Frecuencia 0

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Summary

Un pequeño equipo es enviado a la Antártida para investigar el silencio repentino de la Estación Polaris, donde encuentran los cuerpos desmembrados de los científicos. Al activar una frecuencia prohibida, los soldados sufren migrañas, hemorragias y alteraciones mentales, descubriendo que la señal era algo mucho más oscuro y peligroso de lo que imaginaron.

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Z-9

El viento golpeaba la instalación con ráfagas constantes, reduciendo la visibilidad y complicando el descenso.

La nieve, endurecida por el frío extremo, chocaba contra el helicóptero mientras bajaba en una maniobra controlada. El sonido de las aspas retumbaba sobre el terreno blanco, levantando una nube espesa de hielo que cubría parcialmente la estructura metálica de la base.

No había señales de movimiento. El radar permanecía en silencio. Ninguna actividad registrada en las últimas 216 horas. Las comunicaciones se habían cortado sin previo aviso, y las imágenes satelitales más recientes mostraban la instalación aún en pie, pero sin señales de personal.

Las armas estaban listas, los visores encendidos, y cada uno conocía su función. La orden era clara: ingresar, asegurar el área, y recopilar toda la información posible.

—Estación Polaris, designación Z-9 —dijo Ramírez, ajustando el pasamontañas—. ¿Cuántos días sin contacto?

—Nueve —respondió Ayala, con la mirada fija en la estructura oscura frente a ellos—. Ni una sola señal desde entonces.

Ferreira, el más joven, se bajó último. Pies firmes en la nieve. Apenas hablaba desde que salieron.

Avanzaron en formación, armas listas, cada uno cubriendo un sector. La puerta principal seguía cerrada, sin signos de forzamiento. Ayala levantó una mano. Ramírez se adelantó, sacó el kit y trabajó rápido.

Clac.

Puerta desbloqueada.

El olor llegó primero.

Era denso, podrido. Una mezcla de sangre, químicos y encierro. Ferreira se tapó la nariz con la manga, el gesto automático.

—Carajo… —murmuró al asomarse.

El primer cuerpo yacía justo en la entrada. Un hombre de bata, unos cincuenta años. Torso desnudo. El pecho abierto en canal. Cortes limpios. Los órganos fuera.

Ayala revisó rápidamente el entorno.

Sin signos de lucha. No había casquillos ni huellas recientes.

Pasó sobre el cuerpo y dijo sin emoción:

—Posiciones. No toquemos nada.

Ramírez avanzó unos pasos, manteniendo el rifle en alto.

—Hay más adentro.

El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por el parpadeo de una luz de emergencia.

La estación tenía cinco módulos conectados: Tecnología, Biología, Comunicaciones, Energía y Residencial.

Entraron al módulo de energía. Apagado. Ningún sistema en funcionamiento.

—¿Por qué sigue habiendo electricidad parcial? —preguntó Ramírez.

—Seguramente hay una fuente secundaria, algo aislado —respondió Ayala. Revisaba paneles. Tocó el comunicador—. Sin señales vitales. Avanzamos al siguiente módulo.

Biología.

Ahí estaban casi todos los cuerpos. Sentados, tendidos, uno incluso colgado en un tubo de acero.

Los torsos estaban abiertos.

—Esto no es normal —dijo Ramírez, bajando la voz.

—¿Ritual? —preguntó Ferreira.

—No. No creo que sea eso.

Ayala se acercó a una computadora encendida en modo de espera. La tocó. El sistema volvió a la vida con un leve zumbido.

Una interfaz limpia, sin clave. Registros internos. Última reproducción: Archivo Sonoro Z9-Beta. El cursor titilaba. El archivo parecía haber sido dejado en pausa.

—No lo abras —dijo Ramírez.

—No planeaba hacerlo.

Pero fue Ferreira, que sin querer tocó el teclado al agacharse junto a un cuerpo, quien activó el archivo.

Un pitido sutil llenó el aire. Un zumbido bajo, apenas perceptible.

No parecía nada al inicio.

Solo una frecuencia.

No era molesta, pero tampoco natural.

—¿Lo sienten? —preguntó Ramírez.

Ayala frunció el ceño.

—Sí. Algo... Apágalo.

Ramírez presionó el botón de “detener”. Y la frecuencia cesó de inmediato.

Avanzaron hacia el módulo residencial, armas listas, cubriendo los ángulos. Camas intactas, ropa doblada en los vestíbulos. Restos de comida en los cubículos, sin tocar. Un cuerpo en la ducha, sin piel en el rostro, ojos abiertos.

Ferreira se detuvo, observando fijamente.

—¿Cuántos están muertos? —preguntó, su voz apenas audible.

—Todos.

—¿Y ninguna señal? ¿Ninguna grabación de voz?

Ayala no respondió.

Se movieron rápidamente al siguiente módulo. El módulo de comunicaciones. Consolas apagadas, todo en silencio. Pero una pantalla parpadeaba en la esquina.

Ramírez se acercó y tocó una tecla.

En la pantalla apareció:

FRECUENCIA RESIDUAL - Z9-BETA 2INTENSIDAD: 03%

—¿Otro archivo?

Pero Ferreira no dijo nada.

Estaba inmóvil. Mirando un punto fijo. La mandíbula apretada. Su mano izquierda fue lentamente a su sien. Se la sostuvo fuerte.

—Ferreira, ¿estás bien?

—…Me duele —respondió con voz baja.

Ramírez se acercó a él, ahora más alerta.

—¿Qué cosa?

—La cabeza… —dijo, casi en un susurro.

Sudaba. En medio de ese frío, sudaba.

Sus pupilas se dilataban como si estuviera en completa oscuridad. Y algo más: una curvatura extraña en los labios, como si estuviera sonriendo sin razón alguna.

Ayala levantó la voz, ahora visiblemente preocupado.

—Ferreira, ¡mírame!

Sin esperar respuesta, Ayala presionó el comunicador.

—Comando, aquí Ayala. Base Z-9 asegurada. Todos los científicos fallecidos. Solicito equipo de extracción y cuarentena inmediata. Hay…

Click.

Interferencia.

Solo estática.

Luego, un leve zumbido.

Pero no del comunicador.

Ayala giró hacia la consola. El monitor encendido ahora marcaba:

Z9-BETA 2: ACTIVACIÓN AUTOMÁTICA INTENSIDAD: 17%

—¿Quién lo encendió? — gritó Ayala, su voz rasposa por la desesperación que se apoderaba de él.

Ferreira no estaba.

Ramírez se giró justo para ver su silueta entrando de nuevo al laboratorio.

Y con eso, empezó a dolerles la cabeza.

Fue como si la presión dentro del cráneo subiera de golpe. Un zumbido sordo en el fondo de sus pensamientos, como si algo invisible rascara por dentro del oído medio, apenas perceptible… pero constante.

Ayala apretó los dientes.

—Apágalo. Ya.

—Voy —gruñó Ramírez, tambaleándose hasta el monitor.

El osciloscopio estaba encendido. Un patrón irregular de ondas se proyectaba en la pantalla.

No había sonido, al menos no uno audible. Pero la frecuencia estaba activa.

Lo desconectó sin ceremonia. Y luego, nada...

Ambos esperaron.

Cinco segundos.

Diez.

La presión aflojó. No desapareció por completo, pero se redujo, como si se replegara a un rincón del cerebro.

—Ese hijo de puta lo encendió —escupió Ramírez, limpiándose el sudor de la frente, mirando hacia la consola con furia contenida.

Ayala no dijo nada. Caminó hacia la puerta del laboratorio, con pasos calculados, deteniéndose justo frente al marco.

Oscuridad al otro lado.

Y un largo pasillo sin ventanas.

—Ferreira —llamó, su voz firme, pero con un toque de tensión.

Nadie respondió.

La linterna de su rifle cortó la penumbra, el haz de luz deslizándose por el pasillo. Al fondo, una sombra pasó corriendo, demasiado rápida para identificarla.

Ayala bajó el volumen de su voz, acercándose un poco más al umbral.

—¿Viste eso?

Ramírez asintió, la expresión endurecida.

—Está jugando con nosotros.

Comenzaron a caminar despacio, manteniendo sus armas listas. El sonido de sus botas resonaba sobre el suelo metálico, cada paso marcaba la calma tensa del lugar. Los tubos fluorescentes del techo parpadeaban erráticamente, lanzando destellos irregulares, cortos y molestos. De repente, una gota de agua, o algo similar, cayó cerca del pie de Ayala. El olor cambió.

Más hierro. Más pútrido. Era como si la descomposición del lugar se hubiera concentrado en ese corredor.

—Está empeorando —susurró Ramírez, con los ojos entrecerrados, mirando hacia el techo.— El olor.

Ayala asintió con la cabeza, pero su atención estaba en otro lugar.

La siguiente puerta estaba medio abierta. Y con la linterna, iluminaron el interior.

Tres mesas metálicas con cuerpos. Estaban abiertos, desgarrados. Las vísceras fuera, esparcidas por el lugar. Las costillas sobresalían, como ramas secas. Era como si algo hubiera reventado desde adentro, o como si alguien los hubiera desmembrado con manos desnudas.

—Mierda… —susurró Ramírez.

Siguieron avanzando, el aire ahora espeso, denso, pegajoso. Las paredes goteaban condensación mezclada con algo que parecía grasa. El metal tenía huellas.

—¿Ferreira? —llamó Ayala otra vez, más bajo.

La respuesta no vino en palabras. Vino desde el final del laboratorio.

Una puerta se abrió lentamente.

Y Ferreira estaba allí.

Desnudo hasta la cintura, empapado en sudor, los ojos completamente vidriosos, con las pupilas dilatadas y completamente negras.

—¿Están escuchando? —susurró, su voz vacía.

Ramírez levantó su arma, apuntando directo al pecho de Ferreira, pero Ayala lo detuvo con un gesto rápido.

—Ferreira, escúchame. Respira. Estás mal.

El chico ladeó la cabeza. Como si no entendiera.

—… Es grandioso, ¿no creen?

Ramírez apretó los dientes, apuntando con más firmeza.

—No te acerques.

Ferreira sonrió más ampliamente, su expresión distorsionada en una mueca extraña.

—¿Nunca quisieron verse como realmente son?

Dio un paso.

Ramírez disparó. No al cuerpo. Al suelo. Como advertencia.

Ayala lo miró rápidamente, su rostro una mezcla de sorpresa y furia.

—¡¿Qué estás haciendo?! —le gruñó, avanzando hacia él con rapidez—. ¡Te dije que pensáramos antes de actuar! ¡No sabemos qué diablos le está pasando a ese tipo!

Pero Ferreira ni siquiera se inmutó.

Se giró lentamente, caminando hacia el fondo del laboratorio. Abrió otra puerta y entró.

Cerrándola tras de sí.

Ramírez corrió tras él, pero la puerta estaba bloqueada.

—¡Vamos, joder!

Ayala lo detuvo.

—Déjalo. Está perdido.

—¡No!

—¡Míralo, Ramírez! ¡Ese ya no es él!

Silencio. Solo el zumbido de las luces.

Y el sonido, imperceptible… volvía.

Pero esta vez, solo Ramírez se llevó la mano a la cabeza.

—No… no otra vez…

Se tambaleó. Ayala lo sostuvo.

—¿Qué pasa?

Ramírez respiraba entrecortado. El sudor le bajaba por la frente, los ojos desorbitados.

—No paró… —murmuró—. Nunca se fue.

Se llevó ambas manos a la cabeza.

—Duele. Joder...

Se dejó caer de rodillas, golpeando el suelo con una mano.

Ayala bajó su arma y se agachó junto a él.

—Respira. Tienes que controlarlo —insistió Ayala, su voz firme pero nerviosa.

Pero Ramírez solo murmuraba, con los ojos clavados en un punto invisible. Como si escuchara algo que Ayala no podía.

—Está adentro… yo… —titubeó—. ¿Sabes… qué es?

Sus pupilas se dilataron como si su mente se abriera a algo incomprensible. Una risa baja, apenas un suspiro rasposo, le brotó de los labios.

Ayala frunció el ceño, inclinándose un poco más, sintiendo que lo que Ramírez decía no era solo locura.

—¿De qué hablas?

Ramírez alzó la mirada, perdida, quebrada, con una sonrisa temblorosa en los labios agrietados.

—Infra… sónica…

Apenas un hilo de voz. Como un secreto robado del aire.

Ayala pareció no entender.

—¿Qué dijiste?

Ramírez no respondió. Solo giró un poco el rostro, como si escuchara algo justo detrás de su oído. Su sonrisa se torció.

—Y si… nos abrimos, Ayala… ¿y si también… miramos?

Ayala se levantó de golpe.

—¡Basta!

Pero Ramírez no lo oía.

Tenía la mirada fija en uno de los cuerpos sobre la mesa. Uno con el abdomen abierto, y las entrañas colgando.

Ramírez caminó hacia él.

—Ahí…

Ayala levantó su arma.

—¡Ramírez! ¡Te lo advierto!

El otro se detuvo. Temblaba. Las manos abiertas, la respiración agitada.

—La hicieron... ellos… no sabían… —una risa breve, seca, sin fuerza— …yo...

Se giró hacia Ayala.

Y su expresión era una mezcla de cansancio y una calma extraña.

—Solo quiero...mirar.

Ayala no pudo evitar fruncir el ceño.

Algo en la manera en que Ramírez lo miraba no era humano.

Su mirada estaba vacía, perdida. La intensidad de la situación lo presionaba cada vez más, y Ayala sintió cómo la adrenalina comenzaba a dispararse.

Algo no estaba bien.

Ramírez se mordió el interior de la boca con fuerza. Los dientes se le llenaron de sangre, y una sonrisa torcida y sombría apareció en su rostro.

La expresión era delirante, pero al mismo tiempo, su quietud, esa calma demente, lo hacía aún más aterrador.

Ramírez no paraba de mirarlo, y Ayala, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de él, comenzó a dar pasos hacia atrás.

—Ayala… —murmuró Ramírez, su voz débil, pero penetrante—. ¿No te has dado cuenta? ...No hay forma de salir...

Ayala sintió un escalofrío recorrerle la columna.

No podía entender completamente lo que Ramírez decía, pero la convicción en sus ojos, era lo suficientemente aterradora.

Ramírez hizo un gesto, como si quisiera tocarse el rostro, y de repente, dejó escapar una risita baja, con una extraña nota de satisfacción, como si ya hubiera entendido algo que Ayala no alcanzaba a ver.

—Ayala… —balbuceó, entrecortado. —Todos-...

Pero la última palabra se perdió, rota, ahogada entre el delirio y la sangre en su boca.

Sabía lo que tenía frente a él.

Y no era su compañero.

Ya no.

Era un riesgo. Una amenaza.

Algo que no podía dejar avanzar.

Inspiró hondo, ajustó el agarre del arma, y dio un solo paso firme.

—Lo siento, Ramírez —murmuró.

Apuntó. Y disparó.

El disparo retumbó con un eco seco y final.

Ramírez cayó al suelo sin resistencia, como un saco vacío, sin fuerza ni voluntad.

Silencio.

Ayala permaneció inmóvil, aún con el arma alzada, como si necesitara un instante más para aceptar lo que acababa de hacer.

Observó el cuerpo tendido en el suelo, buscando —en vano— algún rastro del hombre que había sido su compañero.

Pero finalmente, sus dedos solo se aflojaron y el arma descendió con lentitud.

Se giró con los hombros tensos y caminó hacia la pared más cercana. Se dejó caer con cuidado, apoyando la espalda contra el metal helado del laboratorio. Respiró hondo. Una, dos veces. Como si intentara expulsar el aire que se había vuelto espeso desde que entraron allí.

Se pasó una mano por el rostro. Estaba sudando frío. No sabía si era por el disparo… o por lo que había visto en los ojos de Ramírez antes de apretar el gatillo.

Y entonces pensó.

¿Dónde se metió Ferreira?

Con manos temblorosas, revisó su equipo. Tres cargadores. Un cuchillo. Y su linterna comenzaba a parpadear.

Se obligó a ponerse de pie.

No podía quedarse ahí.

Cruzó el laboratorio lentamente, pasando junto a los cuerpos disecados. Las moscas zumbaban ahora, invisibles pero presentes.

El olor era insoportable. Sangre vieja, carne, intestinos fermentados.

Pero era parte del infierno en el que estaba atrapado.

La puerta por la que Ferreira había desaparecido seguía cerrada, como un obstáculo más en un camino sin sentido.

Ayala, sin perder tiempo, levantó el rifle, lo sostuvo con firmeza y pateó la puerta. El crujido de la bisagra cedió al impacto, resonando en el aire denso.

Más oscuridad. La luz de la linterna iluminó un túnel estrecho, los cables colgando del techo como serpientes muertas, retorciéndose entre sí. Un olor aún más denso lo recibió, saturado de humedad y algo aún más nauseabundo.

Ayala avanzó, pasos firmes, el arma lista. La tensión crecía con cada paso.

Escuchaba un murmullo. Bajo, rítmico.

Lo siguió. Y más al fondo, una luz.

Una sala circular, que nunca había visto antes en los mapas de la base.

En el centro, el emisor.

Una estructura metálica, parecida a una torre de transmisión, incrustada en el suelo, con cables por todas partes y luces que palpitaban como venas.

Y al lado…

Ferreira.

De espaldas. Agachado, como si rezara.

Su cuerpo temblaba.

Ayala apuntó.

—Ferreira. No hay salida. Apártate.

El muchacho giró el rostro.

Tenía los ojos tan abiertos que casi parecían salirse. Pupilas dilatadas, hundidas. Sonriente. Pero no de forma humana.

—Ellos... lo hicieron... —balbuceó, con voz rasposa y temblorosa—. Esos malditos... lo hicieron... todo...

Se balanceaba sobre sus rodillas, moviéndose hacia adelante y atrás, como un niño enfermo tratando de calmarse. Sus uñas, rotas y ensangrentadas, rasgaban lentamente el suelo. No parecía consciente de lo que hacía.

Su mirada se volvió más intensa, su boca temblaba mientras luchaba por juntar palabras. Pero de repente, sin previo aviso, su expresión cambió. La desesperación se transformó en algo mucho más sombrío. Y sus ojos se clavaron en Ayala con una ferocidad salvaje.

—¡Quiero ver cómo estás por dentro! —gritó, con un tono casi animal.

En ese momento, Ferreira se lanzó hacia él, sus movimientos erráticos, como si el control de su propio cuerpo se hubiera escapado por completo.

Ayala reaccionó al instante, y disparó casi sin pensarlo.

Tres balas.

El cuerpo de Ferreira cayó de lado, su cuerpo retorciéndose una última vez antes de quedar inmóvil.

Ayala se dejó caer, respirando con dificultad.

El aire pesaba.

La cabeza le latía, pero no como un dolor normal. Era algo profundo, interno. Como presión detrás de los ojos. Como si alguien le presionara los globos oculares desde dentro.

Entonces lo vio.

Unos papeles arrugados asomaban del bolsillo de Ferreira. Los tomó con cuidado. Estaban empapados de sudor, sangre y tinta corrida. Algunos trozos faltaban. Pero entre las manchas, algo seguía legible.

“Registro técnico: emisión infrasónica no autorizada. Rango: 18-19 Hz.Afecta el sistema límbico y el lóbulo frontal.Resultados: paranoia, pérdida del juicio, agresividad extrema.Exposición prolongada puede inducir disociación total del yo y comportamientos autolesivos o psicóticos.”

Ayala tragó saliva.

No estaban locos, era la frecuencia...

Ayala parpadeó. Una punzada le cruzó la frente. El papel cayó de sus dedos antes de que pudiera seguir leyendo. Un zumbido sordo empezó a hincharse detrás de los ojos, como si algo invisible se expandiera en su cráneo, presionando con una intención viva.

Miró el emisor. Las luces seguían parpadeando, cada pulso con una cadencia casi orgánica.

No había sonido.

Y sin embargo, sentía que lo escuchaba.

En la nuca. En los dientes.

En lo más hondo del estómago.

Los pensamientos empezaban a torcerse.

Fragmentos de recuerdos, voces de viejos conocidos, rostros sin nombre que le susurraban desde su infancia.

Algo se estaba desprendiendo dentro de él.

Recordó a su madre. Pero no su cara. Solo cómo se escucharía el crujido de sus costillas si le aplicaba presión con el rifle.

Se llevó la mano a la boca. Tosió. Un hilo de sangre le bajó por el mentón.

Se rió. Apenas.

Una risa rota. Como una fuga de aire.

—No… no es real… —susurró. Pero sí lo era. Cada segundo más.

Se imaginó cortándose el brazo. Solo un poco. Solo para ver.

Estaba perdiéndose.

Pero aún tenía control.

Sacó la radio de emergencia. Y activó la grabación de voz.

Necesitaba hablar. Dejar constancia. Algo.

Su pulgar temblaba sobre el botón. La garganta se le cerraba.

Tenía que hablar. Rápido. Antes de que dejara de ser él.

Con la voz rota. Casi sin fuerza.

—Aquí el capitán Ayala… Estación Polaris Z-9… Todos muertos. Repito, todos muertos.

Pausa.

Tosió sangre.

—No manden a nadie… No...

Se quedó quieto.

No…

No sirve…

Miró el emisor. Sus ojos estaban vidriosos.

Le temblaban los dedos.

Casi apaga la radio.

Pero no lo hizo.

Se acercó más al micrófono.

Su voz cambió. Apenas perceptible. Más tranquila. Más vacía.

—Si oyen esto… si llegan a esta base…

Respiró hondo.

La sonrisa se le formó sola.

No quería sonreír.Pero no podía evitarlo.

—… escuchen la frecuencia.

Una pausa.

—Por favor...

Eso fue todo.

Fin del mensaje.

Sacó su cuchillo. Miró el cuerpo de Ferreira y esbozó una sonrisa, casi satisfecho de verlo así.

Luego volvió la mirada al cuchillo. Lo sostuvo un instante, entre los dedos temblorosos.

Y con la misma calma con la que alguien limpiaría su arma, lo deslizó por su propio cuello.

La sangre brotó al instante, tibia, espesa, bajando por su pecho en hilos oscuros.

Durante un segundo se mantuvo de rodillas. Inmóvil.

La mirada clavada en el emisor. Y esa sonrisa torcida. Ajena. Como si algo más estuviera usando su cara.

La sangre no se detuvo. Descendió por su torso, empapó el uniforme y cayó en hilos oscuros sobre el piso metálico.

El sonido era mínimo, pero constante. Golpes húmedos contra el acero. Se fue expandiendo, buscando las uniones entre las placas del suelo.

El cuerpo se desplomó sin oponer resistencia. Cayó hacia un lado. Los brazos quedaron sueltos. La cabeza, ladeada, seguía apuntando hacia el emisor.

La sonrisa seguía ahí. No se borró. Se ensanchó. Los músculos se tensaron como si algo invisible los manipulara desde dentro. Los dientes quedaron expuestos en una mueca antinatural.

Silencio.

Un silencio denso. Absoluto.

La oscuridad se tragó su último suspiro.

Y con él, cualquier vestigio de humanidad.