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Un loco amor de tres

Summary

Léanlo si les gusta

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La noche que no debía pasar

¡Hola a todos!Esta es mi primera colaboración, y estoy muy emocionado/a de compartirla con ustedes. En esta ocasión, estoy colaborando con Zorro5467. Yo me encargaré de escribir el primer capítulo, mientras que Zorro5467 estará a cargo del segundo. ¡Esperamos que disfruten la historia! No olviden dejar su voto y un comentario si les gusta.¡Así que, sin más que decir… comencemos!

Era una tarde calurosa en Royal Woods. El sol se filtraba a través de las cortinas, dibujando rayos danzantes sobre la alfombra. En la sala, un ligero aroma a galletas recién horneadas flotaba en el aire, recuerdo del desayuno que Rita había preparado antes de caer rendida en el sofá.

Mientras tanto en la habitación de Lori y Leni Lincoln se retorcía de risa mientras Leni peleaba con un mechón rebelde de su cabello, intentando convertirlo en una trenza perfecta. Cada vez que Leni pasaba el peine, Lincoln emitía un «¡Ay!» de caricatura y se retorcía más, provocando que Leni soltara carcajadas.

—¡Ay, te ves adorable! —exclamó Leni al fin, sujetándole una coleta camuflada con un lazo rosa—. Siéntete como una princesa de un cómic.

—¡Parezco una dona! —protestó Lincoln, mirándose en el espejo portátil con cara de drama.

—¡Es una dona con estilo! —agregó Luna, tirada en el piso con la guitarra en mano, afinando un par de cuerdas. Y en ese instante, Luna se incorporó de un salto, dejando caer la pua y la mirada llena de electricidad.

—¡Leni! ¡Lincoln! —susurró mientras cerraba la puerta—. ¡Hoy es el concierto! ¡Vamos a ir!

Leni, de 13 años, estaba sentada frente al espejo tratando de hacerse una trenza sin mucho éxito. —¿Ir? ¿Cómo que vamos?

—Sí, ustedes y yo. ¡Tengo los boletos!. ¡Vamos a divertirnos como nunca!

Lincoln, con apenas 6 años, levantó la vista desde el piso, donde armaba una pequeña torre de bloques. —¿Un concierto? ¿Con luces y guitarras y gente gritando?

—¡Exacto! —contestó Luna, recuperando la compostura—. Seremos como un trío secreto en misión épica. Pero antes… hay una sola regla.

Los dos guardaron silencio, expectantes.

—No le digan a nadie —continuó Luna, bajando la voz hasta un murmullo conspiratorio—. Ni a Lori, ni a mamá, ni a Luan. Especialmente no a papá. Este será nuestro secreto familiar. ¿Entendido?

Leni apretó los puños en el regazo, mordiéndose el labio.

—Mamá está a punto de dar a luz a las gemelas… ¿y si se enteran y hacemos que todo se descontrole?

—Confíen en mí —dijo Luna, palmeándoles el hombro a ambos—. Estarán demasiado ocupados con el gran evento médico. Y si no vamos hoy... perderemos la oportunidad de ver a la mejor banda del universo. Además, prometo que volvemos antes de que las luces de la sala se apaguen.

Lincoln se puso de pie, con la capa de su pijama al viento como si fuera un superhéroe.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

Leni suspiró, con una mezcla de resignación y euforia.

—Bueno… pero solo si prometes que regresamos antes de que Lori se levante mañana.

Luna sonrió, sacando de su bolsillo un cronómetro de juguete.

—Prometido. En menos de dos horas estaremos de vuelta.

Y así, con mochilas ligeras —una botella de agua, algo de dinero, y, por si acaso, una linterna de bolsillo—, los tres se escabulleron por la puerta trasera, ilusionados y sin sospechar que, muy pronto, aquel “viaje secreto” se tornaría en algo mucho más oscuro.

El bullicio del concierto se escuchaba desde varias cuadras antes. Las luces de colores iluminaban el cielo nocturno como fuegos artificiales, y cada nota filtrada desde las bocinas parecía hacer vibrar el aire. La emoción era casi palpable, como electricidad flotando en el ambiente.

—¡Ahí está! —gritó Luna, señalando el enorme estadio que se alzaba entre la multitud.

Los tres aceleraron el paso, esquivando gente, puestos ambulantes, globos fosforescentes y vendedores de camisetas. Cuando llegaron a la entrada, Luna metió la mano en su bolsillo trasero. Luego en el otro. Después revisó su mochila con rapidez. El entusiasmo en su rostro empezó a desvanecerse, reemplazado por una mueca de desconcierto.

—No puede ser... los boletos...

—¿Qué pasa? —preguntó Leni, con el tono agudo del pánico asomando en su voz.

—¡No los encuentro! ¡No están! —respondió Luna, revolviendo su mochila como si los tickets pudieran materializarse por arte de magia.

Lincoln frunció el ceño. —¿Y si se te cayeron en el camino?

—¡No! ¡Los tenía justo aquí! ¡Los puse en el bolsillo pequeño! ¡Estoy segura!

Leni se llevó las manos a la cabeza. —¡Nos van a atrapar! ¡Nos van a castigar de por vida! ¡Nunca vamos a salir otra vez! ¡Voy a tener que vivir en el clóset!

—Tranquilas... todavía podemos hacer algo —dijo Luna, aunque su voz temblaba un poco.

—Podemos colarnos —sugirió Lincoln con una sonrisa astuta—. Vi una reja suelta por allá, en el lado oeste del estadio. Podemos meternos por detrás.

—¿Estás loco? —dijo Leni—. ¡Nos pueden arrestar!

—O peor... ¡le pueden contar a mamá! —añadió, aún más horrorizada.

Aun así, tras unos segundos de tensión, los tres terminaron caminando hacia el costado del estadio. Rodearon el perímetro entre sombras y pasto pisado, hasta encontrar una valla ligeramente abierta, tal como Lincoln había dicho.

—Voy yo primero —dijo Luna, firme, y se deslizó ágilmente por el hueco.

Lincoln la siguió con torpeza, enganchando brevemente su chaqueta. Leni, temblando, fue la última.

Todo parecía ir bien… hasta que una voz, clara y cortante, los detuvo.

—¿Qué hacen aquí?

Los tres se congelaron al instante.

Delante de ellos, a contraluz de un foco de servicio, se perfilaba una figura adolescente. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su chaqueta rasgada. Un dije dorado brillaba en su cuello, reflejando la luz como un ojo atento.

—¿Se perdieron? —preguntó, con una voz suave y curiosamente tranquila, casi musical.

—Eh… no —respondió Luna, intentando sonar despreocupada—. Solo... estamos buscando otra entrada.

—¿Sin boletos? —la chica arqueó una ceja, y aunque sonreía, su expresión no era completamente amigable. Había algo extraño en ella. Como si supiera algo que ellos no.

Lincoln dio un paso atrás. Había algo en su presencia que le revolvía el estómago.

—¿Ustedes… no son los hijos de Rita, verdad?

Luna frunció el ceño. —¿La conoces?

La chica sonrió de lado, divertida.

—Digamos que… nuestras familias se conocen desde hace tiempo.

Los observó uno por uno, como si los evaluara en silencio.

—Miren, no se preocupen. Yo puedo meterlos. Conozco a uno de los de seguridad —dijo mientras jugueteaba con el dije colgado en su cuello—. Pero tendrán que seguirme y hacer exactamente lo que les diga.

Luna dudó por un momento. La voz de su intuición le gritaba que algo no estaba del todo bien, pero al ver la mirada ansiosa de Lincoln y la expresión aterrada de Leni, asintió con lentitud.

—Está bien… pero, ¿cómo te llamas?

—Me dicen “Vee”.

Los guió con pasos decididos por un pasillo de servicio mal iluminado, luego por una puerta metálica que parecía privada. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y carteles rotos. Por momentos, el sonido del concierto se apagaba, como si estuvieran entrando en otro mundo.

Cruzaron por un acceso de personal, esquivando a los encargados del lugar. Vee saludó con la cabeza a un guardia que apenas los miró, como si estuviera acostumbrado a verla pasar. Sorprendentemente, funcionó.

De pronto, estaban dentro. En uno de los pasillos internos del estadio, justo detrás de las gradas. El sonido volvió como un rugido liberado: música, gritos, luces, emoción.

Luna saltaba de emoción, Leni grababa con su teléfono como si no hubiera un mañana, y Lincoln aplaudía con entusiasmo mientras sus ojos recorrían todo.

Pero el momento duró poco.

Casi al final del segundo acto, Vee se les acercó con prisa, con los labios apretados y el ceño ligeramente fruncido.

—Tenemos que irnos. Ya.

—¿Qué? ¿Por qué? —protestó Luna, molesta—. ¡Ni siquiera ha salido el artista principal!

—Confía en mí. Hay policías afuera... creo que alguien notó que entraron sin boletos. Están revisando a la gente cerca de la entrada secundaria.

Leni se puso pálida. —¡Nos van a arrestar!

—O peor —dijo Lincoln, bajando la cabeza.

Vee les sonrió, esa vez con algo de ternura en la mirada. —No se preocupen. Mi casa queda cerca. Podemos pasar allá, esperar a que se calmen las cosas. Luego los llevo a su casa. Nadie se enterará.

—¿Y si nos siguen? —preguntó Luna.

—No lo harán. Además… tengo formas de asegurarme de que no lo hagan —dijo Vee, enigmática, y el brillo en su dije dorado pareció intensificarse un segundo.

Los tres se miraron. Y aunque todo gritaba que aquello era una mala idea... también sabían que ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Subieron a una camioneta vieja que Vee tenía aparcada detrás del estadio. El interior estaba lleno de colgantes extraños, cintas negras atadas al espejo retrovisor, y el aire olía a incienso... pero también a algo más. Algo metálico, como óxido. En el asiento trasero había mantas arrugadas y una caja con objetos que parecían sacados de una tienda de antigüedades.

El motor rugió como un animal herido, y la camioneta comenzó a alejarse por calles cada vez menos iluminadas.

Leni miraba por la ventana, con los brazos rodeando sus piernas. Luna tarareaba una melodía del concierto, pero su voz temblaba. Lincoln, por su parte, observaba el tablero, el espejo, las manos de Vee al volante… y entonces, vio la mochila. Estaba entreabierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito.

Esperó a que Vee girara en una curva y aprovechó el movimiento para asomar la mano.

Dentro de la mochila encontró fotos impresas. Muchas. De ellos. Luna en el parque, Leni saliendo de una tienda, él mismo jugando con Lynn en el jardín. Algunas parecían tomadas desde la distancia, con zoom. Una lo heló por dentro: era Luna, cargándolo de espaldas. La fecha estaba escrita a mano en una esquina. De la semana pasada.

—No puede ser… —susurró.

Había más. Mapas del barrio, rutas escolares, horarios. Y una nota escrita con marcador rojo:

“21:30 - Recogerlos después del segundo acto. Sin fallar.”

Lincoln sintió que el estómago se le revolvía. Guardó todo como pudo, con cuidado de no hacer ruido, y se recostó, fingiendo estar tranquilo. Pero el temblor en sus manos lo delataba.

El camino se volvió más angosto. Tierra. Árboles. Niebla. Sin señales, sin luces, sin casas.

—Esto… esto no es Royal Woods —murmuró Leni, con un nudo en la garganta.

—Tranquila —respondió Vee sin mirarlos—. Ya casi llegamos.

Y entonces, un clic. Del techo bajó un pequeño rociador metálico, casi invisible. Un leve siseo llenó el aire con un vapor casi imperceptible.

—¿Qué es eso? —tosió Luna, llevándose una mano a la garganta.

—¡No... no puedo ver bien! —gimió Leni, tratando de abrir la ventana.

Lincoln trató de patear la puerta, pero sus fuerzas se desvanecían. Todo empezó a girar. Voces distorsionadas. Imágenes borrosas. La risa de Vee. Los gritos apagados de sus hermanas.

Negro.

Cuando Lincoln abrió los ojos, lo primero que notó fue la lámpara. Colgaba del techo, parpadeando, proyectando sombras largas y deformes en las paredes de madera. El olor a humedad era denso, casi sólido. Las ventanas estaban selladas con gruesas tablas clavadas desde afuera.

A su lado, Luna y Leni estaban tendidas en el suelo, respirando con dificultad. Lincoln gateó hasta ellas, sacudiendo a Luna con cuidado.

—Despierta… por favor...

Luna abrió los ojos poco a poco, aturdida.

—¿Qué… qué fue eso?

—Gas… o algo parecido. Nos durmieron.

Leni se incorporó tambaleándose y se acercó a la ventana más cercana. Intentó mirar entre las tablas, pero solo vio bosque. Árboles altos. Nieva cayendo. Ningún camino. Ninguna señal.

—Esto no es Michigan —dijo con voz temblorosa—. Ni siquiera estamos cerca.

Lincoln corrió a la puerta. Cerrada con llave. La golpeó con los puños.

—¡Vee! ¡Abre! ¡Esto no tiene gracia!

Y entonces, la voz.

—Bienvenidos —dijo desde el otro lado, con esa voz suave que ahora sonaba más baja, más afilada—. A su nuevo hogar.

Los tres se miraron, sin saber qué decir. Lincoln dio un paso atrás, con el rostro pálido.

—¿Qué quiere decir con “nuevo hogar”? ¿Qué… qué está pasando?

Pero ya no hubo respuesta.

Solo pasos alejándose.

En Royal Woods, la ausencia no pasó desapercibida por mucho tiempo.

Lynn, la más pequeña, caminaba por el pasillo arrastrando su manta, repitiendo el nombre de su hermano.

—¿Linc...? ¿Dónde estás?

Entró a su habitación. Vacía. Bajó al comedor. Silencio. La puerta trasera estaba entreabierta.

En la sala, Rita se removía incómoda por las contracciones. Al principio pensó que los mayores estaban jugando. Pero algo no encajaba. El silencio era muy... profundo.

Lori salió de su habitación con el celular en la mano. Fue directo a la cocina y notó la puerta abierta.

—¿Mamá...? ¿Lincoln salió?

—¿Salir? ¿A esta hora? —Rita trató de sonar segura, pero ya algo dentro de ella sabía la respuesta—. Lori… revisa si están en el jardín.

Pero el jardín estaba desierto. La bicicleta de Luna no estaba. La mochila de Leni tampoco.

La alarma fue inmediata.

—¡Lori! ¡Llama a tu padre! ¡Ahora! ¡Y llama a la policía!

El caos estalló en segundos. Lucy comenzó a llorar. Lynn y Lori buscaron por los armarios. Luan gritaba los nombres por la casa. Lynn Sr. llegó corriendo, y al ver la escena entendió en un segundo: faltaban tres hijos.

Mientras en la ciudad las sirenas comenzaban a recorrer las calles, en aquella cabaña del bosque, Lincoln se sentó en el suelo con las rodillas pegadas al pecho. Luna se acercó, aún temblando, y lo abrazó. Leni miraba la lámpara, como si esperara que se apagara de golpe.

—Vamos a salir de aquí —murmuró Lincoln, con la voz rota, aferrado a la mano de su hermana—. Lo prometo.

Pero incluso mientras lo decía, algo en su interior le decía que nada sería igual después de esa noche.

Luna apretó la mano de su hermano con fuerza. Leni se abrazó a sí misma, temblando.

—¿Dónde estamos...? —susurró Luna, mirando alrededor.

—No lo sé —respondió Lincoln, aún con la voz temblorosa—. Pero esto no es un juego. Vee... ella sabía todo. Tenía fotos nuestras, mapas... Todo planeado.

—¿Fotos? —preguntó Leni, frunciendo el ceño—. ¿Cómo que fotos?

—En su mochila —explicó Lincoln—. Eran... eran de nosotros. De casa, de la escuela. Hasta del parque. Como si nos hubiera estado siguiendo por semanas.

Luna se cubrió la boca con una mano, procesando la información.

—¿Y por qué? ¿Qué quiere con nosotros?

Lincoln negó con la cabeza.

Se hizo un silencio incómodo. El zumbido de la lámpara era lo único que llenaba el aire… hasta que un leve crujido del piso al otro lado de la puerta los hizo congelarse. Voces.

Lincoln se acercó despacio a la puerta, con el oído pegado a la madera.

—Shhh… alguien está hablando.

Luna y Leni se acercaron en silencio.

Desde el otro lado, la voz de Vee, mucho más fría y profesional que la que conocían, hablaba por teléfono. La puerta apenas dejaba pasar el sonido, pero algunas frases eran claras:

—...sí, tengo a los tres. No fue difícil…

—...el vuelo sale mañana. Cruzo la frontera por carretera, luego directo a Montreal.

—...sí, tengo los papeles. Ningún problema.

—...y después de eso...

Lincoln se apartó de la puerta, pálido.

—¿Qué dijo? —susurró Leni, agarrándolo del brazo.

—Canadá —respondió Lincoln—. Quiere sacarnos del país.

Luna miró a sus hermanos, sin parpadear.

—Entonces… esta noche tenemos que—

La puerta se abrió de golpe.

Vee.

Su silueta se recortaba contra la luz del pasillo, una sombra alargada y silenciosa. No parecía sorprendida de verlos juntos, ni asustada. Más bien… decepcionada.

—¿Ya están despiertos? —dijo con una sonrisa tensa—. No deberían estar hablando entre ustedes.

Los tres retrocedieron al instante. Luna se puso frente a sus hermanos por reflejo, pero Vee alzó una mano lentamente, como si no quisiera asustarlos.

—No hagan esto más difícil.

Lincoln apretó los puños.

—¿Qué estás planeando? ¡No vamos a ir contigo a ninguna parte!

Vee suspiró. Luego sacó algo del bolsillo de su abrigo: un pequeño frasco con líquido transparente y una jeringa. Luna dio un paso atrás.

—No, no… ¡ni se te ocurra!

—Tranquilos —dijo ella, sacando otra jeringa, esta vez con un líquido azul brillante—. No les hará daño. Solo dormirán un poco. Cuando despierten… ya estarán en camino.

Leni comenzó a hiperventilar. Lincoln intentó moverse, pero algo en la habitación cambió. El aire se volvió denso, pesado. Como si una fuerza invisible los empujara hacia el suelo. Luna apenas logró mantenerse en pie.

—¿Qué… qué está pasando? —susurró.

Entonces lo sintieron.

Primero fue un cosquilleo en la nariz. Luego, un sabor extraño en la boca. Como metal… como sangre oxidada.

Luna retrocedió un paso, cubriéndose la nariz.

—Ese olor… —murmuró—. Es el mismo. El de la camioneta…

Leni comenzó a tambalearse, sus piernas temblaban.

—Me… me arden los ojos… —susurró, aferrándose al brazo de Lincoln.

Él levantó la vista. En el techo, entre las placas, descubrió una rendija casi imperceptible. De allí salía un vapor pálido, flotando como una neblina invisible.

—¡Nos está drogando otra vez! —gritó, pero su voz ya sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un túnel.

Vee seguía acercándose, sin apuro. Sus pasos eran suaves, casi compasivos.

Luna cayó de rodillas. Intentó hablar, pero sus labios apenas se movían. Leni se desplomó junto a ella, como una muñeca sin cuerdas.

Lincoln forcejeó por mantenerse en pie. Su vista se nubló. Apenas distinguió la figura de Vee agachándose frente a él.

—No se resistan, por favor —le dijo con dulzura.

Y lo último que sintió Lincoln fue el eco de esas palabras… antes de que la oscuridad lo tragara por completo.

¡Y hasta aquí el primer capítulo!Espero que lo hayan disfrutado tanto como nosotros disfrutamos crearlo. Recuerden que esta historia no termina aquí: el segundo capítulo estará a cargo de Zorro5467, ¡así que no se lo pierdan! Si les gustó, no olviden dejar su voto y un comentario, nos ayuda muchísimo a seguir creando y mejorando.¡Nos leemos pronto!

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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