Dueño de Mi Infierno (EN EDICIÓN)

All Rights Reserved ©

Summary

Después de que su hija llama "papá" a un completo desconocido, la vida de Bianca Bellucci da un giro que jamás imaginó. Ella, que se había prometido no volver a enamorarse y centrarse únicamente en su hija, sus estudios y su libertad, no esperaba cruzarse con Dixon DeLuca. Dixon fue criado para destruir, no para amar. Para él, el mundo se divide entre poder y lealtad. Relaciones, sentimientos y vínculos reales no tienen lugar en su vida… hasta que una niña se cruza en su camino. Ninguno de los dos estaba buscando al otro. Pero ambos se necesitaban más de lo que estaban dispuestos a admitir.

Genre
Romance
Author
Luminaria
Status
Complete
Chapters
26
Rating
3.3 3 reviews
Age Rating
18+

01: Entre dos mundos

Bianca

Los primeros rayos de sol se cuelan entre las cortinas, llenando la habitación de luz cálida que me obliga a fruncir el ceño y buscar a tientas las sábanas para cubrirme y poder seguir durmiendo. Sin embargo, el suave chirrido de la puerta, acompañado de risas infantiles, me hace saber que mi hora de dormir ha terminado.

Me siento en la cama con cuidado, estirándome para despejarme, mientras Kylie, con su energía característica, trepa por mi cuerpo hasta llegar a mi rostro, lo que me hace sonreír.

—Buenos días, amore mio —digo aún somnolienta, mientras busco con la mirada algún rastro de incomodidad en su rostro, pero no encuentro nada—. ¿Cómo amaneciste? ¿Volviste a tener pesadillas?

Anoche, Kylie se despertó en medio de la madrugada, sobresaltada por una pesadilla, así que tuve que quedarme a su lado contándole cuentos hasta que finalmente se calmó y se durmió.

—No, mami, no volví a tenerlas —responde, mirándome con esa expresión única que solo ella sabe hacer: una mezcla de timidez y alivio—. Eres como mi espanta sueños personal.

—Me alegra que hayas dormido bien —río suavemente mientras acaricio su cabello—. Pero si no tuviste pesadillas, ¿qué haces despierta?

—Es fácil, mami, quiero pasar más tiempo contigo… Últimamente no estás mucho en casa —dice con un tono suave, pasando sus manos juguetonamente sobre mi rostro. Pero sus palabras me calan hondo.

Un nudo se forma en mi pecho al escucharla, y muerdo mi labio inferior, sintiendo la culpabilidad llenarme. Últimamente, el restaurante donde trabajo ha estado corto de personal en el turno de la tarde, lo que me ha obligado a quedarme hasta el cierre.

—Lo sé, pero si quieres, podemos desayunar juntas —digo, echando un vistazo al despertador en mi mesa de luz y notando que aún es temprano—. ¿Te gusta la idea?

Su rostro se ilumina con una sonrisa resplandeciente, sus ojos destellan de alegría y aplaude con sus pequeñas manos asintiendo con entusiasmo.

—¿Y bien? ¿Qué te gustaría comer?

—¡Panqueques! —grita con emoción.

—Ya comiste panqueques ayer y anteayer en el jardín. ¿No puede ser otra cosa?

—¡No, yo quiero panqueques! —protesta con frustración, sus ojos verdes comenzando a llenarse de lágrimas.

Suelto un suspiro, intentando armarme de paciencia.

—Sé que los amas pero no podemos comer siempre lo mismo. Además, piénsalo bien: si siempre comieras lo mismo, ¿no te aburrirías de esa comida? —digo, acariciando su cabello con suavidad, intentando calmarla.

Aunque no estalla en llanto, su rostro molesto me dice que no está del todo convencida.

—Si quieres algo rico y dulce para desayunar, podemos hacer juntas unos deliciosos muffins de chocolate.

Kylie delibera mi propuesta, frunciendo el ceño en esa mueca adorable que siempre hace cuando está pensando y entrecierra los ojos hacia mí, como si intentara descubrir alguna trampa oculta.

—¿Con sirope de chocolate? —pregunta, aún no convencida.

—Sí, y con Nutella —respondo, intentando convencerla—. Si quieres, puedes hacerlos conmigo también.

Sus ojitos se iluminan de nuevo con emoción y, sin previo aviso, salta sobre mí con entusiasmo, aterrizando directamente sobre mi estómago. El golpe me quita el aire por completo y me veo obligada a sujetarla por los costados para evitar que siga brincando sobre mí.

Río suavemente ante su emoción mientras me esfuerzo por salir de la calidez de la cama. Con cuidado, asegurándome de que no caiga, la dejo sobre el suelo y me dirijo al baño para atender mis necesidades, cambiarme y, con Kylie en brazos, bajar las escaleras.

La cocina se convierte en un caos divertido al empezar a preparar todo; las encimeras se cubren de chocolate y harina, mientras el aire lleno de felicidad me hace sonreír, sabiendo que estos momentos son los que importan.

Con mi carrera de criminología y mi trabajo en un restaurante, trabajo en el restaurante, me cuesta cada vez más encontrar tiempo de calidad con Kylie. Pero verla sonreír, sin importar lo poco que tengamos, me recuerda por qué vale la pena todo.

—¡Mira, mira, mami! —la voz de Kylie me saca de mis pensamientos—. ¡Hice una carita feliz!

Una risa se me escapa al ver el muffin que me señala, con Nutella formando los ojos y una sonrisa.

Con cuidado, la ayudo a verter la mezcla restante en los moldes para después ponerlos a hornear, mientras el ambiente se llena de la dulce expectativa del delicioso aroma que pronto invadirá la cocina.

—Es la carita más bonita que he visto —le digo, dándole un beso en la frente—. Ahora simplemente tenemos que esperar a que se horneen.

Asiente con entusiasmo y rápidamente comienza a ayudarme a recoger y limpiar todo, aunque claro, su versión de “limpiar” más bien consiste en esparcir aún más harina en vez de recogerla. Pero su esfuerzo es tan adorable que no puedo evitar reír con ternura de nuevo.

Cuando los muffins están listos, parto uno y le pongo una generosa capa de sirope de chocolate, entregándoselo a una emocionada Kylie, que da un gran bocado, cubriéndose de chocolate mientras sonríe feliz.

—¡Están deliciosos, mami! —dice entrecortadamente, con la boca llena—. ¡Son los mejores que he probado!

—Me alegra que te hayan gustado, princesa —respondo, sonriendo mientras le paso una servilleta para limpiar su boca—. Pero no olvides que primero tienes que tragar antes de hablar. Y también, recuerda comer despacio, no tenemos prisa. Si comes rápido, podrías sentirte mal.

Asiente rápidamente y vuelve a estirarse sobre la mesada, esta vez para agarrar el plato que tiene los muffins —aunque al final se lo termino extendiendo porque no llega— para después volver a la mesa donde comenzamos a comer.

Los siguientes minutos nos la pasamos disfrutando de los muffins, compartiendo risas y pequeños chistes entre bocados, lo que me hace sonreír una vez más, mientras intento grabar a fuego el momento en mi memoria, sabiendo que no tengo muchos momentos así, por los que los atesoro, recordándome que por estos pequeños instantes, vale la pena todo el esfuerzo y sacrificio que hago a diario.

Pero todo lo bueno tiene que terminar, y cuando miro el reloj de la pantalla de mi teléfono, mis ojos se abren como dos sandías y mi sonrisa desaparece rápidamente.

—Maldición —murmuro para mí misma al darme cuenta de que el tiempo se me ha escapado de las manos y ya se me está haciendo tarde para llevar a Kylie a la guardería y llegar a tiempo a mis clases.

Me levanto de un salto de la silla, recogiendo los platos con rapidez mientras me aseguro de que Kylie termine su desayuno.

—Es hora de ir a la guardería, Principessa —digo con prisa mientras agarro nuestras mochilas—. Si quieres llevar algún muñeco contigo, agárralo ahora porque tenemos que irnos.

—¡No! ¡No quiero ir! —grita en respuesta, estampando un pie contra el suelo y golpeando la mesa con su pequeño puño, con el ceño fruncido y los ojos brillando con frustración—. ¡Quiero quedarme contigo!

Y justo ahora, cuando ya vamos tarde, comienza un berrinche.

Inhalo profundamente, intentando disipar el nudo que se forma en mi pecho y, con el corazón apretado en un puño, ahogo mis propios sentimientos y rápidamente la acuno entre mis brazos con toda la ternura que puedo ofrecerle, dejando un suave beso en su frente y esperando que, de alguna manera, pueda transmitirle la seguridad y el consuelo que tanto necesita.

—Sé qué quieres quedarte conmigo, principessa, y créeme, yo también. Pero mamá tiene que trabajar y estudiar para asegurarnos un futuro mejor. Te prometo que pronto tendremos más tiempo juntas, ¿de acuerdo?

—Pero te extraño mami —dice con sus ojitos llenándose de lágrimas, lo que me parte el corazón a la mitad.

—Mira, hagamos algo —respondo con el corazón en la mano, agachándome a su altura para secar sus lágrimas—. Puedo preguntarle a mi jefe si me deja ir por ti más temprano para que pasemos la tarde juntas en el restaurante. ¿Te parece bien?

Kylie me mira con los ojos llenos de dudas y el labio inferior temblando ligeramente mientras considera mi propuesta hasta que, finalmente, suspira y se rinde asintiendo en silencio antes de tomar su mochila de entre mis manos.

—Está bien, mami… pero no te olvides —advierte con seriedad, señalándome con su pequeño dedo índice.

—No lo olvidaré —respondo, riendo suavemente antes de dejar un beso en su frente—. Lo prometo.

La sonrisa regresa al rostro de mi princesa, quien me da un último abrazo apretado antes de girarse hacia su habitación, tomar su osito de peluche favorito y, sin perder tiempo, salir de la casa conmigo, murmurando un cántico en voz baja que no logro comprender del todo.

Cuando ya estamos por llegar a la salida del barrio privado en el que vivimos, parece que algo logra captar la atención de Kylie, porque rápidamente se suelta de mi mano y corre hasta lo que sea, haciendo que mi mirada la siga, frunciendo el ceño cuando veo que es un hombre bajando de un lujoso auto.

La verdad es que el hombre es bastante guapo, con su traje negro elegante —al igual que sus pantalones y zapatos— y su cabello despeinado cayendo sobre su rostro con una despreocupación que le da un aire de sofisticación e intimidación inexplicable.

Pero antes de que pueda reaccionar o hacer algo para detenerla, Kylie comienza a correr lejos de mí, dirigiéndose hacia el desconocido, lo que hace que mi corazón se detenga por un instante.

—¡Kylie Bellucci! ¡Vuelve aquí! —grito, intentando que volviera, pero simplemente decide no volver.

Intento llamarla de nuevo, ero, como esperaba, hace caso omiso de mis palabras. Es increíblemente rebelde cuando se lo propone, y es en estos momentos que realmente me arrepiento que haya sacado un carácter más bien parecido al mío que al del padre.

Todo pasa en cámara lenta. En un segundo estoy corriendo detrás de ella, y al siguiente, ella termina chocando con el desconocido haciendo que él la observe con curiosidad, con su expresión imperturbable, mientras mi corazón se detiene al reconocerlo.

«Es él. Es Dixon DeLuca»

Dixon DeLuca. Hay muchos rumores sobre él en la universidad, principalmente porque se le ha visto con varias alumnas, y se dice que ya ha pasado por la mitad del campus —y considerando que nuestra universidad es una de las más grandes, eso no es poca cosa— dejando corazones destrozados a su paso.

—¡Papi! ¡Encontré a un nuevo papi! —el grito de Kylie me saca de mis pensamientos y me hace detenerme por completo—. ¿Puedes ser mi nuevo papá?

Mi boca se abre y se cierra, boqueando como un pez fuera del agua, incapaz de procesar lo surrealista de la situación. Me quedo inmóvil, paralizada por la incredulidad, mientras Dixon se agacha a la altura de Kylie y, con una facilidad desconcertante, la alza en brazos.

—Creo que me has confundido —dice con esa voz grave mientras su mirada recorre el lugar con calma antes de preguntar—: ¿Dónde está tu mami?

Es en ese momento cuando mi cerebro hace acto de aparición y rápidamente decido reaccionar, corriendo los pocos metros que hay entre nosotros, con el corazón latiendo a mil por hora ante toda esta… situación.

—Lo siento muchísimo por todo esto, ella no suele ser así —me disculpo rápidamente, lamiendo mis labios con nerviosismo cada poco tiempo, mirando a Kylie con desaprobación—. Kylie, no puedes ir corriendo a los brazos de un desconocido así como así, mira si te pasa…

Pero antes de que pueda seguir hablando, un chirrido espantoso irrumpe en el aire, de esos que hacen querer taparse los oídos de inmediato. El sonido es tan abrupto que tanto Dixon como yo nos damos la vuelta al instante, solo para encontrarnos con una mujer rubia, no mucho mayor que nosotros, acercándose a paso rápido.

La verdad es que es bastante bonita, con su cabello rubio perfectamente peinado en un hermoso rodete, su ropa impoluta y un maquillaje natural que resalta sus facciones.

—¡¿Qué demonios haces aquí Dixon DeLuca?! —su tono es de completa indignación, pero a Dixon no es como que le importe mucho, porque rápidamente gira los ojos desinteresadamente—. ¡¿Cómo te atreves a engañarme?!

Últimamente no me estoy involucrando mucho en el chisme ajeno, pero por más que intento controlarme, no puedo evitar que una parte de mí me haga alzar la ceja. No parece ser el tipo de hombre que pueda mantener una relación seria, todo lo contrario, de hecho.

Y, como si quisiera reforzar mi argumento, decide que la mejor manera de hacerlo es tomarme de la cintura con la mano libre, tirando de mí con tal fuerza —con la precaución de evitar que Kylie se choque contra mí— y, sin previo aviso, estampa sus labios contra los míos en un beso desesperado, de esos que arrebatan el aliento.

Sus labios devoran los míos con una intensidad feroz, como si fuera su última comida, llenos de desesperación y ansias. Y yo, incapaz de hacer más que rendirme ante el beso, me quedo inmóvil, congelada, sin saber qué hacer ni por qué algo dentro de mí se revuelca con una mezcla tan extraña y placentera.

—¡Esto es increíble! —grita la rubia, completamente enfurecida y fuera de sí, dando golpes al aire.

—Cariño, fue un gusto conocerte, pero creo que ya va siendo hora de que me esperes mientras resuelvo esto —responde Dixon, ignorándola olímpicamente, mientras me guiña un ojo de manera cómplice.

«¡¿Por qué mierda siempre las cosas surrealistas siempre tienen que pasarme a mí?! ¡¿Por qué?!»

Primero Kylie —que jamás se acerca a desconocidos a menos que yo se lo diga, y mucho menos se aleja mucho de mí— corre hacia un desconocido llamándolo papá, y ahora este mismo desconocido termina besándome, así, de la nada, como si tuviéramos la mayor confianza entre nosotros.

«Si, definitivamente la vida me odia»

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —la voz de la chica corta el incómodo silencio que se ha instalado entre nosotros—. Si esto es para intentar que me aleje de ti, no lo vas a conseguir. El que una puta que no vale nada se interponga en nuestro camino no significa que deje de intentar que realmente te des cuenta de lo hermosos que seríamos juntos.

Bien, sé que no debería sentirme ofendida por las palabras de lo que claramente es una puta loca obsesionada con alguien, pero no puedo evitarlo, así que me preparo para defenderme. Sin embargo, antes de que siquiera pueda decir algo, Dixon responde por mí.

—¡Que no somos nada, Jennifer! —el grito exasperado de Dixon sobresalta incluso a Kylie, que se remueve tímidamente—. Ya te lo he dicho varias veces, pero te lo voy a volver repetir: el que me haya acostado contigo una vez no significa que ahora mágicamente tengamos una relación.

—¡Debí hacer caso cuando mi padre me dijo que no me acercara a ti! —grita, desalmada, con lágrimas en los ojos—. ¡Eres un idiota!

—Sí, lo soy —admite, sin ningún tipo de reparo—. Ahora, aléjate de mí antes de que decida llamar a la policía por acoso y te pongan antecedentes. A tu padre no le va a gustar.

Jennifer lanza una última mirada de desprecio hacia Dixon antes de darse la vuelta, dejando que sus lágrimas fluyan libremente —lo que, a pesar de todo, me hace sentir algo de pena por ella, a pesar de los insultos— y corre hacia otro lujoso auto estacionado junto al de Dixon, que no había notado llegar.

—Fuiste demasiado duro con ella —le recrimino, con un tono acusatorio, mirándolo fijamente como si estuviera dispuesta a interrogarlo.

—No creo que debas meterte en donde no te llaman —responde, encogiéndose de hombros.

—Pero si no te costaba ser algo más amable con ella, ¿sabes? No te vas a morir por serlo —insisto, sin dejarlo pasar.

Dixon termina suspirando y pasa su mano por su cabello, claramente exasperado.

—Mira, no es como si te tuviera que importar, pero no es la primera vez que la rechazo, y no es la primera vez que me saca de quicio —responde, desinteresado, como quien no quiere la cosa.

Mis mejillas se ponen rojas como un tomate ante sus palabras pero no hago nada por disculparme, no es como si mi orgullo me dejase.

—Por cierto, lamento haberte besado tan de improvisto, pero fue lo único que se me ocurrió para librarme de ella —dice con un tono despreocupado pero sin el menor rastro de arrepentimiento.

Un escalofrío casi imperceptible recorre mi cuerpo ante la mención del beso, pero rápidamente empujo al fondo todas las sensaciones que me hizo sentir. El hijo de puta besa como los dioses, y es imposible no notarlo, especialmente cuando han pasado muchos —tal vez demasiados— años desde que me besé con alguien.

—¿Y qué te hace creer que puedes usarme como escudo humano? —replico, escondiéndome detrás de una ira falsa.

—No lo sé —responde en un tono arrogante, encogiéndose de hombros y sonriendo con suficiencia—, parece que nuestra pequeña farsa funcionó y que te gustó mucho.

—El que no te haya golpeado por ser un imbécil no significa que hayas hecho bien —contesto, con los dientes apretados—. Ni que me haya gustado.

—¿En serio? —pregunta, con una voz baja, llena de desafío, haciéndome retroceder unos pasos hasta chocar contra la pared—. Entonces no tendrás problemas en que te bese de nuevo… si no sentiste nada...

Su mano libre se acerca directamente al lado de mi cabeza, acortando la distancia entre nosotros de manera incómoda, y por un momento —por un breve segundo —me pierdo por completo.

Su voz profunda —que grita prácticamente sexo— cala en cada poro de mi cuerpo, haciendo que mis malditas piernas traicioneras tiemblen ligeramente. Me obligo a tragar con esfuerzo, pero, aun así, logro asentir, tratando de proyectar una seguridad que no siento.

—Absolutamente —digo, con fingida seguridad, aunque mi voz termina delatándome, dejando entrever mi duda.

—Lo dudo —responde con arrogancia, esbozando una sonrisa confiada que parece desafiarme a demostrar lo contrario.

Mi mirada se cruza con la suya, y por un instante entiendo por qué tantas mujeres caen a sus pies. Sus ojos grises tienen una intensidad cautivadora, algo que seguramente conquistó a más de una. Pero yo no tengo tiempo para esto. Tengo una carrera que terminar y una hija a la que cuidar.

—Mira, no tengo tiempo para todo esto, tengo que dejar a mi hija en la guardería y clases a las que asistir —respondo, con irritación, aprovechando su cercanía para tomar a Kylie en mis brazos.

Y así, me doy media vuelta y rápidamente empiezo a salir del barrio, con el leve presentimiento de que esta no será la última vez que nos veamos.