I
Nunca he entendido por qué los humanos bajan la mirada al cruzarse conmigo.
Quizá es miedo.
Quizá es respeto.
Quizá es instinto.
Fui ensamblado en la base 7 del Sistema Auralux, diseño serie E-421-OS.
Un prototipo de combate.
Una herramienta.
Un arma con rostro humano.
Mi primer recuerdo es de fuego.
Mi segundo, de silencio.
El tercero… no sé si fue real.
Mi diseño no contempla pausas emocionales ni distracciones sensoriales. Me alimento de datos, de rutas de escape, de mapas encriptados y protocolos de combate. Fui creado para atravesar paredes, no para detenerme a mirar a través de ellas.
Trabajo para quien pague más. Protección, infiltración, recuperación. Nada moral. Nada personal.
Hoy, como cualquier otro día, me dirigí al distrito G6. El mercado negro de esa zona es uno de los más activos, y mi cliente esperaba una entrega. Droga de circuito. Estimulante de interfaz neural. Destruye los recuerdos que duelen y convierte los falsos en placenteros. Humanos huyendo de sus verdades.
Yo no huyo.
No puedo.
No tengo nada de qué escapar.
Nunca me entrenaron para detenerme.
Mi existencia es lineal.
Un objetivo.
Una orden.
Un final.
Me activo. Me conecto. Me muevo. Y repito.
No hay poesía en lo que soy.
No hay arte en lo que hago.
Caminé entre los puestos. Neones parpadeantes. Pantallas flotantes. Gritos, risas, armas ocultas en chaquetas baratas. El aire olía a metal caliente y sudor reciclado. Un dron pasó rozando mi hombro y mi sistema lo reconoció como inofensivo.
Un vendedor intenta ofrecerme partes cibernéticas de dudosa procedencia. Lo ignoro. Un niño me lanza una mirada larga, como si viera un fantasma.
Quizá lo soy.
Quizá no lo sé.
Todo iba normal.
Hasta que la vi.
Ella.
Estaba recargada contra una baranda oxidada, con una pierna flexionada y la otra lista para correr. Su cabello es largo, negro, húmedo por la neblina artificial que escupe el sistema de refrigeración sobre nuestras cabezas. Y su piel… tan blanca, tan fuera de lugar en este mundo gris, que duele mirarla.
Pero lo hago. Lo sigo haciendo. Su chaqueta de cuero tenía cortes estratégicos para acceder rápido a sus armas. Observaba a un vendedor, uno de los jefes menores, con una sonrisa cargada de veneno.
Y yo… me detuve.
Fue un gesto tan pequeño, casi imperceptible. Un parpadeo que no estaba programado. Mi sistema se congeló por una décima de segundo. Tiempo suficiente para perder cualquier enfrentamiento real.
Error fatal.
Pero nadie atacó. Solo ella.
—Eso no vale ni la mitad de lo que estás pidiendo, y tú lo sabes.
Su voz.
Mi audio la aisló entre mil sonidos. Agudizó cada frecuencia, amplificó el ritmo de su respiración. Enfoca su rostro. Graba su voz sin que yo lo solicite. Estoy rompiendo las reglas. Las mías.
Ella se agachó y fingió atarse el cordón de su bota. Lo vi. Sacó una pequeña daga, la ocultó entre sus dedos. El traficante no lo notó.
Yo sí.
¿Por qué estoy observando esto? ¿Qué importa? ¿Qué relevancia tiene?
Error 874-C: Fijación no justificada.
Error 928-D: Análisis de expresión facial excedido.
Error 302-G: Simulación emocional inesperada.
La vi robarle el chip con elegancia. Vi cómo se alejaba sin ser detectada. Y vi cómo volteó un segundo antes de perderse entre la gente… y me miró.
No dura más de un segundo.
Ni siquiera estoy seguro si me ha visto realmente.
Pero sus ojos...
Verdes.
No como el pasto, no como las pantallas de diagnóstico. Un verde imposible. Como si algo vivo aún existiera dentro de ella, resistiendo.
Y ahí fue cuando todo explotó.
Mi sistema se apagó por una fracción de segundo. No lo suficiente para derribarme, pero sí para hacerme caer de rodillas mentalmente. Me inundaron imágenes que no pertenecían al presente. Unos labios. Una risa. El mismo rostro, pero con el cabello rubio.
Una melodía que no reconozco.
Un anillo de papel.
¿De dónde vienen estas imágenes?
¿Son errores?
¿Fantasías?
¿Míos?
La transmisión de mi cliente entra, distorsionada, insistente.
Mi prioridad, mi misión.
Se convierte en ruido blanco.
Mi sistema se restableció solo. Mi cliente estaba a unos metros. Me observaba con desconfianza, como si intuyera que algo en mí ya no era del todo máquina.
Me levanté. Caminé en dirección opuesta. Sin razón. Sin plan. Solo con una idea repitiéndose como un eco:
Valencia.
No sé su nombre todavía, pero lo sé. En lo más profundo de mis líneas de código… ya lo sé.
Prioridad: desconocida.
Razón de la desviación: inexplicable.
Motivación: emocional.
Y mientras me alejo del caos controlado de la ciudad, solo puedo pensar en su mirada. No por curiosidad.
Por necesidad.