podrá sobrellevar las consecuencias que trae. Ha hecho un muy buen trabajo en esta provincia. Es por eso por lo que te premio por esa buena labor.
En esta caja se encuentra un lápiz mágico que he decidido enviar exclusivamente para ti. Con el puedes escribir lo que sea, pero la magia hará su trabajo. Serás el mejor escritor del mundo. Ten mucho cuidado con lo que escribes, Alcalde.
Pronto oirás más acerca de nosotros. Iremos a visitarte allá en Los Grandes Frijoles.
Atentamente, tus admiradores.