Capitulo 1
—Hoy es un día soleado.
—Lo es majestad. Responde con mayor seriedad; el escudero real y mi mejor amigo.
Sonrío con simpleza, pues aunque mi posición traería a muchos una sensación de alegria o felicidad, a mi no me lo parece así, aunque sin duda es un buen día.
El castillo es un lugar aterrador si lo ves desde mi punto de vista, diario tengo que usar todo lo que me corresponde como príncipe heredero, un traje real, atuendos y accesorios reales y peor aún una máscara que uso desde que tengo memoria, que cubre mi rostro por completo hay días en los que hasta yo me olvido de que tengo uno; me acostumbré a ella por supuesto.
Me visto con un elegante traje, unos pantalones negros, un traje con brillantes, rojo y mangas semi olgadas, una capa de un rojo sangre, o así me lo parece. Hoy es una noche especial, será la cena para celebrar mi año 18; me pongo mi máscara, tengo cientos de ellas, todas con un diseño distintos de colores oscuros.
Salgo de mi habitación y me dirijo a la sala del palacio; para mí sorpresa veo que ya hay varios invitados, todos líderes de los diferentes clanes del reino, ministros, miembros de la corte "el reino del río".
—¡Bienvenido su majestad!, grita un lord desde la puerta principal.
La felicidad que desborda me agobia, ¿cómo alguien puede ser tan feliz?, ¿Qué irónico no?
—Gracias lord Liris.
—Eres un jovencito muy maduro para tu edad, pero, ¿Serás un buen rey?, se ríe conmisuradamente.- hago una mueca.
—Eso espero señor. Jamás podré remplazar a mi padre.
Me vuelvo después de saludar a otros más de los invitados y en seguida sentarme, no son actos que me agraden mucho.
—¡Vamos a brindar!, grita mi padre, toda la sala se llena de gozo, ¡Sííí!, gritaban todos.
De repente, en un segundo todo se puso borroso, mi mente no asimilaba aquello que veían mis ojos.
Corrí y corrí, corrí lo más rápido que pude, en serio lo hice, quería evitar que asesinaran a mi padre, evitar que esa espada fuera clavada en su corazón. ¡Traición!, gritaba algunos, otros corrían para esconderse y otros tantos corrieron hacia el asesino.
Comencé a respirar cada vez más rápido, todo se puso blanco, escuchaba voces en mi cabeza y mi sudor por todo el cuerpo. Quiero gritar pero mis cuerdas vocales no funcionan. Sumergido en un sentimiento de culpa y miedo y...
—Majestad, majestad, ¿Se ecuentra bien?
—Suspiré y me levanté de respingo, - lo estoy Ali.
—¿Otra vez esa pesadilla?
—Si, ¿Habrá alguna manera de no celebrar mi año?. Lo miro con los ojos enrojecidos por la noche intensa.
—No, majestad, no haremos nada que ponga en riesgo su seguridad.
—Pero aún no he dicho qué hacer, respondo con seriedad.
Levantándome con mucho cansancio, como si cien caballos ubiesen pasado sobre mí, me incorporo y me acerco a la cortina que divide la recamara en dos; es como mi pequeño santuario, el lugar donde solo yo me conozco, nadie más que mi padre y mi madre conocen mi rostro. Me coloco la máscara y atravieso la cortina, veo a mi escudero un guerrero poderoso, es un buen espadachín sin duda, pero no igual a mí. Bromeó con él a menudo sobre eso. — Lo es su majestad - suele decir también.
—Vamos majestad, tienen que vestirlo.
—Claro, siempre tan puntual Alí. Queramos o no, hoy es el día. Dije en tono decepcionante.
–Si me permite decirle majestad, nada va a pasar hoy, nadie se atrevería a matar a su majestad el rey si la paz reina por aquí.
—¿Sí la paz reina por aquí?, ¿Eso qué significa Alí?
—Nada su majestad, solo no se preocupe.
Caminamos por la biblioteca del palacio. Cada día tengo lecciones de la historia de la fundación de "nuestro" imperio. Es un poco aburrida si me lo preguntan. Veo los libros, una sección que no había visto antes, me llama la atención uno en particular, es de pasta amarilla, sin título, sin nada escrito en ambas pastas; lo ojeo para echar un vistazo, está en blanco. –Que libro curioso- pienso.
—Majestad, es hora de irse a lavar, necesita preparase para la ceremonia de su año.
—En seguida voy.- le respondo a Ito.
Guardo el libro en mis ropas, llevo mangas holgadas, así que es fácil esconder cualquier cosa.
—Vamos, Alí, no queremos hacer esperar a nadie. - Le digo mientras me espera en la puerta de la biblioteca, lo que suele hacer muy a menudo.
Minutos después ya me encuentro en la gran sala del palacio, llevando otra ropa, ropa que escogí a todo lo contrario de lo que originalmente llevaba en mi sueño, igual de elegante claro.
Saludo parte de los invitados, registro caras, e inspecciono a cada uno de ellos. Llevo conmigo un pequeño dibujo que había realizado con la cara del supuesto asesino en mi sueño; nada, no hay nadie que se asemeje siquiera al dibujo.
Bien, pues llegó la hora del brindis, mis manos tiemblan y se sienten mojadas debido al sudor que se genera en mis puños, miro a todos lados, esperando que alguien salga de entre la gente o las cortinas que cubren las enormes ventanas de la sala.
—¿Está bien, majestad?, me pregunta Alí - No lo sé, contesto agitado y con una preocupación que no sé explicar.
—¡Vamos a brindar!, grita mi padre- toda la sala se llena de gozo, por segunda vez ¡Sííí!, gritan todos a diferentes voces.
—Ahora, ¿Alguien quiere dar algunas palabras a mi hijo el príncipe heredero y futuro rey del río?
Para mí sorpresa no sale nadie de ninguna parte de la sala. La verdad, estoy expectante a qué pase algo, a menudo vivo con miedos irracionales, sí me viera mamá seguramente me regañaria. Comienzo a sucumbir en mis pensamientos cuando una voz me saca de ellos...
—Yo, su majestad. - dice Tyron, el general y un hombre realmente honorable.
—Yo, sí me permite su majestad. -dijo de nuevo.
—General, pase adelante. Respondió mi padre.
A mí al rededor no pude evitar ver la cara de disgusto de varios miembros del consejo; de nuevo creo que es mi imaginación y...
-... Su majestad el principe, es joven y una fiel promesa para este reino, su madre estaría muy orgullosa. Los soldados y yo le ofrecemos nuestras espadas, arcos y caballos a su majestad el principe heredero...
—Gracias general Tyron. Respondo un poco confundido. —Aunque yo creo que no será necesario; la paz a gobernado durante cientos de años, y espero no tener que usarlos nunca. Respondo convencido, aunque algo no se siente bien.
—Bien. -Interrumpe mi padre, un poco cortante.
—Solo diré una cosa más, su majestad. Dice el general Tyron. Acercándose a mi dice ¡El lobo a vuelto!, Lo dice tan cerca de mí que puedo sentir su vapor en mi oído. Mi corazón comienza a latir más rápido, galopando sin sentido, ¿Por qué me siento así?, ni siquiera sé lo que eso significa.
Aburrido del mismo sistema de siempre; llegó el momento de abrir los obsequios que envían los clanes y reinos. Los primeros regalos son de la corte real, mi padre me obsequia una hermosa daga🗡️, hecha especial para mí, mi nombre grabado en el mango de ella. El regalo número 10 era del ministro Rib, un libro en blanco. -Para que escriba sus aventuras, majestad. Comenta con una sonrisa. Me limito a decir alguna palabra y solo recibo el libro.
El número 11 era algo peculiar, un espejo. Todos se consternaron, y murmuraban por toda la sala. Logré escuchar a un hombre cerca de mi asiento, comentando "es una burla, quién lo haya enviado, seguramente tiene mucho odio y rencor a la corona".
—Deme el espejo. Le digo al sirviente que se disponía a abrir los regalos; como una orden más que un favor.
—Pe-pe-pero su majestad.
—Por favor. Contesté con firmeza. Y con los ojos entonados de seriedad.
—Majestad, no creo que sea buena idea. Comenta Alí, me dice en un tono que apenas puedo oírlo.
De repente nos encontramos en un silencio que podría jurar que me dieron escalofríos.
—¡Bueno, ya fue mucho de obsequios!. Se escucha que grita el general.
—Es tiempo del postre.
Momentos más tarde estoy en el jardín del palacio. Mis pensamientos son solo míos, pero los comparto con mi mejor amigo, no es más que un par de años mayor que yo y básicamente es mi sombra.
—Siempre he pensado en por qué no hay espejos en casa, el palacio es un lugar enorme, pero jamás hay espejos, nada que haga un reflejo de lo más mínimo.
—¿Acaso soy un ser horrendo?, Pregunto con gracia.
—Es un poco parecido a medusa. Contesta Alí riendo. Pero siempre en su postura como mi guardia.
—Debe de confiar en que haya sido por la razón que sea, lo hicieron por su bien. Ya llegará el momento en que tome posesión de la corona y no tendrá que usarla jamás.
—Eso espero. Lo digo en forma de un suspiro.
Dentro de la sala todos celebran gozosos.
—Su mejestad, ¿Quisiera mostrarnos su manejo de la espada?, jamás lo hemos visto en público. -comenta el ministro Rib.
Me emocioné, nunca había mostrado mis habilidades frente a alguien más que no fuera mi padre o sirvientes de la corte.
—Por supuesto que sí. Contesté animado. —Iré por mi espada.
—Yo voy su majestad. Dice Alí.
—No, lo haré yo Alí, espera aquí.
Emocionado salgo corriendo por la puerta de atrás de la sala, paso por un largo pasillo; por alguna razón no tan buena mi habitación está lejos de la sala principal, durante los escasos años de mi niñez lo amé, en estos momentos estoy odiando esa larga distancia que hay entre mostrar mis habilidades y ser reconocido a qué se cansen de esperar y vuelvan a sus asuntos. Jadeando por fin llego a mí recámara, después de atravesar casi medio palacio; tomo la espada, una hermosa espada que madre me dio en mi año número 5, era muy joven para entenderlo, pero era el mejor recuerdo que tenía de mi madre. Sus recuerdos continuamente invaden mi mente, sus historias y todo lo que me contaba sobre el reino, no era lo mismo que papá o el consejo hablaban.
—¿Por qué me cuentas esto?. Dije a mi madre
—Aun eres pequeño, pero cuando tengas la edad suficiente sabrás... En cuestión de segundos regresé de mis recuerdos, aún en desconcierto.
—¡Vámonos, vámonos su majestad!, grita agitado Alí.
—¿Qué, qué pasa? digo tratando de poner mi mente en el ahora.
—Golpe de estado, se han revelado ante el trono, tenemos que irnos.
—Y mi padre, mi padre, ¿Por qué no está contigo? Pregunto desesperado.
—Lo importante es el futuro del trono. Responde Alí mientras apila utensilios en una maleta.
—¿Dónde está mi padre?
—Majestad, debe ser fuerte, tenemos que irnos de aquí.
Siento que mi alma sale de mi cuerpo, comienzo a sentir que mi respiración se entrecorta. Me niego a creerlo, todo se vuelve tan oscuro, tan inimaginable. Cómo, cómo es posible... Es la ciudad más segura del reino, un lugar donde la paz reina. No entiendo qué está pasando.
—Vámonos majestad. Dice Alí, sacándome de nuevo de mi mente, para volver en sí.