Entre el atardecer y el alba

Summary

Algo entre la historia y la leyenda, algo que se esconde de la memoria de los pueblos más antiguos. Dos adversarios, Mingyu y Wonwoo, cuyos intereses no podrían estar más antepuetos, encuentran el amor amparados bajo la mágica luz de la diosa de la noche; pero el destino no puede ser burlado y ambos lo saben. Como líderes deberán actuar a favor de sus congéneres, como amantes... solo los dioses del alba podrían saber qué sucedería con ellos.

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Entre nosotros

A quien sin importar qué está, incluso desde la ausencia.

Y a ustedes, que me permiten conocer la satisfacción de mostrar mis humildes letras.

Hace milenios, cuando no había clasificación para nosotros, nacieron ellos doce. Poseedores de la gracia de la naturaleza coexistirían creando la vida, transformándola, estableciendo el equilibrio perfecto entre todas esas almas que daban a luz. Un día, esos conocedores de los grandes secretos que ellos mismos crearon, se separarían a fin de ampliar los horizontes del mundo de los que eran proveedores. De ellos nacieron otros seres, que poseerían características similares a esos que le dieron vida. Estos individuos, casi tan mágicos como sus creadores serían inculcados como los herederos de tan magistral obra.

Sin embargo, los dioses también pueden ser víctimas de la oscuridad, también pueden ser cegados por la maldad, también pueden ser sinónimo de caos y muerte. Porque, por supuesto, en la vida también son necesarios en cierta medida. Algunas culturas le recuerdan como Uilleam, la deidad del fin definitivo. Aunque, estas culturas no lo rememoran siendo el villano, como pudiera pensarse.

Esta deidad rompería su vínculo natural e inculcaría a sus hijos en el arte de la muerte. Así, arrasaría con toda su obra, engullendo una a una al resto de las deidades; pero no sería tan fácil para él buscar la resurrección de un mundo que necesitaba de un nuevo equilibro, puesto que otra deidad, convencida de la alienación de Uilleam lucharía por la supervivencia de parte de su obra. Ella, Neifhen, que había creado la inocencia, el amor y que protegía su vínculo con cada alma bajo su protección.

Porque el mundo debe tener luz y oscuridad, a partes iguales.

Se dice que estos dos dioses se negaron a que sus pueblos luchasen la batalla que estaba destinada a ambos. Se dice también que una tarde el caos se reflejó en un cielo sangriento, que las aguas se volvieron negras y putrefactas, que los vientos como poderosas cuchillas arrasaron con todo a su frenético paso y que ese día, desaparecieron ambas deidades. Justo como habían llegado: sin previo aviso.

Se rumorea que de la mezcla de ambos pueblos nació la humanidad tal y como la conocemos y que por eso perdimos nuestra conexión con todo vivo que algunos hijos de Neifhen conservaban.

Mas, según los viejos mitos ambas deidades dejaron el equilibrio de su creación a cargo de dos de sus hijos, aunque no se conoce mucho más que eso.

Quizás somos los hombres, que nos hemos vuelto olvidadizos.

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Esta historia tuvo lugar en las profundidades de la memoria humana, ese sitio incierto en el que verdad y mito desdibujan sus líneas y crean una obra ambigua: sin una apreciación única. Allí, donde la magia brillaba en todo su esplendor, donde la evolución había dado a luz a seres tan iguales y tan distintos, donde las razas no se dividían, ni clasificaban. En ese entonces nos conocíamos mejor que ahora, sabíamos de nuestro potencial, recordábamos las enseñanzas de nuestros antecesores sin necesidad de largas horas de lectura frívola, de anotaciones incautas, de leyes y teoremas redactados sobre algún rastro de sangre en un papel. Por aquellos años los inocentes no sostenían el peso de sociedades inmorales, tampoco pagaban por los errores de los poseedores de mayor efectivo, las personas no se veían obligadas a subsistir sin un lugar al que llamar hogar, no se manipulaba el conocimiento en contra de los que lo ignoraban.

Por esos años nací yo, en un pequeño asentamiento en lo profundo de los bosques que antes dominaban gran parte de la topografía de nuestro planeta. Nuestra lengua ya fue olvidada, al igual que nuestra gente, nuestro pueblo, nuestra tradición y, principalmente, nuestros dones. Nosotros, los ὀργάω, por ejemplo, podíamos controlar la materia, mover grandísimas rocas sin necesidad de herramientas, escuchar las palabras del viento y los suspiros de los árboles y cada dádiva era única. Nuestra diosa, Neifhen, madre de todo nuestro pueblo, otorgaba una nueva "maravilla" en cada nacimiento. Ella era hermosísima, tan terrenal como celestial. Los cabellos infinitos hechos de noche y adornados con todas las estrellas en el firmamento, sus labios de rosa recién salida del capullo contrastaban con los ojos azul marino y siempre vestía de espuma de mar y perlas exóticas. Su toque de seda todavía permanece en mi piel, incluso si ya no soy el bebé que sostuvo en su regazo maternal.

Como el resto de los infantes, crecí en grupo, bajo los cuidados de las mujeres más jóvenes y de mayor vigor, quienes nos mostraron el funcionamiento de la vida en nuestro pueblo y nos cuidaron como si fuésemos sus hijos de vientre, puesto que nuestra diosa y madre no participaba en nuestra crianza, siempre ocupada por otras tareas más importantes, sin embargo, sabíamos de su amor hacia nosotros y hacia el resto de sus hijos. Ella nos visitaba poco, pero esas visitas eran inolvidables. Yo mismo puedo verla si cierro mis ojos. Con paso firme y calmado estudiaba los árboles que rodeaban nuestra pequeña choza de piedra, puedo verla mover sus labios, recogiendo toda la información posible de los centenarios seres, agradeciéndoles su protección al tocar cada tronco; después nos llevaría fuera, tomando de la mano a los más pequeños, ella se sentaría en la hierba y nosotros nos buscaríamos un lugar cercano a ella, queriendo sentir su amor a través de caricias y cantares melódicos.

Una vez, yo me encontraba bajo su brazo, abrazando su cintura con brazos cortos y sus ojos y su sonrisa se dirigirían solo hacia mí, "Serás un gran guerrero, mi tierno querubín." había pronunciado. En ese momento no lo entendería. ¿Cómo podría un niño nacido en medio de la paz hacerlo? Un niño cuyo don estaba tan alejado a los sufrimientos de la guerra y que no conocía nada más allá de su infantil percepción, pero nuestra diosa sabía mucho más, por supuesto que lo hacía.

Años después, siendo ya un joven capaz, descubriría la mala intención de los hombres que poblaban nuestro mundo unas millas más allá del espeso bosque, en las dunas desérticas. Los σκοτάδι, poseían dotes similares a las nuestras, sin embargo habían perdido su conexión con el resto de seres vivientes.

Con la amenaza de una invasión, los jóvenes comenzaron a instruirse en las artes del combate honorable, entre ellos estaba yo, por supuesto. Mi nombre se ubicó en lo más alto de las fuerzas comprometidas de nuestro pueblo. Wonwoo, "El dador de vida", el honorable soldado de la diosa madre. Aunque bien sabía que no podría competir contra el guerrero más fuerte de los σκοτάδι; puesto que mi anatomía era naturalmente delgada, por lo que apesar de las grandes rutinas de ejercicios físicos, mis músculos no eran algo de lo que alardear. Para compensar esto tenía una ventaja que el resto no: mi don.

Mediante él, podía aprovechar la fuerza vital de otros seres, de la tierra, del fuego, de casi toda materia y redistribuirla hacia otro lugar. También podía combinarlas para sanar, modificar o, llegado el caso, permitirle algún tiempo limitado de vida.

A mis dieciocho años había sido acordada una reunión entre ambos pueblos en los límites de nuestro bosque.

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El sol aún no iluminaba cuando Wonwoo preparaba a los hombres, formados todos en ordenadas líneas. A la cabeza de la formación irían él y la gran madre. El recorrido sería largo, aunque la tensión presente en cada hombre jugaría con su percepción del tiempo.

Atravesaron la profundidad de los bosques con la moral en alto, aquel era su terreno, ellos mismos eran parte de ese todo que también respiraba y crecía. No obstante, conocía la naturaleza de sus contrincantes: los descendientes de la oscuridad, quienes dejaban a su paso la evidencia de la muerte brutal.

Decían que la piel de estos seres estaba formada por ceniza y carbón, que sus ojos los delataban como clan. Según sus investigaciones, los σκοτάδι poseían iris como el humo, capaces de divisar hasta el menor detalle y de paralizar a sus enemigos.

Todos estos pensamientos le perturbaban, ellos, al contrario de sus oponentes, no eran guerreros, no tenían las habilidades de la batalla forjadas por generaciones, sus armas eran tan endebles como una rama seca y, si bien su espíritu era sumamente fuerte, sus cuerpos no podrían resistir a los embates de la crueldad de los hombres. Estaban en gran desventaja, no importaba lo que quisieran hacerse creer, la verdad se imponía dura y firme frente a ellos.

Mas, él era el líder de esos hombres dispuestos a dar la vida por sus hermanos y por su hogar, por lo que no habría lugar para el quebranto en su alma.

El astro rey, curioso por los acontecimientos, se asentaba imponente en su trono providencial en medio de ambos bandos, besando las cabezas desprotegidas de los guerreros.

Y aunque Wonwoo podía divisar a los σκοτάδι, le era imposible distinguir muchos más rasgos que sus trabajadas constituciones físicas, muy diferentes a las de sus hermanos y apesar de que a primera instancia el temor recorriera su espina dorsal, no se dejó amedrentar por las intimidaciones. Ordenó con el ejemplo: continuó su paso igual de firme que antes hasta situarse a pocos metros del líder del clan y de su mejor guerrero, en tanto, las tropas se desplegarían en sus posiciones correspondientes, veinte metros detrás de cada uno de sus líderes. Cruzó miradas con sus adversarios mientras la presencia de su madre se materializaba a su derecha, igual de reconfortante que siempre.

—Caballeros, —saludó cortésmente Neifhen.

Los hijos de la oscuridad, a primera instancia, diferían totalmente de lo que las viejas historias les habían inculcado. Ni siquiera se podían incluir en una única descripción, dado a que cada uno parecía provenir de distintos ancestros y no de su líder, como lo hacían ellos. Al parecer, el parentesco filial no era de su interés.

El guerrero frente a él debía rondar su edad, sin embargo tenía músculos sólidos y bien trabajados, su piel había sido dorada bajo los rayos solares y sus ojos parecían ser de miel derretida; desde fuera podría engañar a cualquiera, puesto que la crueldad parecía haber escapado de sus rasgos, pero no se dejaría engañar. El líder de los σκοτάδι, sin embargo, cumplía todas las expectativas: vestido con la oscuridad misma, llevaba la muerte a todo lo que se interpusiera en su paso, hedía a la desesperación de los inocentes.

—Antes de llevar la muerte a su pueblo y el mío, es de mi interés llegar a algún tipo de acuerdo con vosotros. Bien sabrá que mis hijos no son dados a la violencia en ninguno de sus niveles. —pronunció su diosa madre.

En cambio, el no esperó honor ni ningún tipo de amabilidad por parte de sus adversarios.

—Neifhen, mi pueblo crece, el tuyo se desvanece. Tus poderes no son igual de fuertes, eres decadencia y yo alba en pleno esplendor. Deberías dejar que las aguas tomen su curso y no ofrecer resistencia. —argumentó el líder contrario, creando una estela de humo con cada palabra articulada.

El guerrero frente a él aumentó la fuerza de su agarre sobre la empuñadura de su arma y Wonwoo instantáneamente mejoró su postura, listo para cualquier ataque y sabía que los suyos estarían al tanto del cambio, después de todo, él se había asegurado de su unión con cada uno de los suyos gracias al don de Seokmin, uno de sus hermanos más cercanos.

—Uilleam, bien sabes que si nuestro pueblo llegara a la extinción, los tuyos no tardarían mucho en encontrar la redención que merecen luego de masacrar a casi todos nuestros predecesores y a tantos inocentes. Te has convertido en todo lo que la naturaleza desea desterrar ¿qué te ocurrió?

—¡Basta de palabrería! —gritó la masa de oscuridad putrefacta y Wonwoo estuvo a punto de atacarla si no fuese por el frágil brazo de su madre imposibilitándole el paso.— ¡Esos años acabaron! Ahora soy poder puro y continuaré reclamándolo hasta los confines de este mundo.

—¿Pero a qué costo? ¿Crees que esos pobres diablos te seguirán por siempre? Puedo ver dentro de ellos y créeme, no te queda mucho tiempo. —profirió su madre.

—Bien sabes que a ninguno de nosotros nos queda mucho tiempo y que si accedieras a seguirme garantizarías la eternidad a mi lado. —Wonwoo no entendía ¿su diosa también moría? No, eso era imposible.

—Lleguemos a un pacto, cambia tu rumbo y dale a mi pueblo algo de tiempo. Ven a buscarme cuando se acerque nuestra hora, cuando seamos imprescindibles para el otro —¿Qué? El desconcierto se hizo dueño de sus expresiones, al igual que del rostro de su adversario. Su madre debía de estar plantando la semilla de la manipulación en el líder contrario, seguramente sería eso, ella nunca mancharía sus inmaculadas manos con la barbarie—.Los dos sabemos quién mantiene su conexión con esta tierra. —pudo ver el momento en el que la realización quebró el desfigurado rostro de la mole de oscuridad.

—Muy bien, estableceremos una frontera para ambos pueblos en los límites de tu tierra, pero si alguno de los tuyos sobrepasa su frontera no dudaré en atacar y devorarlos a todos, incluyéndote. Mingyu, asegúrate de que se retiren estos intrusos. —ordenó el líder a su guerrero, quien no dudó en asentir estoicamente. Fue así como desapareció su adversario, dejando atrás los rastros de humo oscuro y pestilencia.

Por su parte, dio la orden de retirada a sus hermanos mediante el lazo que Seokmin había creado para ellos, sin permitirse apartar la mirada de las tropas contrarias ni de su general aunque temiera de algún ataque por la espalda. No fue hasta que sus hermanos estuvieron resguardados en la seguridad de los bosques que comenzó su marcha, acompañado por la seguridad que le brindaba su madre.

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Creyó que era sería la última vez que vería al general de las fuerzas de los σκοτάδι y no pudo estar más equivocado.

Luego del encuentro entre los dos pueblos varias cosas cambiaron, por ejemplo: la dinámica de su pacífica aldea mutó a una netamente defensiva, necesitando establecer guardias que hicieran frente a los hijos de la oscuridad, que vigilaban los límites del bosque.

Día y noche, los suyos se situaban en postas amparadas por los árboles y la maleza, para así mantener a raya los posibles intentos de agresión o de incumplimiento del pacto.

Wonwoo acostumbraba en sus noches de guardia a subirse a uno de los árboles más longevos de los límites del bosque, cuyas ramas creaban un escondite perfecto para que mirara a sus objetivos sin que estos pudiesen divisarlo, pero nunca esperó encontrarse al mismísimo general de los σκοτάδι; había pasado varios meses y él permanecía tan impasible como el día en el que el destino de los dos pueblos fue sellado.

Lo observó sin dejar pasar un detalle, hora tras hora hasta que el alba casi llegaba, no obstante Wonwoo era humano y las ramas de un árbol definitivamente no otorgaban el descanso más cómodo a su carne y comenzaba a sentir calambres en su espalda baja; por lo que, tratando se quitarse la incomodidad de sus músculos, se removió en su estratégico puesto de vigilancia, provocando que las ramas se movieran junto a él y que uno de los frutos cayera y se deslizara hacia el terreno árido que sus adversarios llamaban hogar. Vio también cómo, desde su posición, Mingyu miraba la atractiva fruta. Luego de lo que pareció ser una batalla interna, el muchacho se acercó al fruto, llevándolo directamente a su nariz y aspirando su aroma.

Wonwoo sabía qué tipo de fruta era esta y cuán grato era su olor, por supuesto, había crecido aquí. Pero también era conocedor de las toxinas mortales que se hospedaban en la carnosidad interior de dicho fruto. Podría matar al guerrero de una sola mordida y eso pondría una buena ventaja a su pueblo pues un ejército sin líder no era una gran amenaza por sí sola. ¿Entonces por qué?

—Yo tú, no comería eso. —advirtió desde las sombras cuando el moreno acercaba la fruta peligrosamente a su boca. El aludido detuvo todo movimiento, tensándose en milésimas de segundo y ya con arma en mano le dio una rápida barrida a la zona boscosa que se imponía frente a él mientras la fruta había sido olvidada en el suelo.

—Nuestra primera prueba antes de obtener un don es aprender a soportar el veneno de esa fruta y créeme, nuestra aldea sería mucho más grande si todos los niños hubiesen podido pasar esa prueba. Un adulto ni siquiera puede aspirar a sobrevivir a esa fruta si no desarrolló su tolerancia en la infancia. —pronunció saliendo de las sombras, aún parado en una de las fuertes ramas del árbol, por lo que Mingyu tenía que levantar el rostro para poder verle.

—Tu coraje debe superar a tu inteligencia cuando te presentas ante el enemigo, le das tu ubicación exacta y, además, ¿lo salvas de una muerte inminente?. Definitivamente los tuyos deshonran las enseñanzas de guerra, Wonwoo de los ὀργάω. —cuestionó el guerrero de la oscuridad, alzando su arma hacia donde se encontraba el aludido, quien permanecía sentado en las ramas cercanas a la copa del árbol.

—Me sorprende que conozcas mi identidad, ustedes los bárbaros, al parecer, todavía poseen algo de cordura en el arte de la vigilancia. Además, es sorprendente que cuestiones mi atrevimiento al revelar mi ubicación cuando son los tuyos quienes están a la interprerie, dándonos a nosotros, "los débiles", toda la información que necesitemos —dijo el hijo de Neifhen adornando su rostro iluminado por la luna con una media sonrisa y gracias a gráciles movimientos bajó hasta las primeras ramas del árbol, esas más cercanas al suelo, tanto así que si Mingyu quisiera atacarlo le bastaría estirar un poco sus brazos, pero no haría eso, su adversario sabía que con el primer movimiento brusco él podría huir con la misma facilidad con la que se había presentado—. Sin embargo, joven guerrero ¿cómo podría mi pueblo conocer las pautas de la lucha cuando la paz siempre a reinado en nuestras tierras y es lo único que conocíamos?. La guerra solo trae sufrimiento y destrucción a todo aquello que nos mantiene seguros y fuertes —comentó el hijo de los bosques, al tiempo que otorgaba suaves caricias a la materia vegetal bajo sus palmas.

—. Y si quisieras podría demostrártelo, tus hermanos y los míos están tan lejanos que sería imposible que alguien te viese adentrarte al bosque.

Mingyu rió por lo bajo y mostró el filo de su arma al hijo de los bosques que como un duendecillo se mezclaba entre el verdor de la vegetación apesar de que sus ojos y finos cabellos oscuros resaltaran, dándole el aspecto de un ente etéreo gracias a la luz nocturna.

—¿No temes por tu vida, pequeño duende? Mi arma podría causar tu muerte en el primer descuido y, llevar al enemigo a tu territorio y dejar que conozca todos los detalles de este es, sin dudas, lo peor que pudieras hacer.— Se regocijó apesar de sus palabras duras.

—No romperías el pacto entre los dos pueblos. Tu líder, convenientemente no mencionó ninguna sanción si sus hijos pisaban nuestro bosque y mi madre es lo suficientemente misericordiosa para permitir su entrada si no causa ningún perjuicio —señaló sonriente Wonwoo dejándose caer hacia atrás, solo manteniendo su peso con las rodillas bien sujetas al árbol de manera que su rostro del revés estuvo a la misma altura que el de su enemigo—. Si decides afilar tus garras en alguna roca de río, joven león rugiente, ven a buscarme en este mismo lugar dentro de dos noches, después que las ratas del desierto salgan en busca de comida. —dijo el hijo de los bosques, quien, después de ver el preludio de una sonrisa en los labios ajenos, desapareció en lo que los ojos de miel se cerraban para un corto pestañeo.

Al día siguiente, el joven guerrero no pudo mantener su mente en sus tareas habituales porque su conciencia siempre gravitaba hacia esos oscuros ojos pícaros y esa infantil sonrisa. ¡No podía entenderlo! Nunca se había dejado llevar por cantos de sirenas ¡ya las había enfrentado antes! Y tal pareciera que el rey de los astros jugaba con su cordura, divertido por el estado del hijo de la oscuridad, por lo que retardó cuanto pudo la llegada de la tan anhelada noche en la que fue más sencillo encontrar una excusa para disponer de una coartada firme, que caminar alejado de los suyos sin levantar sospechas.

Se encontró a sí mismo en los límites del desierto, frente a la imponente grandeza del árbol en el que había visto a Wonwoo, para ese entonces ya se había asegurado de que sus guerreros estarían tan alejados de él y tan ocupados en sus propias tareas que no notarían su desaparición, en cambio, aún no divisaba la figura esbelta de su adversario. Mentiría si negase su preocupación en aumento cuando los pequeños animalillos que habían buscado refugio en lo profundo de las dunas comenzaban a salir de sus escondites en busca de comida y aún desconocía del paradero del hijo de los bosques.

"Huye, es una trampa, no debes confiar en el enemigo", decía el pequeño fragmento de cordura que persistía en su psique. Sin embargo, una risilla lo sacó de sus meditaciones internas.

—¡Pobre cachorro de león! Las dunas han de estar afectando tu cabeza. ¡Puedo escuchar los oxidados engranajes de tu cabeza desde aquí arriba! —se mofó el duendecillo desde la copa del viejo árbol.

—¿Cómo puedes llegar hasta allá sin siquiera provocar el movimiento de las ramas?¿Pudiera ser a causa de tu insana delgadez? Entonces ¿cómo es que no has lastimado alguno de tus huesos, pequeño duende de los bosques? —pronunció el guerrero con una sonrisa conocedora, teniendo que escudriñar entre el verdor del árbol para poder divisar al joven sentado en una de las ramas, debido a la particular oscuridad de la noche.

—Tal parece que pierdes el respeto por tus adversarios en las noches como estas, en las que la mayor de las reinas se niega a mostrarse y atestiguar todo aquello que suceda en su reino —casi haciéndole perder la cordura, las viejas ramas se dispusieron lentamente para ayudar al descenso del hijo de los bosques, quien, altanero, se rió como burlándose de la falta gracia de los movimientos de Mingyu. A pocos metros del suelo, finalmente se dejó caer en el suelo, apenas provocando sonido alguno—. Creo que esto responde tus preguntas, león de las dunas. Ahora es hora de mostrarte la belleza que protejo con mis hermanos, pero si no entras al bosque nunca podrás verlo —dijo el joven tras notar la postura rígida del guerrero, que aún permanecía con los pies hundidos en la arena desértica—. Vamos, toma mi mano, cachorro de león. —pronunció con voz dulce, estirando su mano hacia donde se encontraba el guerrero.

Mingyu, muy en su interior, cuestionaba la supuesta debilidad del pueblo de los bosques. Quizás las enseñanzas de su líder habían estado equivocadas. Por supuesto, luego de que esta teoría se asentara en su mente no pudo evitar que su curiosidad fuera en aumento. Sin mayores cuestionamientos tomó la mano que se le era ofrecida y se adentró a un mundo que nunca creyó vivo, donde la maravilla residía en cada trozo de verdor.

Esa noche Wonwoo le mostró las partes más hermosas de la vida, le explicó cómo funcionaba la conexión entre todos los seres y componentes de la materia, le hizo ver con sus propios ojos el fascinante mundo, el mundo real, libre de oscuridad. En ningún momento soltó la mano del hijo de los bosques mientras caminaban por los estrechos pasajes del bosque ¡y pudo sentirlo! el calor de la sangre igual a la suya, esa que palpitaba en ambos cuerpos. En horas cercanas al amanecer se encontraban en las orillas del río con las aguas más claras que alguna vez hubo visto. De pie sobre una de las grandísimas piedras podía ver el reflejo de ambos, gracias a las primeras luces que se filtraban desde el cielo.

—¿Por qué tu diosa permitió esta paz sin sentido? ¿Por qué no detuvo a mi líder de raíz? —interpeló el guerrero, causando que Wonwoo dirigiese su mirada llena de tristeza hacia él.

—Sea cual sea la decisión que tomara causaría muertes, de ambos lados. Tantos inocentes que morirán tarde o temprano y ninguno podrá cambiar ese cruel destino, mas, a eso estamos destinados, ¿no?. A perecer, tarde o temprano. —dijo con un suspiro, acercándose más al joven guerrero hasta que los costados de ambos cuerpos se presionaron juntos.

—Quiero volver a verte, si no hay final diferente a la extinción de ambos pueblos, quiero verte, cada noche, por favor. —Mingyu no le miró, no sabría el porqué en realidad, pero Wonwoo tampoco dudaría por el arma aún atada en la cadera de su enemigo: las almas no deben juzgarse por las circunstancias de los hombres.

—Sí, vuelve cada noche, nadie sospechará si lo hacemos bien. Ahora debemos regresar, los nuestros nos esperan. —dijo Wonwoo, aferrándose con mayor fuerza a la mano de su contrario.

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Ninguno de los dos faltó a su palabra. Cada noche se encontrarían en el mismo lugar. Wonwoo siempre buscaría un sitio diferente en el que esconderse para asustar al guerrero y, luego de palabras burlescas, se dirigirían hacia las profundidades del bosque, donde nadie les encontraría. Con el tiempo nació la hermandad entre ellos: Mingyu le enseñó a Wonwoo cómo usar su espada, le habló de todos los lugares a los que había viajado, le contó de todo aquello que había escuchado y mientras tanto Wonwoo le mostraría a Mingyu el verdadero poder de su don y cómo podía usarlo, le contaría los secretos de la vida del bosque y del funcionamiento de la vida en él y ambos conocieron la belleza de la vida del otro.

Una noche perezosa de verano, Mingyu se encontraba recostado en el tronco de un árbol centenario, frente al río que frecuentaban, en tanto, Wonwoo yacía sobre él, apoyando su espalda en el torso del guerrero mientas su cabeza reposaba en el ancho hombro. Mingyu había aprendido cuánto amaba Wonwoo que jugaran con su cabello, también sabía que si le hacía reír su nariz se arrugaría dulcemente y sus hermosos ojos destellarían. Esa noche Mingyu tuvo una revelación: él amaba a Wonwoo más de lo que un hermano debería.

Poco después, Wonwoo le ayudaría a subir los árboles con el mismo sigilo que él y terminarían sentados uno junto a otro, viendo la diosa de la noche. Wonwoo como siempre, dejaría su cabeza caer en el hombro ajeno. Aunque, esa noche destacaría por encima de cualquiera.

Bajo el arrullo de la brisa veraniega Mingyu tomó la suave mano del hijo de los bosques, lo que le haría ganar su atención, con movimientos que ambos conocían ambas manos se supondrían, una presionada contra la otra, a la altura de sus ojos. Las dos palmas se distinguían en cuanto a tamaño, color, textura, cantidad de cicatrices o lunares en ellas, pero por más increíble que pudiese ser: representaban lo mismo. Era común en ellos todo esto: mirarse con ojos curiosos, palparse, buscar las semejanzas y las diferencias en ellos. Hoy, Mingyu no podía identificar muchas diferencias.

Sus dedos se enredaron, asegurando un agarre firme y ambas manos reposaron en el fragmento de rama visible entre ellos. Lentamente Mingyu se acercó aún más a Wonwoo, quien lo miraba con constelaciones en sus preciosos orbes; unió sus frentes por varios segundos y cerró los ojos, permitiendo que las sensaciones invisibles llenaran sus sentidos. No sabía a ciencia cierta qué estaba haciendo esta noche, pero sus labios besaron la suave tez aporcelanada del hijo de los bosques, ese que había sido su enemigo, quien un día podría ser el causante de su muerte o viceversa. Él besó, besó cada parte del níveo rostro hasta alcanzar sus labios. Solo entonces se permitió mirar al "duendecillo" de labios relucientes y ojos semicerrados que no tardaron en ser cubiertos nuevamente por párpados perezosos. Casi no logró escuchar el débil suspiro del muchacho antes de verse atraído otra vez por sus labios de rosa. Quizás esos besos de los que nadie más sabe fueron torpes e inocentes, pero para ellos representaría el inicio de algo que no pudieron nombrar y que se instalaría permanentemente en sus almas.

No hablaron de ello, solo se abrazaron cuando fueron demasiado tímidos para continuar con los besos, según ellos "para asegurar algún resguardo de la brisa húmeda del alba".

Cabe decir que este no fue un hecho aislado. En sus encuentros posteriores no faltaron los besos y las caricias más íntimas. No fue de extrañar que sus descubrimientos sobre el otro nunca acabaran, que comenzaran a necesitar de la presencia y del toque cálido del otro casi tanto como respirar, por lo que la espera se volvió cada vez más dura.

Este amor que aún no era descubierto por otros fue el causante de su descuido. Es por ello que los jóvenes buscaban excusas para encontrar al otro cada vez más temprano, llegando al encuentro de su amado incluso cuando el astro rey aún iluminaba su reino.

Ese día Mingyu sabía que Wonwoo no llegaría hasta que el cielo se adornara con colores turquesa, por lo que se introdujo en el bosque luego de verificar que nadie lo podría ver. Grande sería su sorpresa cuando, en medio de un pobre intento de subir al viejo árbol fuera interrumpido por la diosa de su amado.

—Debería ser una sorpresa encontrarte en mi bosque, joven guerrero. —pronunció la ninfa, sobresaltándolo.

Mingyu se incorporó de un salto. Con la empuñadura de su arma sujeta y su corazón dando saltos en el pecho, se giró en dirección a la dulce voz de la ninfa, quien plácidamente se apoyaba en el tronco de un árbol.

—Por favor, el arma no es necesaria, sé de tu presencia en mi bosque desde la primera noche. Los árboles hablan, aunque no lo parezca —dijo la diosa—. En realidad, acudo a ti para pedirte un favor.

—¿Qué podría yo ofrecerle a usted que puede controlar todo lo que sucede en este bosque? —cuestionó el guerrero.

—Sé que mi hijo te ha enseñado todo cuanto sabe de este, nuestro bosque, como también sé de la cercanía del día en el que desapareceré. También soy conocedora de tus grandes habilidades, si quisieras llegar a nuestra aldea sin que alguno de mis hijos notase tu presencia, podrías; mi bosque te conoce lo suficiente como para no advertirles de ti. Por ello sé que eres el único que podrá cumplir mi pedido —tras un ligero movimiento de su delicada mano, la diosa fue capaz de mover y de hacer crecer varios árboles, creando un espacio cerrado lo suficientemente grande como para que ninguno tuviese que acercarse al otro—. Nadie puede saber de esto, ni siquiera Wonwoo. Su compromiso con los suyos está por encima de su lógica y él necesita vivir si queremos que este mundo continúe con vida. Encontrarás a mi pueblo en lo profundo del bosque, siguiendo el río. Quiero que dentro de tres días, cuando la arena del desierto comience a moverse, vengas y busques a mi hijo y que corran, huyan hacia las montañas, tan lejos como puedan.

—¿Qué pasará con mi pueblo, con el resto de los inocentes que antes dijo proteger? ¿No cree que es un poco hipócrita de su parte, oh, gran diosa? —replicó Mingyu, nuevamente en guardia.

—Lo haré, por eso necesito que protejas a Wonwoo. Conoces su don, él podría ser casi tan fuerte como los trece dioses juntos. En el momento indicado lo sabrá —Neifhen hizo una pausa y levantó sus ojos hacia el guerrero, adquiriendo una expresión indescifrable—. Sin embargo, dentro de ti solo veo la oscuridad de la muerte. No puede dudarse tu parentesco con Uilleam. Aunque, a diferencia de él, conoces la necesidad de la vida y del equilibro, así como Wonwoo lo hace —la diosa sacó una de las perlas de su vestido, la cual adquirió un tono pardusco. Ella caminó hacia Mingyu, que permanecía tenso en su lugar, y entregó la perla antes de alejarse y hacer que la vegetación a su alrededor volviera a su estado original con un simple gesto—. Si lo amas, si eres fiel a tus ideales y si de verdad piensas en los inocentes, comerás esta perla en cuanto tu oscuridad crezca. —dicho esto, la diosa desapareció entre el verdor de su bosque, dejando al atormentado guerrero en medio de la penumbra.

El consternado Mingyu se dejó caer entre las raíces del árbol centenario, guardó la perla en la pequeña bolsa que siempre llevaba atada junto a su arma y cerró los ojos, permitiendo que los atormentados pensamientos echaran raíces en su cabeza. Poco después pudo sentir a Wonwoo moviéndose entre las ramas de los árboles, pues gracias al tiempo que había pasado en este bosque, podía identificar sus sonidos habituales y distinguirlos de aquellos que eran provocados por sus habitantes.

—Ven aquí, duendecillo de los bosques y déjame abrazarte. —farfulló el joven guerrero con media sonrisa y, aunque sus ojos permanecieran cerrados, abrió sus brazos para su amado.

Pudo escuchar su pícara risa entre los árboles, luego pudo sentir su exquisito aroma y en pocos segundos lo tuvo sentado en su regazo, con ambos brazos rodeándolo.

—¿Sólo abrazarme, mi cachorro de guerrero? —se regocijó Wonwoo y presionó un suave beso en los labios contrarios—. No sabes cuánto te extrañé hoy ¿y solo me estás ofreciendo un mísero abrazo? te has vuelto un poco avaro, mi querido. —murmuró su amado, porque no necesitaba mucho más para hacerse escuchar. Sólo entonces Mingyu abrió los ojos, acunó la tierna mejilla del hijo de los bosques, otorgando caricias a la piel bajo su pulgar y se inclinó para besar la frente nívea antes de apretarlo contra su pecho.

—También te extrañé. No podía esperar para verte, por eso completé mis tareas cuanto antes y vine, pero era muy temprano y estaba realmente cansado, por lo que terminé durmiendo aquí mismo. —mintió, nadie podía juzgarlo.

—Comencé a reforzar mi don, lamento haber tardado tanto, bebé de león —musitó el de cabellos oscuros después de dejar un beso en el hombro del moreno—. También estoy muy cansado. —se quejó buscando abrigo en el pecho del guerrero.

Y si bien la preocupación no se separó del hijo de Uilleam por el resto de la noche, no impidió que mimara a su amado, quien pasó gran parte de la noche dormitando en sus brazos.

Después de eso y como cada noche, volvieron a encontrarse. Ese día Wonwoo lo llevó a un pequeño lago al que nunca habían visitado antes.

Dicho lago se encontraba amparado, en su mayoría, por las amplias ramas de los árboles, que permitían la entrada de los rayos lunares en el centro.

—Vamos, Mingyu, no seas aburrido. —se quejaba Wonwoo, tirando del aludido por los brazos. Su duendecillo insistía en hacerlos entrar al lago, pero Mingyu no confiaba en las aguas desconocidas y profundas.

—Wonnie hace mucho frío, no podemos mojar nuestras prendas. —refutó el guerrero, ganándose una sonrisa traviesa de su amado.

—Por supuesto, eso también tiene solución, cachorro de león —profirió mientras deslizaba sus manos por el torso de Mingyu hasta su cintura. Ágilmente, el hijo de los bosques se deshizo del arma y a continuación desprendió el cierre de la camisa ajena—. Vamos, mi dulce corazón, se dice que estas aguas sanan cualquier dolencia y tú has estado muy preocupado estos días ¿crees que no lo había notado? —y para terminar con su convencimiento, sedujo al guerrero con caricias lasivas y besos en su piel desnuda.

Y claro, Mingyu era débil. Ambos se desvistieron y entraron a las aguas templadas. Ha de recarlarse: Mingyu era débil. Se dejó envolver por los toques de su bribón duendecillo e hicieron realidad todo aquello que la naturaleza les exigía.

Los adversarios, ahora amantes, consumaron su amor y su única testigo fue la diosa de la noche, que los protegía bajo su manto protector. Aunque el tiempo corría y su destino ya estaba escrito.

Mingyu lo sabía, esta noche podría ser su última noche con vida, podría ser la última vez que abrazara a su amado y no podía hacer algo más que aferrarse a él con todas sus fuerzas.

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El día había llegado y las premoniciones de Neifhen parecían cumplirse.

No había podido encontrarse con Wonwoo en la que podría haber sido su última oportunidad para abrazarle sin que el miedo nublara sus sentidos. Sabía que moriría, sabía que no sería el único, pero también sabía que ese sacrificio daría lugar a que más vidas fueran protegidas.

Mingyu se levantó de su desvencijada cama, aunque nombrar de tal manera al improvisado esqueleto de tablas clavadas entre sí sería, en exceso, halagador. El guerrero juntó algo de comida seca y algunas prendas que le asegurarían protección del frío y la lluvia, al menos, y las guardó en su bolsa junto con su pequeño contenedor de agua.

Ni siquiera el arma colgada de su cadera o sus pertenencias a la espalda pesaban tanto como la oscura piedra que tintineaba de un lado a otro dentro de la bolsa con cada paso que daba o mientras veía a sus compañeros de batallas, los que en algún momento habían salvado su vida, o cuando empezaba a notar los cambios climáticos a su alrededor. Tal como había dicho la ninfa, las dunas del desierto habían comenzado a retroceder sin explicación alguna, llevando consigo parte del ganado y de las estructuras enclavadas en ellas, por lo que sus guerreros permanecían distraídos con sus propios asuntos. Él debería prestar ayuda como su general, mas le correspondía una tarea de mayor importancia.

Se aseguró que Uilleam continuara ausente del campamento de los guerreros mientas se acercaba a los límites del desierto, donde el tiránico régimen de la monstruosa figura acababa y, mirando por encima del hombro una última vez, se perdió entre toda la vegetación. Wonwoo le había enseñado las rutas por las que podía transitar sin que sus hermanos pudieran advertir su presencia en caso de que Mingyu quisiera pasearse por el bosque sin compañía, lo que facilitó su tránsito a través de la selva. No obstante, sus nervios nunca fueron aliviados de alguna tensión, siempre a la espera de un ataque, a lo que se sumó el repiqueteo intenso de su corazón a medida que se acercaba a, lo que suponía ser, las proximidades de la aldea de los hijos de Neifhen, aunque no podía asegurar la veracidad de sus estimaciones.

La caminata no fue del todo sencilla, incluso si ya había adquirido la habilidad de transitar por el peculiar terreno. No fue hasta dos horas después, con el sudor goteando por sus rasgos y entorpeciendo su visión constantemente, que comenzó a escuchar el murmullo de las voces de los hermanos de su Wonwoo. Haciendo uso del sigilo y la gracia aprendidos de su amante, trepó a uno de los árboles más altos entre los que le rodeaban, necesitaba encontrarlo sin levantar sospechas y eso posiblemente sería lo más difícil de esta misión.

La aldea estaba ubicada en un pequeño claro, las casitas de piedra se amontonaban en grupos de entre cinco y siete, los senderos creados por el paso constante a través del pasto daban la ilusión de ser delgadas arterias por las que circulaban los hijos de Neifhen, cada uno realizando sus tareas diarias. Por momentos temió no poder hallar a Wonwoo, pues ya sabía que sus quehaceres diarios se distinguían de los del resto de sus hermanos. Resguardado por las sombras, el joven guerrero descendió de las ramas y se escabulló por entre las chozas, siempre observando su interior en busca de su amado, escuchó cada murmullo de los habitantes del claro hasta encontrar a su amado, allá hacia las zonas más lejanas de la aldea, concentrado en una pequeña semilla colgada frente a él. Con la misma cautela con la que había llegado, Mingyu se dirigió hacia el hijo de los bosques, un poco más tranquilo y a sabiendas de que nadie le vería se situó detrás de Wonwoo. El que este no le notara decía mucho de su nivel de concentración pues muy rara vez Wonwoo no fue consciente de su alrededor.

—¿Crees que pueda partirla en dos con mi espada? —dijo el guerrero, logrando que Wonwoo saltara en su lugar.

El hijo de los bosques se giró tan rápido que Mingyu temió por el bienestar de su delgada espalda y con ojos abiertos como un pequeño animal nocturno atrapado por las luces de una antorcha, agarró la tela que cubría el pecho del guerrero.

—¿Qué crees que haces aquí? —pronunció con cierta irritación Wonwoo—. Te descubrirán si sigues en esta parte del bosque. ¿Qué digo? Ya mis hermanos deben conocer de tu presencia. Rápido, vuelve al desierto, te ayudaré a escapar —el hijo de los bosques había tomado la mano de Mingyu y tiraba de él a la par que hablaba, pero, para su consternación, el guerrero solo sonreía y se negaba a dar un paso más—. ¡Min! —replicó su amante.

Tras una breve carcajada, el joven guerrero se libró del agarre de su amado y acunó su rostro para plantar un dulce beso en esos labios carmines.

—Fue tu madre quien me pidió venir aquí. Nadie me ha visto, así que deja de preocuparte y trae tus pertenencias más preciadas. Hemos de partir, por órdenes de Neifhen seré yo su escolta, pequeño duende de los bosques. —anunció Mingyu en voz baja.

Él se había quedado escondido entre las ramas en lo que Wonwoo buscaba sus pertenencias sin levantar sospecha alguna. La confusión nunca se apartó de los rasgos del hijo de Neifhen, pero eso no le impidió seguir a Mingyu con paso seguro. Se dirigían hacia los terrenos más altos del bosque, donde no habitaban más que pequeños animalillos y uno que otro carnívoro. La ruta en sí era difícil, llena de rutas escarpadas y de suelos inestables que procurarían una caída hacia la muerte al menor tropiezo.

Para la primera noche ya podían notarse ciertos cambios en el cielo así como en el olor imperante en las rápidas ráfagas de viento, impropias de la zona boscosa.

—Los animales están agitados y los quejidos de los árboles hacen de mi pecho pese. Al parecer a nuestros mundos no les queda mucho tiempo, ¿cierto?. —había pronunciado Wonwoo, quien yacía sentado al pie de una fogata improvisada.

Los ojos llenos de constelaciones miraron al guerrero con emociones encontradas. En ellos Mingyu pudo ver la firmeza de un líder junto al dolor que provocaba la traición. El guerrero abandonó su posición en la entrada de la cueva y se dirigió hacia el guerrero más fuerte de los ὀργάω, sentándose a su lado, con las piernas recogidas y los codos apoyados en sus rodillas.

—Eres su última esperanza o eso dijo tu madre —dijo Mingyu tras un largo suspiro de resignación—. Sin embargo, haces bien en juzgarme. Ningún líder debería abandonar a su pueblo, mucho menos en los momentos de crisis, pero es por nuestros pueblos que tuve que traerte —el guerrero miró a su amado, aunque este se negara a ver el dolor en su rostro—. E incluso si lo que más deseo es tu perdón, no puedo permitir que vuelvas con tus hermanos, porque la supervivencia de los míos también dependen de ti.

—¿Y qué se supone que deba hacer, Mingyu? Neifhen es quien debería estar aquí, yo no soy capaz de sostener esta inmensa carga. —sollozó el hijo de los bosques antes de lanzarse hacia los brazos del guerrero, en busca de refugio.

—Cariño mío, fuiste tú quien me convenció de la sabiduría de tu diosa y ¿ahora eres tú quién duda de ella?. —le consoló el líder de los σκοτάδι, procurando besos en la suave cabellera oscura.

Para Wonwoo, la mañana siguiente fue, por sobre todo, dolorosa. Gran parte de la vida anunciaba su muerte a cada paso que daba, los ríos más caudalosos en su travesía hacia las montañas se habían convertido en pequeños arroyelos desprovistos de peces, los árboles dejaban caer sus hojas pardas y el murmullo de los animales había desaparecido. Su pecho pesaba más que nunca pues solo poseía el consuelo de la cálida mano de su amado en medio de la calma que anuncia el caos.

Les tomó dos días enteros llegar a la cima de la montaña más alta, desde la que solo podían ver el beso de las nubes con la tierra y los oscuros cielos manchados de rojo.

Entonces sucedió: la tierra entera se tambaleó y gruesos relámpagos incendiaron gran parte de los bosques. En ese momento pudo ver algo que nunca creyó posible, el miedo se había hecho dueño de los rasgos del guerrero, quien le procuró resguardo entre sus fuertes brazos cuando los vientos luchaban por hacerlos caer.

Esperó su muerte, pero el destino no era así de piadoso con los enemigos que rompieron las normas de sus pueblos y se amaron amparados bajo la noche. De la pequeña bolsa colgada en su cintura, Mingyu sacó una pierda negruzca y, después de otorgarle un último beso en la frente al horrorizado hijo de Neifhen, tragó la pequeña esfera. Lo vio retorcerse de dolor y trató de aferrarse a él, de calmar su sufrimiento, pero el guerrero lo empujó, lanzándolo al suelo varios metros lejos de él. Wonwoo le gritó desgarrando su garganta, pero cuando quiso acercarse de su amado quedaba muy poco. Ahora su piel se había transformado en una sustancia oscura por la que casi podía divisar el caos a su espalda; de esas manos que tantas caricias le entregaron, surgieron atroces garras, tan filosas como la espada que cargaba en la cintura; y los ojos, que antes contenían la inocencia de un niño ansioso por desentrañar los saberes de este mundo, se tornaron de un azul profundo manchado de oscuridad. De las plantas de su amado brotaba la muerte, esa era la verdadera imagen de los hijos de Uilleam y su diosa era la causante provocar tal cambio.

Wonwoo lloró impotente desde su lugar. Ella quería que lo asesinara, había convencido a su amado de caminar hacia su muerte. Wonwoo lo supo: en los dioses vivía la verdadera y más horrorosa oscuridad, puesto que eran capaces de llevar a sus hijos a la desdicha, de hacer de sus hijos sus marionetas manipulables. Mas, Wonwoo no era capaz de llevar la muerte, mucho menos de ser causante del fin de su amado, por lo que se vio en una encrucijada de la que miles de vidas dependían: salvar a todos los inocentes o salvar a quien era dueño de parte de su alma.

Las lágrimas que se arremolinaban y caían de sus ojos no le impedían ver el sufrimiento dentro de la mismísima resurrección de la oscuridad en la que se había convertido su amado cachorro de león bravío. Fue testigo de cómo las garras rasguñaban el amplio pecho mientras la alta figura caía de rodillas en el suelo. Y no fue hasta que los ojos oscuros lo miraron que Wonwoo lo comprendió: ninguno de los dos podría morir hoy, su mundo los necesitaba, pero tampoco podrían coexistir, al menos no juntos, no como soñó tantas veces.

La pesadumbre en su pecho solo creció.

—Perdóname. Perdóname por hacerte llevar tan pesada carga, por no permitirte el descanso que mereces, mi amor. —había dicho Wonwoo, permitiéndose una ligera cercanía que solo le hizo posible entregar un beso de calma en la mejilla del guerrero condenado a la eterna agonía.

Después de eso las memorias de Wonwoo se volvieron un borrón. Solo recuerda el verdor naciente bajo sus plantas y el dolor que le atravesó al desterrar a su amado y empujarlo desde el risco. Había cerrado los ojos para impedirse ver el sufrimiento del sucesor de Uilleam y todo aquello que debiera hacer y que le llevara más dolor a quien tanto amaba.

Recuerda el escozor en sus pulmones, el ardor en sus músculos, el cansancio arrasador mientras destinaba todas sus energías para restaurar un nuevo equilibrio en su mundo, llevando su don hasta las tierras más lejanas. No sabe cuánto le tomó hasta que los cielos volvieron a su celeste original o cuándo los animales comenzaron a repoblar los bosques nacientes. Incluso si ignora esos pequeños detalles, no puede ser culpado, desde eso han transcurrido ya varios siglos.

La vida ha cambiado mucho desde ese entonces, en tanto, el hijo de los bosques se ve obligado a esconderse de sus desmemoriados hermanos, haciendo nacer la vida tras cada muerte, llevando a la humanidad a su florecimiento mientras Mingyu vaga libremente sin ser visto, poniéndole fin a la obra de Wonwoo, camuflándose en la enfermedad, la necedad, el odio...

Sin embargo, cada cierto tiempo cuando la ira se adueña de su amado, Wonwoo puede encontrarse con él. Esa noche, lo calmará entre sus brazos, susurrándole promesas de un futuro y de eterno descanso, aunque bien sabe que no podrá cumplirlas. Allí, con la luna como único testigo, Mingyu, en un breve lapso de claridad, se deshará de la vegetación que como un parásito se apodera de la anatomía del que fuera hijo de Neifhen; entonces Wonwoo podrá escuchar la voz de su amado, podrá sentirlo sin que la maldición de ninguna diosa se apodere de sus sentidos y cuando el alba muestre sus primeros rayos separarán sus caminos otra vez en una interminable guerra silenciosa por el poder.

Quizás esa sea su maldición por desafiar el curso del destino y, también, por amar desenfrenadamente a quien llevaba la espada que causaba la muerte de toda su creación.

Ellos, enemigos, que vivirán en un eterno bucle por amarse tanto como a sus pueblos destinados a nunca encontrar la paz y a entregar sus vidas a quienes los desterraron de la memoria humana, permanecieron allí, donde todos pueden verlos pero ¿dónde es exactamente eso?







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