Historias de Saint Stella #01: ANTES DEL RUIDO

Summary

BRAWL STARS UA. Fanfic de universo alternativo. Ucronía distópica en una ciudad cyberpunk. Colt es un investigador de la policía de Saint Stella que trabaja junto a su fiel compañera Shelly. Recientemente, han aparecido anomalías extrañas que deben investigar, en un caso donde hay más en juego de lo que parece a simple vista. Acción y romance se mezclan en esta historia llena de misterios. +18.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

I. Obertura

La alarma no sonó.

Colt despertó igual.


Abrió los ojos en su departamento de 42 metros cuadrados sobre el Distrito Humo. Afuera, un anuncio flotante de whisky irradiaba luz púrpura sobre el colchón, pintando su piel con una tristeza elegante. El sonido del tráfico aéreo, mezclado con el lamento lejano de un tren que ya no existía, completaba el fondo sonoro de la ciudad. Saint Stella amanecía como cada día: con la dignidad de una prostituta vieja y los secretos de un asesino.


Se sentó en la cama, desnudo, y encendió un cigarro a medio acabar. Su brazo derecho tembló. No por el tabaco: por el recuerdo. Siempre despertaba con la sensación de que algo se le había olvidado en otra vida. Un nombre. Un rostro. Un amor que no terminó bien. Lo único que tenía claro era que esa vida ya no estaba, y esta tampoco prometía durar mucho más.


En la ducha, el agua reciclada olía a óxido dulce. Se peinó con las manos, usó su chaqueta vieja de cuero sintético, se calzó las botas con el polvo de la ciudad aún adherido. Observó su reflejo en el espejo cuarteado.


-Sigues siendo el bastardo más guapo de esta cloaca.


Y se sonrió. Porque era cierto.


La comisaría estaba a quince cuadras, pero las caminó igual. Le gustaba ver a la ciudad despertar, si es que eso era lo que hacía. En Saint Stella, todo parecía medio muerto desde hacía décadas.


Pasó frente a uno de los muchos cafés de Mandy -cerrado- con su toldo rojo arrugado y una pantalla mostrando un holograma congelado de una mujer mordiendo un pastel. Recordó su piel perfumada, su risa cruel, el sabor químico de su boca. Sacudió la cabeza. No iba a caer otra vez. O por lo menos, no hoy...


En la avenida principal, un niño Limo pedía monedas tocando un instrumento hecho de tubos plásticos y tripas de dron. Dos Uros lo ignoraban. Una mujer Brutiana lo grababa desde un ángulo piadoso, diciendo "arte callejero biocultural" para sus seguidores. Colt le dio una moneda sin mirarlo. El niño asintió sin parar de tocar.


Todo era una pose.


La comisaría tenía el olor clásico: sudor, plástico barato, café rancio y testosterona envejecida. En el hall principal, el monitor gigante pasaba propaganda gubernamental disfrazada de noticias: "El Consejo mantiene su compromiso con el acceso regulado a los viajes interdimensionales."


Claro que sí.


Shelly estaba en su escritorio. Pies sobre la mesa, masticando chicle, leyendo un expediente que parecía más entretenido que un thriller. Su chaqueta azul desgastada contrastaba con su expresión impasible. Lo vio entrar y sonrió apenas, como quien ve llegar a un compañero de celda.


-Tarde otra vez. -No era una queja. Era un dato.

-Tuve un sueño raro. Soñé que la ciudad no apestaba.-Ambos sonríen.


Le tiró un archivo.


-Hay otro muerto. Lo encontraron en los niveles bajos de Sector 9. Sin heridas visibles. Cerebro licuado.

-¿Otro?

-Sí. Mismo patrón que los tres anteriores. Esto ya no es una coincidencia.


Colt hojeó las fotos. Un hombre de unos cuarenta. Ojos en blanco. Una expresión de horror grabada en la cara. El lugar: una oficina vacía, monitores apagados, y una inscripción grabada en la pared con sangre.


"NO SOMOS REALES. SOLO SOMOS EL DOLOR QUE QUEDA."


Colt sintió un escalofrío real. No por la muerte. Por el mensaje. ¿Que carajo se supone que significa eso? Últimamente no paran de aparecer mensajes cripticos y Colt esta harto de que taladren como el sonido de moscas alrededor de su cerebro podrido.


-¿Y qué dice Byron?

-Está analizando la sustancia en el cerebro. Cree que es cristal blanco líquido. Pero eso no tiene sentido.

-Nada tiene sentido estos días, Shelly.


Ella se levantó. Su mirada era firme. Pero en el fondo, había una pregunta que no quería hacer.


-Pero ya en serio ¿Tú también tienes pesadillas, Colt? Porque no he parado de tener sueños... mil veces más raros que lo que me contaste.


Él no respondió. Guardó el archivo en su chaqueta y se dirigió al elevador.


-Vamos a ver el cadáver. Quiero saber si también soñó con nosotros.-Una respuesta indirecta de que había algo más en todo esto. Algo imperceptible para la mente consciente.

Tantos años en esto... había algo instintivo que los movía antes de que ellos siquiera se diesen cuenta de lo que sucedía a su alrededor, como si fuesen bestias nocturnas.


La puerta se cerró.


La morgue estaba en el subnivel 5, justo debajo de los archivos desclasificados y encima del depósito de drones obsoletos. El elevador se detuvo con un gemido metálico y un parpadeo en las luces. Shelly chasqueó la lengua.


-Un día nos vamos a quedar atrapados en esta lata.


-Si es contigo, no me quejo.


Shelly le pegó con el codo sin dejar de mirar al frente. Colt sonrió, como siempre.


Byron los esperaba con su bata gris arrugada y una taza de infusión negra que olía a ira y menta. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado y los ojos vidriosos de quien duerme poco y piensa demasiado.


-Llegan tarde -dijo sin levantar la mirada de su mesa-. La descomposición avanza más rápido de lo normal. Este sujeto... está colapsando.


-¿Colapsando? -preguntó Colt.


Byron les hizo señas para que se acercaran. El cadáver estaba cubierto por una sábana, salvo la cabeza. La piel estaba arrugada, como si se hubiera deshidratado desde adentro. Los ojos, abiertos. La boca, congelada en un grito mudo.


-¿Nombre? -dijo Shelly.


-Rurik Elann. Contador en una firma que terceriza viajes interdimensionales. No tenía antecedentes, ni registros de alteraciones genéticas, ni implantes. Pero...


Byron se inclinó y con una pinza extrajo un pequeño fragmento blanco del cráneo parcialmente abierto.


-Esto estaba dentro de su glándula pineal.


Colt lo observó. Era un cristal blanco. Pequeño. Puro. Pero al sostenerlo, sintió... algo. Una vibración en la base del cuello. Un zumbido que no venía de fuera.


-¿Y qué hace eso ahí? -preguntó Shelly.


-No lo sé. Pero no es el primero. Hay tres casos anteriores. Uno en el Distrito Azul. Otro en una estación de transporte. El patrón se repite: sin heridas externas, sin signos de lucha, y esto. Siempre esto.


-¿Cristales implantados en el cerebro?


-No implantados. Insertados, quizás. O más bien... materializados.


-¿Materializados? -Colt arqueó una ceja.


-Sí. Como si los pensamientos... pudieran cristalizarse. ¿Me entiendes?


Nadie dijo nada por unos segundos. Afuera, una sirena lejana cantó una nota roja.


-La sangre estaba viva -continuó Byron-. Durante las primeras seis horas postmortem. Moviéndose. Rechazando los anticoagulantes. Y el hígado... tenía marcas de fractura dimensional. Como si hubiera sido tocado por algo que no existe del todo.


Colt apoyó las manos sobre la camilla. El cadáver parecía mirarlo. Juraría que uno de los ojos acababa de parpadear.


-Además, ocurrió algo demasiado extraño, pero creerán que el trabajo me ha vuelto loco. Cuando activé el escáner, la sala... se estiró. Solo por un segundo. Como si todo... respirara. Lo juro por mi vida misma.


Shelly frunció el ceño.


-No me jodas.


Byron levantó las manos. No estaba bromeando.


-Y entonces escuché algo.


Colt se incorporó. Sus ojos fijos en los de Byron.


-¿Qué?


Byron lo dijo casi en susurro:


-Mi propio nombre.


-Amigo, el aislamiento te esta haciendo papilla el cerebro.


-Sé que me crees, Colt. Tal vez ambos nos estamos volviendo locos...


-Quizá. -Responde, finalmente. Todos sonríen.

Se despiden y acuerdan estar en contacto por cualquier información nueva sobre este caso confidencial que han estado investigando la última semana sobre la proliferación de cristales blancos en la ciudad. Son difíciles de conseguir y definitivamente raros de ver dentro del cráneo de alguien.


Subieron en silencio. El ascensor crujía. Shelly cruzó los brazos. Colt encendió otro cigarro.


-¿Tú escuchaste algo?


-No. ¿Y tú?


-Tal vez. No sé. Un zumbido. Como si alguien pensara dentro de mi cabeza.


Shelly asintió despacio.


-Últimamente todo suena como alguien más pensando.


Cuando salieron, la ciudad había oscurecido. Las luces flotantes parpadeaban. La neblina química era espesa. En una pared cercana, una pintada reciente decía:


"Finx nos ve. Finx nos sueña."


Colt se detuvo a mirar el grafiti. No sabía por qué, pero sintió que era él quien estaba siendo observado.


Shelly lo llamó desde la esquina. Ya había avanzado.


-¿Qué estás esperando, Colt?


El cigarro se consumió entre sus dedos. Él no respondió.


Solo pensó: ¿Y si todo esto ya pasó antes?


Y caminó hacia la noche.