Capítulo 1: El secreto que rompió el silencio
Hazel y James eran amigos desde que tenían memoria. Las madres de ambos, Rosario y Éster, se conocieron cuando eran jóvenes, y desde entonces, un pacto tácito se selló: sus hijos serían amigos de por vida.
Rosario fue la primera en casarse y, poco después, tuvo a su hijo mayor, Hazelot, un 10 de julio de 2003. Al año siguiente, Éster, embarazada de James, dio a luz el 5 de noviembre de 2004.
Durante los primeros años, todo parecía sencillo. Las dos familias compartían comidas, celebraciones y tardes de juegos. Pero la vida tenía sus propios planes. Cinco años después, en 2009, las dos madres recibieron a sus segundas hijas en el mismo año. Hazel nació el 30 de mayo, y Nathaly, la hermana menor de James, llegó el 15 de septiembre.
Desde entonces, la relación entre Hazel y James se estrechó. Mientras Hazelot, más distante y concentrado en sus propios intereses, se mantenía alejado de su hermana pequeña, James comenzó a darle el afecto que ella necesitaba, sin darse cuenta del vacío que había dejado su hermano mayor.
Pero, como muchas veces ocurre, la calma fue efímera. Todo cambiaría con una sola decisión.
12 de agosto de 2024
Rosario sentó a Hazelot y Hazel en el sofá, su rostro tan serio que ya lo decía todo: algo importante estaba por suceder.
-Chicos, tengo que contarles algo -dijo, la voz quebrada, como si las palabras le costaran salir-. Su padre y yo hemos decidido divorciarnos.
Hazel miró a su madre, incrédula, mientras un nudo comenzaba a formarse en su garganta. Su corazón latía acelerado, pero aún no entendía por qué.
-¿Q-qué? ¿Por qué? -preguntó con un hilo de voz, la confusión y el dolor llenando sus ojos.
Rosario soltó un suspiro profundo, como si hubiese estado guardando esta verdad por demasiado tiempo.
-Tu padre... me fue infiel. Con una mujer cerca de donde trabaja. Y... tienen un hijo -respondió, las lágrimas amenazando con salir, aunque se esforzaba por mantener la calma.
Hazel sintió como si el mundo se le desplomara. Durante tanto tiempo había ignorado las señales, había querido creer que su familia estaba bien. Pero ahora todo encajaba de forma cruel y dolorosa.
-No quiero que lo odien -continuó Rosario, apretando las manos de ambos-. A pesar de todo, él es un buen padre y los quiere mucho. De verdad.
Hazel sintió una mezcla de rabia y tristeza que no podía controlar. ¿Cómo había sido tan ciega?
-Yo no sé... tal vez tengo algo de resentimiento -admitió Hazel, bajando la mirada.
-Pues yo no tengo resentimiento, solo me duele un poco -respondió Hazelot, encogiéndose de hombros mientras tomaba agua.
-No... emmm, yo tampoco -se apresuró Hazel-. Solo que es reciente y duele, eso es todo -mintió, ocultando el pequeño odio que comenzaba a nacer dentro de ella.
-Lo sé, chicos... pero necesito que entiendan que no va a ser lo mismo entre nosotros. Su padre... no estará tan cerca, y quiero que lo asimilen antes de que lo noten ustedes mismos. ¿Está bien? -dijo Rosario, ya con la voz entrecortada.
Ambos asintieron sin hablar, y Hazelot se levantó con rapidez, como si quisiera escapar de la situación, sumergiéndose en los videojuegos de su habitación. Hazel, por el contrario, necesitaba aire. Salió al jardín, dejándose envolver por la fría brisa de la noche.
Era tarde, alrededor de las 7:36 p.m., y su mente no dejaba de dar vueltas, atormentada por una sola pregunta: ¿Qué había hecho mal?
El peso de la situación le aplastaba el pecho, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente sola. En ese momento, los suaves pasos de alguien interrumpieron sus pensamientos.
-Hazel...
James, parado a la entrada del portón con las manos en los bolsillos, la observaba con una expresión seria. La chaqueta oscura y los jeans que llevaba daban la impresión de que había corrido hasta allí.
Ella lo miró, sus ojos húmedos por las lágrimas que no había dejado salir del todo, y sin decir nada, caminó hacia él. No necesitaba palabras. Sin pensarlo, lo abrazó con fuerza.
James la rodeó con ambos brazos, apretándola contra él como si quisiera ofrecerle todo el consuelo del mundo. Ella hundió su rostro en su pecho, buscando algo que la anclara a la realidad.
-Mi papá... nos dejó -susurró con la voz quebrada, el dolor innegable en cada palabra.
James cerró los ojos y, sin decir nada, la apretó más fuerte. Sabía que no necesitaba decir nada para consolarla, solo estar allí. Como siempre había estado.
-Lo sé -respondió él en voz baja-. Mi mamá me lo dijo hace un rato. Vine en cuanto pude.
Hazel no dijo nada más. Sus lágrimas comenzaron a caer, empapando la camiseta de James. Él la sostenía con firmeza, sin soltarla, mientras ella se desmoronaba en su abrazo. No le importaba mostrar su vulnerabilidad con él; James siempre había sido su refugio.
-No entiendo... -dijo entre sollozos-. ¿Cómo pudo hacernos esto?
James suspiró profundamente, sintiendo el dolor de su amiga calar en sus huesos. No sabía qué decir para aliviar el sufrimiento, pero lo único que podía ofrecerle era su presencia.
-Él cometió un error -dijo suavemente-. Un error enorme. Pero eso no te define, Hazel. Ni a ti, ni a tu familia. Eso no cambia lo que vales.
Hazel levantó la cabeza, mirándolo con los ojos enrojecidos. No entendía cómo las palabras de James podían ser tan tranquilizadoras, pero algo dentro de ella sabía que tenía razón.
-No quiero odiarlo -susurró, con la voz temblorosa-. Pero no puedo evitarlo.
James le acarició la cabeza con delicadeza, como si estuviera calmando una tormenta interna. No había prisa por entenderlo todo, solo necesitaba que supiera que no estaba sola en eso.
-No estás sola, Hazel -dijo en voz baja-. No lo estarás nunca.
Hazel asintió, agotada por la montaña rusa de emociones. Después de un largo suspiro, intentó separarse, pero James no la dejó. La abrazó más fuerte, como si quisiera que esa pequeña acción fuera suficiente para que el dolor se desvaneciera, aunque sabía que no era tan fácil.
-Mmm... gracias. Muchas gracias, mi niño -murmuró Hazel, usando ese apodo que siempre le decía en sus momentos de vulnerabilidad.
-No me agradezcas, Didi -respondió James con una ternura suave, llamándola por ese diminutivo de su primer nombre: Dianna Hazel. Luego le sostuvo el rostro entre sus grandes manos y le dio un beso lento y cálido en la frente.
-Hay que entrar... hace mucho frío -dijo ella con voz baja.
Ambos empezaron a caminar y James al ver que Hazel tenía frío, se quitó la casaca sin decir nada y se la puso sobre los hombros. Hazel se acomodó dentro de ella como si llevara un refugio, y juntos caminaron hacia la casa.
-¿Quieres algo, niño? -preguntó Hazel con una media sonrisa mientras se dirigía a la cocina.
-No, nada... No te preocupes, Didi -respondió James, sentándose en el sofá.
Pocos minutos después, Hazel regresó con una taza de té y se sentó a su lado. Intentaba mostrarse tranquila, fuerte, como si la noticia no le hubiese afectado tanto. Pero James la conocía demasiado bien.
Él la observó en silencio. Veía cómo sostenía la taza con ambas manos, intentando calentar sus dedos, mientras un mechón de cabello le caía sobre el rostro. Sin pensarlo, James se lo acomodó suavemente detrás de la oreja.
-No deberías fingir conmigo... Sé que no estás bien. Afuera llora...
-No lo digas -lo interrumpió Hazel, llevándose la mano a su boca para taparla suavemente-. No quiero que mi madre sepa que lloré. A ella no le gusta verme así...
Luego lo soltó despacio, bajó la mirada y volvió a tomar un sorbo de su té. Sus ojos se perdieron en el vapor que subía de la taza, como si quisiera esconderse ahí, en ese momento calmo pero doloroso.
James la miró con un nudo en el pecho. Quiso decirle algo, pero entendió que lo único que necesitaba ahora era silencio... y a él, a su lado.
Hazel, sin dejar de pensar en lo que había sucedido, se quedó mirando el té por unos segundos antes de volver a mirarlo a él. James estaba sentado junto a ella, en silencio, y ella sabía que aún no había dejado de estar preocupada por ella, aunque intentaba disimularlo.
-James... -empezó, su voz sonaba algo quebrada, como si las palabras le costaran salir- ¿Por qué crees que mi papá hizo todo esto? ¿Por qué me hizo esto a mí... a mi familia? -su pregunta estaba llena de incertidumbre y dolor.
James la miró un momento, sin saber si debía responder. Sabía lo que ella sentía; podía verlo en su rostro. Y aunque en ocasiones podía ser un poco impaciente o temeroso de entrar en estos temas, no podía ignorarla. No cuando ella lo necesitaba.
- Hazel, yo... -dijo con voz suave, buscando las palabras adecuadas- A veces las personas hacen cosas que no tienen sentido, cosas que no comprenden ni ellos mismos. Tal vez tu papá pensó que lo que estaba haciendo iba a hacerle feliz, o tal vez... estaba buscando algo que no encontraba en su vida. Pero no puedes culparte por eso. Tú no tienes la culpa de sus decisiones.
Hazel lo miró, algo confundida. Claro, él tenía razón, pero eso no la hacía sentir mejor. No podía evitar preguntarse por qué las cosas no podían ser diferentes, por qué su familia tenía que estar rota de esta manera.
- Pero... -Hazel comenzó, un poco más firme- No entiendo cómo pudo hacerlo. ¿Cómo pudo hacerle esto a mi mamá? A nosotros. ¿Por qué no nos lo dijo antes de hacer todo esto? Es que... no lo entiendo, James. No entiendo nada.
James la miró fijamente, reconociendo el sufrimiento detrás de su voz. No sabía qué responder, porque las palabras no podían reparar lo que había sucedido. Pero aún así, decidió hablar.
- Las personas a veces hacen cosas cuando están perdidas, Hazel. No siempre actúan de la mejor manera, y a veces ni ellos entienden lo que están haciendo. No justifica lo que hizo tu papá, pero tal vez estaba tan confundido con su propia vida que no pensó en las consecuencias.
Hazel suspiró y miró a su alrededor, como si buscara algo que la ayudara a entender. Pero la verdad era que ni ella misma sabía lo que quería encontrar.
- Es tan difícil de aceptar -murmuró, casi para sí misma.
James, que la observaba con atención, notó cómo sus ojos se llenaban de tristeza. Sabía que no era suficiente consuelo lo que le estaba dando, pero esperaba que, al menos, pudiera aliviar algo de su dolor.
- Lo sé, Didi. Es difícil. Pero no estás sola en esto. Tienes a tu mamá, a Hazelot, y a mí. Y aunque tu padre no haya sido el mejor ejemplo, eso no te define a ti ni a tu familia. Pueden salir adelante.
Hazel sintió que un nudo en la garganta se le formaba nuevamente, pero esta vez, no era solo por el dolor de su padre. Era por el dolor de ver que, a pesar de todo, no sabía cómo seguir adelante, cómo aceptar que su vida estaba cambiando, y no necesariamente para mejor y le daba miedo de como terminaría.
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Este es mi primera vez escribiendo una historia y por esta plataforma así que espero que les guste...estaré publicando un capitulo cada dos días o cada semana.
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