Capítulo 1 El Eco De La Noche
El puente de Zaun estaba envuelto en una niebla espesa, que lo hacía parecer más una prisión que un simple cruce entre dos mundos. Las luces titilaban a lo lejos, pero para quienes vivían bajo, como Vi y Powder, el resplandor de Piltover era solo un recordatorio de la desigualdad que marcaba cada rincón de sus vidas. El aire estaba cargado de tensiones, de un futuro incierto que pesaba sobre ellos, y la ciudad parecía susurrar promesas rotas.
Vi caminaba con paso firme, pero su mente no podía dejar de pensar en lo que había sucedido horas antes, en la brutalidad de la pérdida. Sus padres... ya no estaban. Y Powder, su hermana, aún no entendía completamente la magnitud de lo que había ocurrido. Solo se aferraba a Vi, buscando consuelo en ella, porque no había nada ni nadie más.
"Vi... ¿realmente se fueron?", susurró Powder, la voz rota, como si aún esperara una respuesta que la aliviara del dolor.
Vi la miró por encima del hombro, y aunque sus ojos ardían de rabia y tristeza, trató de poner una expresión tranquila. "Sí, Powder. Ya no están. Pero tenemos que ser fuertes. Es lo que nos queda."
A medida que caminaban, el crujir de metal resonó en el aire. Vi se detuvo, sus sentidos alertas. Algo no estaba bien.
De entre la niebla apareció un niño, apenas un suspiro entre la vida y la muerte. Lucan, como una sombra más en esa noche oscura, yacía cerca de los cuerpos sin vida de dos adultos. Tenía la misma edad que Vi, o quizá un par de años menos. Estaba malherido, su cuerpo temblaba de dolor, y sus ojos apenas lograban mantenerse abiertos.
"¡Vi, ¿quién es ese niño?!" Powder gritó, su voz llena de preocupación, pero también de una extraña conexión. Algo en ese niño le era familiar, aunque no entendiera el por qué.
Vi corrió hacia él, ignorando el peligro que pudiera haber a su alrededor. Se arrodilló junto a él, observando los cuerpos sin vida. Los mismos que ella había visto en su propia familia. El niño, luchando por mantenerse consciente.
Vi no comprendía, pero lo único que importaba en ese momento era que el niño necesitaba ayuda. No importaba quién era ni qué había sucedido, ella lo iba a proteger.
"Te vamos a ayudar", dijo Vi con firmeza, mirando a Powder mientras la pequeña se acercaba a ayudarla a levantarlo. "Vamos a quedarnos aquí contigo."
Ambos niños se quedaron junto a Lucan, vigilando la niebla, el sonido del viento y las sombras que amenazaban con tragarlos. Nadie los iba a encontrar. Solo los tres estaban allí, vulnerables, pero decididos a seguir adelante.
La quietud de la noche fue interrumpida por una rápida sombra que cruzó el puente, moviéndose tan rápido que los tres solo pudieron cerrar los ojos por un instante. El aire se cargó de una presencia, algo que les decía que alguien más estaba cerca. Cuando abrieron los ojos, se encontraron frente a una figura imponente.
Vander.
El hombre de robusta constitución, con cicatrices que contaban historias de lucha y sacrificio, los observaba desde las sombras. Su mirada era dura, pero también llena de una calma reconfortante. Era un protector, alguien que, aunque aún no los conociera, de alguna manera entendía el dolor de las pérdidas y la necesidad de protección.
Vander observó a los niños con una mirada que mezclaba preocupación y determinación. Lucan, el niño herido, apenas podía mantenerse consciente. Vi lo sostenía con firmeza, mientras Powder miraba a todas partes, nerviosa.
"Tenemos que irnos", dijo Vander en voz baja. Su tono no admitía discusión.
Los llevó a través de los túneles de Zaun, atravesando pasadizos estrechos que solo alguien como él conocía. El bar "La Última Gota" emergió de entre las sombras, un refugio en medio del caos de la ciudad subterránea.
Dentro, un grupo de jóvenes los esperaba. Claggor, un chico robusto con una mirada de determinación, y Mylo, más delgado pero igual de astuto.
Así pasaron seis años. Powder cumplió 12 años, una pequeña brillante que, aunque aún cargaba la inocencia de la niñez, comenzaba a mostrar la intensidad que la caracterizaría en el futuro. Vi y Lucan, por su parte, habían cumplido 15. Ya no eran los niños que habían perdido a sus padres en el puente; ahora, la vida les había enseñado a pelear, a sobrevivir, a aprender que la esperanza se forjaba en medio de la oscuridad.
En el sótano de *La Última Gota*, un pequeño taller improvisado se había convertido en su refugio, su espacio donde los sonidos del bar y las risas de los adultos no podían alcanzarlos. Powder, que siempre había tenido una habilidad innata para construir, ahora trabajaba con más destreza que nunca. Su mesa estaba llena de piezas de metal, cables y fragmentos de cristal que se transformaban bajo sus manos en extraños aparatos. Algunos eran brillantes, otros incompletos, pero todos tenían la impronta de su mente curiosa y su sed de creación.
Mientras estaba concentrada en su trabajo, un ruido en la entrada del sótano interrumpió su concentración. Powder levantó la vista por un instante, pero no mostró sorpresa. Estaba acostumbrada a que alguien entrara sin previo aviso. Sin embargo, el sonido de unos pasos suaves y un susurro en el aire hicieron que la niña se tensara ligeramente.
De repente, un par de manos se posaron sobre sus ojos, cubriéndoselos por completo.
“¿Quién soy?” preguntó una voz familiar, un tono juguetón que solo podía pertenecer a una persona.
Powder sonrió al instante, sin dejar de mover las piezas en su mesa. “Hmmm, como la mayoría está fuera, debe ser Vander, ¿no?”
Lucan dejó escapar una risa baja y se sentó junto a ella, retirando finalmente las manos de sus ojos. A pesar de los años que habían pasado, su presencia seguía siendo tan reconfortante como siempre. Su rostro ahora mostraba los rastros de las batallas que había enfrentado, y su cuerpo se había fortalecido, más alto y sólido. Pero en su mirada seguía estando esa misma bondad, esa chispa de esperanza que lo había hecho especial desde el primer día.
“¿Vander? ¿De verdad me comparas con Papá ?” Lucan bromeó mientras miraba el invento que Powder tenía entre manos. “¿Qué estás construyendo ahora?”
"Lo llamo Caza Ratones," dijo Powder, con una sonrisa de satisfacción mientras dejaba el pequeño dispositivo sobre la mesa. "Si esto funciona, podría sacarnos de muchos apuros."
Lucan sonrió débilmente, notando el entusiasmo de Powder. No era fácil ver a la pequeña tan concentrada y feliz, pero algo en su expresión lo hizo sentir un poco más aliviado, como si ese momento fuera una pequeña tregua en todo lo que pasaba alrededor.
"Sabes, Powder," dijo mientras la observaba, "el Caza Ratones tiene mucho de tu estilo. Estoy muy orgulloso de ti."
Powder levantó la vista y vio la sincera sonrisa en su rostro. Su corazón dio un pequeño salto, y por un momento, la preocupación que solía arrastrar consigo se desvaneció. Era un pequeño gesto, pero siempre la hacía sentir que todo valía la pena.
Sin pensarlo, Lucan la abrazó. Fue un abrazo cálido, que la rodeaba de consuelo, y aunque era algo común entre ellos, ese contacto siempre parecía darles fuerzas para seguir adelante.
"Pero mis inventos nunca funcionan," murmuró Powder, rompiendo el abrazo con una leve risa triste. "A veces siento que soy solo una niña jugando con cosas que no sirven."
Lucan se apartó ligeramente, pero su mirada fue firme. "Sabes, la práctica hace al maestro," dijo con una sonrisa. "No te preocupes. Algún día todo lo que has hecho va a encajar, solo tienes que seguir intentándolo."
Powder sonrió, agradecida por sus palabras. “Gracias, Lucan,” dijo, sintiendo que algo en su pecho se aliviaba. “A veces solo necesito escuchar eso.”
Lucan la miró por un momento, sonriendo aún más ampliamente. “¡Pow pop!” exclamó, y sin previo aviso, comenzó a hacerle cosquillas.
Powder gritó entre risas, intentando apartarse, pero Lucan no le dio tregua. “¡Lucan, para!” gritó, aunque sus carcajadas llenaban la habitación. “¡Eso no es justo!”
“¿No es justo que te vea sonriendo?” Lucan dijo en tono juguetón. “Así está mejor. Te ves mucho más linda con esa sonrisa.”
Powder se sonrojó, sus mejillas adquiriendo un leve tono rojo mientras intentaba calmarse. “¡T-tú eres un tonto!” dijo entre risas, pero sus ojos brillaban de felicidad. La broma y la calidez de Lucan la hacían sentirse más ligera, como si nada de lo malo en Zaun pudiera tocarla en esos momentos.
Después de un rato de risas y cosquillas, ambos se separaron, aún sonriendo. "Vamos, *Pow Pop*, tenemos que encontrar a los demás," dijo Lucan, con una sonrisa traviesa. Powder asintió, aunque aún sentía un cosquilleo agradable por la broma.
Salieron de la pequeña sala, y después de unos minutos, llegaron a un local abandonado donde encontraron a Milo, Claggor y Vi. El lugar estaba lleno de escombros y manchas de humedad, pero para ellos, era solo otro refugio temporal, un lugar donde podían sentirse libres por un rato.
Vi estaba allí, igualmente distraída, mientras Milo y Claggor estaban en medio de una especie de juego ruidoso. Powder, Lucan y Vi se unieron rápidamente, uniéndose a la diversión sin pensarlo demasiado.
El juego continuó entre empujones y risas, hasta que, en un momento de tranquilidad, Milo soltó un comentario que dejó a Powder pensativa. "¿Seguro que *eso* va a funcionar, Powder?" dijo, mirando uno de sus inventos que ella había llevado al local. "¿No te das cuenta de que, a veces, tus cosas solo terminan en un desastre?"
Las palabras de Milo cayeron como un peso en el aire, y Powder bajó la cabeza, sintiendo cómo un nudo se formaba en su garganta. Aunque no quería que se notara, las palabras de Milo le dolieron más de lo que esperaba. Un mal comentario, dicho sin malicia, pero suficiente para hacerla dudar de sí misma.
Lucan, observando todo desde un lado, se acercó a Powder cuando vio la tristeza reflejada en su rostro. "Eh, *Pow Pop*," dijo suavemente, usando el apodo que solo él usaba para ella. "No dejes que esas palabras te detengan. No eres tus fracasos, eres lo que aprendes de ellos."
Powder lo miró, aún algo afectada, pero la calidez de su voz y el afecto en sus ojos le daban algo de consuelo. "Gracias, Lucan," susurró, tratando de recomponerse, aunque sabía que las palabras de Milo iban a quedarse con ella por un rato.
Todos pasaron el resto del día jugando juntos, riendo y olvidando, por un rato, las dificultades que enfrentaban. Al caer la noche, sabían que era hora de regresar a la taberna. Cuando llegaron, fueron recibidos por Vander, quien los esperaba en la entrada con una sonrisa, pero también con una mirada cansada.
"¿Se han portado bien?" preguntó con una sonrisa que los hacía sentirse seguros, pero al mismo tiempo conscientes de que debía haber un orden.
Después de una pequeña charla con Vander, los chicos bajaron a sus habitaciones para descansar. La taberna estaba tranquila, y el sonido de la calle parecía lejano. Vi, Powder y Lucan, aunque exhaustos, sabían que aún les quedaba un pequeño momento para compartir antes de dormir.
Lucan fue el primero en acercarse, decidiendo ir con Vi y Powder, como lo hacía todas las noches. Al llegar a la habitación, los vio sentadas, conversando sobre el “caza ratones”, el invento de Powder. Habían hablado sobre lo que les quedaba por mejorar, pero también sobre lo que habían logrado juntos. La calidez entre ellas se reflejaba en sus ojos, y Lucan no pudo evitar sonreír al verlas tan unidas.
"¿Todo bien aquí?" preguntó Lucan con voz suave, interrumpiendo momentáneamente su charla.
"Todo perfecto," respondió Vi con una sonrisa relajada, mientras Powder asentía alegremente. "Solo estamos haciendo algunos ajustes para la próxima vez."
Después de una corta charla, Vi y Powder se acomodaron en sus camas, arropándose entre las mantas, dispuestas a descansar. Lucan, como cada noche, apagó la luz y se acercó para darles las buenas noches.
"Descansen bien, *Pow Pop*," susurró Lucan, mirando a Powder. Luego, antes de salir, se inclinó ligeramente hacia ella y, con una ternura que solo él podía expresar, le dio un suave beso en la frente.
"Buenas noches, Vi," dijo a continuación, ya encaminándose hacia la puerta. "Nos vemos mañana."
Con un suspiro, Lucan cerró la puerta detrás de él y caminó hacia su propia habitación, dejando a las dos niñas dormir plácidamente.