01
El valle donde una vez reinó la oscuridad ahora estaba cubierto de flores silvestres, como si la misma tierra hubiera sanado de sus heridas. El templo de piedra blanca se alzaba imponente, su arquitectura una mezcla de culturas, reflejo de la unidad que tanto se había luchado por alcanzar.
No era un lugar de culto, sino de encuentro, un símbolo de reconciliación. Durante siete largos años, los reinos habían trabajado en la reconstrucción, sanando tanto las tierras como las almas. Este sería el primer Día del Alba celebrado, un día que honraba a quienes regresaron, a quienes resistieron y a quienes se amaron más allá de la muerte. Era un recordatorio de que, incluso en las sombras más profundas, la luz siempre encuentra su camino.
El Reino del Alba se preparaba con esmero para recibir a los líderes y habitantes de los otros reinos. Las calles y plazas se llenaban de vida mientras los jardines que rodeaban el templo florecían en colores vibrantes, como si la misma tierra celebrara la llegada de un nuevo ciclo de paz.
Artesanos y decoradores trabajaban sin descanso, adornando avenidas con guirnaldas de flores y banderas ondeando al viento; Las campanas del templo resonaban suavemente, marcando la proximidad de la gran celebración. Desde los banquetes en las plazas hasta los coros que se alistaban para entonar cantos de esperanza, todo se disponía para honrar el sacrificio, celebrar la unidad y recordar a aquellos que hicieron posible este día.
Jimin caminaba descalzo por los jardines colgantes del palacio. El rocío le humedecía los pies mientras miraba hacia las montañas, justo donde el cielo parecía tocarlas. A su lado, Hee Ryang corría de un lado a otro, riendo con esa alegría contagiosa que llenaba todo de vida. Tenía los ojos de su padre, pero cuando sonreía, era igual a Jimin.
Jungkook salió de entre los pilares con una corona de lirios azules en las manos. Caminó hasta Jimin y sin decir nada, se la colocó con cuidado sobre la cabeza. Sus dedos se detuvieron un segundo más de lo necesario, como si no quisiera soltarlo. Luego sonrió, con ese gesto suave que solo usaba con él y le acarició el cabello. A pesar del tiempo, seguía mirándolo como si fuera lo más valioso del mundo.
—El lazo aún arde. —susurró, su voz cargada de una mezcla de anhelo y tensión. Jimin sonrió, sus ojos brillando con una intensidad tranquila, pero al mismo tiempo imponente.
—Y lo hará por siempre. —respondió, tomando su mano con firmeza, un toque que transmitía más que cariño. Un suspiro apenas contenido escapó de sus labios, como si el peso del lazo se hiciera más presente, como una llama que nunca se apaga, aunque no todos los días se vea.
Jungkook, con un gesto casi imperceptible, se acercó más y se aferró a su cintura con dominio. Sin previo aviso, sus labios encontraron los de Jimin en un beso apasionado, liberando un torrente de feromonas que llenó el aire entre ellos. Jimin cerró los ojos, su cuerpo respondiendo de inmediato al poder de la conexión, un calor creciente extendiéndose por su pecho. Su respiración se aceleró y un estremecimiento recorrió su espalda, como si la fuerza de ese beso no solo le despertara el deseo, sino también la necesidad que había estado latente, esperando este momento.
Mas tarde ese día, el carruaje avanzaba a paso lento, sacudiéndose ligeramente con cada bache en el camino. Dentro, Jin mantenía a su hija menor, Hana, en brazos, mientras Jiwoo jugaba en silencio a su lado, ajeno a la tensión que crecía entre los adultos. A pesar del paisaje que se desplegaba ante ellos, el aire dentro del carruaje se sentía denso, cargado de un conflicto no resuelto.
NamJoon, sentado frente a Jin, lo observó en silencio por un momento antes de romper el pesado silencio que los envolvía.
—No entiendo por qué sigues evitando verlo, Jin. —dijo finalmente, su voz tranquila pero firme.
Jin giró la cabeza hacia él, sus ojos oscurecidos por una molestia apenas disimulada.
—No es que lo evite, NamJoon. —respondió, su tono algo más tenso de lo habitual. — Es que no puedo. Mi gente de Valeska aún no ha olvidado lo que pasó y ellos... ellos no ven más allá de la oscuridad que dejó Jimin. La sombra que él trajo a los reinos sigue pesando sobre ellos y no puedo simplemente ignorarlo.
NamJoon apretó la mandíbula, un suspiro escapando de sus labios.
—Pero eso no tiene sentido, Jin. —replicó con firmeza. — Jimin ya no es esa sombra, ni lo ha sido durante mucho tiempo. Él ha hecho más por sanar esas heridas que cualquier otro. ¿No lo ves? El problema no es el pasado, sino aferrarse a él, dejar que el dolor siga dictando lo que puedes hacer ahora.
Jin cerró los ojos brevemente, como si las palabras de NamJoon fueran un peso difícil de cargar. Su voz, al responder, sonaba cansada.
—No es tan fácil, NamJoon. Mi gente... ellos necesitan tiempo. Verlo a él en este consejo... no es solo un recordatorio del pasado. Es un recordatorio del daño y no puedo ser yo quien les pida que olviden lo que vivieron.
NamJoon lo miró fijamente, sin apartar la mirada.
—¿Y tú, Jin? ¿Vas a quedarte atrapado en ese dolor también? ¿Vas a seguir dejando que el pasado gobierne tus decisiones? —su tono era suave, pero la pregunta era directa, un desafío a la reticencia de Jin.
Jin se quedó en silencio, mirando por la ventana del carruaje, observando cómo el paisaje se desdibujaba mientras se acercaban al Templo del Alba. Por un momento, no dijo nada, pero el conflicto interno era evidente. NamJoon suspiró, sabiendo que no podría forzar a Jin a una respuesta inmediata.
—El dolor nunca desaparece por completo. —murmuró Jin al fin, su voz más suave. — Pero tal vez, algún día, pueda aprender a vivir con él. Tal vez.
NamJoon sonrió con ternura y sin decir una palabra, estiró la mano para acariciarle la mejilla. Se inclinó y depositó un beso cálido en su frente, justo cuando Hana se movía en su regazo y Jiwoo los observaba curioso desde su rincón.
—Entonces, que ese día empiece hoy. —susurró NamJoon, con la suavidad de alguien que entiende y no juzga.
Jin cerró los ojos un segundo, dejando que esa calma lo atravesara. Luego, con un suspiro contenido, apoyó brevemente su frente contra la de NamJoon.
—Perdóname. —murmuró. — No quería hablarte así... no frente a ellos.
—Lo sé. —respondió NamJoon con una sonrisa leve. — Y ellos también lo sabrán, cuando vean lo lejos que puedes llegar, incluso con las heridas.
El carruaje siguió su marcha entre campos floridos y por primera vez en ese viaje, Jin permitió que el silencio no pesara tanto.
Poco después, el carruaje se detuvo frente al Templo del Alba, cuyos muros de piedra blanca resplandecían bajo la luz del mediodía. Las banderas de los seis reinos ondeaban al viento y una multitud de delegaciones comenzaba a reunirse en la gran explanada. NamJoon descendió primero y con suavidad tomó en brazos a Hana, que dormía plácidamente envuelta en una manta clara. Luego ayudó a Jiwoo a bajar, quien observaba todo en silencio, sus ojos atentos al gentío.
Jin salió después, su porte impecable, su sonrisa diplomática en su lugar.
Fueron recibidos por los antiguos reyes de Galway, ya retirados del poder, pero aún figuras de respeto y simbolismo. Jin los saludó con una reverencia cortés, su tono mesurado, su amabilidad impecable. Palabras formales fueron intercambiadas: breves gestos de paz y reconocimiento tras años de reconstrucción.
Luna los observaba desde lo alto del templo, serena, pero atenta. Aunque su labor como guía espiritual había cambiado, no había terminado. Seguía siendo una pieza clave entre los reinos recién formados, una mediadora respetada cuya voz aún unía voluntades. Ahora también era madre, abuela... y testigo de todo lo que había florecido tras el caos.
Jin no pudo ocultar su incomodidad al verla. Apenas terminó el saludo oficial, se alejó con los niños hacia una zona más tranquila, bajo la sombra de un roble rodeado de flores silvestres. Se sentó con Hana en brazos, mientras Jiwoo se mantenía cerca, en silencio.
Luna descendió del templo con paso firme. Su presencia no era grandilocuente, pero sí imposible de ignorar. Al llegar hasta Jin, habló con serenidad.
—El consejo se reunirá pronto. Tu opinión sigue siendo importante.
Jin no la miró. Acarició el cabello de su hija y respondió, sin levantar la vista:
—Hay muchos que piensan diferente. Algunos a los que no sueles escuchar.
Luna entendió a quién se refería. Aún había quienes rechazaban a Jimin como el nuevo Luna. Jin no lo decía con rabia, pero estaba claro que no lo aceptaba del todo.
—Las cosas no cambian de un día para otro. —dijo ella. — Pero están cambiando.
Jin la miró entonces, serio.
—Tú decidiste seguir adelante. Mi gente no olvida tan fácil y he decidido estar de parte de mi pueblo.
Sin decir nada más, se alejó con Hana en brazos. Jiwoo caminaba unos pasos delante, atento a su padre. Luna lo vio marcharse, sin intentar detenerlo. Sabía que no todos estaban listos para soltar el pasado.
***
Finalmente, el primer capítulo de la última parte de Luna diamante, espero que sea de su agrado.








