Los cuentos del libro rojo

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Summary

(Contenido solo para adultos) Señores de la guerra, campesinas, esclavos, bailarinas, cortesanas, ladrones... Todos tienen piel, todos sienten. En el continente de Lauris, las tierras del ocaso sangriento, se dice que todas las personas nacieron de la misma hoguera, que el primer hombre y la primera mujer fueron dos chispas que se escaparon de las llamas y desarrollaron cuerpos. Por eso son hijos del fuego, son hombres belicosos y mujeres apasionadas. ¿Estás listo/a para leer sus aventuras eróticas y oscuras? Estas historias forman parte del universo de Las crónicas del Trono Quebrado. Si quieres saber más de este mundo, sígueme.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Evelyn-1 (Prólogo)

El viento salado del puerto de Jovk entraba por la ventana del cuarto de Evelyn. A lo lejos se escuchaba el rumor de una melodía entonada por una mujer, aunque no se reconocía la letra. El techo tenía un trozo del tapiz roto, pero: “¿Quién tapiza el techo?“. Sin sueño, en aquella noche tan vívida, le dio por ponerse a pensar en todo. Primero, en su abuela.

La abuela de Evelyn era una mujer peculiar. Hace ya unos 20 años que vivía en el este, lejos de toda su familia. Eso fue antes de que Evelyn naciera. Su padre y su madre estaban en la antigua casa de los Brown, aquella fastuosa mansión que tanto miedo le daba, aunque era su casa materna, el hogar en donde se había criado. Los ojos de todos aquellos retratos antiguos parecían observarla.

“En Scull hace mucho frío, prefiero el este. Las playas son blancas y el mar es azul, los jóvenes sonríen y te saludan. En el norte nadie sabe cómo se llama el vecino”. Evelyn era una chica alegre, desenfadada, coqueta. Nada de eso era habitual en Scull. Una tierra fría con gente hosca. Excepto papá, pero él era un extranjero. Eso también, no quieren a papá. Nunca lo han querido. Solo mamá y la abuela. Todos seguían pensando en los remeros de Puerto Rojo y en los sirvientes de la costa de los lagartos. En el norte, nadie quería a los negros. En el este, los encontrabas en el puerto cantando canciones animadas, eran dueños de tiendas en el centro y profesores en la escuela. “Acá nadie se pregunta cómo es posible que yo exista”.

En Scull, resaltaba como una mancha en la nieve. En Jokv, se ganaba muchas miradas, pero no era más que por la explosión castaña de sus cabellos, por el brillo cálido de su piel morena y por el verde profundo de sus grandes ojos. Cuando caminaba de la casa al mercado, contoneando sus caderas al ritmo de una melodía que solo ella conocía, al menos un obrero tropezaba y un carretero parecía a punto de chocar con los peatones. Si un hombre de Scull le dirigía una mirada que no fuera de desprecio, solía ser de una lascivia grosera y cualquier comentario destacaba por hacerla sentir como carne muerta. Acá estaba viva, todos lo estaban.

Algunos chicos le hablaban, la invitaban al cinematógrafo, pero ella no aceptaba. No es que fuera tímida, pero todavía no conocía el amor y no se contentaba con sucedáneos. Le gustaban los hombres, los veía con el rabillo del ojo, recordaba en las tardes largas los brazos fuertes de los estibadores y sentía un cosquilleo entre las piernas, pero no estaba interesada en nada más que una gran historia.

Cuando sonó la campana de la medianoche, seguía despierta. Decidió que las gruesas sábanas blancas pesaban demasiado, pero que tenía frío y que era mejor dormir que no hacerlo, a menos que sea un desvelo divertido. Bajó al comedor, pensando en que robarle un poco de vivo rosa a la abuela no era muy mala idea.

Cuando atravesaba la sala de camino al pequeño comedor, dio un breve vistazo al librero. En la hilera de abajo, entre los grandes tomos de Historia Natural, vió un pequeño lomo con un detalle en dorado que brillaba como una luciérnaga. No pudo evitar sentir curiosidad y lo sacó. Sólo entonces notó que la cubierta era de un rojo intenso y que tenía una silueta impresa en dorado, además de algunas palabras que no podía leer en la oscuridad. Casi sin desviar los ojos del libro, un poco aturdida sin saber por qué, encendió una lámpara y se sentó en el sofá de la abuela.

“Cuentos del libro rojo”, decía en la parte superior de la tapa. Debajo, también en dorado: “Relatos eróticos de Las crónicas del Trono Quebrado”. Solo entonces logró reconocer la figura del centro. Era el torso desnudo de una mujer, con una mano apretando un seno. “El trono quebrado, como en la escuela”.

Se acomodó en el sillón, repleta de curiosidad. Se saltó el prólogo, como siempre hacía, y fue directamente al primer relato. Dijo el título en voz alta, siguiendo la línea con el dedo: “Anlhú, la ladrona...”